26 de agosto de 2026

Lo que se inculca con amor…


Cuando mi Jessica estaba bebita, para darle un respiro a mi señora, solía sentarme frente aquel enorme estéreo de tocadiscos y cassette, acurrucarla entre mis brazos y dejar que me acompañara a escuchar mi música preferida y leyendo un libro.

Lo mismo hice después con mis otras dos hijas.


Eran largas sesiones de música. Led Zeppelin, Chicago, The Beatles, The Rolling Stones, Eagles… y hasta Elvis. Yo disfrutaba de aquellas canciones mientras tenía a mis pequeñas en los brazos, sin imaginar que, además de arrullarlas, estaba sembrando algo que muchos años después habría de florecer.


La música rock y la lectura siempre han sido parte importante en mi vida. Es parte de mi historia, de mi juventud, de mis recuerdos. Y, sin proponérmelo, les fui transmitiendo a mis hijas ese gusto por la música de mi época.


No sabía que les estaba “pasando” mi afición.


No lo planeé. No intenté convencerlas. Simplemente me salió hacerlo.


Con el tiempo descubrí que quizá esa es una de las maneras más bonitas de inculcar algo a nuestros hijos: sin obligarlos, sin imponerles, simplemente compartiendo con ellos aquello que nosotros amamos.


Hoy mis hijas ya son jóvenes y siguen disfrutando mucho de aquella música y de lectura.


Sarah Suseth, incluso, tiene gusto por la guitarra y el piano y disfruta interpretando canciones de The Beatles. Jessica y Wendy amantes de la lectura escuchan con frecuencia a muchos de aquellos grupos que yo escuchaba cuando ellas apenas cabían entre mis brazos.


Y eso me causa una enorme satisfacción.


Hace unos días, por Facebook, le comenté algo parecido a mi tocayo, Javo Morales, cuando lo vi acurrucando a su hijo recién nacido mientras escuchaba música:


—No creas que porque está tan pequeñito no la está escuchando tocayo. Parece que no se da cuenta, pero la música se le va quedando, adhiriendo a su vida. Ya verás que cuando tenga algunos años te va a sorprender descubrir que tiene los mismos gustos que tú.


Y probablemente algún día ese niño así como mis hijas, tendrá su cuarto lleno de posters de grupos y cantantes que ni siquiera alcanzó a conocer.


Quizá tendrá a Elvis, a Michael Jackson, a The Beatles, a Led Zeppelin y a tantos otros músicos que formaron parte de nuestra vida, aunque algunos ya no estén aquí y otros hayan desaparecido hace muchos años.


Y lo más curioso será que probablemente no sabrá exactamente de dónde nació ese gusto.


No recordará aquellas tardes o aquellas noches en las que su papá lo tuvo entre sus brazos mientras sonaban aquellas canciones.


Pero algo de aquello quedó.


Porque hay cosas que no se enseñan con palabras.


Se enseñan viviéndolas.


Puede ser la música, como en mi caso. Puede ser el béisbol, los caballos, la fotografía, la pesca, la lectura o cualquier otra afición.


Si a un niño lo llevas desde pequeño contigo a montar a caballo, si lo sientas a tu lado mientras escuchas música, si lo llevas al estadio y le explicas el juego, si sales con él a tomar fotografías o simplemente te sientas a leer a su lado, le estás mostrando una parte de ti.


Y cuando lo haces con amor, muchas veces esa experiencia se queda para siempre.


No es que el gusto venga en la sangre.


Es que se va formando en el corazón.


Pero también hay otra realidad.


A veces los padres confundimos inculcar con imponer.


Queremos que nuestros hijos amen el béisbol porque nosotros lo amamos. Los llevamos a jugar, los metemos a una liga, los entrenamos, los presionamos y queremos que sean aquello que nosotros hubiéramos querido ser.


Y entonces ocurre exactamente lo contrario.


El muchacho termina rechazando el béisbol.


Y no es raro ver al hijo de un gran pelotero jugando fútbol, o al hijo de un músico que jamás quiere tocar un instrumento.


¿Por qué?


Porque una cosa es compartir una pasión y otra muy distinta obligar a alguien a vivirla.


Los hijos necesitan descubrir sus propios caminos.


Quizá algunos terminarán amando aquello que nosotros les enseñamos. Quizá otros escogerán algo completamente diferente. Y también debemos aprender a respetarlo.


Lo importante no es que nuestros hijos terminen siendo músicos, peloteros, fotógrafos, jinetes o profesionistas como nosotros.


Lo verdaderamente importante es que aquello que les transmitimos haya sido acompañado de cariño, paciencia y buenos recuerdos.


Porque algún día, cuando nosotros ya no estemos para explicárselo, quizá escuchen una vieja canción, vean una fotografía, entren a un estadio o se suban a un caballo…


Y entonces, sin saber exactamente por qué, sonreirán.


Tal vez en ese instante regresen a aquellos años en los que eran pequeños y papá o mamá los tenía entre sus brazos.


Y comprenderán que, mucho antes de que ellos pudieran darse cuenta, les estábamos dejando algo más importante que una afición:


les estábamos dejando un pedacito de nuestra vida.

23 de agosto de 2026

Seguir activos; seguir viviendo…


Me gusta mucho ver el trabajo que realiza mi amigo el Dr. Armando Ramos.

Esa afición por la fotografía, inculcada desde pequeño por su padre, se ha convertido en mucho más que un pasatiempo. Es un arte, una pasión y, sobre todo, una manera muy especial de salir, caminar, observar y descubrir cosas que muchas veces pasan desapercibidas para los demás.


Mando tiene además la generosidad de compartirlo con nosotros. No solamente nos muestra sus fotografías; también nos cuenta qué lente utilizó, qué abertura, qué luz encontró y todos esos detalles que hay detrás de una buena imagen.


Y eso también es de agradecerse.


Porque cuando alguien comparte con nosotros aquello que le apasiona, de alguna manera también nos invita a disfrutarlo.


Siempre he pensado que cuando uno se jubila, no significa que deba jubilarse de la vida.


Al contrario.


Creo que es precisamente entonces cuando debemos darnos la oportunidad de desarrollar aquellas actividades que nos gustan, que nos apasionan y que quizá durante nuestros años de trabajo no tuvimos tiempo de realizar.


Tengo amigos que ya retirados siguieron jugando béisbol o softbol. Y qué bueno que lo hacen.


Además de ser el deporte de mis amores y de ayudarnos a mantenernos activos, está todo lo que viene alrededor: la convivencia, las reuniones con los amigos, las bromas, las pláticas, los recuerdos y, por supuesto, esas discusiones sobre quién realmente sabe jugar y quién solamente cree que sabe.


Todo eso nos mantiene activos.

Nos mantiene vivos.

Y, sobre todo, nos mantiene con ilusión.


También está el caso del Ing. Morris Libson, quien, además de sus múltiples responsabilidades y las actividades que desarrolla, dedica buena parte de su tiempo a promover el deporte infantil y, particularmente, el béisbol infantil, tanto en Piedras Negras como en Eagle Pass.


La labor del Inge merece mucho reconocimiento.

Los resultados están ahí, son palpables y nos llenan de orgullo.


Eagle Pass logró el campeonato mundial de la Liga Babe Ruth. Sí, campeonato mundial, así como lo leen.


Y Morris fue parte muy importante en la organización del evento que se llevó a cabo en ese excelente complejo deportivo de nuestra vecina ciudad.


Eso también es mantenerse activo.


Pero, más importante todavía, es seguir aportando algo a los demás.


Y cómo no mencionar la pasión por la pesca de algunos de mis amigos, especialmente la del Dr. Gabriel González Guajardo.


Esa afición por salir al campo, estar cerca del agua, disfrutar de la naturaleza y compartir después las experiencias —y algunas veces exagerar un poquito el tamaño del pescado— también es una manera maravillosa de seguir disfrutando la vida.


Porque no siempre se trata de regresar con el robalo más grande. A veces basta con haber pasado un buen día con los amigos disfrutando de su retiro.


También está Praxedis Gamiño, músico, amigo muy querido y conocido por mucha gente de nuestra ciudad, quien todavía se reúne con sus compañeros para tocar los instrumentos que tanto disfrutan.


Se reúnen para recordar, para compartir y para disfrutar de su música y de sus talentos. Y lo mejor de todo es que esa música no se queda entre ellos.


También la comparten con los demás.


Mi compadre, el Dr. Ángel Humberto García Reyes, es otro gran ejemplo e inspiración.


Su pasión por la charrería y la guitarra no solamente la disfruta él; ha sabido inculcarla a sus hijos y seguramente llegara hasta sus nietos.


Y eso, para mí, tiene un valor especial.


Porque cuando una afición se convierte en una tradición familiar, deja de ser solamente un gusto personal y se transforma en parte de nuestra historia.


También hay amigos jubilados cuya principal afición es su familia.


Quizá durante muchos años el trabajo los tuvo tan absortos que no pudieron dedicarles todo el tiempo que hubieran querido. Ahora aprovechan cualquier oportunidad para estar con ellos.


Un cumpleaños, una comida, una reunión, un paseo o simplemente sentarse a platicar.


Y se entregan a esos momentos con la misma emoción con la que otros celebran haber sacado el robalo más grande, tomado la mejor fotografía, tocado la mejor canción o logrado la más elegante mangana.


Tal es el caso de mi estimado Francisco Orozco, quien aprovecha cualquier detalle para estar ahí con los suyos.


Presente. Siempre presente.


Y eso también es una forma de vivir la jubilación.


Todos ellos me inspiran.


Todos ellos, cada uno a su manera, nos están demostrando algo muy sencillo:


Hay que seguir activos.


Por supuesto, la familia siempre será lo primero.


Los hijos, los nietos, los amigos de toda la vida y esas personas que han caminado con nosotros durante tantos años ocupan un lugar muy especial en nuestra vida.


Pero también debemos aprender a darnos tiempo.


Tiempo para nosotros.

Tiempo para disfrutar.

Tiempo para hacer aquello que durante muchos años no pudimos hacer porque teníamos que trabajar, cumplir responsabilidades y sacar adelante a nuestra familia.


Querernos un poco más.

Disfrutar.

Reír.

Recordar.

Salir.

Aprender.

Hacer aquello que nos gusta.


Y qué mejor que hacerlo con actividades que nos apasionan y que, además, nos permiten convivir con los amigos y mantenernos activos.


Por eso admiro y respeto a todos esos amigos que, después de tantos años de trabajo, siguen teniendo inquietudes, proyectos y pasiones.


A los que juegan béisbol o softbol.

A los que salen a pescar.

A los que toman una cámara y salen a buscar una imagen.

A los que promueven el deporte infantil.

A los que hacen música.

A los que escriben y disfrutan de la lectura.

A los que disfrutan de la charrería.

A los que dedican su tiempo a sus hijos y a sus nietos.

Y a los que simplemente encuentran una razón para levantarse cada día con entusiasmo.


A todos mis amigos de nuestra generación, jubilados o ya adultos mayores, que siguen activos en aquello que les gusta, les mando un saludo muy afectuoso.


Y les digo algo que quizá todos sabemos, pero que nunca está de más recordar:


Sigamos haciendo lo que nos gusta. Sigamos creando recuerdos.


Sigamos compartiendo nuestras aficiones, nuestro arte, nuestra música, nuestras fotografías, nuestras historias y nuestros recuerdos.


Sigamos buscando motivos para levantarnos del sillón, apartarnos de la televisión y salir de casa, para encontrarnos con los amigos, para aprender algo nuevo o simplemente para disfrutar una buena conversación.


Porque mientras tengamos algo que nos apasione, algo que compartir y amigos con quienes hacerlo, seguiremos teniendo motivos para esperar con ilusión el día de mañana.


La edad nos podrá quitar algunas cosas.


Eso es inevitable.


Pero nunca debería quitarnos las ganas de vivir.


Porque jubilarse del trabajo es una etapa de la vida.


Jubilarse de vivir, eso sí, no debería estar nunca en nuestros planes.


Sigamos activos, entonces.

Con respeto.

Con cariño.

Con amistad.

Con nuestros recuerdos a cuestas, pero también con nuevas historias por contar.


Y, sobre todo, con esa pasión que nos recuerda que todavía tenemos mucho por disfrutar…


y mucho más por compartir.