6 de septiembre de 2026

Viva Mexico! 🇲🇽

 


En estos días, a propósito del mes patrio y que se acerca el 15 de septiembre, he leído y escuchado a muchos decir que no tenemos nada que celebrar. Que los problemas del país son tantos que no hay motivo para festejos; que la decepción por los gobiernos ni se antoja celebrar o que, aprovechando el puente, será mejor cruzar la frontera para irnos de compras con la familia.

¿De verdad no tenemos nada que celebrar?


Pienso entonces en aquellos hombres y mujeres que, hace más de doscientos años, salieron de sus casas dejando atrás familia, tranquilidad y muchas veces hasta la certeza de volver con vida. 


Ellos también tuvieron miedo y decepciones. 


También vivieron tiempos difíciles, injusticias, pobreza y enormes incertidumbres. Pero aún así, decidieron luchar por algo que nosotros hoy damos por hecho: libertad.


Quizá por eso creo que debemos aprender a separar nuestras decepciones de nuestro amor por México.


Podemos estar inconformes con nuestros gobernantes, podemos señalar sus errores, exigirles resultados y reclamar aquello que no están haciendo bien. Podemos incluso sentirnos decepcionados de muchas cosas que ocurren en nuestro país. Pero una cosa es cuestionar a quienes gobiernan y otra muy distinta dejar de querer a la tierra que nos vio nacer.


Por eso, este mes de Septiembre y precisamente este 15 de septiembre yo sí voy a celebrar.


Voy a celebrar que vivo en un país donde podemos elegir a nuestros gobernantes; donde podemos votar por quien queramos, podemos decir y escribir lo que nos de la gana y donde tenemos el derecho de exigirle fuerte a quien resulte electo que cumpla con su deber.


Voy a honrar nuestra bandera y sentir orgullo al verla ondear allá en la Gran Plaza.


Y, por supuesto, haré una carne asada. Bueno; varias.

Prepararé mi pico de gallo, así sencillito, nomas con chile, tomate y cebolla, porque hasta en esas pequeñas cosas encuentro los colores de nuestra bandera. Y pondré mi música de mariachi a todo volumen, para escuchar esos violines, las trompetas y el guitarrón que tienen una manera muy nuestra de meterse en el corazón.


Y seguramente, entre un tequila y otro, brindaré.


Brindaré por México.


Por el México que conocieron mis padres y mis abuelos. Por el México de mi infancia, de mis amigos, de mis recuerdos y de tantas historias que llevo conmigo. Por las calles que recorrí de niño, por aquellos que se quedaron en el camino, por los que todavía están y por las nuevas generaciones que algún día tendrán que tomar en sus manos este país que nosotros les estamos dejando.


Brindaré por el México que tenemos y también por el México que soñamos.


Porque sí, tenemos problemas. Muchos.

Pero México no son sus problemas.


México es su gente.

Es su historia.

Es su música.

Es su comida.

Es su bandera.

Es la voz de una madre llamando a sus hijos a la mesa.

Es el abrazo de la familia.

Es el amigo que llega a nuestra casa.

Es una carne asada al caer la tarde.

Es un mariachi y un acordeón tocando una canción que nos hace recordar a alguien.

Es la nostalgia que sentimos cuando estamos lejos.


México es todo aquello que llevamos dentro y que, por más lejos que vayamos, nadie puede quitarnos.


Por eso este 15 de septiembre, cuando escuche el grito de ¡Viva México!, no voy a pensar solamente en lo que nos falta.


Voy a pensar en todo lo que somos.


Y voy a gritarlo con orgullo, con respeto y con el corazón lleno de recuerdos:


¡Viva México!🇲🇽 


Porque a pesar de todo, y precisamente por todo lo que hemos vivido…


México sigue siendo el país más hermoso del mundo.

29 de agosto de 2026

Mañaneras: una estrategia que les salió por la culata…


A los políticos de la llamada Cuarta Transformación les ha salido el tiro por la culata con la estrategia de las “mañaneras”.

Se pensó que mediante conferencias diarias, declaraciones y supuestos ejercicios de cercanía con el pueblo se lograría informar a la ciudadanía sobre las acciones y resultados del gobierno. Sin embargo, el efecto parece haber sido exactamente el contrario: en lugar de sumar simpatías, han generado desgaste, confrontación y hasta rechazo entre sectores de la sociedad.


La intención de mantener una comunicación permanente con la ciudadanía no tendría nada de malo. Al contrario, informar y rendir cuentas debería ser una obligación de cualquier gobierno. El problema aparece cuando ese espacio termina convertido en un escenario para la confrontación política, el señalamiento, la descalificación y, en ocasiones, el espectáculo.


Y aquí es donde uno se pregunta: ¿realmente estamos frente a un ejercicio de comunicación gubernamental o ante un show político de todos los días?


Porque algunas mañaneras parecen tener todos los ingredientes de una función de lucha libre: el ring está instalado, los protagonistas conocen su papel, algunos llegan preparados para provocar y otros para responder. Hay golpes verbales, acusaciones, aplausos y abucheos. Solo faltan las máscaras.


Y, como en las luchas libres, buena parte de la concurrencia sabe que está presenciando un espectáculo preparado para generar reacción y hasta burlas en las charlas de cafe.


También existe otro problema: el papel de algunos periodistas que participan en estas conferencias. Hay comunicadores que parecen acudir no tanto para cuestionar al poder como para darle la oportunidad de lucirse, mientras otros formulan preguntas claramente orientadas hacia la confrontación y muchas veces a la ofensa. Cuando las preguntas están previamente diseñadas para provocar una determinada respuesta, el ejercicio periodístico pierde buena parte de su esencia.


El periodismo debería incomodar al poder, no convertirse en su acompañante.


Pero quizá lo más preocupante es lo que ocurre después.


Una parte de la ciudadanía permanece expectante, no necesariamente para conocer resultados de gobierno, sino para esperar el chisme, la polémica, la ofensa, el ataque o la burla. En Piedras Negras lo hemos visto también en el ámbito municipal. Las sesiones de Cabildo, que deberían ser espacios serios para discutir y resolver los problemas de la ciudad, terminan en ocasiones alimentando esa misma dinámica de confrontación y espectáculo.


Y mientras tanto, los problemas reales siguen esperando.


Calles, servicios públicos, seguridad, agua, infraestructura, desarrollo económico, atención a los ciudadanos y tantos otros asuntos que requieren tiempo, capacidad y trabajo.


Por eso me pregunto cuánto tiempo y cuánta energía de los funcionarios se destinan diariamente a preparar conferencias, informes, documentos, respuestas y estrategias de comunicación que muchas veces terminan produciendo más ruido que resultados.


Me imagino que más de un director de área debe preguntarse si todo ese esfuerzo diario realmente se traduce en beneficios para la ciudadanía. Porque mientras se prepara la siguiente conferencia, los problemas de cada dependencia siguen ahí, esperando soluciones.


Los periodistas, por supuesto, felices: tienen la nota prácticamente servida todos los días.


Los aficionados al chisme también: encuentran material de sobra para compartir, comentar, insultar, burlarse o alimentar rumores en las redes sociales.


Y la oposición, encantada de la vida: difícilmente podría pedir una mejor estrategia cuando el propio gobierno se expone diariamente a desgastarse en confrontaciones que terminan convirtiéndose en municiones para sus adversarios.


Porque ese es, finalmente, el gran problema de esta estrategia.


Una cosa es comunicar y otra muy distinta es gobernar para la comunicación.


Cuando la política se convierte en espectáculo, el ciudadano deja de ser el destinatario de los resultados y termina convertido en espectador de una función.


Y un gobierno no fue elegido para ofrecer funciones.


Fue elegido para gobernar.


Por eso, a los políticos de la Cuarta Transformación habría que decirles con todo respeto: las mañaneras quizá fueron concebidas como una herramienta para acercarse al pueblo, pero han terminado siendo un tiro por la culata.


Y mientras unos se desgastan en el ring de la política diaria, otros aprovechan el espectáculo.


No es una buena estrategia para gobernar.


Mucho menos cuando México, y también nuestras ciudades, tienen problemas bastante más importantes que resolver que el próximo enfrentamiento frente a las cámaras.


Menos show. Más trabajo.

Menos confrontación. Más resultados.

Menos mañaneras y más soluciones.

26 de agosto de 2026

Lo que se inculca con amor…


Cuando mi Jessica estaba bebita, para darle un respiro a mi señora, solía sentarme frente aquel enorme estéreo de tocadiscos y cassette, acurrucarla entre mis brazos y dejar que me acompañara a escuchar mi música preferida y leyendo un libro.

Lo mismo hice después con mis otras dos hijas.


Eran largas sesiones de música. Led Zeppelin, Chicago, The Beatles, The Rolling Stones, Eagles… y hasta Elvis. Yo disfrutaba de aquellas canciones mientras tenía a mis pequeñas en los brazos, sin imaginar que, además de arrullarlas, estaba sembrando algo que muchos años después habría de florecer.


La música rock y la lectura siempre han sido parte importante en mi vida. Es parte de mi historia, de mi juventud, de mis recuerdos. Y, sin proponérmelo, les fui transmitiendo a mis hijas ese gusto por la música de mi época.


No sabía que les estaba “pasando” mi afición.


No lo planeé. No intenté convencerlas. Simplemente me salió hacerlo.


Con el tiempo descubrí que quizá esa es una de las maneras más bonitas de inculcar algo a nuestros hijos: sin obligarlos, sin imponerles, simplemente compartiendo con ellos aquello que nosotros amamos.


Hoy mis hijas ya son jóvenes y siguen disfrutando mucho de aquella música y de lectura.


Sarah Suseth, incluso, tiene gusto por la guitarra y el piano y disfruta interpretando canciones de The Beatles. Jessica y Wendy amantes de la lectura escuchan con frecuencia a muchos de aquellos grupos que yo escuchaba cuando ellas apenas cabían entre mis brazos.


Y eso me causa una enorme satisfacción.


Hace unos días, por Facebook, le comenté algo parecido a mi tocayo, Javo Morales, cuando lo vi acurrucando a su hijo recién nacido mientras escuchaba música:


—No creas que porque está tan pequeñito no la está escuchando tocayo. Parece que no se da cuenta, pero la música se le va quedando, adhiriendo a su vida. Ya verás que cuando tenga algunos años te va a sorprender descubrir que tiene los mismos gustos que tú.


Y probablemente algún día ese niño así como mis hijas, tendrá su cuarto lleno de posters de grupos y cantantes que ni siquiera alcanzó a conocer.


Quizá tendrá a Elvis, a Michael Jackson, a The Beatles, a Led Zeppelin y a tantos otros músicos que formaron parte de nuestra vida, aunque algunos ya no estén aquí y otros hayan desaparecido hace muchos años.


Y lo más curioso será que probablemente no sabrá exactamente de dónde nació ese gusto.


No recordará aquellas tardes o aquellas noches en las que su papá lo tuvo entre sus brazos mientras sonaban aquellas canciones.


Pero algo de aquello quedó.


Porque hay cosas que no se enseñan con palabras.


Se enseñan viviéndolas.


Puede ser la música, como en mi caso. Puede ser el béisbol, los caballos, la fotografía, la pesca, la lectura o cualquier otra afición.


Si a un niño lo llevas desde pequeño contigo a montar a caballo, si lo sientas a tu lado mientras escuchas música, si lo llevas al estadio y le explicas el juego, si sales con él a tomar fotografías o simplemente te sientas a leer a su lado, le estás mostrando una parte de ti.


Y cuando lo haces con amor, muchas veces esa experiencia se queda para siempre.


No es que el gusto venga en la sangre.


Es que se va formando en el corazón.


Pero también hay otra realidad.


A veces los padres confundimos inculcar con imponer.


Queremos que nuestros hijos amen el béisbol porque nosotros lo amamos. Los llevamos a jugar, los metemos a una liga, los entrenamos, los presionamos y queremos que sean aquello que nosotros hubiéramos querido ser.


Y entonces ocurre exactamente lo contrario.


El muchacho termina rechazando el béisbol.


Y no es raro ver al hijo de un gran pelotero jugando fútbol, o al hijo de un músico que jamás quiere tocar un instrumento.


¿Por qué?


Porque una cosa es compartir una pasión y otra muy distinta obligar a alguien a vivirla.


Los hijos necesitan descubrir sus propios caminos.


Quizá algunos terminarán amando aquello que nosotros les enseñamos. Quizá otros escogerán algo completamente diferente. Y también debemos aprender a respetarlo.


Lo importante no es que nuestros hijos terminen siendo músicos, peloteros, fotógrafos, jinetes o profesionistas como nosotros.


Lo verdaderamente importante es que aquello que les transmitimos haya sido acompañado de cariño, paciencia y buenos recuerdos.


Porque algún día, cuando nosotros ya no estemos para explicárselo, quizá escuchen una vieja canción, vean una fotografía, entren a un estadio o se suban a un caballo…


Y entonces, sin saber exactamente por qué, sonreirán.


Tal vez en ese instante regresen a aquellos años en los que eran pequeños y papá o mamá los tenía entre sus brazos.


Y comprenderán que, mucho antes de que ellos pudieran darse cuenta, les estábamos dejando algo más importante que una afición:


les estábamos dejando un pedacito de nuestra vida.