14 de junio de 2026

Que caloron…

Amanece más temprano esta época del año en mi pueblo y, para beneplácito de muchos, también anochece más tarde. Las calles permanecen desiertas al mediodía y no se ve alma alguna ni siquiera refugiada en las sombras que, con tacañería, ofrecen las paredes de las casas. La temperatura arrecia entre los 37 y 45 grados a la sombra y la infame canícula nos visita puntualmente cada agosto, como una vieja conocida que llega sin invitación, pero que todos sabemos que vendrá.

“Nomás los tontos andan en la calle, m’ijo”, decía mi abuelita con esa infinita sabiduría de las mujeres de antes, que sin estudios de meteorología sabían perfectamente a qué hora se barría el patio, a qué hora se regaban las plantas y a qué hora era mejor no salir ni a buscar pleito con el sol.


El calor de mi pueblo abraza. Es como si tuvieras una novia gordita de la cual necesitas acostumbrarte y resignarte a su fogoso apapacho, porque de lo contrario, te sofoca y abruma. Durante los meses de junio hasta septiembre la calidez de nuestro Piedras Negras es una realidad palpable y que solamente los que somos de aquí aprendimos a soportar dignamente, sin tantas quejas ni rezongos.


Los forasteros siempre llegan renegando. Que si el calor está insoportable, que si parece que se abre la puerta del horno cuando salen a la calle, que cómo podemos vivir así. Pero mi pueblo tiene una extraña manera de conquistar a quienes llegan. Les regala su gente, su comida, su tranquilidad, sus amistades sinceras y sus costumbres. Y pasa algo curioso: al poco tiempo ya no se quieren ir. El calor sigue siendo el mismo, pero el corazón ya se les quedó aquí.


Recuerdo que esperábamos con ansia estas fechas de vacaciones para disfrutar las áreas que rodean el pueblo. Cuando éramos pequeños, de la mano de nuestros padres; después, ya más grandes, acompañados de los amigos cuando ya podíamos andar solos… aunque la verdad todavía no podíamos cuidarnos solos.


La Nogalera, Santo Domingo, La Villita, Las Adjuntas, El Moral; los ríos Bravo, San Rodrigo y San Diego eran destinos obligados para mitigar los calorones de cada verano. No había parques acuáticos, ni teléfonos celulares, ni fotografías instantáneas para presumir en redes sociales. Las imágenes se guardaban donde más duran: en la memoria y en el corazón.


Y lo curioso es que la gente se quejaba mucho menos que ahora. En aquellos años un aparato de aire acondicionado era un lujo que pocas familias podían tener. Existían los abanicos que nomás movían el aire caliente de un lado a otro, las puertas abiertas para que corriera “el fresco” y las tardes acostados en una hamaca esperando que el sol tuviera piedad. Pero aun así, éramos felices.

Un chapuzón con papá y mis hermanos en el río de La Villita, bajo la sombra del puente, era suficiente para llenar una tarde de risas y mitigar el calor. Ir con mi güelito y mis tíos Pepe y Mando a pescar al Remolino es un recuerdo que guardo con un cariño inmenso.


Tirar el reel en el Río Bravo, bajo la sombra de los barrancos allá por Guerrero con Benito y los Enríquez, era una experiencia incomparable. Hacer una carne asada bajo el puente de El Moral con Juan Abel, Martín y Mónico eran aventuras que el tiempo no ha podido borrar.


Ir a pescar con los amigos al Río San Rodrigo y encontrarnos con don Alvarito Guajardo y sus hijos es una fotografía que vive permanentemente en mi memoria. Pescar en los tanques del Rancho Casa Roja de don Rodolfo Martínez con Carlos, Benito, Rolando, Ángel y Reynold, o pasar un día de Semana Santa con Las Cobras en el rancho de mi tío Mando, disfrutando la compañía de mi querido y extrañado Licenciado Aguirre, de mi compadre Fello, Víctor Pérez, Tafoya, Pepe Esparza, César, Mandito y Pepío, forman parte de esos tesoros que nadie puede comprar y que el paso de los años solamente vuelve más valiosos.


Como que en esta época las cervezas saben más ricas. Los tragos se vuelven más largos, más pausados y más constantes. La familia y los amigos se disfrutan de una manera especial, reunidos alrededor del asador, entre el humo del carbón, el aroma de la carne, las carcajadas, las historias repetidas cien veces y un partido de béisbol rodando de fondo en Le Club.


Y es que los veranos en Piedras Negras no se miden por los grados del termómetro. Se miden por las tardes interminables, por las sandías frías en la mesa, por el ruido de los abanicos, por el sonido de las chicharras anunciando que el sol sigue en lo más alto, por los niños corriendo descalzos en el patio y por los adultos sentados afuera de la casa esperando que cayera la noche para platicar con los vecinos.


Antes las noches de verano tenían otro ritmo. Se sacaban las sillas a la banqueta, aparecía el vaso de té helado o la cerveza bien fría y comenzaban las pláticas que podían durar horas. Ahí se arreglaba el mundo, se contaban chismes, se recordaba a los que ya se fueron y se reía uno hasta que el sueño obligaba a entrar a la casa.


Hoy, cuando el termómetro marca temperaturas insoportables y todos buscamos refugiarnos bajo un aire acondicionado, me gusta pensar que este mismo calor fue el testigo de los días más felices de nuestra vida. Porque al final no recordamos cuántos grados hacía en aquel verano. Recordamos con quién estuvimos.


Todo eso y mucho más se puede vivir y disfrutar en Piedras Negras en esta época del año. El calor no importa, no pesa y ni siquiera se siente cuando uno está bajo la sombra de la familia, de los buenos amigos y de los recuerdos que nos acompañarán mientras tengamos vida.

7 de junio de 2026

Por quien voto?…


Cada elección vuelve a dejarnos la misma sensación: promesas grandilocuentes, discursos repetidos, acarreados con lonches y candidatos que aseguran tener la solución para todo mientras bailan ridículamente en los mitines y cierres de campaña. 

En estos procesos electorales para diputados locales en Coahuila, no fue diferente. Desde el PRI hasta el PAN, Morena, los partidos pequeños y los llamados independientes, todos terminaron ofreciendo prácticamente lo mismo. Y ahí es donde nace el desencanto de muchos ciudadanos.

Ahora viene la pregunta que muchos se hacen: ¿por quién voto?

Antes que nada, hay algo que debemos tener claro. Hay que salir a votar. Eso si. Es un derecho, una obligación cívica y una responsabilidad con nuestra comunidad. Cada quien debe ejercer su voto con libertad y con conciencia.

Pero también hay que hablar con honestidad.

Quien resulte ganador en el Distrito 02 de Coahuila no llegará al Congreso a representar únicamente a Piedras Negras. La realidad política nos ha demostrado una y otra vez que los diputados terminan votando en bloque, siguiendo las instrucciones de sus partidos y de sus coordinadores parlamentarios (como lo hacen los regidores de Piedras Negras, válgame la odiosa comparación)

Así funciona el sistema.

Cuando llegue el momento de levantar la mano para aprobar o rechazar una iniciativa importante, difícilmente estarán preguntándole a los vecinos de la San Joaquín, de la Roma, de la Periodistas, de Río Escondido, de El Cenizo, de La Navaja o de El Centinela qué opinan. Las decisiones se toman dentro de los partidos y generalmente responden a intereses políticos antes que a las necesidades de los ciudadanos. Así de claro.

Podrá sonar duro, pero es la realidad que hemos visto durante décadas.

Durante las campañas escuchamos propuestas de todos los colores. Sin embargo, muchas de ellas ni siquiera corresponden a las facultades reales de un diputado local. Prometieron obras, seguridad, desarrollo económico, empleo, infraestructura y una larga lista de compromisos que, en muchos casos, dependen más del Poder Ejecutivo que del Legislativo.

Los ciudadanos debemos informarnos para saber exactamente qué puede y qué no puede hacer un diputado.

Y aquí viene una verdad incómoda.

La experiencia nos ha enseñado que muy pocos cumplen lo que prometen durante las campañas. No es algo exclusivo de un partido; ocurre en todos. Pasan las elecciones, llegan los cargos, y muchas de aquellas promesas quedan archivadas junto con los espectaculares y los volantes.

Basta revisar la historia reciente del Distrito 02. Son muchos los candidatos que han pasado por el Congreso y muy pocos pueden presumir haber cumplido tan siquiera una minima parte de lo que ofrecieron cuando pidieron el voto.

Ya tengo definido mi voto, pero no porque crea que alguien va a cumplir todo lo que prometió. No porque piense que alguno va a transformar la realidad de nuestro distrito de la noche a la mañana. Voy a votar por mi derecho y obligación ciudadana, no porque les crea las mil promesas a los candidatos. Tengo la ilusión, eso si, de que será un buen diputado y que velará por nuestro bienestar.

Ilusión; así de simple.

Y respeto profundamente a quien piense distinto. Si alguien quiere votar por MORENA, que vote por MORENA. Si quiere hacerlo por el PRI, pues que vote por el PRI. Si prefiere al PAN, a al independiente o a cualquier otra opción, está en todo su derecho.

Nadie echa a perder su voto cuando vota conforme a su conciencia. Lo que sí echamos a perder es nuestra responsabilidad ciudadana cuando dejamos que otros decidan por nosotros.

Por eso, más allá de colores, siglas y discursos, salgamos a votar. Hagámoslo informados. Y, después de votar, no soltemos la vigilancia. La democracia no termina en la urna; empieza ahí. Porque un voto consciente puede cambiar una elección, pero una ciudadanía atenta puede cambiar un gobierno. 

31 de mayo de 2026

Se Nos Van…


Cuando falleció mi papá, se fue con él mucho más que un padre. Se fue el último de los hermanos de su familia y, sin darme cuenta, también se fue una biblioteca entera de recuerdos, historias y anécdotas que nadie más conocía con tanto detalle.

Algunas veces solía sentarme con él solamente para escucharlo. Le preguntaba por mis abuelos, por los lugares de donde venían, por las dificultades que enfrentaron para llegar a Piedras Negras, por los trabajos que tuvieron, por las travesuras de sus hermanos, por las alegrías y las tristezas que marcaron a la familia. Y él me lo contaba todo con una emoción que todavía puedo ver en mi memoria. Sus ojos brillaban mientras recordaba. 

Se emocionaba tanto que parecía que volvía a vivir aquellos momentos mientras hablaba. Yo lo disfrutaba.


Cuando murió, me di cuenta de que ya muchas preguntas que tengo se quedaron sin respuesta. Muchas historias que no logró contarme desaparecieron para siempre. Ya no tenía a quién acudir cuando quería conocer un detalle más de su familia.


Algo parecido me ocurrió cuando falleció mamá. Como era la mayor, ella guardaba recuerdos maravillosos. Me platicaba de El Remolino, de aquellos años felices de su niñez, de su infancia, de su juventud, de cómo llegaron a Piedras Negras, de las costumbres de antes, de la gente del pueblo, de sus amigas, de los sacrificios que hicieron nuestros abuelos para sacar adelante a la familia y sobre todo, los momentos alegres y divertidos. Gracias a Dios, yo alcancé a convivir mucho con mis abuelos y guardo recuerdos muy bonitos de ellos, pero aun así, cuando mamá se fue, sentí que también se cerraba otra puerta hacia nuestro pasado.


Y entonces uno comprende algo que duele aceptar: se nos va acabando la familia. Los que conocieron de primera mano las historias, las costumbres, las raíces y los recuerdos más antiguos se van marchando poco a poco. Y con ellos se llevan pedazos de nuestra historia que jamás volverán.


Si todavía tienen la dicha de tener a sus papás o tíos con ustedes, si aún pueden sentarse a platicar con ellos, háganlo muchas veces. Pregúntenles de todo. Rásquenle a los recuerdos. Pregunten por los abuelos, por sus hermanos, por las casas donde vivieron, por las fiestas familiares, por los momentos felices y también, porque no, por los difíciles.


No saben cuánto les gusta a los papás que sus hijos se interesen por sus recuerdos. Cuando uno les pregunta, algo se enciende dentro de ellos. Se emocionan. Brillan. Sonríen. A veces se les humedecen los ojos. Reviven épocas enteras mientras cuentan sus historias.


Y esas conversaciones valen más que cualquier herencia.


Hoy me arrepiento de no haberme sentado más veces con mi papá y con mi mamá. Me hubiera gustado preguntar más, escuchar más, grabar más recuerdos en mi memoria. Me hubiera gustado ver una vez más la emoción de sus rostros mientras contaban aquellas historias que para ellos eran tesoros.


A veces, cuando recuerdo cómo hablaba mis papás de sus hermanos, de sus padres o de aquellos años felices y difíciles, me invade una nostalgia muy profunda. Daría cualquier cosa por sentarme otra vez con ellos aunque fuera unos minutos, solamente para escucharlos platicar.


Porque no era únicamente lo que contaban.

Era cómo lo contaban.

Era ver sus ojos llenos de recuerdos.

Era escuchar el orgullo con que hablaban de los suyos.

Era sentir que, por un momento, los que ya se habían ido regresaban a la vida a través de sus palabras.

Hoy ya nos quedan muy pocas personas que guardan esos recuerdos familiares. 


Ellos son parte de esa generación que todavía conserva historias que nosotros desconocemos.

Aprovéchenlos.

Escúchenlos.

Pregúntenles.

Abrácenlos.


Porque llegará el día en que daremos cualquier cosa por volver a escuchar una de sus anécdotas, una de sus risas o una de sus historias y ya no estarán. 

Y cuando ese día llegue, lo único que nos quedará serán los recuerdos que tuvimos la sabiduría de guardar mientras aún estaban con nosotros.

24 de mayo de 2026

Sigan aplaudiéndoles…

Hay verdades que no se pueden maquillar con espectaculares, bardas pintadas, lonas, ni acarreados por las colonias y cruceros de la ciudad. Y en Coahuila hay una demasiado evidente: ninguno de esos candidatos a diputados locales está peleando realmente por representar a su distrito. Ninguno. Absolutamente ninguno está recorriendo colonias, ejidos y pueblos por amor al servicio público ni por el sueldo que van a recibir durante tres años.

Nomás hay que hacer cuentas hombre!. El obsceno dineral que se gastan en campañas para las diputaciones locales es muchísimo más de lo que oficialmente van a ganar como diputados. 


Entonces, ¿de verdad quieren que la gente crea que lo hacen por vocación? Por favor. Esto esta mas claro que el agua que nos manda SIMAS a los que hogares del pueblo.


La realidad es otra y todos la conocemos. Buscan poder, influencias, negocios, acomodos, futurismo politico y sobre todo, quedar bien con el patrón político en turno. Porque una vez sentados en su curul, el distrito que juraron defender pasa a segundo término. Pruebas hay muchas y acumuladas desde hace mucho tiempo. Ahí ya no importan los campesinos abandonados, las colonias inundadas, los ejidos olvidados, las carreteras destrozadas ni las calles llenas de baches. Ahí lo único importante es levantar el dedo cuando se les ordene.


Es mas; les aseguro que mas de uno de los actuales candidatos a diputados locales pedirán licencia para contender por la presidencia municipal de su pueblo cuando inicien esas elecciones. Y precisamente en esas elecciones, seguirán prometiendo lo que hoy nos prometen ¿Apostamos?


Jamás consultan al pueblo para votar reformas importantes. Jamás regresan a preguntar qué necesita realmente la gente con quienes anduvieron bailando en las colonias. Y todas aquellas promesas de campaña donde juraban gestionar recursos y transformar sus municipios terminan guardadas en el mismo cajón donde descansan las mentiras de cada elección.


Porque si todo lo que prometen fuera cierto, Coahuila sería una potencia mundial. Seríamos mejores que Dinamarca, como decía el payaso de Macuspana que tanto daño le hizo al país con sus discursos de fantasía. Pero no. La realidad está frente a nosotros todos los días: hospitales deficientes, campo abandonado, leyes que ni ellos ni nadie respeta, inseguridad disfrazada de estadísticas bonitas y comunidades enteras sobreviviendo en el olvido.


Y lo más indignante no es solamente el cinismo de muchos políticos que hoy les piden el voto. Lo más triste es ver cómo todavía existen ciudadanos que les aplauden como si fueran héroes. Gente que se emociona porque el candidato le dio la mano, le regaló una gorra, les enjuto una calcomanía en su carro, una despensa, tapas de huevo o un billetito. Personas que regresan orgullosas a su casa porque “el candidato sí me saludó”, como si eso les fuera a arreglar la vida o a pavimentar las calles.


Así nos tienen entretenidos. Con reuniones, con banderines, bailando cumbias en los cruceros y con promesas recicladas cada tres años. Mientras ellos hacen negocios y aseguran su futuro, el ciudadano sigue brincando pozos, practicando deportes en campos miserables, inundadas sus calles, transitando por carreteras peligrosisimas y viendo cómo su comunidad se cae a pedazos.


Y todavía se ofenden cuando uno los critica. Todavía quieren que les agradezcamos. No señores. El pueblo no les debe aplausos. Ustedes le deben resultados al pueblo.


Pero mientras sigamos idolatrando políticos mediocres, mientras sigamos vendiendo el voto por migajas y mientras sigamos creyendo que un saludo del candidato es un honor, las cosas no van a cambiar jamás.


Por eso estamos como estamos. 

Sigan aplaudiéndoles.

17 de mayo de 2026

Paisanos…


Llegan de todas partes de México a nuestro querido Piedras Negras. Vienen cansados, polvorientos, con el rostro quemado por el sol y el alma llena de incertidumbre. Algunos llegan acompañados de su esposa, de sus hijos pequeños o de algún amigo de confianza. Cargan todas sus pertenencias en esas coloridas redes y morrales que parecen guardar mucho más que ropa y comida. Nadie trae maletas; son demasiado pesadas para quien tendrá que caminar largas noches entre el monte, cruzar ríos, esconderse del miedo y desafiar el destino.

En esos morrales no solo llevan mudas de ropa o latas de frijoles. Ahí también van amarrados, como pueden, los sueños, las ilusiones y las esperanzas de una vida mejor. Y eso también pesa… pesa muchísimo.

Traen además el corazón repleto de recuerdos. La nostalgia les brota en silencio cuando piensan en la casita humilde que dejaron atrás, en la parcela reseca, en la madre que se quedó llorando en la puerta, en los hijos que prometieron regresar a abrazar algún día. Esa nostalgia no pueden dejarla aquí; viaja con ellos porque será el único puente invisible que los mantendrá unidos a este México querido que los dejó partir sin pelear por ellos, sin tenderles una mano, sin ofrecerles razones suficientes para quedarse.

Por ahora, la fe es lo único que llevan verdaderamente seguro.

Bajo la sombra de sus sombreros viejos o de sus cachuchas deslavadas se alcanzan a mirar unos ojos que brillan. Brillan de esperanza, sí… pero también de tristeza. Son ojos cansados que ya aprendieron demasiado temprano lo dura que puede ser la vida cuando la pobreza aprieta y los sueños se vuelven urgentes.

Muchos de ellos son gente buena. Gente trabajadora. Gente necesitada que arriesga su vida y la de los suyos buscando algo tan sencillo y tan inmenso como la oportunidad de vivir mejor. Algunos, con rabia contenida y resignación, guardarán por un tiempo la dignidad en el fondo del morral para soportar humillaciones, hambre o desprecios. Triste realidad. Pero, pensándolo bien… ¿acaso aquí mismo no les habíamos pisoteado ya esa dignidad desde hace mucho tiempo?

Algún día habrán de recuperarla completa. Porque el orgullo del mexicano nunca muere; apenas se esconde tantito para sobrevivir.

Amigos… son nuestros paisanos.

Sí, esos hombres y mujeres que vemos esperando pacientemente el momento acordado con el guía para cruzar el Río Bravo, ese río silencioso que divide dos mundos completamente distintos. Son las personas que vemos dormitando en la Central de Autobuses, caminando despacio por la calle Hidalgo o descansando bajo cualquier sombra del Mercado Zaragoza. Son esos mismos a quienes a veces observamos con indiferencia o, peor aún, con desprecio.

Son ellos a quienes muchos policías corruptos les roban lo poco que traen. Son ellos a quienes retiran de las calles porque “dan mala imagen” al mal llamado Centro Histórico de la ciudad. Como si la pobreza fuera delito. Como si el hambre estorbara.

Pero también existen manos buenas.

Existen personas sensibles que todavía entienden el dolor ajeno y ayudan sin esperar aplausos. Ahí está La Casa del Peregrino, refugio humilde pero lleno de humanidad, donde un grupo de mujeres entrega tiempo, comida, cariño y dignidad a quienes más lo necesitan. Vaya desde estas líneas un reconocimiento sincero para esas damas generosas que ayudan sin pedir nada a cambio. Que Dios las bendiga siempre.

“Cuando crucemos p’allá, m’ijo, lo que trabajemos nos lo van a pagar bien pagado… nuestro sudor vale mucho de aquel lado”, le dice un padre a su pequeño mientras comparten unos tacos en el Mercado Zaragoza de Piedras Negras, Coahuila.

Y uno escucha esas palabras y algo se rompe por dentro.

Compran botes vacíos de leche para usarlos como flotadores al cruzar el río y también para cargar agua durante las interminables caminatas por el desierto. Compran “portolas”, latas de frijoles y encendedores porque los cerillos se mojan. Después descansan unos días tratando de recuperar fuerzas, preparándose física y mentalmente para enfrentar el monte, la sed, el miedo y la oscuridad.

Muchos llegarán a su destino.

Otros serán detenidos por la migra.

Y algunos más se quedarán para siempre en el camino, perdidos en aquellas tierras donde fueron a buscar sus sueños.

“Pero fíjese que vale la pena, señor”, me dijo uno de los paisanos con quien platiqué un domingo afuera del negocio de papá.

Sonreía sencillo, como sonríe la gente noble.

“También nos estábamos muriendo aquí en México, ¿que no? A mí ya me han regresado varias veces… las mismas que he vuelto a cruzar porque allá ya está mi familia.”

Luego soltó una pequeña risa y continuó:

“Y le digo algo… los oficiales de la migra siempre se han portado a todo dar con nosotros. Nos dan agua, nos dan comida cuando nos regresan y nos tratan con respeto. Los ‘polecías’ de acá son otra cosa… cuando nos miran, luego luego nos bajan la lana. Condenados… ni parecen de los nuestros.”

Después me contó que iba rumbo a un rancho entre San Antonio y Dallas.

“Allá me espera el patrón… un gringo muy bueno que ya tiene años dándome trabajo y ayudándome con mi familia. Ahí me voy a quedar hasta que arregle y mis muchachos puedan estudiar sin broncas… ora lo verá.”

Después de aquella breve plática, Remigio se fue caminando despacio, fumando tranquilamente.

Y mientras se alejaba calle abajo, cargando su viejo morral al hombro, uno podía imaginar todo lo que llevaba ahí dentro:

los botes…

los frijoles…

las “portolas”…

los recuerdos…

la tristeza…

la esperanza…

y sus sueños.