Anoche me sentí mal. En la madrugada me despertó un malestar indescriptible. Me cheque la presión arterial y todo bien. Sentí una angustia tremenda y ya no pude dormir. Desde las 2:30 am ya estaba con el ojo pelon. Me senté en el sillón de la recámara y trate de tranquilizarme con los ojos cerrados y ya un poco mas tranquilo, me vino a la mente la pregunta: ¿como será morirse?
Y me puse a escribir un boceto, palabras sueltas, dudas y sobre todo, preguntas aisladas. Fui dándole forma y por la tarde, le mostré el borrador a un joven amigo, me dio su opinión de lo que basado en la fe nos enseña Dios y considerándola, hace rato lo terminé.
¿Como será morirse?
Antes que yo, muchísimas personas se han hecho esta pregunta. La han formulado filósofos, escritores, científicos, sacerdotes y hombres y mujeres comunes que, en algún momento de su vida, han detenido el paso para mirar de frente aquello que inevitablemente nos espera.
Es una pregunta que provoca una inmensa duda y, en ocasiones, angustia. Pero también despierta un extraño interés, casi un morbo inevitable, porque la muerte es quizá el único acontecimiento verdaderamente seguro de nuestra existencia y, al mismo tiempo, el único del que nadie ha podido regresar para contarnos con certeza cómo es.
¿Cómo será morirse?
¿Tendría razón Dante al imaginar el trayecto después de la muerte? ¿Será realmente como lo describe en La Divina Comedia, con sus círculos, sus castigos, sus esperanzas y su purificación?
En el Purgatorio, Dante imagina un lugar en el que las almas se purifican antes de alcanzar la plenitud. No es solamente un sitio de castigo para quienes fueron malos, sino un camino de transformación para quienes todavía tienen algo que limpiar de su alma.
Y entonces aparece otra pregunta inevitable:
¿Será así?
¿O será, como sostienen algunas tradiciones religiosas, que después de esta vida nos espera la misericordia de Dios, esa infinita bondad capaz de perdonar nuestras faltas y recibirnos aun con todas nuestras imperfecciones?
Tal vez ninguna de esas respuestas sea suficiente. Tal vez ninguna sea equivocada.
Porque, finalmente, nadie puede saberlo.
¿Cómo será morirse?
¿Se van perdiendo poco a poco los sentidos?
¿Primero la vista, después el oído, después la conciencia?
¿Habrá un último pensamiento?
¿Recordaremos en esos últimos instantes a quienes amamos?
¿Pasarán frente a nuestros ojos aquellos momentos que creíamos olvidados?
¿Escucharemos una voz?
¿Sentiremos una mano?
¿Habrá oscuridad?
¿Un silencio absoluto?
¿Un largo zumbido?
¿O acaso será todo lo contrario: una claridad que nunca hemos conocido, una sensación de paz imposible de explicar mientras estamos vivos?
Me pregunto si será como cerrar los ojos después de un día muy largo. Si simplemente llegará el sueño y, sin darnos cuenta, habremos cruzado una frontera que durante toda la vida contemplamos desde lejos.
Pero hay algo que me intriga todavía más.
¿Qué sentiremos al comprender que ya no regresaremos?
Porque mientras vivimos siempre existe la posibilidad del mañana.
Mañana entre amigos disfrutaremos el Yankees vs Red Sox.
Mañana veremos a nuestros hijos, iremos a comer y regresaremos a Piedras Negras.
Mañana abrazaremos a nuestro nieto y lo llevaremos a comer una nieve.
Mañana terminaremos aquello que dejamos pendiente.
La vida está llena de mañanas.
La muerte, en cambio, parece ser la ausencia definitiva de esa palabra.
Y quizá por eso nos cuesta tanto comprenderla.
¿Descansaremos?
¿Habrá alguien esperando nuestra llegada?
¿Nos reconocerán quienes se fueron antes?
¿Volveremos a encontrarnos con nuestros padres, con nuestros hermanos, con los amigos que un día se despidieron de nosotros sin que imagináramos que aquella despedida sería definitiva?
Cuando alguien que amamos muere, solemos decirle a quienes quedan:
“Está en un lugar mejor.”
Lo decimos con cariño. Lo decimos para consolar. Lo decimos porque necesitamos creer que el amor no puede terminar simplemente porque un corazón dejó de latir.
Pero, si somos sinceros, tampoco lo sabemos.
Y quizá ahí está la parte más profunda de nuestra relación con la muerte: creemos, esperamos, imaginamos… pero no sabemos.
La religión ofrece respuestas.
La filosofía ofrece preguntas.
La ciencia puede explicarnos extraordinariamente bien lo que ocurre con nuestro cuerpo, pero todavía no puede responder de manera definitiva qué ocurre con aquello que llamamos conciencia cuando la vida termina.
Y nosotros, simples mortales, seguimos preguntándonos.
Quizá por eso desde hace miles de años levantamos templos, pirámides, escribimos libros, enterramos a nuestros muertos con ceremonias, encendemos velas y hablamos de otra vida.
Quizá necesitamos pensar que la historia no termina.
Que la muerte no es una puerta cerrada, sino una puerta cuyo otro lado desconocemos.
O quizá simplemente nos cuesta aceptar que un día dejaremos de existir.
Hay otra cosa que me inquieta.
¿Nos dará miedo morir cuando llegue el momento?
Porque ahora, mientras estamos aquí, la muerte puede parecernos aterradora.
Pero tal vez cuando llegue no la recibamos con el mismo miedo con que la imaginamos.
Tal vez después de una larga vida, de haber conocido alegrías y tristezas, de haber cometido errores, de haber pedido perdón, de haber amado y de haber sido amados, llegue un momento en que simplemente aceptemos que nuestro turno ha terminado.
Como termina una película, un libro, una tarde.
Y quizá lo verdaderamente importante no sea saber cómo será morir, sino preguntarnos cómo estamos viviendo mientras llega ese día.
Porque de la muerte nada podemos adelantar.
No sabemos cuándo será.
No sabemos cómo será.
No sabemos qué habrá después.
Pero de la vida sí sabemos algo.
Sabemos que está ocurriendo ahora.
Sabemos que todavía podemos llamar a un amigo.
Dar un abrazo.
Pedir perdón.
Decir “te quiero”.
Sentarnos a conversar sin mirar el reloj.
Reírnos de una vieja anécdota.
Volver a escuchar aquella canción que nos lleva muchos años atrás.
Mirar crecer a los hijos y a los nietos.
Agradecer una amistad.
Contemplar un atardecer.
¿Cómo será morirse?
No lo sé.
Y quizá esa sea, precisamente, la pregunta que nos acompañará hasta el último día.