4 de abril de 2026

De ladito m’hijo…


En aquellos tiempos —cuando el hambre era brava y el estómago valiente— uno comía sin culpa y sin calendario.

Ese día no fue la excepción. Le entré con fe a todo lo que se me atravesó: elote, jícama, naranjas, sandía, melón, pepino… todo bañado en chile del que hacía sudar hasta las ideas. Como si el cuerpo fuera de hule y la vida no cobrara facturas.


Ya más tarde, con la panza inflada pero el ánimo intacto, nos fuimos a jugar béisbol —porque en Piedras Negras el rey de los deportes no se discute, se respeta— allá a los campos de Fisher, por la López Mateos.


Tierra, sol, gritos, risas… y esa sensación de que el mundo cabía en nueve entradas mal contadas.


De regreso, como dictaba la ley no escrita del barrio, hicimos la parada obligada en el estanquillo de Don Diego, el papá de la Pily y el Pilón Martínez. Las raspas… ¡ah, las raspas! No eran de este mundo. Eran premio, eran cierre, eran infancia en vaso de plástico. Entre cucharadas y carcajadas se nos iba la tarde, sin saber que esos momentos luego iban a doler… pero de nostalgia.


Llegué a la casa, me bañé y, fiel a la costumbre de no aprender nada, me volví a sentar a cenar como si no hubiera comido en días: huevos, tocino, frijoles refritos con manteca, aguacate, tortillas de harina que no se acababan nunca… y un vaso de leche tamaño veladora Guadalupana, de esos que daban más respeto que sed.


Con la panza llena y el alma tranquila, me fui a la cama. Error.


Porque el cuerpo, sabio y vengativo, no tarda en cobrar.


El primer retorcijón fue como un aviso divino… pero sin misericordia. Me dobló. Me arrancó el primer grito de la noche y dio inicio a ese recorrido eterno entre la cama y el baño, como peregrino sin fe pero con urgencia.


Ahí apareció ella.


Mi mamá. Enfermera titulada por la vida, especialista en todo y experta en nada mas que para dar cariño. Desvelada, preocupada y firme. A su “conse” le dolía la panza por tragón, y eso en casa se atendía como asunto mayor.


Jarabe que sabía a castigo, polvos de empacho de la tía Chabela, sobadas con un ungüento que olía a puro remedio viejo… pero había una receta que estaba por encima de todas:


—Acuéstate de ladito, m’hijo… y se te quita.


Y uno, doblado como alambre viejo, todavía se daba el lujo de dudar.


Pero en esa casa no había muchas opciones.


Te dolía la cabeza… acuéstate de ladito m’hijo.

Andabas engripado… Andale, de ladito.

Te pegabas en el dedo chiquito del pie… ya sabes, de ladito.

¿Mal de amores? ¿Tristeza sin motivo?

Más recio: acurrúquese de ladito m’hijo


Mis hermanos y yo ya ni preguntábamos. Sabíamos que ese iba a ser el remedio oficial.


Ya más grandes, a mi hermano Chavo y a mi, hasta para las crudas nos aplicaba el mismo tratamiento… claro, después de la mirada número tres —esa que atravesaba paredes— y uno que otro coscorrón por llegar a horas donde ni los gallos opinan.


La receta no era de ella nada más. Venía de más atrás… de mi abuela, allá en El Remolino, donde las soluciones eran simples y la fe en ellas, absoluta.


Hoy me toca a mí recetarla. Se las daba a mis hijas cuando algo les dolía y seguramente pasara a mi nieto, aunque en sus ojos alcanzaba a ver la misma incredulidad que yo tenía. Esa mirada de “no puede ser tan simple”…


Y puede que no.


Pero tenía algo.


Porque, quién sabe cómo…

pero sí se nos quitaba.


Y aquí seguimos.


Con panza, con historias… y con recuerdos que todavía, de vez en cuando, nos acomodan el alma…


aunque sea tantito…


de ladito.

29 de marzo de 2026

Como Adelitas de desfile…un

Se ven muy formales nuestros políticos en estos días. De verdad, están como para exportación. Traje planchado, sonrisa ensayada y agenda llena. Andan atareadísimos, activos, serviciales… tan aplicados que hasta provocan una mezcla curiosa entre asombro y sospecha.

Bien vestiditos y mejor peinaditos, siempre disponibles —faltaba más— para la entrevista oportuna, el saludo preciso y la foto bien encuadrada. Los medios, atentos como buenos compañeros de baile, no pierden el paso en estas fiestas políticas donde todos parecen saber perfectamente la coreografía. Y las sonrisas… ¡qué bárbaro! Tan amplias y relucientes que pondrían en aprietos a cualquier anuncio de pasta dental.


La estrategia es sencilla y efectiva: hay que estar donde haya gente. Donde se vea, donde se note, donde se aplauda. En el desayuno de moda, en la misa de doce en la Catedral, en el evento social más concurrido o en la esquina donde se junte el gentío. Ahí llegan, puntuales, a ofrecer su mejor perfil, su sonrisa más sincera —o la mejor lograda— y a repartir saludos como adelitas de desfile: con gracia, disciplina y una práctica que ya quisieran muchos.


La ciudad entera se convierte en pasarela. Vas al Barrokas y ahí están. Te das una vuelta por el Charcoal o al Republica, y ahi están. Pasas por La Estancia, y no fallan. Cambias de escenario, te metes a la lucha libre… y en primera fila. Vas a disfrutar conjuntos norteños y entre acordeón y acordeón, aparecen como por arte de magia, para bañarse de pueblo. Te lanzas al béisbol… y claro, también están con cachucha nueva del equipo campeón de la Serie Mundial aunque no sepan con cuantos outs se acaba una entrada.


Como dicen en el rancho: están en todas las sopas.


Y sí, lo sabemos. Es temporada de baño de pueblo, de abrazos generosos y de convivios donde haya mucha grnte. La cercanía, de pronto, se vuelve virtud indispensable.


Mientras tanto, el ambiente político municipal se calienta como comal en domingo. Que si lo que queda del PAN se jalan de la greña mientras “concilián”, que si a los de MORENA les madrugaron la decisión, que si el PRI anda buscando la fórmula que no encuentra, y que si el independiente… bueno, el independiente sigue haciendo cuentas sin saber con cuántas tortillas llena.


La verdad, uno termina medio mareado. 


Pero hay algo que sí queda claro: el político, como buen profesionista de la carrera pública, le guarda lealtad al partido… mientras le conviene. Porque cuando se trata de subir un escalón más, la camiseta resulta ser prenda bastante intercambiable. Ahí están los casos: los que cambian de colores porque no los tomaron en cuenta, o el que ya tiene maleta lista por si otro partido le ofrece mejor escenario.


“La danza de la política municipal”, “el mercado de valores partidista”… llámele como quiera, pero es el espectáculo de moda en el pueblo. Y no se sorprenda si, antes de que arranquen las campañas, los espectaculares brotan por toda Piedras Negras como flores de temporada, presumiendo logros que —casualmente— siempre aparecen en época electoral. Publicidad abundante, vistosa… y pagada, como siempre, con el esfuerzo de todos, porque de las bolsas de los candidatos no sale ni un peso.


Así es esto de la política a la mexicana: alegre, vistosa, ingeniosa, marrullera… y, a veces, demasiado parecida a un desfile donde lo importante no es avanzar… pa’ delante.

24 de marzo de 2026

Play Ball!!

 ¡Play ball!


Arranca la mejor época del año. Así, sin rodeos. La que se espera con ansias, la que se platica desde semanas antes y la que, cuando llega, nos recuerda por qué amamos tanto este juego.

Este miércoles 25 se canta el “play ball” de una nueva temporada de las Grandes Ligas con el duelo entre los New York Yankees y los San Francisco Giants. El jueves entran al diamante mis queridos Boston Red Sox, y para el fin de semana ya estarán en acción los 30 equipos que conforman la Major League Baseball.


¡Qué emoción!


El Rey de los Deportes ha sido parte de mi vida desde la niñez. Bendita esa chispa que encendió mi madre y que con los años se ha convertido en una llama firme, avivada por la amistad, por las tardes de radio, por las pláticas interminables y por cada temporada que vivimos como si fuera la primera.


Y es que hablar de béisbol también es hablar de identidad.


Piedras Negras ha sido cuna de grandes peloteros que han dejado huella en el béisbol profesional de nuestro país. Nombres que se pronuncian con respeto y orgullo: Jesús “Chivo” Lechler, Gilberto “Pily” Martínez, Rodolfo “Lefty” Rodríguez, Gerardo “Mulo” Gutiérrez, César Robles, Lucio Ortega, Tomás García, Luis Alberto Garibay entre otros… todos ellos protagonistas en la Liga Mexicana de Béisbol, y parte de una historia que nos pertenece.


Más cerca en el tiempo, y todavía activo, está quien muchos consideran el mejor beisbolista que ha dado nuestra ciudad: el zurdo Adrián Ramírez. Brilló en la Liga Mexicana de Béisbol y en la Liga Mexicana del Pacífico, y hoy sigue demostrando su calidad en la Liga del Norte de Coahuila, ahora con Barroterán. Talentoso en la loma y grande fuera de ella, Adrián no solo se ganó el respeto, sino el cariño de la gente.


También están aquellos que, sin haber nacido aquí, se hicieron nigropetenses en los campos de nuestra ciudad y llevaron ese sello al profesionalismo: Manuel Moreno Ríos, el “Güerito” de la Torre, Tequila Santoyo, David Chisum, Luis Alfonso “Chorejas” Velázquez, Ernesto “Chona” Velázquez, Roy Salinas, José Luis “Gabacha” García entre otros… nombres que forman parte del firmamento de nuestro béisbol y que enaltecen a esta tierra.


Por todo esto, no es exageración decir que el béisbol es el deporte que más ha contribuido a la grandeza deportiva de nuestra frontera. Ha habido —y hay— grandes atletas en muchas disciplinas, sí, pero ninguno con la constancia, la historia y la proyección profesional que ha dado el béisbol en México como el nuestro.


Y eso, claro, nos llena el pecho de orgullo.


Desde ahora y hasta los últimos días de octubre, el béisbol será motivo de reunión: risas, discusiones, análisis de café, celebraciones y hasta uno que otro coraje bien beisbolero. Porque así se vive este deporte: en comunidad, entre amigos, con pasión.


Y de una vez queda avisado: el CSDPN será sede constante de esta fiesta. Asadores listos, palapa encendida y televisiones prendidas para no perdernos ni un solo lanzamiento.


Así que amigos…

que ruede la pelota, que suene el bat y que se cante fuerte:


¡Play ball! ⚾

22 de marzo de 2026

Angeles…


Uno quisiera que nuestros hijos caminaran por la vida rodeados de ángeles cuando están lejos de casa. Que cada persona con la que se crucen sea de buena fe, de intenciones limpias. Que las actividades que emprendan tengan los riesgos normales de crecer, de vivir; y que, si se equivocan, enfrenten las consecuencias justas, aprendiendo de ellas para ir construyendo su carácter y su experiencia.


Pero la realidad de hoy dista mucho de ese anhelo.


Las calles, los lugares que frecuentan los muchachos e incluso sus propias escuelas, se han vuelto espacios donde el peligro acecha. Y no solo por adultos que buscan aprovecharse de su inocencia, sino también por jóvenes que, extraviados en su propio camino, terminan convirtiéndose en una amenaza para otros. Hoy en día no es raro ver a muchachos armados o bajo el influjo de alguna sustancia a cualquier hora, multiplicando los riesgos para nuestros hijos.


¿Cuántas noticias hemos leído o visto sobre tragedias en escuelas? ¿Cuántas historias nos llegan de jóvenes que sufren situaciones terribles en lugares que, en teoría, eran para divertirse? ¿A cuántas pláticas hemos asistido donde especialistas nos advierten, con datos duros, lo que está ocurriendo en nuestra sociedad?


Y, aun así, muchas veces no reaccionamos.


Seguimos posponiendo decisiones importantes. Dudamos en poner límites. Cedemos con facilidad a lo que nuestros hijos piden —y a veces exigen— sin detenernos a pensar qué es lo mejor para ellos. La pregunta es inevitable: ¿qué necesitamos que suceda para actuar?


En nuestra ciudad, lamentablemente, las opciones de esparcimiento para los jóvenes son limitadas. Predominan los lugares disfrazados de entretenimiento donde el ambiente no siempre es el más adecuado. Espacios donde se mezclan riesgos innecesarios con una aparente normalidad, y de donde los muchachos salen a calles donde la vigilancia, muchas veces, es insuficiente.


No es raro ver jóvenes de otros lugares cruzar la frontera en busca de lo que en sus ciudades no se les permite: acceso a alcohol, a ambientes sin regulación, a una libertad mal entendida. Allá hay consecuencias claras; aquí, con frecuencia, puertas abiertas.


Pero tampoco se trata de criar a nuestros hijos en una burbuja. Ignorar la realidad no es opción. Como padres, quisiéramos ofrecerles espacios seguros, oportunidades sanas de convivencia, y la tranquilidad de saber que volverán a casa sin peligro.


Sin embargo, aunque mucho depende de las autoridades, hay algo que no podemos delegar: nuestra responsabilidad.


Un día antes de cumplir 21 años, una de mis hijas salió rumbo a la escuela, con el apuro natural de quien va contra el reloj. Apenas había avanzado unos metros cuando un policía la detuvo por exceso de velocidad y comenzó a levantarle una infracción.


Ella le pidió que la disculpara. Le explicó que nunca había tenido una multa, que eso le afectaría su seguro. Pero el oficial, serio, hizo su trabajo sin ceder. Le entregó la boleta y se retiró.


Mi hija se quedó ahí, en silencio, invadida por esa tristeza que solo se siente a su edad: una mezcla de frustración, culpa e impotencia.


Pasaron unos minutos.


De pronto, tocaron su ventana.


Era el mismo policía.


Regresó, le devolvió la boleta y, ahora sí, le habló. Le llamó la atención y le pidió que bajara la velocidad, que se cuidara, que nada bueno trae manejar con prisa. Y añadió algo que a cualquier padre le llega directo al corazón: que quienes más iban a agradecer ese consejo éramos nosotros.


Ese día, ese hombre no fue solo un policía.


Fue, sin saberlo, un ángel en el camino de mi hija.


Y entonces uno entiende que, aunque no podamos estar siempre a su lado, a veces la vida les pone a alguien que los cuida, que los detiene a tiempo, que les recuerda el valor de regresar a casa.


Ojalá a todos nuestros hijos les toque encontrarse, de vez en cuando, con uno de esos.

2 de marzo de 2026

Recuerdos del Alma…

Por: Javier Zacarias


Esos momentos inolvidables se guardan como quien esconde piedritas luminosas en el alma. No pesan, no estorban; iluminan.

Cuando la memoria es generosa, se encienden solitas en las noches calladas o en las tardes de silencio profundo. Y cuando la memoria flaquea un poco, conviene apuntarlos con cariño, como se anota la lista de mandados en un papel doblado en el bolsillo.

Así, cuando la vida arrecia y llega la tormenta, esos recuerdos salen a nuestro encuentro y vuelven a abrigarnos el corazón.

22 de febrero de 2026

Y que tal si..,


Por: Javier Zacarias

¿Qué habría sucedido en la vida de una persona si aquel evento no hubiera ocurrido?

¿Qué habría pasado con el resto de su historia si aquel día no hubiera doblado en esa esquina que, sin saberlo, cambió por completo el rumbo de su existencia? ¿Habría sido mejor o peor? ¿Más fácil o más duro? Nadie lo sabe.

¿Qué habría sucedido si no hubiera asistido a ese baile al que fue casi a regañadientes, empujado por la terquedad de sus amigos, cuando en realidad deseaba ir a otro lugar, uno más divertido, con más ambiente? Esa decisión aparentemente trivial también alteró el curso de su vida.

Nos aseguran que somos dueños de nuestro destino, que lo forjamos con cada paso que damos. Sin embargo, hay hilos invisibles que no movemos nosotros. Esos hilos, sin duda, los sigue moviendo Dios.

Y si esto es así, entonces podemos pensar que, aunque no hubiera doblado en esa esquina, aquel suceso habría ocurrido unas cuadras más adelante. Tal vez, si no hubiera asistido a esa fiesta, el encuentro se habría dado en otro evento, en otro momento, bajo otras circunstancias. ¿Está entonces nuestro destino marcado?

La incertidumbre nos lleva a preguntarnos qué habría sido de nosotros si hubiéramos tomado una decisión distinta. Pero esa duda, esa imposibilidad de saberlo, es precisamente el sazón de la vida. Es la cereza del pastel.

Una sola decisión puede cambiar radicalmente el resto de la vida de una persona. Una mirada, un paso de más, un suspiro, un semáforo en rojo, una sonrisa, un “sí” o un “no” tienen un impacto profundo e incalculable. Por eso es tan importante mantener siempre una buena actitud frente a los acontecimientos, incluso como una forma de prevenir un futuro desastroso.

Estoy convencido de que si algo sucede en la vida de las personas es, primero, porque Dios así lo quiere y, después, porque son las consecuencias de nuestras decisiones. Por ello debemos aceptar Sus designios y, sobre todo, tener el valor de enfrentarlos con amor y recibirlos con devoción.

Las risas y las lágrimas son el lenguaje del corazón, y el corazón nunca se equivoca cuando tiene un pacto con Dios.

16 de febrero de 2026

Solo ven a verme jugar…


Estaba viendo un documental sobre investigación deportiva de Bryant Gumbel cuando el tema me trajo a la memoria escenas que viví hace ya varios años. El reportaje de HBO hablaba sobre la exagerada participación de algunos padres en los deportes de sus hijos, al grado de gritarles, presionarlos e incluso humillarlos públicamente desde las gradas frente a sus compañeros de equipo.

Al ver esas imágenes, no pude evitar sentir una profunda pena ajena. Me recordaron episodios locales muy similares: padres de familia que, en vez de ser apoyo, se convierten en una carga emocional para sus hijos. Los regaños desde la banda, los gritos cuando se comete un error o no se hace “la jugada correcta”, hacen que esos niños prefieran que sus papás no vayan a los juegos. No por falta de cariño, sino para evitar la vergüenza y la burla de sus compañeros.


En los campos de fútbol americano, béisbol o soccer de Piedras Negras, esto se ve con frecuencia. Padres que sufren los partidos como si fueran finales del Super Bowl, perdiendo la noción de lo importante: que sus hijos están ahí para divertirse, para aprender, para crecer. Y si se vieran en video… seguramente les daría vergüenza.


¿Han presenciado lo que ocurre entre los papás de los equipos de fútbol americano o cualquier deporte en nuestra ciudad? Algunos hasta se han peleado entre ellos, han roto amistades de años solo porque sus hijos juegan en equipos distintos. Lo irónico es que los muchachos, después del juego, se juntan como si nada en la fiesta de algún amigo, mientras los adultos siguen en un pleito eterno . Sí, mientras los papás se andan jalando los pelos, los chavos andan abrazados riéndose de los “osos” que hacen sus propios padres en las gradas.


Hace poco quise ver con mis propios ojos si las cosas habían cambiado. Fui a los campos de fútbol y béisbol infantil y confirmo: no ha cambiado nada. Sin importar el nivel social, los padres gritones y ofensivos abundan por igual. Lanzan insultos desde la banda, desahogan sus frustraciones en sus propios hijos por un pase mal dado o un gol fallado. Y eso, lo único que hace, es dañar la experiencia del niño.


He llegado a la conclusión de que esos padres que gritan hasta la ofensa, lo hacen porque se asoma en ellos la frustración de haber sido deportistas mediocres… o de nunca haberse animado a intentarlo.


Que no se malentienda: la presencia de los padres en las actividades de sus hijos es fundamental. Ver en las gradas a mamá o papá es algo que ningún niño olvida. Su presencia en un partido, una función de teatro o una presentación escolar, es clave en su desarrollo emocional. Pero ojo: la presencia debe ser de apoyo, no de presión. De aliento, no de crítica.


Hay ejemplos admirables en nuestra ciudad. El ingeniero Mario De la Cabada supo inculcarles a sus hijos el deporte con respeto, cariño y visión. Para muchos como él, el deporte es más que una competencia: era formación personal, salud mental, y sobre todo, trabajo en equipo. Y por lo que hoy veo en sus hijos, no se equivocó. Otros ejemplos valiosos fue el de Lalo Riddle con sus hijos, o el de mi tío Héctor Menchaca con mis primos y seguramente hay muchos más padres  presentes, pero sin protagonismo. Acompañando, no dirigiendo.


Así que la próxima vez que uno de sus hijos lo invite a un evento, acuda. Vaya como lo que es: un espectador orgulloso. Disfrútelo como si fuera el último partido, la última función o el último torneo al que va a asistir. Haga sentir a su hijo que lo apoya con su presencia y sus palabras sinceras de aliento.


No lo critique. Usted no es su coach.


Usted es su papá.