Ayer, como todos los días, me levanté temprano para salir a hacer las labores propias de un jubilado: comprar un café en el OXXO, ir a pagar recibos y aprovechar para saludar a alguien, detenerme a platicar un rato en la banqueta, comprar el periódico y leerlo en cualquier lugar y, finalmente, regresar a casa para compartir la mañana con mi señora y disfrutar, juntos, el mejor café del mundo.
La había invitado a desayunar, pero prefirió que por la tarde fuéramos a comer a algún restaurante. Así que nos pusimos a platicar y yo me puse a buscar algún tema interesante en internet, mientras ella se disponía a leer esos voluminosos —y supongo que muy interesantes— libros sobre temas religiosos que suelen acompañarla.
No había pasado mucho tiempo cuando se acercó y me dijo que quería compartir conmigo un artículo de uno de sus autores preferidos.
Se trata de Max Lucado, un escritor cristiano cuyos libros abundan en nuestra casa. Y aunque él profesa una religión distinta a la nuestra, sus libros están ahí por algo mucho más importante: por su contenido, por sus reflexiones y por esos mensajes que, independientemente de nuestras diferencias religiosas, muchas veces nos hacen pensar.
Quiero compartir con ustedes uno de esos pasajes porque, mientras lo leía, pensé que tiene mucho que decirnos a todos.
A nuestra sociedad, a nuestras familias, a nuestras comunidades y, sobre todo, a nosotros mismos.
Nos hace falta detenernos un momento y reconocer.
Reconocer que podemos acumular riquezas, propiedades, bienes muebles e inmuebles, negocios, éxitos y hasta muchos amigos, pero que, si en medio de todo eso dejamos fuera a Dios, quizá terminemos descubriendo que tenemos mucho… pero que nos falta lo más importante.
También tenemos que reconocer que, como sociedad, hemos cometido errores. Que nuestra escala de valores, en muchos sentidos, se ha ido deteriorando y que hemos permitido que cosas que antes considerábamos fundamentales hoy parezcan secundarias.
Y quizá lo más importante sea reconocer que todavía estamos a tiempo de cambiar el rumbo.
Porque si dejamos de preocuparnos por lo que sucede a nuestro alrededor, si pensamos que los problemas de nuestro país, de nuestra comunidad o incluso de nuestra propia familia son siempre responsabilidad de otros, estaremos equivocándonos.
No podemos permanecer indiferentes ante lo que sucede.
Algún día, cada uno de nosotros tendrá que hacer un balance de su vida. Y cuando llegue ese momento, quizá no importen tanto las cosas que acumulamos, el dinero que ganamos o los reconocimientos que recibimos. Tal vez lo verdaderamente importante sea cuánto amamos, cuánto ayudamos, cuánto perdonamos y cuánto de Dios hubo en nuestro camino.
Por eso quiero compartir con ustedes este pensamiento de Max Lucado, a recomendación de mi señora.
Dios es suficiente
Cuando se trata del amor, ten cuidado.
Asegúrate de estar en el lugar correcto. Antes de caminar por el pasillo, mira bien a tu alrededor. Asegúrate de que ese es el lugar donde Dios quiere que estés. Y si sospechas que no lo es, sal de ahí.
No fuerces lo que está mal tratando de enderezarlo.
Ten cuidado.
Y mientras llega el verdadero amor, deja que el amor de Dios sea suficiente para ti.
Hay épocas en la vida en las que Dios nos permite experimentar la fragilidad del amor humano para que podamos apreciar más profundamente la fuerza de su amor.
¿No fue eso lo que ocurrió con David?
Saúl lo atacó. Mical, su esposa, lo traicionó. Jonatán y Samuel eran amigos de David, pero tampoco pudieron acompañarlo en el desierto.
David se encontró solo, víctima de la traición y de las circunstancias.
Solo con Dios.
Y fue precisamente entonces cuando David descubrió que Dios era suficiente.
Desde aquel desierto escribió estas palabras:
“Tu amor y bondad son para mí mejor que la vida; te alabarán mis labios con gran júbilo.”
Salmo 63:3-5
Quizá ese sea uno de los grandes aprendizajes de la vida: cuando todo parece faltar, cuando las personas se van, cuando las circunstancias cambian y cuando aquello en lo que confiábamos deja de estar, podemos descubrir que todavía nos queda lo esencial.
A veces necesitamos quedarnos solos para entender que nunca estuvimos realmente solos.
Y quizá, al final de todo, esa sea la verdadera lección:
Dios es suficiente.