22 de marzo de 2026

Angeles…


Uno quisiera que nuestros hijos caminaran por la vida rodeados de ángeles cuando están lejos de casa. Que cada persona con la que se crucen sea de buena fe, de intenciones limpias. Que las actividades que emprendan tengan los riesgos normales de crecer, de vivir; y que, si se equivocan, enfrenten las consecuencias justas, aprendiendo de ellas para ir construyendo su carácter y su experiencia.


Pero la realidad de hoy dista mucho de ese anhelo.


Las calles, los lugares que frecuentan los muchachos e incluso sus propias escuelas, se han vuelto espacios donde el peligro acecha. Y no solo por adultos que buscan aprovecharse de su inocencia, sino también por jóvenes que, extraviados en su propio camino, terminan convirtiéndose en una amenaza para otros. Hoy en día no es raro ver a muchachos armados o bajo el influjo de alguna sustancia a cualquier hora, multiplicando los riesgos para nuestros hijos.


¿Cuántas noticias hemos leído o visto sobre tragedias en escuelas? ¿Cuántas historias nos llegan de jóvenes que sufren situaciones terribles en lugares que, en teoría, eran para divertirse? ¿A cuántas pláticas hemos asistido donde especialistas nos advierten, con datos duros, lo que está ocurriendo en nuestra sociedad?


Y, aun así, muchas veces no reaccionamos.


Seguimos posponiendo decisiones importantes. Dudamos en poner límites. Cedemos con facilidad a lo que nuestros hijos piden —y a veces exigen— sin detenernos a pensar qué es lo mejor para ellos. La pregunta es inevitable: ¿qué necesitamos que suceda para actuar?


En nuestra ciudad, lamentablemente, las opciones de esparcimiento para los jóvenes son limitadas. Predominan los lugares disfrazados de entretenimiento donde el ambiente no siempre es el más adecuado. Espacios donde se mezclan riesgos innecesarios con una aparente normalidad, y de donde los muchachos salen a calles donde la vigilancia, muchas veces, es insuficiente.


No es raro ver jóvenes de otros lugares cruzar la frontera en busca de lo que en sus ciudades no se les permite: acceso a alcohol, a ambientes sin regulación, a una libertad mal entendida. Allá hay consecuencias claras; aquí, con frecuencia, puertas abiertas.


Pero tampoco se trata de criar a nuestros hijos en una burbuja. Ignorar la realidad no es opción. Como padres, quisiéramos ofrecerles espacios seguros, oportunidades sanas de convivencia, y la tranquilidad de saber que volverán a casa sin peligro.


Sin embargo, aunque mucho depende de las autoridades, hay algo que no podemos delegar: nuestra responsabilidad.


Un día antes de cumplir 21 años, una de mis hijas salió rumbo a la escuela, con el apuro natural de quien va contra el reloj. Apenas había avanzado unos metros cuando un policía la detuvo por exceso de velocidad y comenzó a levantarle una infracción.


Ella le pidió que la disculpara. Le explicó que nunca había tenido una multa, que eso le afectaría su seguro. Pero el oficial, serio, hizo su trabajo sin ceder. Le entregó la boleta y se retiró.


Mi hija se quedó ahí, en silencio, invadida por esa tristeza que solo se siente a su edad: una mezcla de frustración, culpa e impotencia.


Pasaron unos minutos.


De pronto, tocaron su ventana.


Era el mismo policía.


Regresó, le devolvió la boleta y, ahora sí, le habló. Le llamó la atención y le pidió que bajara la velocidad, que se cuidara, que nada bueno trae manejar con prisa. Y añadió algo que a cualquier padre le llega directo al corazón: que quienes más iban a agradecer ese consejo éramos nosotros.


Ese día, ese hombre no fue solo un policía.


Fue, sin saberlo, un ángel en el camino de mi hija.


Y entonces uno entiende que, aunque no podamos estar siempre a su lado, a veces la vida les pone a alguien que los cuida, que los detiene a tiempo, que les recuerda el valor de regresar a casa.


Ojalá a todos nuestros hijos les toque encontrarse, de vez en cuando, con uno de esos.

2 de marzo de 2026

Recuerdos del Alma…

Por: Javier Zacarias


Esos momentos inolvidables se guardan como quien esconde piedritas luminosas en el alma. No pesan, no estorban; iluminan.

Cuando la memoria es generosa, se encienden solitas en las noches calladas o en las tardes de silencio profundo. Y cuando la memoria flaquea un poco, conviene apuntarlos con cariño, como se anota la lista de mandados en un papel doblado en el bolsillo.

Así, cuando la vida arrecia y llega la tormenta, esos recuerdos salen a nuestro encuentro y vuelven a abrigarnos el corazón.

22 de febrero de 2026

Y que tal si..,


Por: Javier Zacarias

¿Qué habría sucedido en la vida de una persona si aquel evento no hubiera ocurrido?

¿Qué habría pasado con el resto de su historia si aquel día no hubiera doblado en esa esquina que, sin saberlo, cambió por completo el rumbo de su existencia? ¿Habría sido mejor o peor? ¿Más fácil o más duro? Nadie lo sabe.

¿Qué habría sucedido si no hubiera asistido a ese baile al que fue casi a regañadientes, empujado por la terquedad de sus amigos, cuando en realidad deseaba ir a otro lugar, uno más divertido, con más ambiente? Esa decisión aparentemente trivial también alteró el curso de su vida.

Nos aseguran que somos dueños de nuestro destino, que lo forjamos con cada paso que damos. Sin embargo, hay hilos invisibles que no movemos nosotros. Esos hilos, sin duda, los sigue moviendo Dios.

Y si esto es así, entonces podemos pensar que, aunque no hubiera doblado en esa esquina, aquel suceso habría ocurrido unas cuadras más adelante. Tal vez, si no hubiera asistido a esa fiesta, el encuentro se habría dado en otro evento, en otro momento, bajo otras circunstancias. ¿Está entonces nuestro destino marcado?

La incertidumbre nos lleva a preguntarnos qué habría sido de nosotros si hubiéramos tomado una decisión distinta. Pero esa duda, esa imposibilidad de saberlo, es precisamente el sazón de la vida. Es la cereza del pastel.

Una sola decisión puede cambiar radicalmente el resto de la vida de una persona. Una mirada, un paso de más, un suspiro, un semáforo en rojo, una sonrisa, un “sí” o un “no” tienen un impacto profundo e incalculable. Por eso es tan importante mantener siempre una buena actitud frente a los acontecimientos, incluso como una forma de prevenir un futuro desastroso.

Estoy convencido de que si algo sucede en la vida de las personas es, primero, porque Dios así lo quiere y, después, porque son las consecuencias de nuestras decisiones. Por ello debemos aceptar Sus designios y, sobre todo, tener el valor de enfrentarlos con amor y recibirlos con devoción.

Las risas y las lágrimas son el lenguaje del corazón, y el corazón nunca se equivoca cuando tiene un pacto con Dios.

16 de febrero de 2026

Solo ven a verme jugar…


Estaba viendo un documental sobre investigación deportiva de Bryant Gumbel cuando el tema me trajo a la memoria escenas que viví hace ya varios años. El reportaje de HBO hablaba sobre la exagerada participación de algunos padres en los deportes de sus hijos, al grado de gritarles, presionarlos e incluso humillarlos públicamente desde las gradas frente a sus compañeros de equipo.

Al ver esas imágenes, no pude evitar sentir una profunda pena ajena. Me recordaron episodios locales muy similares: padres de familia que, en vez de ser apoyo, se convierten en una carga emocional para sus hijos. Los regaños desde la banda, los gritos cuando se comete un error o no se hace “la jugada correcta”, hacen que esos niños prefieran que sus papás no vayan a los juegos. No por falta de cariño, sino para evitar la vergüenza y la burla de sus compañeros.


En los campos de fútbol americano, béisbol o soccer de Piedras Negras, esto se ve con frecuencia. Padres que sufren los partidos como si fueran finales del Super Bowl, perdiendo la noción de lo importante: que sus hijos están ahí para divertirse, para aprender, para crecer. Y si se vieran en video… seguramente les daría vergüenza.


¿Han presenciado lo que ocurre entre los papás de los equipos de fútbol americano o cualquier deporte en nuestra ciudad? Algunos hasta se han peleado entre ellos, han roto amistades de años solo porque sus hijos juegan en equipos distintos. Lo irónico es que los muchachos, después del juego, se juntan como si nada en la fiesta de algún amigo, mientras los adultos siguen en un pleito eterno . Sí, mientras los papás se andan jalando los pelos, los chavos andan abrazados riéndose de los “osos” que hacen sus propios padres en las gradas.


Hace poco quise ver con mis propios ojos si las cosas habían cambiado. Fui a los campos de fútbol y béisbol infantil y confirmo: no ha cambiado nada. Sin importar el nivel social, los padres gritones y ofensivos abundan por igual. Lanzan insultos desde la banda, desahogan sus frustraciones en sus propios hijos por un pase mal dado o un gol fallado. Y eso, lo único que hace, es dañar la experiencia del niño.


He llegado a la conclusión de que esos padres que gritan hasta la ofensa, lo hacen porque se asoma en ellos la frustración de haber sido deportistas mediocres… o de nunca haberse animado a intentarlo.


Que no se malentienda: la presencia de los padres en las actividades de sus hijos es fundamental. Ver en las gradas a mamá o papá es algo que ningún niño olvida. Su presencia en un partido, una función de teatro o una presentación escolar, es clave en su desarrollo emocional. Pero ojo: la presencia debe ser de apoyo, no de presión. De aliento, no de crítica.


Hay ejemplos admirables en nuestra ciudad. El ingeniero Mario De la Cabada supo inculcarles a sus hijos el deporte con respeto, cariño y visión. Para muchos como él, el deporte es más que una competencia: era formación personal, salud mental, y sobre todo, trabajo en equipo. Y por lo que hoy veo en sus hijos, no se equivocó. Otros ejemplos valiosos fue el de Lalo Riddle con sus hijos, o el de mi tío Héctor Menchaca con mis primos y seguramente hay muchos más padres  presentes, pero sin protagonismo. Acompañando, no dirigiendo.


Así que la próxima vez que uno de sus hijos lo invite a un evento, acuda. Vaya como lo que es: un espectador orgulloso. Disfrútelo como si fuera el último partido, la última función o el último torneo al que va a asistir. Haga sentir a su hijo que lo apoya con su presencia y sus palabras sinceras de aliento.


No lo critique. Usted no es su coach.


Usted es su papá.

9 de febrero de 2026

Güelita…

Por: Javier Zacarías


En esos días tristes, en épocas de pesadumbre, con lágrimas que no se ven porque brotan por dentro, suelo refugiarme en recuerdos que alguna vez me hicieron feliz. Y uno de ellos, quizá el más constante, es el de mi abuelita.

Doña Simonita era hermosa. Así de claro. Bellísima. Y no lo digo por el amor del nieto mayor —aunque sí, también— sino porque es la puritita verdad. Era hermosa por dentro y por fuera mi güelita.

Tenía unos ojos divinos, de esos que no miran: abrigan. Ojos que destellaban ternura, alegría y una paz que hoy, tantos años después, sigo buscando en la memoria. Tenia una mirada bonita, limpia, de esas que se quedan tatuadas para siempre. Su carácter era jovial, ligero, muy distinto —hay que aceptarlo— al que a veces carga este su nieto mayor, ya entrado en años.

Me daba unos abrazos que sabían hacer hogar. Abrazos que apapachaban y en los que uno se sentía el niño más suertudo de Piedras Negras y puntos circunvecinos. Con esos abrazos no hacía falta nada más en ese mi mundo añorado.

A mi abuelita le gustaba mucho bailar. Y tuve la dicha y la fortuna, ya siendo un poquito más grande, de bailar con ella varias veces. Fueron momentos inolvidables para ella y para mi que se quedaron guardados en nuestros corazones.

Cada oportunidad que tenía me acurrucaba a su lado, porque ahí se sentía un amor profundo y sincero, el de una mujer fuerte y cariñosa que se la partió por sacar adelante a sus hijos, dejando su querido Remolino para que todos ellos tuvieran una vida mejor.

Mi abuelita tenía todo lo que tienen las buenas abuelitas.

Sabía dar amor… y sabía cocinar. Los mas ricos manjares regionales se disfrutaban a diario en la casa de güelita. Preparaba unos dulces exquisitos y su cocina siempre, siempre olía a hogar. A esos olores que no se olvidan nunca y que, con solo pensarlos, traen de regreso los recuerdos.

De ella no tengo memorias tristes. Ninguna. No hay un solo recuerdo que no quiera conservar. Me tenía bien chiflado. Me quería como se quiere al nieto mayor.

Mis primos y primas dicen que ellos son los consentidos… y yo los dejo que digan lo que quieran. Y bueno, creo que sí, eran adorados por mi abuelita porque tenía un corazón tan grande que alcanzaba para todos. Pero, aunque mis primazos argumenten que ellos eran los consentidos, que vivían con ella, que la veían a diario y demás historias que les gusta platicar entre ellos, la verdad es que yo fui el consentido original; los demás son copias.

Cuando ellos, mis queridos primos, tengan su primer nieto, van a entender el amor inmenso que mi abuelita tenía por su primogénito, su “Conce”. Pero bueno, esa es una competencia bonita, llena de cariño, porque al final todos tenemos razón: güelita tenía amor de sobra para querernos a todos.

A veces, cuando me siento triste, o cuando ya me siento viejillo y con el carácter medio amargozón, pienso en doña Simonita… y se me pasa. Porque si alguien recibió amor en esta vida, gracias a ella, fui yo.

Estoy completamente seguro de que mi abuelita está con Dios. No tengo la menor duda. La gente buena, como ella, tiene SENTRI al cielo.

Cuando la evoco no puedo decir “donde quiera que estés”. No. Siempre digo “Allá en el cielo donde estás, abuelita, te recuerdo, te añoro y te extraño”.

Y le doy gracias a Dios por haberme regalado una abuelita como tú: hermosa, cariñosa y llena de amor.