9 de febrero de 2026

Güelita…

Por: Javier Zacarías


En esos días tristes, en épocas de pesadumbre, con lágrimas que no se ven porque brotan por dentro, suelo refugiarme en recuerdos que alguna vez me hicieron feliz. Y uno de ellos, quizá el más constante, es el de mi abuelita.

Doña Simonita era hermosa. Así de claro. Bellísima. Y no lo digo por el amor del nieto mayor —aunque sí, también— sino porque es la puritita verdad. Era hermosa por dentro y por fuera mi güelita.

Tenía unos ojos divinos, de esos que no miran: abrigan. Ojos que destellaban ternura, alegría y una paz que hoy, tantos años después, sigo buscando en la memoria. Tenia una mirada bonita, limpia, de esas que se quedan tatuadas para siempre. Su carácter era jovial, ligero, muy distinto —hay que aceptarlo— al que a veces carga este su nieto mayor, ya entrado en años.

Me daba unos abrazos que sabían hacer hogar. Abrazos que apapachaban y en los que uno se sentía el niño más suertudo de Piedras Negras y puntos circunvecinos. Con esos abrazos no hacía falta nada más en ese mi mundo añorado.

A mi abuelita le gustaba mucho bailar. Y tuve la dicha y la fortuna, ya siendo un poquito más grande, de bailar con ella varias veces. Fueron momentos inolvidables para ella y para mi que se quedaron guardados en nuestros corazones.

Cada oportunidad que tenía me acurrucaba a su lado, porque ahí se sentía un amor profundo y sincero, el de una mujer fuerte y cariñosa que se la partió por sacar adelante a sus hijos, dejando su querido Remolino para que todos ellos tuvieran una vida mejor.

Mi abuelita tenía todo lo que tienen las buenas abuelitas.

Sabía dar amor… y sabía cocinar. Los mas ricos manjares regionales se disfrutaban a diario en la casa de güelita. Preparaba unos dulces exquisitos y su cocina siempre, siempre olía a hogar. A esos olores que no se olvidan nunca y que, con solo pensarlos, traen de regreso los recuerdos.

De ella no tengo memorias tristes. Ninguna. No hay un solo recuerdo que no quiera conservar. Me tenía bien chiflado. Me quería como se quiere al nieto mayor.

Mis primos y primas dicen que ellos son los consentidos… y yo los dejo que digan lo que quieran. Y bueno, creo que sí, eran adorados por mi abuelita porque tenía un corazón tan grande que alcanzaba para todos. Pero, aunque mis primazos argumenten que ellos eran los consentidos, que vivían con ella, que la veían a diario y demás historias que les gusta platicar entre ellos, la verdad es que yo fui el consentido original; los demás son copias.

Cuando ellos, mis queridos primos, tengan su primer nieto, van a entender el amor inmenso que mi abuelita tenía por su primogénito, su “Conce”. Pero bueno, esa es una competencia bonita, llena de cariño, porque al final todos tenemos razón: güelita tenía amor de sobra para querernos a todos.

A veces, cuando me siento triste, o cuando ya me siento viejillo y con el carácter medio amargozón, pienso en doña Simonita… y se me pasa. Porque si alguien recibió amor en esta vida, gracias a ella, fui yo.

Estoy completamente seguro de que mi abuelita está con Dios. No tengo la menor duda. La gente buena, como ella, tiene SENTRI al cielo.

Cuando la evoco no puedo decir “donde quiera que estés”. No. Siempre digo “Allá en el cielo donde estás, abuelita, te recuerdo, te añoro y te extraño”.

Y le doy gracias a Dios por haberme regalado una abuelita como tú: hermosa, cariñosa y llena de amor.

14 de enero de 2026

Vuela Alto… 🕊️


Doña Yola se fue en paz, rodeada de quienes la quisimos, la respetamos y le agradecimos una vida sembrada de valores: respeto, amor, paciencia, cariño y disciplina. En su despedida estuvo acompañada por sus hijos, sus nietos, por sus hermanas, sus cuñados, sus sobrinos y por tantas personas que la apreciaron profundamente y que, a través de ella, también mostraron su cariño a toda nuestra familia.

La familia Zacarías González está profundamente agradecida con cada persona que nos acompañó en la misa, así como con todos y cada uno de los mensajes que mis hermanos y yo recibimos. Cada palabra, cada gesto, cada muestra de afecto nos reconfortó el alma en momentos de tanta tristeza.

Agradezco de manera muy especial a mis amigos doctores que estuvieron al lado de mi mamá hasta el final de sus días. Algunos de ellos no solo ejercieron su profesión con ética y compromiso, sino que también supieron estar presentes como seres humanos: atentos, sensibles, dispuestos a sugerir, a recomendar y, sobre todo, a abrazar cuando más se necesitaba.

A mis amigos, no me queda más que expresarles mi gratitud por sus atenciones y por las condolencias que todos nosotros recibimos. Las valoramos infinitamente.

Las despedidas siempre son tristes. Perder a una madre duele en lo más profundo del alma. Perder a nuestros padres, que ya no están aquí físicamente, deja un vacío imposible de llenar. Sin embargo, estoy completamente seguro de que ahora están en un lugar mejor y que, desde ahí, seguirán guiándonos con su ejemplo el resto de nuestras vidas.

Después de llevar las cenizas de mi mamá al panteón, recibí abrazos fraternales de amigos y compañeros de trabajo. Los atesoro con el corazón. Más tarde regresamos a la casa de mi mamá y ahi, en familia, comenzaron a brotar los recuerdos: las anécdotas, los dichos, su manera tan particular de decir las cosas. Entre lágrimas también hubo sonrisas, carcajadas sinceras al recordar sus aventuras, sus travesuras y su forma tan entrañable de ser, especialmente con sus nietos.

Los nietos estaban encantados, rodeados de tíos, papás, tías abuelas. Fue un día entero de conversación, de memorias compartidas. Los primos estuvieron felices recordando a la abuela. Amigos cercanos llegaron con buñuelos, hojarascas, café y pequeños detalles que se quedaron grabados como gestos de cariño y acompañamiento.

Aunque la reunión nació desde la tristeza, nos llenó de alegría ver a los primos convivir, hacer planes para seguir viéndose en Saltillo, en San Antonio, en Dallas o en cualquier otro lugar. Para nosotros, los adultos, fue profundamente reconfortante ver que la llama de la familia sigue viva, que los lazos permanecen fuertes y que el amor continúa pasando de generación en generación.

La familia es primero, siempre. Pero los amigos también ocupan un lugar muy importante en nuestros corazones. No puedo dejar de mencionar al doctor Gabriel González Guajardo y al licenciado Eduardo Bres Guadiana. Para nosotros fueron un apoyo invaluable. Gabriel atendió a mi mamá como si fuera la suya. Estuvo presente incluso cuando yo no podía estar. La acompañó con un cariño y una entrega que nunca olvidaré. Gabi y Waly muchas gracias! No me cansaré jamás de agradecerles.

Hay todavía muchas cosas que decir y muchos recuerdos por atesorar. Claro que hay tristeza, claro que hay lágrimas por la partida de mamá. Pero también hay esperanza, añoranza y el firme deseo de que la familia siga creciendo y de que los lazos de unión entre nosotros se fortalezcan cada día más.

31 de diciembre de 2025

A todos mis amigos…


En este próximo Año Nuevo, quiero desearles de corazón salud, paz y muchos motivos para disfrutar y sonreír. Que cada día venga acompañado de tranquilidad, buenos momentos y la satisfacción de seguir avanzando, tanto en lo personal como en lo que compartimos como amigos.

Gracias por la amistad sincera y por los momentos agradables que nos regaló el 2025; por leer mis artículos, compartirlos y por sus comentarios, que me motivan a seguir escribiendo y compartiéndoles mis recuerdos y vivencias. Que el año que comienza nos brinde nuevas oportunidades para seguir coincidiendo y celebrando la vida con respeto y buena voluntad, con ese sabor a casa que solo tiene nuestro querido Piedras Negras.

Feliz Año Nuevo. Que sea un año de armonía, bendiciones y recuerdos que realmente valgan la pena.

Atentamente,

su amigo:

Javier Zacarías 

28 de diciembre de 2025

Me hizo falta algo esta Navidad…

 Me hizo falta algo esta navidad. 

Ese “algo” que no cabe en cajas de regalo ni se sirve en los platos

Me hizo falta el calor —no el de las estufas, sino el de la casa de mis abuelos—donde el aire olía a bondad, a cariño, a canela, a historias viejas que se quedaban flotando en los cuartos antes de la cocina. Esos cuartos donde se guardaban dulces… y memorias.


Me hizo falta aquel patio.

Lleno de sillas, de mecedoras que crujían al compás de la tarde, de conversaciones pausadas bajo un cielo de diciembre que olía a chocolate caliente, a café recién colado, a golosinas compartidas entre risas.


Echo de menos esas escenas que se quedaron bordadas en mi memoria: mi mamá, mis tías, bajo la batuta dulce y estricta de mi abuela, convirtiendo ingredientes simples en manjares llenos de historia.

El olor de los buñuelos, la música en la radio, las risas, las bromas que se decían entre cucharadas y cacerolas.

El fuego crepitando al anochecer, la parrilla cantando mientras los tíos Mando y Pepe cocinaban con destreza, siempre vigilados por la mirada atenta —y silenciosa— de mi abuelo. Todo era parte de un ritual que parecía eterno.


Me hizo falta el ruido. Sí, hasta ese escándalo tremendo de los cuetes de mi hermano Chavo en la calle Bravo,las carreras de primos, las actuaciones que preparamos con semanas de anticipación.

Nos aplaudían como si estuviéramos en Bellas Artes.

Los abuelos, sentados con los ojos brillantes, nos veían como si no hubiera mayor espectáculo en el mundo.


Me hizo falta esa música.

Las rancheras de mi tío José Carlos, de mi tío Carlos García, de mis tíos Saúl y Héctor y claro, de Los Feos —desafinadas pero entrañables—, la guitarra golpeada de tantas fiestas, las voces de quienes sabían cantar cubriéndolos con ternura, porque sí, aunque nunca lo admitan, los rescatábamos un poco.

Las historias de Teto y Lalito y sus motos, los bailes modernos de Yadira y Sonia, los discos girando en 45 RPM con canciones que hoy ya no suenan, pero que entonces eran el alma de la fiesta.


Me hicieron falta Gloria y Paty, coquetas y alegres, y Chavo, con esa energía inagotable que nos contagiaba a todos.

Me hizo falta Don José, que no decía mucho, pero lo decía todo con su mirada serena bajo el árbol entre las dos casas.

Esperábamos los regalos, sí, pero lo que en verdad esperábamos era estar juntos.


Y sí… también me hizo falta esa sorpresa que un día expresó mi abuelo: “¡Ah, cabrón!”, dijo entre risas a mis tíos, “¡mira nomás cómo ha crecido esta familia!” cuando Carlitos, Pepito y Mandito correteaban por el patio seguidos de la Beba.

Sabía —sabíamos todos— que él y mi abuelita eran los benditos culpables.

Ellos hicieron grande esta familia.

Con amor, con paciencia, con fe.


Me hizo falta esa llegada.

Esa carrera de emociones cuando los primos y tíos llegaban con bolsas llenas de regalos y los ojos llenos de alegría.

Me hizo falta querer parecerme a mis tíos, soñar con ser como ellos cuando fuera grande, recibir los abrazos de las tías, los besos repartidos como bendiciones, los mimos de mi abuelita.

Sus ojos —esos ojos— que no necesitaban decir nada para decirlo todo.


Extrañe sus bromas del Día de los Inocentes, que se volvían el tema obligado por el resto de la Navidad.

Extrañé la forma en que todo se detenía solo para escucharla reír.


Me hizo falta algo esta Navidad…

Quizá lo que más me hizo falta fue aprender de mis abuelos.

Esa capacidad de aceptar el cambio con amor.

De entender a los jóvenes, de respetar las nuevas costumbres, aunque no las comprendieran.

De guardar silencio cuando el corazón lo pedía, de abrazar con fuerza, de agradecer sin esperar nada.

De mantener la familia unida… siempre.


Yo también quiero ser así. Soportar todo. A todos. Como lo hicieron ellos.

Por amor.

25 de diciembre de 2025

Siembren Recuerdos…

Por: Javier Zacarías 


De las grandes verdades de la vida, hay una que tiene un significado especial, sobre todo en estas fechas de Navidad y Año Nuevo: lo que siembras, cosechas.

Es una verdad profunda que, al analizarla con calma, suele reflejarse en la felicidad, el orgullo, los buenos momentos y el esfuerzo que, con el paso del tiempo, se transforman en armonía familiar, en el éxito de nuestros hijos, en la salud y en todas esas bendiciones que nacen de las buenas costumbres, del cariño, del amor y del respeto.

Pero también existe el otro lado. Cuando hay soledad, amargura o tristeza, es necesario tener la honestidad de reconocer que, muchas veces, eso mismo fue lo que sembramos. ¿Sembramos en tierra mala, o aun siendo tierra buena, sembramos mal? Sembramos malos recuerdos, corajes, rencores, palabras duras… y por lógica, la cosecha termina siendo la soledad, el distanciamiento de la familia, el abandono.

Estas fechas de Navidad y Año Nuevo nos invitan, casi nos obligan, a reflexionar sobre todo ello.

A las familias jóvenes, la recomendación es clara: hagan buena siembra. Siembren cariño, respeto, amor, trabajo, caricias y palabras hermosas con la familia, para que algún día cosechen cosas igual o incluso más hermosas.

A aquellas familias cuyos hijos aún son pequeños, que apenas comienzan su camino en la vida, empiecen desde ahora a sembrar cosas bonitas. Siembren recuerdos, siembren tradiciones; eso es fundamental. Siembren historias inolvidables, momentos guardados como joyas, para que más adelante cosechen lo mejor que la vida puede ofrecer. Así, en la madurez, estarán acompañados —si no por todos, porque la vida a veces separa— al menos por la gratitud, los recuerdos y el amor sembrado.

La Navidad es muy bonita cuando se vive acompañado de la familia, evocando aquellos momentos que nos fueron formando y definiendo. Pero también puede ser muy triste cuando se vive en soledad, abandono y con un dejo de decepción.

Deseo de todo corazón que todos ustedes hayan tenido una Navidad hermosa, plena e inolvidable.