11 de octubre de 2026

La Casa del Cartero…

Una conversación con el alma, la música y los recuerdos.



Hay encuentros que uno no busca, pero que llegan justo cuando el corazón necesita detenerse un momento para recordar, sentir y volver a encontrarse con aquellas emociones que creíamos guardadas en algún rincón de la memoria, del corazón… del alma

Eso me sucedió al descubrir este viernes 9 de Octubre La Casa del Cartero. Un encuentro musical y humano entre dos personajes que merecen todo mi respeto y admiración: el compositor Carlos Macías y Martín Urieta, uno de esos grandes autores mexicanos que han sabido ponerle palabras a los sentimientos de millones de personas.


No sé si llamarlo entrevista, programa, o simplemente una conversación entre dos hombres que aman la música, que hacen poesía con ella y que nos la transmiten sin misericordia. El nombre es lo de menos. Lo verdaderamente importante es lo que sucede cuando alguien tiene la sensibilidad de preguntar y otro la generosidad de responder desde la experiencia, los recuerdos y las heridas que deja la vida.


Es una joya. Me hizo hasta llorar, a mi, que soy insensible. Y no importa la edad que tengas: si todavía conservas la capacidad de emocionarte con unas canciónes, esta conversación te llegará al alma. No tengo ninguna duda. 


Eso sí, hay que hacer algo que hoy parece cada vez más difícil: despegarnos un rato del celular, alejarnos del ruido cotidiano, dejar a un lado los prejuicios y sentarnos a mirar y escuchar con atención. Porque cuando Martín Urieta comienza a hablar, no solamente habla un compositor; habla un hombre que ha vivido, amado, perdido y convertido sus experiencias en canciones.


Y Carlos Macías, excelente canta autor con sus preguntas, su sensibilidad y su manera de conducir la charla, consigue que las palabras vayan mucho más allá de una simple entrevista. Entre ambos construyen un espacio de confianza en el que la música se convierte en memoria, confesión y sentimiento.


¿El compositor nace o se hace? 


Una de las preguntas inevitables cuando se habla de un creador. ¿Se nace con el talento o se aprende a convertir la vida en música?


Quizá la respuesta esté en una combinación de ambas cosas. Se puede aprender la técnica, dominar las palabras, conocer los acordes y estudiar las estructuras de una canción. Pero hay algo que no se enseña con facilidad: esa capacidad de encontrar una historia en una mirada, una despedida en un silencio o una herida en una frase que cualquiera podría pronunciar.


Martín Urieta pertenece a esa estirpe de compositores que entienden que una canción no se escribe únicamente con la cabeza. También se escribe con la memoria, con las experiencias y, muchas veces, con los pedacitos del corazón que uno va dejando en el camino.


Durante la charla aparecen nombres que forman parte de la historia grande de nuestra música. Habla de Armando Manzanero, de su sentido del humor y de esa relación tan particular entre la risa, el amor y la inspiración. Porque el humor también revela el carácter de un artista, y detrás de muchas canciones románticas existe un hombre capaz de reírse de sí mismo y de encontrarle ironía hasta a las situaciones más dolorosas.


También recuerda a sus maestros y a sus admirados. Menciona a José Alfredo Jiménez como uno de sus grandes referentes y expresa su admiración por Roberto Cantoral. Habla de Ferrusquilla, a quien recuerda con el cariño reservado para los amigos y maestros que dejan huella.


Y uno entiende que los grandes compositores no caminan solos. Detrás de cada uno hay voces que los inspiraron, canciones que los marcaron y hombres que les enseñaron, quizá sin proponérselo, a mirar la vida de otra manera.


Las canciones también tienen historia


Uno de los momentos más interesantes llega cuando Carlos Macías le pregunta por su obra, por la cantidad de canciones registradas y por aquellas que ocupan un lugar especial en su trayectoria.


Las cifras importan, desde luego, pero hay algo mucho más revelador: descubrir que un compositor no mide sus canciones únicamente por su éxito, sino por lo que cada una significa en su vida.


Martín Urieta habla de Bohemio de Afición, de Urge, de Mujeres Divinas y de Acá entre nos. Cada título parece abrir una puerta distinta hacia su historia.


Acá entre nos guarda una carga sentimental muy especial. El propio compositor explica que la hizo con pedacitos de su corazón. Y quizá ahí radique una de las razones por las que tantas personas la sienten como propia: cuando un autor se atreve a poner algo verdadero de sí mismo en una canción, los demás encontramos en ella nuestras propias historias.


Por otra parte, Mujeres divinas representa una canción que lo proyectó ampliamente, mientras que Urge ocupa un lugar singular por la rapidez con la que nació y por la anécdota que la acompaña.


Hay algo fascinante en escuchar a un compositor hablar de sus canciones como si fueran viejos conocidos. Recuerda cómo nacieron, qué circunstancias las rodearon y qué personas estuvieron presentes cuando apenas eran una idea.


Uno escucha y comprende que una canción puede durar tres o cuatro minutos, pero su historia puede acompañar a su autor durante toda la vida.


«Urge»: cuando una ocurrencia se convierte en historia


La anécdota que cuenta sobre Urge tiene ese sabor de las historias que se recuerdan con una sonrisa.


Comenta que es la única canción que le hizo a un hombre lo cual sorprendió a Carlos y al auditorio. No; no soy gay gritó!


Ya fuera de broma Martín relata que la canción surgió a partir de una expresión que utilizaba un amigo suyo, llamado Raúl. Aquel hombre para todo solía decir «urge», y la palabra terminó convirtiéndose en el punto de partida de una composición.


La historia tiene su lado simpático, sus circunstancias y hasta sus giros inesperados. Pero lo admirable es que una expresión cotidiana, aparentemente insignificante, pudiera convertirse en una canción que terminaría ocupando un lugar tan importante en la música popular mexicana.


¡Qué misterio tan hermoso el de la inspiración!


A veces, las grandes canciones no nacen de acontecimientos extraordinarios. Surgen de una conversación, de una frase escuchada al pasar o de una ocurrencia que, en otras circunstancias, habría quedado olvidada.


El compositor tiene ese don: escuchar lo que los demás escuchamos, pero descubrir algo que los demás no alcanzamos a ver.


Y cuando una canción nace de esa manera, el público termina apropiándose de ella. Ya no pertenece solamente al autor. Pasa a formar parte de las serenatas, los recuerdos, las reuniones familiares, los amores imposibles y las noches en las que alguien necesita una canción para decir lo que no se atreve a expresar con sus propias palabras.


Carlos le pregunta que canción de otro autor quisiera haberla compuesto el y sin pensarla mucho dijo que “No hay Novedad” porque la letra de esa canción siempre le ha impactado : “Quisiera que me hicieras mucha falta y gritarte que regreses

Pero aquí no hay novedad

No, no te preocupes por mí, aquí todo sigue igual

Como cuando estabas tú.”


Hay una reflexión de Martín Urieta que me hizo detenerme.


 «No hay novedad» cuestiona que con esa mezcla de ironía y sentido común que a veces encierra la sabiduría popular; ¿cómo puede Gabriel Jimenez, su autor,  escribir que “no hay novedad” cuando la vida lo está poniendo a prueba y siente que todo se le viene encima?.


¡Cuánta verdad puede esconder una frase aparentemente sencilla!


Los mexicanos tenemos una manera muy particular de convivir con el dolor. A veces lo disimulamos con una sonrisa; otras, con un chiste, una canción o una frase que parece no decir nada, pero que en realidad lo dice todo.


Quizá por eso nos identificamos tanto con nuestros compositores. Porque conocen esa forma nuestra de sufrir sin hacer demasiado ruido, de recordar sin confesarlo y de reírnos incluso cuando la vida nos ha dado motivos suficientes para llorar, y llorar fuerte, a grito abierto.


La casa es para volver…


Pero hay un momento en la conversación en el que la nostalgia deja de ser una emoción agradable y se convierte en algo mucho más profundo.


Martín Urieta recuerda los versos de una canción inédita que pronto dará a luz: La casa es para volver, una canción que habla del pueblo, de la madre, de la partida y de ese destino que parece perseguir a quienes nunca terminan de echar raíces.


La imagen es estremecedora: un hombre que regresa a su pueblo, se dirige a la tumba de su madre y se sienta a llorar. Allí, frente a ella, quiere jurar que nunca volverá a marcharse.


….”y la voz de mi conciencia se escucho dentro de mi; no le jures a tu madre lo que no vas a cumplir, el que nace vagabundo, vagabundo ha de morir. 

Un sabio dijo una vez, y lo voy a repetir, la casa es para volver y nunca para vivir, jamas digas que te quedas si sabes que has de partir, el que nace vagabundo, vagabundo ha de morir”…


Y entonces aparecen esos recuerdos que parecen escritos para todos los que alguna vez nos fuimos de casa, para quienes salimos a buscar oportunidades, para quienes dejamos atrás una calle, una familia, un amor o un pueblo que nunca dejó de pertenecernos:


La casa es para volver

y nunca para vivir.


¡Qué manera tan profunda de hablar de la pertenencia!


Porque uno puede marcharse, cambiar de ciudad, construir otra vida y aprender nuevas costumbres. Puede pasar muchos años lejos del lugar donde creció. Sin embargo, hay algo que permanece intacto: la memoria de aquella casa, la voz de nuestros padres, los amigos de la infancia y las calles que recorrimos cuando todavía creíamos que el mundo comenzaba y terminaba en nuestro pueblo.


Y quienes hemos vivido lejos de nuestros orígenes sabemos que regresar no siempre significa volver físicamente. A veces regresamos al escuchar una canción, al recordar una conversación o al pronunciar el nombre de alguien que ya no está.


Hay casas que siguen en pie y otras que solamente existen en la memoria. Pero ambas pueden recibirnos de la misma manera.


«Cada día se hace más grande la ausencia»


La conversación adquiere otra dimensión cuando Martín Urieta habla de su hijo, fallecido en un accidente en 1987.


Ante una pérdida semejante, las palabras parecen insuficientes. No hay composición, explicación ni consuelo capaz de borrar la ausencia de un hijo.


Y, sin embargo, hay una frase que lo dice todo: «Cada día se hace más grande la ausencia».


¡Qué dolor tan difícil de explicar!


Uno pensaría que el tiempo debería acostumbrarnos a vivir con las pérdidas, que los años tendrían que suavizar los recuerdos y que, poco a poco, el corazón aprendería a convivir con el vacío.


Pero hay ausencias que no se hacen pequeñas. Se transforman. Cambian de lugar dentro de nosotros y, de pronto, aparecen con una fuerza inesperada: en una fecha, en una fotografía, en una canción o en un recuerdo que parecía dormido.


El tiempo pasa, la vida continúa y uno aprende a sonreír de nuevo. Pero el amor permanece, y con él permanece también la falta de quien ya no puede regresar.


Escuchar a Martín hablar de esa herida es acercarse, con respeto, a la intimidad de un hombre que ha convertido tantas emociones en música, pero que también carga con dolores que ninguna canción puede reparar.


En ese instante dejamos de ver solamente al compositor reconocido. Vemos al padre. Al hombre que ha tenido que aprender a vivir con una ausencia que los años no han podido borrar.


Y uno guarda silencio.


Porque hay momentos en los que la mejor manera de acompañar a alguien no es decir nada, sino escuchar con el corazón.


Una joya que merece ser escuchada


Al terminar de ver La Casa del Cartero, me quedé pensando en todo lo que había sentido.


Me llegaron recuerdos, emociones y preguntas. Pensé en las canciones que han acompañado distintas etapas de mi vida, en las personas con quienes alguna vez las escuché y en aquellas que ya no están, pero que siguen presentes cada vez que una melodía las trae de vuelta.


Porque la música tiene esa virtud extraordinaria: nos devuelve por unos instantes lo que el tiempo se llevó.


Una canción puede regresarnos a una mesa familiar, a un amor de juventud, a una conversación con nuestros padres o a una tarde cualquiera de nuestra infancia. Basta escuchar unos acordes para que aparezcan rostros, lugares y sentimientos que creíamos olvidados.


Por eso admiro a los compositores como Macias y Urieta. Porque hacen con las palabras y las melodías algo que pocos consiguen: convertir una experiencia personal en una emoción colectiva.


Y por eso también admiro a quienes, como Carlos, saben acercarse a esos creadores con preguntas que abren puertas, con sensibilidad para escuchar y con la disposición de permitir que las historias fluyan sin perder su esencia.


Martín Urieta nos comparte, entre recuerdos, bromas, canciones y confesiones, algo mucho más valioso que una lista de éxitos: nos permite asomarnos al hombre que existe detrás de las canciones.


Y Carlos Macías nos ayuda a descubrirlo.


Mi recomendación es sencilla: regálense el tiempo de ver y escuchar esta conversación. Dejen por un rato el celular, apaguen el ruido y permitan que las palabras encuentren su camino hasta el corazón.


No importa si tienen veinte, cincuenta, setenta años o más. Siempre habrá una canción capaz de recordarnos quiénes fuimos, a quiénes amamos y qué cosas siguen siendo importantes a pesar del paso del tiempo.


Quizá al final comprendamos que no solamente escuchamos una entrevista. Escuchamos fragmentos de una vida, de muchas vidas y de una historia musical que también es nuestra.


Y tal vez, cuando termine, nos quedemos unos minutos en silencio, pensando en aquella casa a la que siempre queremos volver, en las ausencias que llevamos dentro y en esas canciones que, sin pedirnos permiso, se han convertido en parte de nuestra propia historia.


Porque hay compositores que escriben canciones para que otros las canten.


Y hay compositores que, sin saberlo, escriben canciones para que los demás podamos recordar, llorar, sonreír y seguir viviendo.


Eso encontré en La Casa del Cartero: música, humanidad, nostalgia y el privilegio de escuchar a dos hombres que han hecho de su sensibilidad una forma de arte.


Una verdadera joya.


https://youtu.be/xv-YaCJLs58?si=ZuBlmjGehTqO0YLl

5 de octubre de 2026

Veinte años después… no entienden

Hace 20 años escribí este artículo.

Sí, veinte.

Lo encontré hace poco y, después de leerlo, primero me dio risa… luego nostalgia… y finalmente me quedé pensando que, aunque han cambiado muchísimas cosas en nuestra ciudad, hay otras que parecen tener la mala costumbre de no cambiar jamás.

Así que decidí desempolvarlo y compartirlo nuevamente. Eso sí, con una advertencia: no le voy a quitar ni una sola palabra de su espíritu original, porque en aquel entonces estaba preocupado por lo mismo que muchos padres seguimos estando hoy: ¿a qué hora regresan los hijos?

Y ahí empieza la historia…

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Eran las 10:00 de la noche cuando me despertó un ruido en la puerta.

“Oficialmente” estaba viendo el juego de básquetbol entre mis odiados Lakers y mis queridos Spurs. Pero la verdad es que Morfeo se había apoderado de mi desde hacía rato.

Salté como Tony Parker de mi sillón reclinable rumbo a la puerta principal.

Me encontré con mi hija.

La recibí con un besote en el cachete y agradecí a todos los santos patronos que están pintados en la catedral especialmente a mi favorito, aquel que tiene el mecatito en las manos, por habérmela traído sana y salva de la nocturna selva nigropetense.

Pero mi hija, sorprendida, me dijo:

—¡Ay, papaaaaá! ¡Si apenas voy a saliiiir!

Así, con ese sonsonetito de “chava nice” que hace que uno se quede con la cara exactamente igual a cuando llega el recibo del agua.

Y es que oigan! los condenados antros de nuestro pueblo abren sus puertas a las nueve de la noche, pero la pachanga empieza a las diez.

Así que los chavitos llegan muy campantes, perfumados y con los pelos todavía mojados justo cuando uno, en su casa, ya está pensando seriamente en dormir.

Por eso, cuando uno les dice con toda la autoridad que todavía le queda:

—Te quiero aquí temprano, ¿eh?

Te voltean a ver como Martita veía a Fox, con aquella mirada que parecía decir:

—¡Siiii, Chente!

Puedes contarles tus historietas, tu currículum juvenil, tus experiencias, tus aventuras y todas las broncas que tuviste con tus papás cuando la hora de llegada obligatoria a casa era a las nueve de la noche.

Puedes explicarles que, si había un baile, boda o quince años en fin de semana, la cosa se podía estirar… pero no más allá de la una de la mañana.

Y ellos simplemente te miran con los ojos volteados, como si la Virgen les estuviera hablando directamente desde el cielo.

No te escuchan.

Una vez le comenté a la aliada y a la vez abogada defensora de mis hijas:

—¿Oye; y para qué se secan el pelo a las nueve de la noche si ya se van a la cama?

Y con una saña inaudita me contestó:

—¡Ah… es que van a una boda!

¡Caray!

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Pero detrás de todas estas historias y de las bromas hay algo que hace veinte años me preocupaba de verdad.

La responsabilidad es nuestra.

Aunque queramos delegarla en las autoridades, en los dueños de los antros, en los policías, en los amigos o en quien sea, al final nadie tiene más responsabilidad de cuidar a nuestros hijos que nosotros mismos.

Ya sabemos que cuando uno intenta estirar la rienda, la primera que brinca es la mamá.

Y no necesariamente porque esté de acuerdo con los hijos, sino porque es una reacción natural de una madre que quiere protegerlos. A sus ojos, todo puede sucederle a los demás niños… menos a los suyos.

Pero la realidad es otra.

Tenemos que hacer todo lo posible por reducir, aunque sea un poco, los riesgos a los que están expuestos nuestros muchachos.

No se trata de encerrarlos.

No se trata de prohibirles vivir.

Se trata de enseñarles que la libertad también trae responsabilidades y que hay lugares, horarios y circunstancias en los que el peligro puede aparecer sin avisar.

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En aquellos años escuché por la radio que los antros en Piedras Negras tendrían que cerrar obligatoriamente a las dos de la mañana.

Di gracias a mi santo del mecatito.

Debíamos por todos los medios posibles de iniciar una campaña para evitar del peligro inminente donde andan los chavos y retirarlos mas temprano de la calle o lugares públicos donde asisten todo tipo de gente con las mas bajas intenciones, enmascarados en personajes de alta sociedad y sin el menor respeto al prójimo.

Pero, para mi sorpresa, nada cambió.

Yo creo que los dueños de los negocios les hicieron a nuestras autoridades exactamente lo mismo que nuestros hijos nos hacen a nosotros:

¡NINGÚN CASO!

Y lo peor es que nadie parecía capaz de hacer algo contra una costumbre que ya había causado problemas a muchas familias de nuestro querido Piedras Negras.

Ni autoridades.

Ni padres de familia.

Ni nosotros mismos.

Porque mientras discutíamos quién tenía la culpa, nuestros muchachos seguían saliendo y regresando tarde.

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Veinte años después, al releer estas líneas, me dio mucha risa recordar al padre joven y preocupado que fui.

Pero también me dio cierta ternura.

Porque uno cambia.

Los hijos crecen.

Los nietos llegan.

Y de pronto uno descubre que aquellas noches en las que esperaba escuchar el ruido de la puerta para saber que tu hija había llegado bien… fueron también parte de los años más bonitos y más difíciles de ser padre.

Y ahora entiendo algo que entonces no entendía del todo:

los hijos creen que uno exagera hasta que les toca ser padres.

Entonces comprenden.

Entonces empiezan las llamadas:

—¿Ya llegaste?

—¿Dónde estás?

—¿Con quién andas?

—¿A qué hora vas a regresar?

Y cuando el hijo contesta:

—¡Ay, papá, no exageres!

Uno sonríe.

Porque ya conoce la historia.

Y piensa:

“Espérate a que tengas hijos, m’hijo… entonces hablamos.”

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Hace veinte años terminé aquel artículo diciendo que nuestros hijos llegarían cada vez más tarde a casa.

Hoy, tres décadas después, algunos de aquellos “güercos” ya tienen hijos propios.

Y seguramente ahora son ellos los que miran el reloj a las dos de la mañana, caminan de un lado a otro por la sala y le piden al santo del mecatito que les cuide a sus muchachos.

Qué cosas tiene la vida.

Uno pasa de ser el joven que no entiende por qué sus padres se preocupan…

a convertirse en el padre que se preocupa.

Y finalmente termina siendo el abuelo que se ríe de todo aquello.

Pero, eso sí:

cuando el nieto salga de noche, ahí sí… que Dios nos agarre confesados.

Porque una cosa es segura:

los tiempos cambian… pero la preocupación de un padre por sus hijos parece no tener fecha de caducidad.