8 de julio de 2026

Bienvenidos!…


En Piedras Negras, cada generación de egresados profesionistas llega con la misma mezcla: entusiasmo, nervios y una buena dosis de expectativas. Y está bien. Es parte del proceso. Pero también es momento de hablar con claridad.

Jovenes; su etapa de estudiante ha  terminado.


Las mochilas, los cuadernos, las desveladas por exámenes y las risas en el pasillo deben quedarse como buenos recuerdos. Lo que sigue exige algo distinto: preparación real, disciplina, carácter y una actitud seria ante la vida profesional.


Porque aquí, afuera, las cosas no funcionan como en la escuela.


En el trabajo no importan las “bolitas de amigos”, ni las ocurrencias, ni las excusas. Importan los resultados. Importa la puntualidad. Importa el respeto. Y sobre todo, importa la capacidad de resolver.


Muchos se darán cuenta —quizá tarde— que aquellos profesores que cuestionaban, exigían y presionaban, no eran sus enemigos. Eran el primer filtro de una realidad que hoy les toca enfrentar sin intermediarios.


Ahora tendrán jefes. Y esos jefes no califican con intención formativa: califican con base en productividad. Si cumples, te quedas. Si no, te vas.


Así de claro.


Antes de salir a buscar trabajo, conviene hacerse algunas preguntas incómodas:

¿Sé explicar por qué elegí mi carrera?

¿Puedo decir con claridad qué sé hacer?

¿Estoy preparado para una entrevista formal?

¿Sé comunicarme con respeto y seguridad?


Si la respuesta es dudosa, hay trabajo por hacer. Mucho.


Hace tiempo, en una oficina local, una estudiante próxima a egresar no supo responder dos preguntas básicas sobre su formación en una entrevista de trabajo. No era falta de inteligencia, era falta de enfoque. Y ese es un error que el mundo laboral no perdona con facilidad.


Porque aquí no basta con “tener ganas”.


Al inicio, la actitud abre puertas. Pero muy pronto llegará la exigencia de resultados. Las empresas, los consultorios y los talleres no son centros de formación; son espacios donde se espera que cada persona aporte valor. Si no lo haces, alguien más lo hará.


Piedras Negras necesita profesionistas preparados. No improvisados.

Necesita jóvenes que entiendan que el crecimiento no es automático, que se construye con constancia, responsabilidad y criterio.


Los amigos se conservan, claro. Pero el trabajo no es extensión de la escuela. Es otro terreno, con reglas claras.


Y hay que decirlo sin rodeos: la imagen también cuenta.

La forma de vestir, de hablar, de conducirse… todo comunica e importa. Profesionalismo no es rigidez, pero tampoco es descuido.


Traigan su energía, su entusiasmo, sus ideas. Eso hace falta. Pero acompáñenlo con seriedad y compromiso.


Porque este ya no es un recreo.


Es el mundo real.


Y aquí, cada quien avanza según lo que sabe hacer… y lo que está dispuesto a demostrar.


Bienvenidos!

5 de julio de 2026

Mi opinion sobre las criticas al presidente municipal…

Por: Javier Zacarías

Después de escuchar y leer tantas críticas por el viaje que realizó el presidente municipal de Piedras Negras para asistir a un partido del Mundial de Futbol en Miami, quisiera expresar una opinión muy personal.

Creo que debemos poner las cosas en perspectiva.

Carlos Jacobo es un presidente municipal joven, con una energía que pocos pueden igualar. Quienes seguimos de cerca su trabajo sabemos que no tiene horarios: trabaja de lunes a domingo, en días festivos, fines de semana y a cualquier hora cuando la ciudad lo requiere. Esa es una realidad que difícilmente puede negarse.

Por eso me parece injusto que se genere tanta polémica porque decidió tomarse unos días para asistir a un evento deportivo.

No estamos hablando de alguien que abandonó sus responsabilidades. Estamos hablando de una persona que, como cualquier otra, tiene derecho a disfrutar de su tiempo libre. Además, cuenta con los recursos económicos para hacerlo sin representar una carga para los ciudadanos.

Seamos sinceros: muchos de quienes hoy lo critican, también hubieran querido estar en ese estadio presenciando un evento de esa magnitud. Y quienes ya tenemos algunos años, seguramente nos daría mucho gusto que nuestros hijos o nietos tuvieran la oportunidad de vivir una experiencia similar.

También se ha cuestionado que conviva con artistas o personajes relacionados con los gustos musicales de las nuevas generaciones. A mí, en lo personal, esa música no me gusta. Mis preferencias son muy distintas. Pero entiendo perfectamente que un joven de su edad tenga otros gustos. Eso no determina su capacidad para gobernar ni lo convierte en un mal servidor público.

En ocasiones da la impresión de que cualquier acción que realiza se convierte automáticamente en motivo de ataque. 

Es evidente que existe un sector de la prensa y de algunos actores políticos que mantienen una postura crítica permanente hacia su administración. Esa crítica es válida cuando se basa en hechos; lo que deja de ser útil es cuando se convierte en una campaña para desacreditar todo, sin reconocer también lo que sí se está haciendo bien.

Gobernar Piedras Negras no es una tarea sencilla. Es evidente que enfrenta un entorno político complicado y que no siempre cuenta con el respaldo de otros niveles de gobierno. Esa realidad termina afectando no solo al alcalde, sino principalmente a los ciudadanos.

Por eso creo que, más allá de simpatías o diferencias políticas, debemos ser justos en nuestros juicios. Exijamos resultados, señalemos los errores cuando existan, pero también reconozcamos el trabajo cuando se está realizando.

Carlos Jacobo, como cualquier servidor público, está sujeto al escrutinio ciudadano. Sin embargo, también conserva el derecho de tener una vida personal, de disfrutar un viaje o asistir a un evento deportivo, siempre que ello no implique descuidar sus responsabilidades.

La política no debería convertir en escándalo lo que para cualquier ciudadano sería simplemente ejercer una libertad. Piedras Negras necesita más objetividad, menos confrontación y más disposición para reconocer lo bueno, sin dejar de exigir lo que aún falta por hacer.

Los servidores públicos deben ser evaluados por sus resultados, por su honestidad y por su capacidad para responder cuando la ciudad los necesita, no por una fotografía en un estadio o por los gustos personales que tengan fuera de su horario de trabajo. La crítica es indispensable en una democracia, pero también lo es la objetividad. Porque cuando convertimos cualquier pretexto en escándalo, dejamos de hablar de los verdaderos problemas de Piedras Negras, esos que sí merecen toda nuestra atención.

28 de junio de 2026

No, no nos conformamos, señor Gobernador…


No nos conformamos con que, en cada entrevista, la respuesta a cualquier crítica o exigencia ciudadana sea siempre la misma: “Coahuila es el estado más seguro de la República”. Eso no puede ser el único argumento para justificar carencias, pedir votos o evadir responsabilidades.

Reconocemos que la seguridad es un logro sumamente importante y valoramos el esfuerzo realizado para conservarla. Pero no puede convertirse en el argumento que pretenda justificar todas las demás deficiencias del estado.


La seguridad no es un favor político ni una concesión del gobierno. Es una obligación constitucional y un derecho fundamental de todos los ciudadanos.


Mientras se presume un estado seguro, seguimos transitando por carreteras destruidas, peligrosas y abandonadas. La carretera federal 57, una de las vías más importantes de México y columna vertebral del norte del país, presenta tramos en condiciones lamentables. Lo mismo ocurre con la carretera estatal número 2, entre Acuña y Nuevo Laredo. Baches, basura acumulada, pavimento deteriorado, señalización deficiente y retenes que prolongan innecesariamente los traslados forman parte de la realidad cotidiana que enfrentan miles de coahuilenses.


Lo más preocupante es que esta situación no es nueva. En cada campaña electoral —para diputados locales, federales, alcaldes o gobernadores— escuchamos las mismas promesas: modernizar las carreteras, ampliarlas y convertirlas en vías más seguras y eficientes. Sin embargo, pasan los años y esas promesas siguen sin cumplirse. Lo saben quienes hoy ocupan un cargo de elección popular. Lo saben los alcaldes, los diputados, los funcionarios estatales y, por supuesto, también lo sabe usted, señor Gobernador.


Tal vez esa realidad no se aprecia desde un avión oficial o desde una caravana de vehículos escoltados. Pero sí la conoce quien diariamente conduce de noche para regresar a casa, quien trabaja en carretera o quien viaja con su familia con el temor permanente de caer en un bache, sufrir una avería o verse involucrado en un accidente.


Por eso lo invito, respetuosamente, a recorrer por tierra el trayecto de Piedras Negras a Monclova o de Acuña a Nuevo Laredo. Hágalo de noche, sin actos protocolarios, sin discursos y sin fotografías. Hágalo como cualquier ciudadano. Estoy seguro de que esa experiencia le permitirá comprender mejor una realidad que miles de coahuilenses viven todos los días.


Y tampoco podemos ignorar lo ocurrido recientemente en Piedras Negras. Las inundaciones volvieron a demostrar que el problema requiere algo más que declaraciones y entregas de despensas. Se necesita inversión, planeación y obras de ingeniería que atiendan de fondo el desazolve y la conducción de los arroyos que año con año ponen en riesgo el patrimonio y la tranquilidad de miles de familias.


Los ciudadanos esperamos que el Gobierno del Estado y el Gobierno Municipal dejen a un lado sus diferencias políticas y trabajen coordinadamente. La ciudadanía no puede seguir pagando las consecuencias de desencuentros entre autoridades. 


Cuando dos gobiernos se enfrentan, quienes terminan perdiendo son siempre los ciudadanos.


Los habitantes de Piedras Negras merecen la misma atención, el mismo respeto y el mismo compromiso que cualquier otra región del estado.


Porque no, señor Gobernador: no nos conformamos únicamente con vivir en un estado seguro. Aspiramos a carreteras dignas, infraestructura moderna, servicios públicos eficientes y gobiernos capaces de escuchar, corregir y resolver.


Los ciudadanos no pedimos privilegios.


Exigimos, simplemente, el cumplimiento de las responsabilidades para las que fueron elegidos.


Porque el buen gobierno no se mide únicamente por aquello que presume, sino por los problemas que decide resolver. Y Coahuila merece mucho más que un solo argumento repetido una y otra vez. Merece resultados.


Piedras Negras, también es Coahuila. 

21 de junio de 2026

Don Rodolfo de los Santos…


Tengo muy bonitos recuerdos del consejo que don Rodolfo de los Santos me dio un día cuando yo era apenas un niño y mi papá me encomendaba una de las tareas más importantes de la frutería: la cobranza.

Don Rodolfo fue cliente de mi papá prácticamente desde que nació la Frutería. Además de surtir al Restaurant Moderno, también abastecíamos al Seguro Social, al Restaurante Don Cruz, a Las Rocas, al Cafe Zocalo de Don Gaspar Gonzalez y a muchos otros negocios de Piedras Negras que recibían frutas, verduras y mercancía a crédito.


Cada semana, o cada quince días, según el acuerdo, había que pasar a recoger los pagos.


¿Y quién creen que se había sacado la rifa?


Pues yo.


Nunca supe por qué mi papá casi siempre me escogía para esa responsabilidad. Tal vez quería que aprendiera a tratar con la gente; quizá buscaba que perdiera el miedo a hablar con los adultos o simplemente deseaba que fuera conociendo, desde muy pequeño, el mundo del comercio que él había construido con tanto esfuerzo.


Y hay algo que debo reconocer.


Nunca he sido un hombre de mucha paciencia. De niño menos. Como cualquier muchacho de diez u once años, cometía errores propios de mi edad, de mi inmadurez y de mis prisas.


Pero tuve la enorme fortuna de cruzarme con personas que, en vez de exhibir mis equivocaciones o hacerme sentir mal, se tomaban unos minutos para corregirme con respeto y enseñarme.


Uno de ellos fue don Rodolfo.


Recuerdo perfectamente aquella tarde.


Entré al Restaurant Moderno por la puerta de la calle Allende. Sería la una o las dos de la tarde, cuando el restaurante estaba lleno de comensales. Don Rodolfo conversaba animadamente con varias personas; quizá eran amigos, quizá clientes.


Yo llegué con mis notas de cobro en la mano y, con la imprudencia natural de un niño, me acerqué hasta su mesa y le dije, sin más:


—Vengo a cobrarle, don Rodolfo.


Las personas que estaban con él voltearon a verme sorprendidas. Algunos sonrieron con cierta picardía; otros hicieron gestos como diciendo: “Ándele, páguele al muchacho.”


Pero don Rodolfo jamás perdió la serenidad.

Con esa tranquilidad que siempre lo distinguió, simplemente me respondió:


—Pásate a la caja; ahorita te atienden.


Aquella caja del Restaurant Moderno era muy especial. Tenía una hermosa mampara de madera con delicados detalles en color crema. Desde ahí podía observarse perfectamente todo el restaurante, mientras que desde las mesas nadie alcanzaba a ver el interior de la oficina.


Y qué decir del Restaurant Moderno…


Quienes tuvimos la fortuna de conocerlo sabemos que no era solamente un restaurante. Era uno de esos lugares que terminaron formando parte de la historia sentimental de Piedras Negras. Ahí se celebraban reuniones familiares, se cerraban negocios, se hacían amistades y se escribían, sin saberlo, pequeños capítulos de la vida de nuestra ciudad.


A los pocos minutos llegó don Rodolfo.


Se acercó, me puso la mano sobre el hombro, casi en un gesto de abrazo, y me dijo que enseguida me pagarían. Pero antes quería decirme algo.


Con mucha delicadeza me explicó que cuando uno iba a cobrar una cuenta nunca debía hacerlo delante de otras personas, porque esos asuntos merecían discreción y respeto.


Hoy, siendo adulto, esa enseñanza parece de lo más natural.


Pero para un niño era una lección que difícilmente habría aprendido por sí solo.


Con el paso de los años entendí que lo que realmente quedó grabado en mi memoria no fue únicamente el consejo.


Fue la manera en que me lo dio.


Esa era la grandeza de muchos hombres de aquella generación que ayudó a construir el carácter de Piedras Negras. No necesitaban levantar la voz para hacerse respetar. No humillaban. No avergonzaban a nadie.


Corregían con paciencia.

Enseñaban con cariño.


Y casi siempre bastaba una mano sobre el hombro para que uno entendiera la lección.


Sería imposible contar todas las historias de aquellos hombres y mujeres de nuestra ciudad que, sin proponérselo, terminaron influyendo en mi vida. Muchos ni siquiera eran familiares; sin embargo, dejaron huellas tan profundas como las de un abuelo o un tío.


Don Rodolfo no era un amigo íntimo de mi papá.


Era un cliente.


Papá siempre le guardó un enorme respeto y un sincero agradecimiento porque, en momentos difíciles, don Rodolfo le tendió la mano sin hacer alarde de ello.


Hoy, cuando vuelvo la vista hacia aquellos años, entiendo que el verdadero valor de sus enseñanzas no estaba solamente en sus palabras.


Estaba en su forma de vivir.


Porque un buen consejo puede escucharse una sola vez.


Pero un consejo dado con respeto, con afecto y con el ejemplo termina acompañándonos toda la vida.


Con los años uno descubre que los edificios cambian, los negocios desaparecen, las calles se transforman y muchos de los personajes que dieron identidad a nuestro pueblo ya no están entre nosotros.


El Restaurant Moderno vive únicamente en los recuerdos.


La frutería de mi papá pertenece ya a una época que se fue.


Y aquellas tardes de cobranzas, con un niño cargando unas notas bajo el brazo, parecen hoy escenas de una vieja película en blanco y negro.


Sin embargo, hay algo que el tiempo nunca podrá borrar.


La manera en que nos hicieron sentir esas personas.


De don Rodolfo y de tantos hombres y mujeres de aquella generación permanece la imagen de la sonrisa sincera, de la broma oportuna, de la conversación sin prisas y de esa costumbre tan hermosa de orientar a los muchachos como si todos fueran un poco hijos de todos.


Tal vez eso era lo que hacía verdaderamente especial a aquel Piedras Negras que tantos extrañamos.


No eran únicamente sus restaurantes, sus comercios o sus calles.


Era su gente.


Porque había personas que, sin saberlo, se convertían en maestros de vida durante una conversación de apenas unos minutos.


Y cuando uno tiene la fortuna de haber coincidido con seres humanos así, descubre que los años pueden llevarse casi todo.


Pero jamás podrán llevarse la gratitud.


Eso es, precisamente, lo que convierte un recuerdo en un tesoro.


Hoy entiendo que ellos nunca imaginaron que, con un consejo dado a un muchacho inquieto, estaban sembrando un recuerdo que habría de acompañarlo toda la vida. Quizá ese sea el legado más grande de aquella generación: no los negocios que levantaron, ni los restaurantes que hicieron famosos, ni los edificios que el tiempo terminó transformando. Su verdadera herencia fue la forma de tratar a las personas. Y mientras alguien siga recordándolos con gratitud, hombres como don Rodolfo nunca dejarán de caminar por las calles de aquel viejo Piedras Negras que llevamos guardado en el corazón.