9 de agosto de 2026

Nuestro Piedras Negras…

Hace unos días vi el comentario de una joven en las redes sociales. Decía que en Piedras Negras no había nada que hacer, que durante las vacaciones no existían lugares para divertirse o para conocer.


Y, pensándolo bien, una parte de razón tiene.


Piedras Negras no presume playas de arena blanca ni hoteles de lujo. No vive de los turistas que llegan una semana y después se marchan. Vive de la gente que aquí trabaja, que aquí lucha y que aquí ha construido, generación tras generación, un patrimonio que no aparece en los folletos de viaje.


Nuestra ciudad abre los brazos de otra manera.


Recibe con un abrazo a quienes vuelven para visitar a sus padres, a sus hermanos, a los abuelos que aún esperan en la misma casa de siempre. Recibe a quienes cruzan la frontera buscando oportunidades y también a quienes, después de muchos años lejos, descubren que ningún lugar huele igual que la tierra donde nacieron.


Porque Piedras Negras no se presume… se recuerda.


Está hecha para la industria, para el comercio, para la ganadería y para el esfuerzo diario de miles de hombres y mujeres que antes de que amaneciera ya iban camino a la fábrica, al rancho, al ferrocarril, a la aduana o a su pequeño negocio.


Es una ciudad construida con el trabajo silencioso de generaciones enteras.


Detrás de cada calle hay historias que pocos conocen. Detrás de cada colonia hubo hombres que desmontaron el monte, que tendieron vías, levantaron puentes, abrieron caminos, construyeron escuelas, hospitales, iglesias y comercios cuando todo era incertidumbre y esperanza.


Fueron aquellos pioneros quienes imaginaron una ciudad donde solo había tierra y horizonte.


Con sus manos levantaron las primeras casas; con su esfuerzo hicieron crecer el comercio fronterizo; con su visión impulsaron la industria que hoy da empleo a miles de familias. Muchos llegaron sin nada, solamente con la voluntad de trabajar, y terminaron dejando un legado que todavía sostiene a Piedras Negras.


Ellos no buscaban hacer una ciudad turística.


Buscaban construir una ciudad donde sus hijos pudieran vivir mejor.


Y lo lograron.


Por eso muchos de los que un día se fueron a estudiar o a buscar oportunidades en otras ciudades o en otros países, tarde o temprano sienten la necesidad de volver. Porque los lazos con esta tierra no se rompen con la distancia. Aquí quedaron los recuerdos de la infancia, los amigos de toda la vida, las reuniones familiares, las tardes en el Río Bravo, los parques, los campos de beisbol, las calles que aprendimos a recorrer desde niños y las voces de quienes ya no están, pero siguen acompañándonos en la memoria.


Quizá para quien viene buscando espectáculos o grandes atracciones, Piedras Negras parezca una ciudad sencilla.


Pero para quienes crecimos aquí, cada rincón guarda una historia.


Aquí no se viene solamente a pasear.


Se viene a reencontrarse.


A saludar a un viejo amigo por casualidad.


A visitar la tumba de los padres o de los abuelos.


A comer esos sabores que ninguna otra ciudad puede copiar.


A escuchar el acento fronterizo que inmediatamente nos hace sentir en casa.


Tal vez la joven tenía razón al decir que aquí no hay grandes atracciones turísticas.


Pero quizá todavía no descubre que hay ciudades que no se conocen por lo que ofrecen al visitante, sino por lo que despiertan en el corazón de quienes pertenecen a ellas.


Porque Piedras Negras no se mide por la cantidad de lugares para vacacionar.


Se mide por la cantidad de personas que, sin importar cuántos años lleven lejos, siempre encuentran un motivo para regresar.


Y mientras existan hombres y mujeres que recuerden con orgullo a quienes levantaron esta frontera con trabajo, honestidad y sacrificio, Piedras Negras seguirá siendo mucho más que un punto en el mapa.


Será, como siempre lo ha sido, un lugar al que nunca se deja de volver.


A veces olvidamos que las ciudades también tienen alma.


Y el alma de Piedras Negras está hecha de inmigrantes que llegaron con una maleta llena de sueños; de ganaderos que apostaron por estas tierras; de comerciantes que fiaban porque conocían el nombre de cada cliente; de obreros que encontraron en la industria una forma digna de sacar adelante a sus hijos; de maestras que alfabetizaron generaciones enteras; de médicos que hicieron de su profesión un apostolado; de hombres y mujeres sencillos que jamás imaginaron que estaban escribiendo, sin saberlo, la historia de esta frontera.


Ellos son nuestro verdadero patrimonio.


Ellos son los cimientos invisibles sobre los que seguimos caminando.


Se llama pertenencia.

Se llama identidad.

Se llama memoria.


Porque hay ciudades que uno conoce.


Hay otras que uno disfruta.


Pero muy pocas tienen el privilegio de convertirse en ese lugar al que, sin importar cuánto tiempo pase ni qué tan lejos nos lleve la vida, siempre sentimos la necesidad de regresar.


Y ese lugar, para muchos de nosotros, sigue llamándose orgullosamente Piedras Negras.


Porque al final de la vida comprendemos que las ciudades no se miden por la cantidad de lugares que ofrecen para pasar el tiempo, sino por la cantidad de recuerdos que nos regalan para toda la vida.


Y de esos… Piedras Negras está inmensamente llena.

7 de agosto de 2026

Animo señoras!!

Por: Javier Zacarias


Ya estamos a unos cuantos suspiros de que terminen las vacaciones escolares. Sí, así como lo leen… ya casi llega ese esperado, anhelado y hasta celebrado primer día de clases.

No me dejarán mentir: hay muchas mamás —y también algunos papás, para que luego no reclamen— que ya tienen marcado el calendario con plumón rojo, como quien espera la final de una Serie Mundial.

Durante las vacaciones todos hacemos el esfuerzo por llevar a la familia unos días a la playa, a un pueblo mágico o a cualquier lugar donde el presupuesto alcance. Pero seamos sinceros: esas vacaciones duran una semana… quince días si bien nos va. El resto del tiempo la realidad nos regresa a Piedras Negras, con su calor que derrite hasta las buenas intenciones.

Y ahí empieza la verdadera prueba de resistencia.

Los niños desayunan… y a los veinte minutos ya preguntan qué van a comer. Se levantan diciendo que están aburridos, prenden la televisión, luego los videojuegos, después el celular, y cuando finalmente deciden salir, lo hacen justo cuando baja el sol… para regresar quién sabe a qué horas.

Mientras tanto, mamá hace de cocinera, enfermera, árbitro, psicóloga, chofer, inspectora, administradora del aire acondicionado y, por si fuera poco, vigilante nocturna esperando a que “los angelitos” lleguen sanos y salvos.

Y eso sin contar el calor infernal que nos regaló este verano. Los pobres aires acondicionados trabajaron horas extras y aun así parecían abanicos con diploma. Ahora falta ver el recibo de la luz… ese sí da más miedo que una película de terror.

Como si no fuera suficiente, todavía tuvimos que lidiar con la escasez de agua. Así que mantener una casa llena de niños inquietos, con calor y a veces sin suficiente agua, fue prácticamente un deporte extremo.

Mientras tanto… respiren profundo, mamás. Ya falta muy poco.

Dentro de unos días volverán las loncheras, los uniformes, las carreras para llegar a tiempo, las filas de los carros afuera de las escuelas… y, sobre todo, volverá ese maravilloso silencio que invade la casa cuando los güercos están en clases.

No lo nieguen. Más de una ya hasta está pensando en reunirse con las amigas para desayunar tranquilamente, tomarse un cafecito sin interrupciones y platicar sin escuchar cada cinco minutos el inolvidable:

—”¡Mamáaa!… ¿qué hay de comer?”

¡Ánimo! Ya casi llega ese glorioso momento. Y aunque dentro de unas semanas seguramente extrañarán tener a los hijos todo el día en casa… por lo pronto, disfruten esa pequeña victoria que el calendario escolar les regala cada agosto.

Porque, seamos sinceros… hay campanas que anuncian fiestas, otras que anuncian bodas… y luego está el timbre del primer día de clases, que para muchas mamás suena casi como un himno a la libertad.

Y no se hagan las fuertes, señoras. El lunes del regreso a clases más de una va a llegar a la casa, se va a servir un cafecito bien caliente, va a voltear a ver la sala completamente en silencio y hasta va a decir: ‘¡Qué bonito se oye cuando no se oye nada!’… Aunque les doy unas dos semanas para que ya anden diciendo: ‘cómo se extrañan estos condenados’. Así somos los papás y las mamás: nos quejamos cuando están y los extrañamos cuando no están.

2 de agosto de 2026

La pesca, el silencio y los amigos…

Me gusta ir a pescar solo; porque en la soledad del río encuentro algo que pocas cosas pueden ofrecer: paz. Me gusta escuchar el silencio, dejar que el murmullo del agua y el viento sustituyan, aunque sea por unas horas, el ruido cotidiano que todos llevamos por dentro.

Allá, frente al Río Bravo, la mente se despeja, el corazón recupera el ritmo y la sensibilidad que poco a poco nos va robando la vida diaria, por lo que la pesca representa para mí mucho más que lanzar un anzuelo al agua; es un refugio donde vuelvo a encontrarme conmigo mismo.

La naturaleza en esta región del norte de Coahuila quizá no sea exuberante, pero es la que Dios nos regaló, y basta aprender a contemplarla para descubrir su belleza. Quienes me conocen saben cuánto disfruto perderme unas horas entre las cañas, los carretes, los anzuelos, los caminos de terracería y la orilla del río.

Claro que también disfruto cuando hay amigos alrededor. Las pláticas, las risas, las bromas y las anécdotas hacen que el tiempo transcurra sin que uno se dé cuenta. Sin embargo, debo confesar que la mayor parte de las veces prefiero ir solo. Hay algo especial en esas horas de silencio que se vuelven una conversación con uno mismo.

Mi vieja Cherokee, fiel compañera de aventuras, siempre está lista para salir, recorrer caminos, llegar hasta el río y disfrutar la pesca. La cuido con esmero y ha sido la testigo de incontables amaneceres, atardeceres y momentos que permanecerán para siempre en mi memoria.

Pero la naturaleza también impone sus tiempos. En estos días de canícula prefiero dejar descansar tanto a las cañas y carretes como a mi inseparable camioneta. Ya no tenemos veinte años y el calor extremo puede convertirse en un enemigo peligroso. Uno sale a disfrutar, no a poner en riesgo la salud. Si Dios lo permite ya que pase, volveremos a recorrer esos caminos que tanto extrañamos.

Y hablando de añoranzas, no puedo evitar recordar a mi querido amigo Fidel Barrera, que en paz descanse.

Qué buenos tiempos vivimos. La vida quiso que cuando yo me jubilara, él también estuviera prácticamente retirado. Bastaba una llamada y, aunque fueran las dos de la tarde de cualquier día de la semana, ya íbamos rumbo al rancho de mi tío Carlos Valdez, al de don Arturo Rodríguez o al de su hijo, Arturito Rodríguez, lugares que frecuentábamos porque, además de ser seguros, siempre nos regalaban buenas jornadas de pesca.

Con el paso de los años he comprendido que la felicidad nunca estuvo en sacar el robalo más grande o el bagre de mejor tamaño. Lo verdaderamente valioso era estar ahí. Compartir el silencio, una buena conversación o simplemente contemplar el río mientras el tiempo parecía detenerse.

Extraño aquellas tardes improvisadas, las bromas que yo le gastaba, las risas, las historias repetidas una y otra vez y esa amistad que solo el paso de los años sabe fortalecer.

Le pido a Dios que nos conceda salud a todos los que amamos la pesca, para seguir disfrutando de esos pequeños momentos que terminan convirtiéndose en los grandes recuerdos de la vida.

Por ahora, haremos una pausa obligada. Dejaremos descansar las cañas, los carretes y los caminos polvorientos hasta que el calor extremo nos conceda una tregua. Después, cuando llegue septiembre y el clima vuelva a ser nuestro aliado, regresaremos al Río Bravo.

Porque quienes amamos la pesca sabemos que, en realidad, nunca vamos solamente a pescar. Vamos a buscar tranquilidad, a abrazar los recuerdos y, por unas cuantas horas, a sentir que el tiempo todavía camina despacio.

29 de julio de 2026

La independencia para opinar…

Una de las mayores satisfacciones que tengo como ciudadano es no pertenecer a ningún partido político ni mantener compromiso alguno con organización política. A lo largo de los años he recibido invitaciones para integrarme a distintos partidos, pero agradeciéndoles de la mejor manera, las he rechazado sin siquiera dudarlo. La razón es muy sencilla: no quiero que una militancia o un compromiso partidista condicionen mi conciencia ni mi libertad para decidir por quién votar, criticar o felicitar.

Siempre he procurado votar por las personas, no por las siglas. Mi respaldo ha sido para quienes, en su momento, consideré los mejores candidatos, independientemente del partido que los postulara. Así ocurrió cuando voté por Claudio Bres, tanto cuando contendió por el PRI como cuando lo hizo por Morena. También he apoyado con mi voto al doctor Cobos, a Chuy Mario Flores, al Dr. Garcia Reyes, al Lic. Ernesto Vela, al Ing. Elias Sergio Treviño y a candidatos de distintas corrientes políticas. Nunca he entendido la política como un acto de lealtad hacia un partido, sino como una responsabilidad hacia la comunidad.


Mucho antes de que se popularizara aquella frase de que “López Obrador era un peligro para México”, yo ya tenía profundas reservas sobre el rumbo que podía tomar el país si esa persona y su secta llegaban al poder. Fue una convicción personal que el tiempo, desde mi perspectiva, terminó por confirmar. 


Del mismo modo, a lo largo de los años he aprendido a identificar actitudes que considero preocupantes en muchos políticos: la ambición desmedida, la conveniencia personal, la corrupción y la falta de vocación de servicio.


Esa independencia me otorga, moralmente, el derecho de señalar y criticar a cualquier presidente, gobernador, diputado, alcalde o funcionario cuando considero que está incumpliendo con la responsabilidad que los ciudadanos le confiaron aunque haya votado por el.


Por supuesto que me he equivocado. He votado por candidatos que terminaron decepcionando a quienes depositamos nuestra confianza en ellos. También reconozco que hubo otros a quienes no apoyé y que posteriormente realizaron un buen trabajo, como fue el caso de Fernando Puron.  Admitir esos errores no me debilita; al contrario, fortalece mi convicción de que el voto debe ejercerse con honestidad y con la disposición de reconocer cuando uno se equivoca.


Mi visión sobre la política es crítica. Considero que, lamentablemente, para una gran cantidad de quienes buscan un cargo público, el servicio a la sociedad termina siendo secundario frente al beneficio personal. Sé que esta afirmación puede resultar incómoda, pero la realidad demuestra que con demasiada frecuencia las promesas de campaña se transforman en intereses particulares una vez alcanzado el poder.


Precisamente por ello debemos ser honestos con nosotros mismos y dejar de defender, por conveniencia o por afinidad política, a funcionarios que sabemos que no están cumpliendo con su responsabilidad. La lealtad nunca debe estar por encima de la verdad. Defender lo indefendible únicamente contribuye a perpetuar los malos gobiernos.


A pesar de todo, mantengo el optimismo. Estoy convencido de que Piedras Negras y México son mucho más grandes que sus problemas y mucho más fuertes que cualquier gobierno deficiente. Nuestra historia demuestra que hemos sabido levantarnos después de desastres naturales que pusieron a prueba la fortaleza de nuestra comunidad. Si fuimos capaces de superar esas adversidades, también podremos superar las malas administraciones y las decisiones equivocadas de quienes hoy ocupan cargos públicos.


Los coahuilenses ya vivimos una de las etapas más difíciles de nuestra historia reciente durante los años del moreirismo, un periodo que dejó profundas heridas políticas, económicas y sociales en todo el estado y particularmente en Piedras Negras y la región. Si logramos salir adelante después de aquello, también podremos superar cualquier administración que no esté a la altura de las circunstancias.


Lo que verdaderamente preocupa es el deterioro de la vida pública.  Por ejemplo, resulta lamentable y vergonzoso observar cómo las sesiones de Cabildo en Piedras Negras dejan de ser espacios para el debate serio y la construcción de acuerdos para convertirse en escenarios de confrontación, descalificaciones y protagonismos. Los ciudadanos esperan respeto institucional y soluciones, no espectáculos que deterioran la confianza en las instituciones.


Nuestra ciudad merece mucho más que disputas políticas permanentes. Merece funcionarios capaces de dialogar, construir consensos y anteponer el interés de la ciudad a los intereses partidistas o personales. La política no puede seguir secuestrada por el cálculo electoral ni por el futurismo político mientras los problemas cotidianos de la población siguen esperando respuesta.


En ese contexto, considero que la actual administración municipal, enfrenta aciertos y errores como cualquier gobierno. Sin embargo, también es evidente que la confrontación política constante y la actitud de algunos sectores de oposición inclusive miembros de su mismo partido, dificultan la gobernabilidad y entorpecen el avance de proyectos que podrían beneficiar a la ciudad. La crítica es indispensable en una democracia, pero la obstrucción sistemática no construye mejores gobiernos.


Finalmente, resulta contradictorio observar cómo asuntos de enorme trascendencia generan enfrentamientos interminables, mientras que otras decisiones igualmente relevantes —como la autorización de eventos como la feria, cuya naturaleza y consecuencias merecerían un análisis mucho más profundo— son aprobadas prácticamente sin discusión. Esa incongruencia alimenta la percepción ciudadana de que, con demasiada frecuencia, las prioridades de la clase política están alejadas de las verdaderas necesidades de la sociedad.


Piedras Negras merece instituciones fuertes, gobiernos responsables y representantes que entiendan que el poder es un mandato temporal para servir, no una oportunidad para confrontar, dividir o buscar beneficios personales. Esa debería ser la verdadera esencia del servicio público, que lamentablemente…no lo es.

26 de julio de 2026

Los amigos que el tiempo no pudo separar…


Cuando terminamos la carrera universitaria y cada uno obtuvo el título en su especialidad, llegó el momento inevitable de despedirnos. Aquellos jóvenes de Piedras Negras que durante años compartimos casas rentadas, departamentos, desvelos, dominó, canciones, preocupaciones, sueños y un sinfín de ilusiones, tuvimos que tomar caminos diferentes.

Cada quien salió en busca de su propio destino. Algunos regresamos a Piedras Negras; otros permanecieron algún tiempo más realizando el servicio social, las residencias o iniciando los primeros años de ejercicio profesional en distintos rincones de la República. La vida, como siempre, comenzó a escribir una historia distinta para cada uno de nosotros.


Con el paso de los años, cuando ya nos encontrábamos un poco más establecidos en nuestra ciudad, nació la necesidad de volver a reunirnos. Empezamos a visitarnos cada quince días en nuestras casas. Eran reuniones sencillas, pero llenas de afecto, en las que revivíamos aquellos años universitarios y compartíamos, junto con nuestras esposas, las experiencias que la profesión nos había regalado. Cada conversación era una oportunidad para descubrir el camino que había recorrido cada compañero desde aquella despedida.


Sin embargo, la vida también impone sus propios ritmos. Las responsabilidades familiares, el trabajo y los compromisos fueron haciendo cada vez más difíciles aquellos encuentros. Poco a poco las reuniones comenzaron a espaciarse, hasta que un día, casi sin darnos cuenta, dejaron de ser parte de nuestra rutina.


Lo que nunca desapareció fue la amistad. Siempre hubo oportunidad de encontrarnos con alguno de ellos, saludarnos con el cariño de siempre, preguntar por la familia y ponernos al día, aunque fuera durante unos cuantos minutos. Porque hay afectos que el tiempo no desgasta; simplemente esperan el momento oportuno para volver a florecer.


Después llegaron las redes sociales y, gracias a ellas, volvimos a encontrarnos. Aunque fuera detrás de una pantalla, recuperamos las conversaciones, las bromas y esa confianza que solamente existe entre quienes compartieron una de las etapas más importantes de su vida.


Hace algunos meses decidimos que ya era suficiente con saludarnos por mensajes. Había que volver a vernos frente a frente. Así nació la iniciativa de Adrián, Beto y Kiko: reunirnos nuevamente para desayunar cada quince días, únicamente los amigos, como en los viejos tiempos.


Y qué agradable ha sido descubrir que todavía tenemos mucho que contarnos.


En cada desayuno aparecen historias que muchos desconocíamos: los lugares donde cada uno ejerció su profesión, las dificultades que enfrentó, los triunfos que alcanzó y los sacrificios que hicieron posible construir una vida digna. Son relatos que el tiempo había guardado y que hoy vuelven a salir entre una taza de café y una buena conversación.


Hace unas semanas nos reunimos en el lienzo charro del Dr. García Reyes. Fue una tarde extraordinaria. Afuera caía una lluvia generosa, muy parecida a aquellas que tantas veces disfrutamos en Guadalajara. Como siempre, las anécdotas comenzaron a surgir una tras otra, provocando risas, recuerdos y, por momentos, ese silencio que sólo produce la nostalgia.


Hay algo que siempre me sorprende profundamente: la extraordinaria memoria de la mayoría de los asistentes. Conservan el don de recordar detalles que todos vivimos, pero que el paso de los años había borrado de nuestra memoria. Escucharlos es volver a caminar por los pasillos de la Universidad Autónoma de Guadalajara; regresar a aquellas casas donde vivimos; recordar travesuras, bromas, desvelos y momentos que parecían perdidos para siempre.


Gracias a ellos volvemos a ser, aunque sea por unos instantes, aquellos muchachos que llegaron llenos de ilusiones a la Perla Tapatía, convencidos de que el mundo nos esperaba con los brazos abiertos.


No saben la alegría que siento al volver a ver a mis amigos. Algunos ya disfrutan de un merecido retiro; otros continúan ejerciendo su profesión con la misma pasión y dignidad de siempre. Verlos realizados, rodeados del cariño de sus esposas, de sus hijos y ahora también de sus nietos, produce una satisfacción difícil de describir.


Mientras los hijos y los nietos saludan, corren y juegan alrededor de nosotros, resulta imposible no pensar en el tiempo. Ayer éramos nosotros quienes soñábamos con el futuro; hoy somos nosotros quienes observamos, con orgullo y una inevitable melancolía, cómo nuevas generaciones comienzan a escribir su propia historia.


Todos enfrentamos dificultades. Ninguna carrera profesional está libre de sacrificios. Hubo momentos de incertidumbre, obstáculos que parecían insuperables y días en los que el camino se veía demasiado largo. Pero cuando nos sentamos alrededor de una mesa y contemplamos lo que cada uno logró construir con trabajo, honestidad, dedicación y esfuerzo, comprendemos que cada desvelo valió la pena.


Pero, por encima de cualquier título universitario, existe una deuda que jamás podremos terminar de pagar.


La deuda con nuestros padres.


En aquellos años difíciles hicieron enormes sacrificios para enviarnos a estudiar tan lejos de casa. Eran tiempos sin teléfonos celulares, sin videollamadas y sin las facilidades de comunicación que hoy parecen indispensables. Despedir a un hijo significaba esperar hasta las vacaciones de Semana Santa o las de verano para volver a abrazarlo.


Nuestras madres vivían con esa paciencia infinita que sólo ellas conocen. Esperaban nuestras cartas, nuestras llamadas y, sobre todo, el día de nuestro regreso.


Confieso que más de una vez ni siquiera aproveché las vacaciones para volver a Piedras Negras. Prefería aceptar la invitación de algunos compañeros para conocer Ensenada, Hermosillo o Ciudad Obregón. Mi madre seguramente sufría un poco porque su consentido tardaba todavía más en regresar, pero jamás dejó de comprenderme ni de recibirme con el mismo abrazo y el mismo cariño de siempre.


Hoy, al mirar hacia atrás, entiendo que aquellos años no sólo nos regalaron una profesión.


Nos regalaron algo mucho más valioso: amistades verdaderas.


Amistades que resistieron el paso del tiempo, la distancia, las responsabilidades y los largos silencios. Amistades que nunca necesitaron verse todos los días para seguir existiendo, porque fueron construidas sobre el respeto, la lealtad y un cariño sincero.


Con los años uno descubre que la juventud no regresa, que el cabello se va o se vuelve blanco y que la vida avanza mucho más rápido de lo que alguna vez imaginamos. Pero también descubre que existen personas capaces de acompañarnos durante toda una vida, aun cuando los caminos se hayan separado durante décadas.


Y entonces comprendemos que el verdadero privilegio no fue solamente haber obtenido un título universitario.


El verdadero privilegio fue habernos encontrado en el camino… y seguir llamándonos, con el mismo orgullo de hace más de cincuenta años, simplemente amigos.