1 de noviembre de 2026

Extrañamos al gordo…



Crónicas de amistad, sóftbol y otras travesuras inolvidables

Extrañamos al Gordo. Dueño de un carácter sencillo, sin esa filigrana verbal con la que algunos tontos engañan a otros, poseedor de la sinceridad norteña que lo caracterizaba y de una alegría tan singular que contagiaba con su sola presencia.


¿Cómo no lo vamos a extrañar, si era AMIGO, así, con mayúsculas?


Del mero manantial carbonífero de Nueva Rosita fue importado a Piedras Negras en sus años mozos. Aquí, quienes tuvimos la fortuna de conocerlo, lo quisimos casi desde el primer momento. Y él, bonachón, se dejaba querer.


Su espacio no es fácil de llenar. Y no lo digo por su volumen, que era considerable, sino por todo lo que representaba en nuestras vidas.


El Lic. Rafael Aguirre fue para mí, y sé que también para muchos que tuvimos el privilegio de conocerlo, un amigo en toda la extensión de la palabra. Recordarlo me provoca esa curiosa mezcla de sentimientos en la que la tristeza por su ausencia termina cediéndole terreno a la alegría de haber compartido tantas aventuras con él.


Porque al Gordo no solamente se le recuerda: se le vuelve a escuchar en cada anécdota, en cada broma y en cada chascarrillo que seguimos contando como si todavía estuviera sentado a nuestro lado.


Y para muestra, basta una historia que se remonta allá por 1991.


Por aquellos años nos habíamos coronado campeones de la Liga de Sóftbol del Periódico Zócalo, representando al equipo Chago’s Bar. Y aquí hago una aclaración pertinente: les juro que jamás llegué a visitar el establecimiento que tan generosamente nos patrocinaba.


Con dos victorias sobre la aguerrida escuadra de los Astros del Motel Casablanca nos sentíamos los dueños del universo softbolero. La hazaña nos llenó de orgullo y, naturalmente, jugadores y seguidores nos dedicamos a presumir el campeonato más allá de nuestra frontera.


Chichi González fue uno de los principales promotores de nuestra fama, particularmente en Ciudad Frontera, cuna de excelentes peloteros y donde El Perrito tenía familiares. Tanto habló de nuestras virtudes que terminamos invitados un sábado a disputar una serie de dos encuentros en el estadio de aquella ciudad.


Según Chichi, nuestros anfitriones contaban con un equipazo. Algunos habían jugado en la Liga Mexicana y no descartaba que se reforzaran con peloteros de la Primera Fuerza de Monclova.


¡Aquello parecía más una final nacional que una simple invitación sabatina!


El Gordo, que se tomaba muy en serio estas cosas —sobre todo cuando se trataba de ganar—, comenzó a convocarnos a entrenar todas las tardes. También echó mano de sus relaciones y consiguió refuerzos reconocidos de Piedras Negras y Eagle Pass.


Pero, como buen entrenador y mejor vigilante de las tentaciones ajenas, tenía una condición innegociable:


—¡Prohibido tomar y desvelarse esta semana, cabrones!


Y para asegurarse de que obedeciéramos, él y Junior Salazar emprendían recorridos nocturnos por los clubes deportivos de Piedras Negras.


¡Qué sacrificio el suyo! Vigilar la disciplina de sus jugadores no era cosa sencilla.


La última estación de aquel recorrido de supervisión era el Club Atoyac, donde el Gordo y Junior tenían su cuartel general. Allí, mediante una eficiente red de orejas, soplones y chismosos, les llegaban noticias de nuestro comportamiento.


Mientras tanto, ellos, muy campantes, disfrutaban de sus amargos y fríos refrescos.


¡Qué bonita manera de predicar con el ejemplo!


La lista de convocados parecía de lujo: Chichi González, Gringo Fernández, Homero Herrera, Armando “Cachana” Felán, el Güacamole, Manny García, Galones, Héctor Chávez, Junior Salazar, Renato y un servidor, entre otros.



La logística de transporte era igualmente impresionante: una combi y la pick-up de Marcelo, donde viajarían él, Chávez y Galones, este último con su inmenso estéreo, que cargaba al hombro como si fuera un rapero de aquellos tiempos.


Con semejante equipo, semejante entusiasmo y semejante aparato de sonido, ¿quién podía detenernos?


Llegó por fin el gran día. Nos reunimos en la Plaza Principal de Piedras Negras y, una vez completo el contingente, emprendimos la aventura rumbo a Frontera Coahuila.


Tomamos la carretera 57 y, al llegar a la altura de El Infante, las tripas de los viajeros comenzaron a entonar unas melodías bastante más tristes que las que salían de la grabadora de Galones.


Para nuestra desgracia, el restaurante del lugar estaba cerrado.


¡Aquello sí que era una tragedia!


A punto estuvimos de derramar lágrimas cuando, de pronto, ocurrió lo inesperado. Liborio Valdez abrió su maletín y sacó un fajo de tacos de frijolitos con chorizo que nos hicieron ver la gloria.


¡Señores, habíamos presenciado el milagro del Infante!


Después de una buena regañada por no habernos avisado que su señora le había preparado lonche, procedimos a darles trámite inmediato a los benditos tacos.


Al Gordo, por supuesto, le quedaron las manos hinchadas de tanto manotazo que repartió en la refriega. Era muy goloso el hombre y, cuando se trataba de comida, la amistad tenía que hacerse a un lado.


¡Primero los tacos y después los abrazos!


La alegría dentro de la combi era desbordante. Llevábamos tal escándalo que quienes transitaban por las calles de Frontera volteaban a vernos con una mezcla de curiosidad y desconcierto.


¡Qué iban a imaginar que aquellos señores tan escandalosos iban en busca de la gloria deportiva!


Llegamos, descendimos de los vehículos con nuestros maletines y, uniformados y bien organizados, nos dispusimos a entrar en acción. Parecíamos de revista deportiva!


Los jugadores y espectadores locales nos miraban atónitos. No sé si admiraban nuestra presentación o si estaban tratando de averiguar de dónde había salido semejante expedición.


Galones dejó su estéreo en la camioneta de Marcelo, bajo la sombra del estadio, y se acercó a preguntarme:


—¿No lo bajo, Flaco?


Le dirigí mi fría mirada número cuatro, esa que no necesitaba palabras para expresar un regaño, y le hice entender que no tenía ningún sentido llevar semejante aparato hasta el dogout.


Galones bajó la mirada y obedeció.


¡Quién iba a pensar que aquel sería el principio de una historia que nos perseguiría durante años!


Jugamos los dos encuentros contra Ciudad Frontera, nos divertimos de lo lindo y, al terminar, nos invitaron a un convivio en casa de un familiar de Chichi.


Todo parecía haber salido a pedir de boca.


Fue entonces cuando le dije a Galones:


—¡Ahora sí, ve por el estéreo!


Nuestro amigo se dirigió muy campante a la camioneta de Marcelo, pero al llegar se encontró con una desagradable sorpresa: el aparato había desaparecido.


Se lo habían robado sin romper un solo vidrio.


¡Aquellos ladrones eran verdaderos artesanos! Trabajaban con la delicadeza de un cirujano y la rapidez de un relevista de Grandes Ligas.


Hasta los últimos días de mi gran amigo Galones, no me la acabé. El dichoso estéreo se convirtió en tema obligado de bromas, reclamos y burlas. Cada vez que salía la conversación, alguien encontraba la manera de recordarle el episodio.


Porque así era nuestra amistad: nadie se salvaba de la carrilla, pero todos sabíamos que detrás de cada broma había afecto del bueno.


De regreso a Piedras Negras hicimos escala en Los Menonitas. Los compañeros aprovecharon para comprar productos típicos de aquella comunidad.


Chichi fue uno de los más entusiastas. Compró quesos, chorizo, machacado y quién sabe cuántas cosas más. Se gastó una fortuna.


¡Parecía que no iba de paseo, sino que estaba abasteciendo una sucursal del supermercado!


Reanudamos el camino a Piedras Negras y la noche comenzó a caer. Al llegar a Villa de Fuente, yo conducía la combi y noté algo extraño: los pasajeros se miraban entre sí y, de pronto, todos guardaron silencio.


Aquello me pareció sospechoso. Después de tantas horas de escándalo, que aquellos hombres se quedaran callados era motivo suficiente para preocuparse.


Pasamos frente a la iglesia de La Villa y, de pronto, la voz de la Cachana Felán rompió el silencio:


—¡Párate ahí, en la esquina!


Yo, desconcertado, pregunté:


—¿Dónde?


Y todos, como si hubieran ensayado la respuesta durante kilómetros, contestaron al mismo tiempo:


—¡Ahí, en el Chago’s!


¡Ahora entendía todo!


Lo tenían perfectamente planeado. No me habían dicho una palabra hasta llegar al lugar donde pretendían terminar la jornada.


Como era costumbre, entraron al establecimiento enfundados en sus uniformes de sóftbol y se instalaron en la ya tradicional mesa 14.


Yo no pude acompañarlos. Así que, aunque me ahorré el trabajo de ir dejando a cada quien en su casa o en su carro, me fui tristemente a la mía.


Y digo tristemente porque, a esas alturas, uno ya sabía que las mejores historias de la noche estaban por comenzar… y que seguramente tendría que escucharlas al día siguiente.


Los pantalones y camisas, los quesos, los chorizos y las demás compras se quedaron en la combi hasta la mañana siguiente, cuando algunos compañeros pasaron por sus pertenencias a mi casa.


Todos recuperaron sus cosas.


Bueno… casi todos.


Los únicos bienes que nunca aparecieron fueron los de Chichi.


Y aquello, por supuesto, pasó a formar parte del patrimonio histórico de nuestras bromas.


Han pasado los años y todavía no se le acaba el asunto a Chichi.


Hace apenas unas semanas caminaba yo por los pasillos de Walmart cuando, de pronto, escuché un grito desgarrador que a todos los presentes nos hizo volver la cabeza:


—¡MIS QUESOS, FLACO!


Era Chichi González, quien, fiel a la tradición, volvía a reclamarme aquellas compras que desaparecieron misteriosamente de la combi.


¡Ni siquiera en Walmart me dejan comprar en paz!


Cada vez que nos encontramos, el hombre me recuerda los quesos, el chorizo y el machacado. Y yo, que soy inocente hasta que se demuestre lo contrario, no tengo más remedio que defender mi honra.


¡Yo no fui!… tengo mis sospechas del causante, eso si. A La Cachana lo vi muy cachetón durante los días siguientes.


Aunque, a estas alturas, sospecho que ni un notario público, ni un juez ni una investigación especial conseguirían que Chichi me absolviera.


Y si el Gordo estuviera todavía entre nosotros, seguramente sería el primero en echarle leña al fuego, soltar una carcajada y exigir que pagara los quesos para cerrar el caso.


Porque así era Rafael Aguirre: cómplice de nuestras ocurrencias, protagonista de nuestras aventuras y amigo de esos que hacen que hasta los recuerdos más sencillos se conviertan en historias extraordinarias.


Hoy, al recordar aquella aventura de 1991, vuelvo a ver la combi, la camioneta de Marcelo, la grabadora de Galones, los tacos del Infante, los productos de Los Menonitas y la inolvidable mesa 14 del Chago’s Bar.


Vuelvo a escuchar las carcajadas, las reclamaciones y las bromas que, después de tantos años, siguen arrancándonos sonrisas.


Y también vuelvo a ver al Gordo y a Galones, con su carácter franco, su alegría contagiosa y esa manera tan suyas de hacerse querer sin necesidad de adornar las palabras.


Por eso duelen sus ausencias. Porque hay amigos que no solamente comparten una época: terminan formando parte de nuestra historia y de nuestra manera de entender la vida.


El Gordo y Galones fueron de esos.


Los extrañamos, claro que sí. Pero qué fortuna haberlos tenido, haber jugado con ellos, haber compartido tantas aventuras y conservar todavía un arsenal de anécdotas para seguir riéndonos como si estuviéramos juntos.


Al final, eso es la amistad verdadera: poder pasar los años, perder algunos partidos, olvidar ciertos marcadores y hasta lamentar algún estéreo robado, pero nunca olvidar a quienes estuvieron a nuestro lado.


Y mientras Chichi siga reclamándome sus quesos, Galones su grabadora y nosotros sigamos contando aquellas historias, el Gordo seguirá sentado con nosotros, aunque sea en la memoria.


Así que, dondequiera que estén, mis queridos Gordo y Galones, reciban un abrazo de esos que nos dábamos entre amigos.


Y no te preocupes Gordo: si allá arriba organizas una cascarita de sóftbol, procura llevar tus propios tacos, porque aquí ya sabemos cómo te las gastas.


¡Los extrañamos!


Y que conste Chichi, para que no haya más reclamaciones: 


¡yo no fui!