29 de octubre de 2026

Llueve en Piedras..

 


Una bendición que nos arruga el alma

Ver llover en nuestro pueblo no debería ser sinónimo de peligro. En Piedras Negras, la lluvia tendría que ser motivo de alegría, de tranquilidad, de recuerdos y de esperanza. Debería invitarnos a mirar por la ventana, respirar profundamente y dejar que la nostalgia nos lleve de la mano por los caminos de nuestra memoria.


Estos días nublados nos han regalado ese clima tan nuestro, tan característico del norte de Coahuila, que nos transporta a la niñez y a la juventud; a los días compartidos con nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros primos y nuestros amigos. A aquellas épocas en las que bastaba escuchar la lluvia para sentir que algo bonito estaba sucediendo.


¡Qué hermoso sería poder disfrutarla sin preocupaciones! Sin temor a que las calles se conviertan en ríos, los arroyos se desborden y las inundaciones pongan en peligro el patrimonio y la tranquilidad de tantas familias.


Piedras Negras es una ciudad hermosa, con problemas, sí, muchos de ellos consecuencia de nuestra geografía y de la falta de atención de quienes tienen la responsabilidad de gobernarnos. Sin embargo, aquí seguimos, saliendo adelante con esfuerzo, con trabajo y, sobre todo, con ese cariño profundo que sentimos por nuestra tierra y por nuestra gente.


Porque quienes amamos este rincón del norte de Coahuila sabemos encontrar belleza hasta en los días grises. Sabemos que detrás de las nubes hay recuerdos que nos hacen sonreír, añoranzas que nos estremecen y sentimientos que nos recuerdan por qué queremos tanto a nuestra ciudad.


Hoy está cayendo un aguacero en Piedras Negras. ¡Bendito sea Dios! ¡Cuánta falta nos hacía esta agua! Es una bendición para el campo, para la tierra sedienta y para una región acostumbrada a los calores extremos, donde el sol parece empeñado en recordarnos su fuerza.


Y aunque sabemos lo que puede suceder cuando llueve de esta manera, también sabemos que nuestras autoridades tienen la obligación de prevenir, atender y resolver los problemas que ponen en riesgo a nuestra gente. No podemos acostumbrarnos a vivir con miedo cada vez que el cielo decide regalarnos agua.


Ojalá algún día podamos disfrutar de estas lluvias sin angustias, sin incertidumbre y sin tener que preocuparnos por lo que ocurrirá unas horas después.


Mientras tanto, desde nuestra querida Piedras Negras, demos gracias a Dios. Agradezcamos el agua que refresca nuestra tierra, que alimenta nuestros campos y que nos devuelve la esperanza. Agradezcamos también esos momentos que nos permiten detener el paso, mirar al cielo y recordar a quienes caminaron junto a nosotros en otros tiempos.


Porque hay lluvias que no solamente mojan las calles: también humedecen los recuerdos, despiertan la nostalgia y nos hacen sentir más cerca de nuestras raíces.


Y es entonces cuando se nos arruga el alma, pero de gusto; cuando se nos llena el corazón de alegría y comprendemos que, a pesar de los problemas, seguimos teniendo motivos para sentirnos orgullosos de nuestra tierra.


¡Bendita lluvia! ¡Bendito Dios que nos la manda!


Que siga lloviendo sobre nuestros campos, nuestras calles y nuestros recuerdos. Y que nunca nos falten la esperanza, el amor por Piedras Negras y la capacidad de agradecer las bendiciones que la vida nos regala.


Porque quienes hemos aprendido a querer esta tierra sabemos que, aun después de la sequía más larga, siempre esperamos con ilusión que vuelvan las lluvias.


Y hoy, mientras escuchamos caer el agua, no queda más que mirar al cielo y decir, con el corazón agradecido:


¡Gracias, Dios mío, por esta lluvia y por permitirme seguir disfrutando de mi querido Piedras Negras!

28 de octubre de 2026

De que color viste al narcisista?…

El artículo sobre los narcisos de la política, publicado el pasado domingo en Pensando en Letras, ha tenido una excelente aceptación. Y debo confesar que hay algo que me divierte particularmente, aunque no me sorprende en absoluto: cada quien identifica al político narcisista según sus propias preferencias e intereses partidistas.

Los de chaleco verde creen que me refiero a los de chaleco guinda; los de chaleco guinda, por su parte, están convencidos de que hablo de los de chaleco verde.

¡Y precisamente de eso se trataba!

Mi intención nunca fue señalar a un partido en particular, sino poner sobre la mesa una realidad que trasciende colores e ideologías: el uso del dinero público para engrandecer la imagen personal de quienes nos gobiernan.

Y para hablar de esto no hacen falta simpatías ni antipatías políticas, sino datos, hechos y cuentas claras.

Existe mucha información en internet sobre los millonarios recursos que destinan a publicidad tanto el Gobierno de Coahuila, de extracción priista, como administraciones municipales de distintos partidos. De acuerdo con las cifras que he revisado, el gasto anual del gobierno estatal supera por mucho los 700 millones de pesos siendo de los mas altos a nivel nacional, mientras que municipios como Saltillo y Torreón destinan decenas de millones a este concepto.

En Piedras Negras, el gasto que he observado ronda los 17 millones de pesos. Es una cantidad considerable, desde luego, y considero que merece revisarse a la luz de las necesidades de nuestra ciudad. Sin embargo, también es importante ponerla en perspectiva frente a los recursos que destinan otras administraciones municipales del estado.

Otro caso que merece atención es el de Múzquiz, donde la administración de una exalcaldesa morenista, actualmente encarcelada, obliga a examinar con rigor el destino de los recursos públicos y, en particular, la proporción destinada a tanta publicidad frente a la inversión en obra pública en ese lugar.

Las cifras deben analizarse con seriedad, comparando presupuestos, resultados y necesidades de cada municipio. El dinero público no es patrimonio de ningún gobernante ni instrumento para alimentar su vanidad.

En resumen, el artículo cumplió su propósito. Los de un color pensaron que hablaba de los del otro, y viceversa. Y eso me parece, además de revelador, francamente divertido.

Porque el problema no es el color del chaleco, sino la conducta de quien lo porta.

Priistas, morenistas o de cualquier otra filiación política: cuando utilizan cantidades millonarias del dinero de los contribuyentes para promover su imagen personal, el problema es exactamente el mismo.

Al final, la factura la pagamos todos.

Y quizá ahí esté la verdadera reflexión: los políticos cambian de partido, de discurso y de color, pero el narcisismo no tiene afiliación partidista.

25 de octubre de 2026

Los Narcisos de la politica…


Hay funcionarios públicos en Coahuila que parecen haber nacido convencidos de que los dioses los pusieron en este mundo para ser admirados. No pasa un día sin que nos recuerden sus virtudes, sus ocurrencias, sus logros —reales o imaginarios— y, por supuesto, lo bien que salen en las fotografías.

Padecen, para decirlo en términos conocidos, el síndrome de Narciso: ese enamoramiento desmedido de la propia imagen que termina por convertir el servicio público en un escaparate personal.


Y no, el problema no pertenece a un solo partido, a un gobierno en particular ni a un funcionario con nombre y apellido. En Coahuila, el culto a la personalidad parece haberse convertido en una tentación recurrente para quienes disponen de recursos públicos y tienen la posibilidad de destinarlos a promover su imagen.


Algunos lo hacen con discreción; otros, con un entusiasmo digno de mejores causas. En todos los niveles de gobierno la promoción personal llega a ser tan insistente que uno termina preguntándose si estamos frente a una administración pública o ante una campaña publicitaria de tiempo completo.


Porque una cosa es informar a la ciudadanía sobre las obras, los programas y los servicios de gobierno, y otra muy distinta es convertir cada actividad oficial en una oportunidad para colocarle nombre, rostro y reflector al funcionario en turno.


Resulta curioso observar la generosidad con la que algunos disponen del presupuesto para promocionarse. Sería interesante comprobar si mostrarían el mismo entusiasmo por pagar semejante despliegue publicitario cuando la factura saliera directamente de su bolsillo.


Pero vayamos al origen de esta vieja debilidad humana.


Según la mitología griega, Narciso era un joven de extraordinaria belleza que rechazaba a quienes lo amaban. Entre ellas estaba la ninfa Eco, cuyo amor despreciado la llevó a consumirse en la tristeza.


Como castigo, la diosa Némesis hizo que Narciso se enamorara de su propio reflejo en una fuente. Fascinado por su imagen, quedó atrapado en su propia obsesión hasta consumirse.


Una vieja leyenda que, siglos después, parece seguir teniendo demasiados protagonistas en la política.


Hoy no hace falta una fuente cristalina para contemplar el reflejo. Basta un teléfono celular, un equipo de comunicación, una buena dosis de propaganda y un presupuesto generoso para producir fotografías, videos y mensajes donde el protagonista siempre es el mismo.


El funcionario inaugura, el funcionario entrega, el funcionario supervisa, el funcionario saluda, el funcionario sonríe. Y si de casualidad aparece un ciudadano en la fotografía, más vale que entienda que está ahí para completar el encuadre.


El narcisismo, en su sentido coloquial, describe una preocupación excesiva por uno mismo, por la propia imagen y por la admiración ajena. Sin embargo, no hace falta diagnosticar psicológicamente a ningún funcionario para reconocer una conducta política que merece ser cuestionada: la promoción personal por encima de los resultados que la ciudadanía necesita.


El problema comienza cuando la imagen importa más que la obra; cuando se presume una entrega de apoyos, pero no se informa con claridad cuánto costó, a cuántas personas benefició y con qué criterios se distribuyó.


Y cuando el presupuesto alcanza para difundir una y otra vez el nombre del gobernante, pero los ciudadanos siguen esperando soluciones a problemas cotidianos, la pregunta resulta inevitable: ¿a quién está sirviendo realmente esa publicidad?


Ahí estamos, celebrando publicaciones de los Narcisos de la política, compartiendo propaganda y aplaudiendo anuncios, mientras dejamos para después las preguntas verdaderamente importantes.


¿Dónde están las obras prometidas? ¿Cuánto costaron? ¿Se hicieron bien? ¿Qué problemas resolvieron? ¿Cuánto se gastó en promocionarlas y cuánto se destinó a realizarlas?


Preguntas sencillas, incómodas solamente para quien no quiere responderlas.


No se trata de negar los logros de una administración ni de criticar por sistema. Cuando un gobierno hace bien su trabajo, merece que se reconozca. Pero el reconocimiento debe ser consecuencia de los resultados, no una obligación impuesta por la propaganda ni un favor que los ciudadanos debamos devolver con aplausos.


Tampoco debemos confundir la crítica con la enemistad. En una democracia, cuestionar el ejercicio del poder es un derecho y una responsabilidad. El funcionario que no soporta las preguntas incómodas quizá debería recordar que el cargo es temporal, pero las obligaciones públicas no desaparecen con la siguiente publicación en Facebook.


No sé si los Narcisos de la política tengan remedio. Lo que sí sé es que las sociedades pueden aprender a no confundir la vanidad con el liderazgo, la propaganda con el trabajo y la popularidad con la buena administración.


Los cargos públicos no son títulos nobiliarios. Nadie llega a una gobernatura, diputación o presidencia municipal para convertirse en personaje de culto, ni recibe las llaves de una ciudad para tratarla como escenario de su propia grandeza.


Quien gobierna debe entender que no está ahí para que la gente lo admire, sino para que la gente viva mejor.


Y si tanto les gusta mirarse al espejo, que lo hagan. Cada quien tiene sus aficiones y no seré yo quien se las cuestione. Lo que no podemos aceptar es que los ciudadanos terminemos pagando la factura de ese romance interminable con su propia imagen.


Coahuila necesita gobiernos que se distingan por sus resultados, no por el tamaño de sus campañas de promoción. Municipios con servicios eficientes, calles atendidas, finanzas transparentes y autoridades capaces de escuchar sin ofenderse.


Porque al final, cuando se apagan los reflectores, desaparecen los anuncios y termina el aplauso de los incondicionales, queda una sola prueba para cualquier gobernante: lo que hizo por la gente con el dinero y la confianza que la gente le entregó.


Ojalá que la próxima vez que elijamos a nuestras autoridades miremos menos la sonrisa del candidato y más su trayectoria, sus propuestas y su capacidad para cumplirlas.


En política, el peligro es que el gobernante se enamore tanto de su imagen que termine dejando de ver a los ciudadanos.


Y que nosotros, por aplaudirle demasiado, terminemos dejando de ver lo que ocurre frente a nuestros propios ojos.

21 de octubre de 2026

Rodeo Saltillo…


 Oigan, pues yo no termino de entender por qué hay quienes se oponen, o se opusieron, al Rodeo Saltillo. Precisamente en estos tiempos, cuando tanto necesitamos espacios para convivir, reunir a las familias, reencontrarnos con los amigos y fortalecer nuestros lazos como sociedad, deberíamos celebrar las iniciativas que buscan unirnos y ofrecer espectáculos de calidad.

Y quiero dejar algo muy claro: este comentario no tiene tintes políticos ni pretende incomodar a quienes piensan diferente. Se trata de reconocer lo positivo, independientemente de quién haya tomado la decisión.

A mi juicio, organizar un evento de esta magnitud fue una buena decisión. Que Coahuila tenga un espectáculo capaz de atraer la atención nacional, impulsar la actividad económica y proyectar al estado más allá de nuestras fronteras es motivo de satisfacción, no de confrontación.

Que hay otras necesidades apremiantes, claro que si las hay y no solamente en Saltillo, sino en todo Coahuila.

He escuchado a quienes consideran que el rodeo no es una tradición propia de Coahuila y que deberían privilegiarse otras expresiones, como la charrería. ¡Por supuesto que sí! La charrería es parte de nuestra identidad, y los coahuilenses tenemos motivos de sobra para sentirnos orgullosos de nuestros charros y escaramuzas, que tantas veces han representado dignamente a nuestro estado.

Lo digo también desde el corazón: mis sobrinas fueron campeonas nacionales de escaramuza charra representando a Saltillo y a Coahuila hace ya varios años, y para nuestra familia fue un orgullo enorme. Por eso conozco y valoro lo que significa esta tradición.

Pero una cosa no tiene por qué excluir a la otra. Podemos celebrar nuestra charrería y, al mismo tiempo, disfrutar del rodeo, las exposiciones ganaderas, los conciertos y todas las actividades que acompañan a una feria de esta naturaleza. ¿Por qué habría de ser motivo de discordia? ¿Acaso no podemos sentirnos orgullosos de varias expresiones culturales y de entretenimiento?

Que el rodeo tenga una fuerte influencia de la cultura estadounidense no significa que sea ajeno a nuestra realidad fronteriza, ni estatal, ni que debamos rechazarlo. Coahuila tiene una relación histórica con la ganadería, el campo y las tradiciones norteñas. Hay espacio para distintas manifestaciones, y cada una puede aportar algo a nuestra comunidad.

Familiares que viven en Saltillo me comentaron que estuvo muy bonito y concurrido. Por lo que me compartieron, fue una celebración digna de nuestro estado. Y eso merece reconocerse.

Claro que he expresado mis diferencias con la manera en que el gobernador Manolo Jiménez respondió a algunos de sus críticos. Considero que un gobernante debe actuar con mesura, altura de miras y argumentos, sin caer en el mismo tono de quienes lo cuestionan. 

Pero esa es una discusión distinta.

Se puede cuestionar una forma de actuar sin descalificar una buena iniciativa. No tenemos que estar de acuerdo con todo lo que hace un gobierno para reconocer aquello que beneficia a la sociedad.

Si un evento genera convivencia, atrae visitantes, promueve el turismo, beneficia a los comerciantes y deja una derrama económica en nuestro estado, hay razones para reconocer sus aportaciones. Y si hay aspectos que mejorar, pues también habrá oportunidad de hacerlo en futuras ediciones.

El sector ganadero y pecuario, tan importante para la economía y el desarrollo de nuestra región, resultó ampliamente beneficiado con las subastas y ventas realizadas en este foro. Espacios de esta magnitud son indispensables para impulsar su crecimiento, abrir nuevas oportunidades y reconocer el esfuerzo, la dedicación y la visión de quienes trabajan todos los días para fortalecer esta actividad.

Nuestros ganaderos locales regresaron de Saltillo muy satisfechos, no solo por el nivel y la calidad del foro, sino también por el respaldo recibido de las autoridades estatales, que les permitió participar, competir y obtener importantes premios con ejemplares de registro y genética de alto nivel.

Impulsar la ganadería es invertir en el campo, en nuestras tradiciones y en el futuro de Coahuila. Por eso, es fundamental seguir promoviendo estos encuentros, que dan visibilidad al talento de nuestros productores, fortalecen la actividad pecuaria y abren nuevas puertas para el desarrollo del sector.

No convirtamos cada iniciativa en una batalla política. No todo tiene que ser motivo de enfrentamiento, ni debemos buscarle el lado negativo a cuanto sucede.

Coahuila necesita trabajo, inversión, oportunidades y, desde luego, espacios para disfrutar, convivir y sentirnos orgullosos de nuestra tierra.

Apoyar lo bueno no significa renunciar a la crítica; significa tener la madurez de distinguir una cosa de la otra.

Así que, hombre, celebremos lo que nos une, respetemos a quienes piensan diferente y dejemos que las buenas iniciativas crezcan y mejoren.

¡Que haya charrería, rodeo, ferias, música, deporte y todo aquello que nos permita reunirnos como familia y como sociedad!

Porque, al final del día, tenemos muchas más razones para encontrarnos que para confrontarnos.

¡Hay que ser más positivos! Coahuila es de todos y todo lo que contribuya a su bienestar merece, cuando menos, una oportunidad.

18 de octubre de 2026

Otoño en nuestro pueblo…

 

Oscurece más temprano durante esta temporada en Piedras Negras.

Todo parece transcurrir más despacio, con más calma, con ese aire provinciano que tanto nos gusta. Todo es más… ¿cómo les diré? ¡Más dulce! ¡Ándenles, así como las empanadas y los buñuelos de doña Simonita! ¡Así mero!

En esta época del año, el sol nos da de frente a quienes circulamos rumbo al poniente del pueblo por las calles de Allende, López Mateos, Fuente o Heroico Colegio Militar. Detrás de nosotros, el río Bravo corre sereno entre dos pueblos que se resisten a separar su cultura, sus costumbres y sus familias. Un río que la política convirtió en frontera, pero que la gente, con su cariño y su historia, se ha empeñado siempre en mantener como un lazo de unión.

Mientras tanto, las calles cobran vida. Nuestra gente hace sus compras, se prepara para las próximas fiestas del Vino, del Nacho, Accion de Gracias y alimenta esa ilusión tan nuestra de tener bajo el mismo techo a toda la familia, compartir la mesa y disfrutar largas veladas con los amigos.

¡Qué bonito es el otoño en Piedras Negras!

El cielo se viste de naranja cuando el sol comienza a despedirse, como si conspirara con las nubes para regalarnos sus últimos destellos antes de que la luna y las estrellas extiendan su manto sobre la ciudad.
Así luce el cielo de nuestra tierra cuando tardea por aquellos rumbos donde el carbón nace de las entrañas de la región; por donde la Modelo levantó su gran planta industrial, y allá donde las termoeléctricas generan, orgullosas, la energía que mueve parte de la vida de nuestro norte.

Son paisajes que hablan de trabajo, de esfuerzo y de esperanza. ¡Sí, señor! También en el horizonte se sienten los signos de la prosperidad de nuestro pueblo.

Es el paisaje norteño, con ese aroma inconfundible de la provincia mexicana, el que recibe con los brazos abiertos a quienes tenemos la fortuna de vivir aquí y a quienes, por una u otra razón, pasan por nuestra tierra.

Es ese ambiente cálido que se siente aun cuando la temperatura comienza a bajar; una calidez que huele a canela, a café recién hecho, a familia reunida. Un ambiente donde las historias y los recuerdos de otros tiempos vuelven a cobrar vida entre canciones, conversaciones interminables y, por qué no, una buena copa de tequila.

Cuando éramos estudiantes, soñábamos con regresar a Piedras Negras durante esta temporada. Y entonces me preguntaba por qué, si teníamos a nuestro alcance las comodidades, las diversiones y el movimiento de una gran ciudad, deseábamos tanto volver a nuestro pueblo.

En las puertas de nuestros cuartos colocábamos el calendario y tachábamos los días que faltaban para las vacaciones. Aquella cuenta regresiva parecía alargar las horas, los días, los meses, pero nosotros seguíamos alimentando la ilusión de regresar a casa, de abrazar a los nuestros y volver a sentirnos parte de todo aquello que nos esperaba.

Con el tiempo comprendí que la respuesta estaba en esa maravillosa amalgama de afectos, costumbres y valores que nuestras familias fueron construyendo en Piedras Negras. Una construcción hecha de amor familiar, respeto, amistad y de esa cercanía entre la gente que convierte un lugar en algo mucho más grande que un punto en el mapa.

Porque uno puede alejarse, conocer otros lugares, disfrutar otras ciudades y descubrir nuevos horizontes; pero hay algo que permanece intacto en el corazón: el deseo de volver al sitio donde aprendimos a querer, donde echamos raíces y donde tantos recuerdos siguen aguardándonos.

Por eso, no importa cuántos años pasen ni qué tan lejos nos lleve la vida. Cuando llega el otoño, algo se mueve dentro de nosotros y nos recuerda que hay una tierra a la que siempre queremos regresar.

¡Qué bonito es nuestro pueblo!

¡Qué bonita es nuestra gente!

Este otoño, cuando el sol pinte de naranja nuestro cielo y el aire fresco nos invite a compartir un café, una charla o un recuerdo, hagamos un espacio para los amigos, para la familia y para quienes vuelven después de mucho tiempo.

Vengan, amigos. Vuelvan a casa. Aquí los esperamos, con los brazos abiertos y el corazón contento.

¡Porque Piedras Negras no solo se lleva en la memoria… se lleva en el alma!

15 de octubre de 2026

Que hermoso es el beisbol…

Qué hermoso es el béisbol, ese deporte que sabe premiar el esfuerzo, la entrega y el corazón de quienes lo juegan con toda el alma. Un deporte donde nunca hay que dar nada por perdido, porque hasta el último out puede guardar una sorpresa.

Cada temporada renace la ilusión. La de los jugadores que sueñan con levantar el trofeo, la de sus familias que los acompañan orgullosas, la de los amigos que comparten la pasión y la de los aficionados que, fieles a sus colores, nunca dejan de creer.

Sufrimos con cada derrota y celebramos cada victoria como si fuera nuestra. Un batazo oportuno, una atrapada espectacular o un ponche en el momento preciso pueden cambiarnos el día y regalarnos una alegría que llevamos hasta la almohada.

Y qué decir de las bromas, los chascarrillos y las apuestas entre amigos. Porque el béisbol también se disfruta así: con pasión, con picardía y con ese respeto que nos recuerda que, al terminar el juego, la amistad siempre está por encima de cualquier camiseta.

Hoy quedan tres equipos en la lucha por el campeonato. Ninguno es mi favorito, porque mis queridos Red Sox se despidieron demasiado pronto. ¡Ni modo, así es el béisbol! A veces nos regala gloria y otras nos deja con las ganas y el corazón apachurrado.

Pero aquí seguimos, disfrutando cada entrada, cada jugada y cada emoción, porque el verdadero aficionado no deja de amar este deporte cuando su equipo queda eliminado.

El béisbol es mucho más que un juego: es ilusión, amistad, recuerdos y alegría. Es esa maravillosa costumbre de volver a creer cada temporada que lo mejor todavía está por venir.

¡Play ball! Que siga la fiesta del rey de los deportes.

11 de octubre de 2026

La Casa del Cartero…

Una conversación con el alma, la música y los recuerdos.



Hay encuentros que uno no busca, pero que llegan justo cuando el corazón necesita detenerse un momento para recordar, sentir y volver a encontrarse con aquellas emociones que creíamos guardadas en algún rincón de la memoria, del corazón… del alma

Eso me sucedió al descubrir este viernes 9 de Octubre La Casa del Cartero. Un encuentro musical y humano entre dos personajes que merecen todo mi respeto y admiración: el compositor Carlos Macías y Martín Urieta, uno de esos grandes autores mexicanos que han sabido ponerle palabras a los sentimientos de millones de personas.


No sé si llamarlo entrevista, programa, o simplemente una conversación entre dos hombres que aman la música, que hacen poesía con ella y que nos la transmiten sin misericordia. El nombre es lo de menos. Lo verdaderamente importante es lo que sucede cuando alguien tiene la sensibilidad de preguntar y otro la generosidad de responder desde la experiencia, los recuerdos y las heridas que deja la vida.


Es una joya. Me hizo hasta llorar, a mi, que soy insensible. Y no importa la edad que tengas: si todavía conservas la capacidad de emocionarte con unas canciónes, esta conversación te llegará al alma. No tengo ninguna duda. 


Eso sí, hay que hacer algo que hoy parece cada vez más difícil: despegarnos un rato del celular, alejarnos del ruido cotidiano, dejar a un lado los prejuicios y sentarnos a mirar y escuchar con atención. Porque cuando Martín Urieta comienza a hablar, no solamente habla un compositor; habla un hombre que ha vivido, amado, perdido y convertido sus experiencias en canciones.


Y Carlos Macías, excelente canta autor con sus preguntas, su sensibilidad y su manera de conducir la charla, consigue que las palabras vayan mucho más allá de una simple entrevista. Entre ambos construyen un espacio de confianza en el que la música se convierte en memoria, confesión y sentimiento.


¿El compositor nace o se hace? 


Una de las preguntas inevitables cuando se habla de un creador. ¿Se nace con el talento o se aprende a convertir la vida en música?


Quizá la respuesta esté en una combinación de ambas cosas. Se puede aprender la técnica, dominar las palabras, conocer los acordes y estudiar las estructuras de una canción. Pero hay algo que no se enseña con facilidad: esa capacidad de encontrar una historia en una mirada, una despedida en un silencio o una herida en una frase que cualquiera podría pronunciar.


Martín Urieta pertenece a esa estirpe de compositores que entienden que una canción no se escribe únicamente con la cabeza. También se escribe con la memoria, con las experiencias y, muchas veces, con los pedacitos del corazón que uno va dejando en el camino.


Durante la charla aparecen nombres que forman parte de la historia grande de nuestra música. Habla de Armando Manzanero, de su sentido del humor y de esa relación tan particular entre la risa, el amor y la inspiración. Porque el humor también revela el carácter de un artista, y detrás de muchas canciones románticas existe un hombre capaz de reírse de sí mismo y de encontrarle ironía hasta a las situaciones más dolorosas.


También recuerda a sus maestros y a sus admirados. Menciona a José Alfredo Jiménez como uno de sus grandes referentes y expresa su admiración por Roberto Cantoral. Habla de Ferrusquilla, a quien recuerda con el cariño reservado para los amigos y maestros que dejan huella.


Y uno entiende que los grandes compositores no caminan solos. Detrás de cada uno hay voces que los inspiraron, canciones que los marcaron y hombres que les enseñaron, quizá sin proponérselo, a mirar la vida de otra manera.


Las canciones también tienen historia


Uno de los momentos más interesantes llega cuando Carlos Macías le pregunta por su obra, por la cantidad de canciones registradas y por aquellas que ocupan un lugar especial en su trayectoria.


Las cifras importan, desde luego, pero hay algo mucho más revelador: descubrir que un compositor no mide sus canciones únicamente por su éxito, sino por lo que cada una significa en su vida.


Martín Urieta habla de Bohemio de Afición, de Urge, de Mujeres Divinas y de Acá entre nos. Cada título parece abrir una puerta distinta hacia su historia.


Acá entre nos guarda una carga sentimental muy especial. El propio compositor explica que la hizo con pedacitos de su corazón. Y quizá ahí radique una de las razones por las que tantas personas la sienten como propia: cuando un autor se atreve a poner algo verdadero de sí mismo en una canción, los demás encontramos en ella nuestras propias historias.


Por otra parte, Mujeres divinas representa una canción que lo proyectó ampliamente, mientras que Urge ocupa un lugar singular por la rapidez con la que nació y por la anécdota que la acompaña.


Hay algo fascinante en escuchar a un compositor hablar de sus canciones como si fueran viejos conocidos. Recuerda cómo nacieron, qué circunstancias las rodearon y qué personas estuvieron presentes cuando apenas eran una idea.


Uno escucha y comprende que una canción puede durar tres o cuatro minutos, pero su historia puede acompañar a su autor durante toda la vida.


«Urge»: cuando una ocurrencia se convierte en historia


La anécdota que cuenta sobre Urge tiene ese sabor de las historias que se recuerdan con una sonrisa.


Comenta que es la única canción que le hizo a un hombre lo cual sorprendió a Carlos y al auditorio. No; no soy gay gritó!


Ya fuera de broma Martín relata que la canción surgió a partir de una expresión que utilizaba un amigo suyo, llamado Raúl. Aquel hombre para todo solía decir «urge», y la palabra terminó convirtiéndose en el punto de partida de una composición.


La historia tiene su lado simpático, sus circunstancias y hasta sus giros inesperados. Pero lo admirable es que una expresión cotidiana, aparentemente insignificante, pudiera convertirse en una canción que terminaría ocupando un lugar tan importante en la música popular mexicana.


¡Qué misterio tan hermoso el de la inspiración!


A veces, las grandes canciones no nacen de acontecimientos extraordinarios. Surgen de una conversación, de una frase escuchada al pasar o de una ocurrencia que, en otras circunstancias, habría quedado olvidada.


El compositor tiene ese don: escuchar lo que los demás escuchamos, pero descubrir algo que los demás no alcanzamos a ver.


Y cuando una canción nace de esa manera, el público termina apropiándose de ella. Ya no pertenece solamente al autor. Pasa a formar parte de las serenatas, los recuerdos, las reuniones familiares, los amores imposibles y las noches en las que alguien necesita una canción para decir lo que no se atreve a expresar con sus propias palabras.


Carlos le pregunta que canción de otro autor quisiera haberla compuesto el y sin pensarla mucho dijo que “No hay Novedad” porque la letra de esa canción siempre le ha impactado : “Quisiera que me hicieras mucha falta y gritarte que regreses

Pero aquí no hay novedad

No, no te preocupes por mí, aquí todo sigue igual

Como cuando estabas tú.”


Hay una reflexión de Martín Urieta que me hizo detenerme.


 «No hay novedad» cuestiona que con esa mezcla de ironía y sentido común que a veces encierra la sabiduría popular; ¿cómo puede Gabriel Jimenez, su autor,  escribir que “no hay novedad” cuando la vida lo está poniendo a prueba y siente que todo se le viene encima?.


¡Cuánta verdad puede esconder una frase aparentemente sencilla!


Los mexicanos tenemos una manera muy particular de convivir con el dolor. A veces lo disimulamos con una sonrisa; otras, con un chiste, una canción o una frase que parece no decir nada, pero que en realidad lo dice todo.


Quizá por eso nos identificamos tanto con nuestros compositores. Porque conocen esa forma nuestra de sufrir sin hacer demasiado ruido, de recordar sin confesarlo y de reírnos incluso cuando la vida nos ha dado motivos suficientes para llorar, y llorar fuerte, a grito abierto.


La casa es para volver…


Pero hay un momento en la conversación en el que la nostalgia deja de ser una emoción agradable y se convierte en algo mucho más profundo.


Martín Urieta recuerda los versos de una canción inédita que pronto dará a luz: La casa es para volver, una canción que habla del pueblo, de la madre, de la partida y de ese destino que parece perseguir a quienes nunca terminan de echar raíces.


La imagen es estremecedora: un hombre que regresa a su pueblo, se dirige a la tumba de su madre y se sienta a llorar. Allí, frente a ella, quiere jurar que nunca volverá a marcharse.


….”y la voz de mi conciencia se escucho dentro de mi; no le jures a tu madre lo que no vas a cumplir, el que nace vagabundo, vagabundo ha de morir. 

Un sabio dijo una vez, y lo voy a repetir, la casa es para volver y nunca para vivir, jamas digas que te quedas si sabes que has de partir, el que nace vagabundo, vagabundo ha de morir”…


Y entonces aparecen esos recuerdos que parecen escritos para todos los que alguna vez nos fuimos de casa, para quienes salimos a buscar oportunidades, para quienes dejamos atrás una calle, una familia, un amor o un pueblo que nunca dejó de pertenecernos:


La casa es para volver

y nunca para vivir.


¡Qué manera tan profunda de hablar de la pertenencia!


Porque uno puede marcharse, cambiar de ciudad, construir otra vida y aprender nuevas costumbres. Puede pasar muchos años lejos del lugar donde creció. Sin embargo, hay algo que permanece intacto: la memoria de aquella casa, la voz de nuestros padres, los amigos de la infancia y las calles que recorrimos cuando todavía creíamos que el mundo comenzaba y terminaba en nuestro pueblo.


Y quienes hemos vivido lejos de nuestros orígenes sabemos que regresar no siempre significa volver físicamente. A veces regresamos al escuchar una canción, al recordar una conversación o al pronunciar el nombre de alguien que ya no está.


Hay casas que siguen en pie y otras que solamente existen en la memoria. Pero ambas pueden recibirnos de la misma manera.


«Cada día se hace más grande la ausencia»


La conversación adquiere otra dimensión cuando Martín Urieta habla de su hijo, fallecido en un accidente en 1987.


Ante una pérdida semejante, las palabras parecen insuficientes. No hay composición, explicación ni consuelo capaz de borrar la ausencia de un hijo.


Y, sin embargo, hay una frase que lo dice todo: «Cada día se hace más grande la ausencia».


¡Qué dolor tan difícil de explicar!


Uno pensaría que el tiempo debería acostumbrarnos a vivir con las pérdidas, que los años tendrían que suavizar los recuerdos y que, poco a poco, el corazón aprendería a convivir con el vacío.


Pero hay ausencias que no se hacen pequeñas. Se transforman. Cambian de lugar dentro de nosotros y, de pronto, aparecen con una fuerza inesperada: en una fecha, en una fotografía, en una canción o en un recuerdo que parecía dormido.


El tiempo pasa, la vida continúa y uno aprende a sonreír de nuevo. Pero el amor permanece, y con él permanece también la falta de quien ya no puede regresar.


Escuchar a Martín hablar de esa herida es acercarse, con respeto, a la intimidad de un hombre que ha convertido tantas emociones en música, pero que también carga con dolores que ninguna canción puede reparar.


En ese instante dejamos de ver solamente al compositor reconocido. Vemos al padre. Al hombre que ha tenido que aprender a vivir con una ausencia que los años no han podido borrar.


Y uno guarda silencio.


Porque hay momentos en los que la mejor manera de acompañar a alguien no es decir nada, sino escuchar con el corazón.


Una joya que merece ser escuchada


Al terminar de ver La Casa del Cartero, me quedé pensando en todo lo que había sentido.


Me llegaron recuerdos, emociones y preguntas. Pensé en las canciones que han acompañado distintas etapas de mi vida, en las personas con quienes alguna vez las escuché y en aquellas que ya no están, pero que siguen presentes cada vez que una melodía las trae de vuelta.


Porque la música tiene esa virtud extraordinaria: nos devuelve por unos instantes lo que el tiempo se llevó.


Una canción puede regresarnos a una mesa familiar, a un amor de juventud, a una conversación con nuestros padres o a una tarde cualquiera de nuestra infancia. Basta escuchar unos acordes para que aparezcan rostros, lugares y sentimientos que creíamos olvidados.


Por eso admiro a los compositores como Macias y Urieta. Porque hacen con las palabras y las melodías algo que pocos consiguen: convertir una experiencia personal en una emoción colectiva.


Y por eso también admiro a quienes, como Carlos, saben acercarse a esos creadores con preguntas que abren puertas, con sensibilidad para escuchar y con la disposición de permitir que las historias fluyan sin perder su esencia.


Martín Urieta nos comparte, entre recuerdos, bromas, canciones y confesiones, algo mucho más valioso que una lista de éxitos: nos permite asomarnos al hombre que existe detrás de las canciones.


Y Carlos Macías nos ayuda a descubrirlo.


Mi recomendación es sencilla: regálense el tiempo de ver y escuchar esta conversación. Dejen por un rato el celular, apaguen el ruido y permitan que las palabras encuentren su camino hasta el corazón.


No importa si tienen veinte, cincuenta, setenta años o más. Siempre habrá una canción capaz de recordarnos quiénes fuimos, a quiénes amamos y qué cosas siguen siendo importantes a pesar del paso del tiempo.


Quizá al final comprendamos que no solamente escuchamos una entrevista. Escuchamos fragmentos de una vida, de muchas vidas y de una historia musical que también es nuestra.


Y tal vez, cuando termine, nos quedemos unos minutos en silencio, pensando en aquella casa a la que siempre queremos volver, en las ausencias que llevamos dentro y en esas canciones que, sin pedirnos permiso, se han convertido en parte de nuestra propia historia.


Porque hay compositores que escriben canciones para que otros las canten.


Y hay compositores que, sin saberlo, escriben canciones para que los demás podamos recordar, llorar, sonreír y seguir viviendo.


Eso encontré en La Casa del Cartero: música, humanidad, nostalgia y el privilegio de escuchar a dos hombres que han hecho de su sensibilidad una forma de arte.


Una verdadera joya.


https://youtu.be/xv-YaCJLs58?si=ZuBlmjGehTqO0YLl