16 de septiembre de 2026

¿Como será morirse?…


Anoche me sentí mal. En la madrugada me despertó un malestar indescriptible. Me cheque la presión arterial y todo bien. Sentí una angustia tremenda y ya no pude dormir. Desde las 2:30 am ya estaba con el ojo pelon. Me senté en el sillón de la recámara y trate de tranquilizarme con los ojos cerrados y ya un poco mas tranquilo, me vino a la mente la pregunta: ¿como será morirse?

Y me puse a escribir un boceto, palabras sueltas, dudas y sobre todo, preguntas aisladas. Fui dándole forma y por la tarde, le mostré el borrador a un joven amigo, me dio su opinión de lo que basado en la fe nos enseña Dios y considerándola, hace rato lo terminé.


¿Como será morirse?


Antes que yo, muchísimas personas se han hecho esta pregunta. La han formulado filósofos, escritores, científicos, sacerdotes y hombres y mujeres comunes que, en algún momento de su vida, han detenido el paso para mirar de frente aquello que inevitablemente nos espera.


Es una pregunta que provoca una inmensa duda y, en ocasiones, angustia. Pero también despierta un extraño interés, casi un morbo inevitable, porque la muerte es quizá el único acontecimiento verdaderamente seguro de nuestra existencia y, al mismo tiempo, el único del que nadie ha podido regresar para contarnos con certeza cómo es.


¿Cómo será morirse?


¿Tendría razón Dante al imaginar el trayecto después de la muerte? ¿Será realmente como lo describe en La Divina Comedia, con sus círculos, sus castigos, sus esperanzas y su purificación?


En el Purgatorio, Dante imagina un lugar en el que las almas se purifican antes de alcanzar la plenitud. No es solamente un sitio de castigo para quienes fueron malos, sino un camino de transformación para quienes todavía tienen algo que limpiar de su alma.


Y entonces aparece otra pregunta inevitable:


¿Será así?


¿O será, como sostienen algunas tradiciones religiosas, que después de esta vida nos espera la misericordia de Dios, esa infinita bondad capaz de perdonar nuestras faltas y recibirnos aun con todas nuestras imperfecciones?


Tal vez ninguna de esas respuestas sea suficiente. Tal vez ninguna sea equivocada.


Porque, finalmente, nadie puede saberlo.


¿Cómo será morirse?


¿Se van perdiendo poco a poco los sentidos?


¿Primero la vista, después el oído, después la conciencia?


¿Habrá un último pensamiento?


¿Recordaremos en esos últimos instantes a quienes amamos?


¿Pasarán frente a nuestros ojos aquellos momentos que creíamos olvidados?


¿Escucharemos una voz?


¿Sentiremos una mano?


¿Habrá oscuridad?


¿Un silencio absoluto?


¿Un largo zumbido?


¿O acaso será todo lo contrario: una claridad que nunca hemos conocido, una sensación de paz imposible de explicar mientras estamos vivos?


Me pregunto si será como cerrar los ojos después de un día muy largo. Si simplemente llegará el sueño y, sin darnos cuenta, habremos cruzado una frontera que durante toda la vida contemplamos desde lejos.


Pero hay algo que me intriga todavía más.


¿Qué sentiremos al comprender que ya no regresaremos?


Porque mientras vivimos siempre existe la posibilidad del mañana.


Mañana entre amigos disfrutaremos el Yankees vs Red Sox.


Mañana veremos a nuestros hijos, iremos a comer y regresaremos a Piedras Negras.


Mañana abrazaremos a nuestro nieto y lo llevaremos a comer una nieve.


Mañana terminaremos aquello que dejamos pendiente.


La vida está llena de mañanas.


La muerte, en cambio, parece ser la ausencia definitiva de esa palabra.


Y quizá por eso nos cuesta tanto comprenderla.


¿Descansaremos?


¿Habrá alguien esperando nuestra llegada?


¿Nos reconocerán quienes se fueron antes?


¿Volveremos a encontrarnos con nuestros padres, con nuestros hermanos, con los amigos que un día se despidieron de nosotros sin que imagináramos que aquella despedida sería definitiva?


Cuando alguien que amamos muere, solemos decirle a quienes quedan:


“Está en un lugar mejor.”


Lo decimos con cariño. Lo decimos para consolar. Lo decimos porque necesitamos creer que el amor no puede terminar simplemente porque un corazón dejó de latir.


Pero, si somos sinceros, tampoco lo sabemos.


Y quizá ahí está la parte más profunda de nuestra relación con la muerte: creemos, esperamos, imaginamos… pero no sabemos.


La religión ofrece respuestas.


La filosofía ofrece preguntas.


La ciencia puede explicarnos extraordinariamente bien lo que ocurre con nuestro cuerpo, pero todavía no puede responder de manera definitiva qué ocurre con aquello que llamamos conciencia cuando la vida termina.


Y nosotros, simples mortales, seguimos preguntándonos.


Quizá por eso desde hace miles de años levantamos templos, pirámides, escribimos libros, enterramos a nuestros muertos con ceremonias, encendemos velas y hablamos de otra vida.


Quizá necesitamos pensar que la historia no termina.


Que la muerte no es una puerta cerrada, sino una puerta cuyo otro lado desconocemos.


O quizá simplemente nos cuesta aceptar que un día dejaremos de existir.


Hay otra cosa que me inquieta.


¿Nos dará miedo morir cuando llegue el momento?


Porque ahora, mientras estamos aquí, la muerte puede parecernos aterradora.


Pero tal vez cuando llegue no la recibamos con el mismo miedo con que la imaginamos.


Tal vez después de una larga vida, de haber conocido alegrías y tristezas, de haber cometido errores, de haber pedido perdón, de haber amado y de haber sido amados, llegue un momento en que simplemente aceptemos que nuestro turno ha terminado.


Como termina una película, un libro, una tarde.


Y quizá lo verdaderamente importante no sea saber cómo será morir, sino preguntarnos cómo estamos viviendo mientras llega ese día.


Porque de la muerte nada podemos adelantar.


No sabemos cuándo será.


No sabemos cómo será.


No sabemos qué habrá después.


Pero de la vida sí sabemos algo.


Sabemos que está ocurriendo ahora.


Sabemos que todavía podemos llamar a un amigo.


Dar un abrazo.


Pedir perdón.


Decir “te quiero”.


Sentarnos a conversar sin mirar el reloj.


Reírnos de una vieja anécdota.


Volver a escuchar aquella canción que nos lleva muchos años atrás.


Mirar crecer a los hijos y a los nietos.


Agradecer una amistad.


Contemplar un atardecer.


¿Cómo será morirse?


No lo sé.


Y quizá esa sea, precisamente, la pregunta que nos acompañará hasta el último día.

15 de septiembre de 2026

Viva Mexico 🇲🇽

 

 Desde Piedras Negras, Coahuila, les deseo una muy feliz celebración del Grito de Independencia.

Que esta noche nos permita celebrar y compartir, con alegría y orgullo, el privilegio de ser mexicanos: un pueblo fuerte, honrado, trabajador y profundamente orgulloso de sus raíces y de su historia.

Disfrutemos nuestras fiestas patrias con entusiasmo, pero también con respeto y consideración hacia todos aquellos que, como nosotros, salen a celebrar. Tengamos especial cuidado con nuestros adultos mayores, mujeres y niños, para que todos podamos disfrutar de esta noche en paz, con alegría y con el orgullo de ser mexicanos.

Que nuestras diferencias queden a un lado por un momento y que esta noche nos encuentre unidos en un mismo sentimiento:

¡Viva México! 🇲🇽

¡Viva nuestra Independencia!

¡Y que viva siempre el orgullo de ser mexicanos!


13 de septiembre de 2026

El Cumpleaños…


De estudiantes, allá en la perla tapatía para organizar una fiesta sobraban razones. Cualquier pretexto era bueno para dejar las obligaciones a un lado y enfrentar, como héroes de mil batallas, las más inolvidables aventuras.

Un cumpleaños, por supuesto, era una razón de peso.

Y hoy que ustedes nos ven en las fotografías que comparto en Facebook ya entrados en años, canosos, muy formales, bien peinados, vestidos como Dios manda como si no hubiéramos roto un plato en toda nuestra vida y saludando a todo mundo con una seriedad digna de los Reyes de España, la realidad fue muy distinta en nuestra época estudiantil.

Éramos jóvenes.

Y como todos los jóvenes de aquellos años, teníamos una habilidad extraordinaria para convertir cualquier reunión inocente en una aventura que, vista desde la distancia, todavía provoca risa… y alguna que otra preocupación.

Pero eso sí: buenos muchachos, siempre buenos muchachos.

Un 10 de noviembre —cumpleaños de este muñeco, para que no se les vaya a olvidar porque la fecha se acerca— mi añorada madre, a escondidas de don Chano, me mandó unos pesos para que me celebrara con mis amigos.

Mi madre sabía que uno cumple años una sola vez al año; válgame Dios.

Y don Chano seguramente también lo sabía… pero quizá tenía otra opinión sobre como debía celebrarse un cumpleaños siendo estudiantes.

Así que hicimos planes.

No recuerdo quién fue el iluminado que sugirió Chapala como sede del festejo, pero, siendo honestos, ¿quiénes éramos nosotros para contradecir una propuesta tan magnífica?

Y allá fuimos.

La reunión fue sencilla, alegre y, como correspondía a nuestra edad, suficientemente animada como para que nadie estuviera pensando demasiado en el día siguiente.

El restaurante era de esos lugares populares a la orilla de la laguna. Tenía una terraza cuya media barda permitía disfrutar una hermosa vista hacia aquella playita atestada de embarcaciones de pescadores.

El paisaje era precioso.

La tarde, espléndida.

La amistad, mejor.

Y nosotros… bueno, nosotros también estábamos espléndidos, aunque conforme avanzaban las horas esa categoría comenzaba a ser bastante discutible.

Platicamos, reímos, recordamos quién sabe cuántas cosas y, como suele suceder cuando se juntan unos cuantos amigos jóvenes alrededor de una mesa, la tarde comenzó a estirarse.

Y llegó también ese punto de ebullición etílica en el que uno comienza a tener ideas que, en circunstancias normales, jamás pasarían el filtro de la prudencia.

Fue entonces cuando alguien soltó aquella frase que todavía recuerdo:

—¡Vámonos pa’ Piedras!

Nos volteamos a ver.

Ojos pelones.

Sonrisas cómplices.

Silencio de unos cuantos segundos.

Y después…

—¡Vámonos!

Así de sencillo.

No había puente.

No había vacaciones.

No había una fecha especial que justificara el viaje.

Había juventud.

Y con eso, en aquellos años, nos parecía que alcanzaba para todo.

Diez horas nos separaban de Guadalajara a Piedras Negras.

Pero diez horas, para un grupo de muchachos de 19 o 20 años, eran apenas un pequeño detalle logístico.

La camioneta sería la pickup IH de no muy reciente modelo de Cuyín Salinas, que además contaba con camper.

¡Qué podía salir mal!

Hoy, tantos años después, la pregunta adquiere una dimensión completamente diferente.

Pero aquella noche nadie la hizo.

Pasamos por algo de ropa a la casa, luego a la Flor de Sahuayo por “refrescos” para el camino y, sin avisarles a nuestros padres —detalle que, visto desde la perspectiva de los años, probablemente fue de lo más imprudente de toda la aventura— nos lanzamos rumbo a Piedras Negras.

Y allá vamos…

Carretera adelante, seguramente cantando, contando historias, haciendo planes y sintiéndonos dueños del mundo.

Porque así éramos a esa edad.

La juventud tiene esa maravillosa y peligrosa característica: uno sabe que existen los riesgos, pero cree que las tragedias les suceden a los demás.

A nosotros no.

Nosotros éramos invencibles.

Intocables.

Eternamente jóvenes.

Y, por supuesto, completamente equivocados.

Yo no supe cómo les fue a los demás cuando finalmente llegamos a nuestro pueblo.

A mí me fue de la fregada.

Al verme aparecer, don Chano no necesitó hacer preguntas.

Simplemente me lanzó la mirada número 6.

Sí, la número 6.

Los que conocimos a don Chano sabemos perfectamente lo que significaba.

No era una mirada.

Era una sentencia.

Un expediente completo.

Una orden judicial sin derecho a apelación.

Y efectivamente, al día siguiente me corrió de la casa.

Mis queridos amigos, por supuesto, encontraron aquello absolutamente maravilloso y se encargaron de recordármelo cada fin de semana entre risas y carrilla durante el resto del semestre.

Porque para eso están los amigos: para acompañarte en las aventuras… y, sobre todo, para no dejarte olvidar jamás las consecuencias.

Hoy recuerdo aquella historia y no puedo evitar sonreír.

Qué tiempos aquellos.

Qué amigos aquellos.

Qué juventud aquella.

Nos preocupábamos por los exámenes, por las fiestas, por conseguir unos cuantos pesos, por encontrar dónde reunirnos y por decidir cuál sería la próxima aventura.

La vida parecía enorme y nosotros parecíamos tener todo el tiempo del mundo para vivirla.

Y quizá por eso nos atrevíamos a hacer cosas que hoy, con unos cuantos años más encima y bastante más sentido común, seguramente ni siquiera consideraríamos.

Porque con los años uno aprende algo que a los 19 o 20 años resulta imposible entender:

que la vida no solamente se trata de tener ganas de vivirla, sino también de aprender a cuidarla.

Aquella noche pudimos haber tenido un accidente, haber encontrado cualquier dificultad en la carretera o simplemente haber corrido un riesgo innecesario. Hoy lo entiendo perfectamente.

Pero también entiendo que no podemos juzgar al muchacho que fuimos con los ojos del hombre que somos ahora.

Aquel muchacho tenía 19 o 20 años.

Tenía amigos.

Tenía una madre que, con cariño y a escondidas, le había mandado unos pesos para celebrar su cumpleaños.

Tenía amigo con una camioneta con camper.

Tenía toda una carretera por delante.

Y, sobre todo, tenía esa maravillosa sensación de que el mundo estaba esperando por él.

Gracias a Dios, aquella aventura terminó bien.

Terminando nuestra carrera regresamos enteros de la universidad y tuvimos la fortuna de seguir acumulando años, historias, amigos y recuerdos.

Hoy, cuando veo aquellas viejas fotografías de jóvenes, tan alegres y tan bien portados, me da ternura pensar en todo lo que había detrás de esas caras.

Éramos nosotros.

Los de entonces.

Los que reíamos por cualquier cosa.

Los que convertíamos un cumpleaños en una expedición.

Los que podían decidir, después de una tarde en Chapala:

—¿Y si nos vamos a Piedras Negras?

Y sin pensarlo demasiado contestábamos:

—¡Vámonos!

Tal vez eso es lo bonito de recordar.

No regresar al pasado —porque eso es imposible— sino poder asomarnos a él con una sonrisa, reconocer a quienes fuimos y agradecer por quienes estuvieron ahí.

Porque algunas amistades se quedan precisamente así: guardadas en una fotografía, en una carcajada, en una anécdota que hemos contado cien veces y que, curiosamente, cada vez nos hace reír igual.

Y también quedan como testimonio de una época que ya se fue.

Una época en la que éramos jóvenes, imprudentes, alegres, aventureros…

y, según nosotros, perfectamente responsables.

11 de septiembre de 2026

Persiguiendo un fantasma…

El béisbol es mi pasión y me gusta compartir historias y anécdotas interesantes como la que abajo escribí hace tiempo. 


Muchos han visto la película sobre los 61 jonrones que conecto Maris para romper el record de Babe Ruth. 


Pero en esta historia eso no es lo importante. 


En esta historia lo importante es la amistad, el respeto y la fidelidad.


Ojala les guste…


Persiguiendo un fantasma…


Hubo un verano en Nueva York en el que dos compañeros de equipo comenzaron a perseguir un fantasma.


Un fantasma llamado Babe Ruth.


Era 1961 y los Yankees tenían en sus filas a dos hombres muy distintos: Mickey Mantle, el muchacho de Oklahoma que parecía haber nacido para jugar béisbol, y Roger Maris, un hombre serio, reservado, de pocas palabras, que no buscaba reflectores.


Los dos comenzaron a pegar jonrones.


Y entonces ocurrió algo que nadie había planeado: comenzaron a acercarse peligrosamente a los 60 cuadrangulares que Babe Ruth había conseguido en 1927.


La prensa encontró una historia perfecta.


“Mantle contra Maris.”


Nueva York necesitaba un duelo y se lo inventó.


Pero dentro del clubhouse la historia era diferente.


Mickey y Roger no eran enemigos. Eran compañeros.


Y con el paso de los meses comenzaron a compartir algo que solamente quienes han estado bajo una presión extraordinaria pueden comprender: el peso de saber que millones de personas están esperando que falles.


Mantle estaba acostumbrado a la fama. Desde muy joven había sido señalado como el heredero de Ruth y DiMaggio. La gente lo adoraba y los periodistas lo seguían a todas partes.


Maris era diferente.


La atención lo incomodaba.


Mientras Mickey podía bromear con los reporteros, Roger prefería mantenerse apartado. Cada jonrón aumentaba la presión y cada día sin conectar uno parecía convertirse en noticia.


Y entonces apareció la crueldad de los números.


El récord de Ruth parecía intocable.


Sesenta jonrones.


Sesenta.


Durante 34 años nadie había conseguido acercarse realmente.


Ahora había dos Yankees persiguiéndolo.


El verano avanzaba y el Yankee Stadium comenzó a convertirse en una especie de escenario de cacería.


Cada turno de Mantle.


Cada turno de Maris.


Cada pelota que viajaba hacia las tribunas.


Cada vez que uno de ellos se quedaba en cero, la prensa hacía cuentas.


Mickey entendió que Roger estaba sufriendo.


Y lejos de verlo como competencia, trató de ayudarlo.


Entre los dos había una complicidad sencilla, casi silenciosa.


Se apoyaban.


Se felicitaban.


Compartían la tensión.


Y cuando Mantle comenzó a tener problemas físicos, la carrera prácticamente quedó en manos de Maris.


Roger siguió bateando.


Y bateando.


Hasta que llegó aquel día.


1 de octubre de 1961.


En el último partido de la temporada, Roger Maris conectó su jonrón número 61.


Había hecho lo que parecía imposible.


Había superado a Babe Ruth.


Pero lo que sucedió después es quizá más importante que el jonrón.


Maris no salió corriendo a buscar la gloria.


No hubo una celebración arrogante.


Había sido un hombre que durante meses había soportado una presión enorme.


Y detrás de aquel número 61 estaba también Mickey Mantle.


Porque durante buena parte de aquella temporada habían sido dos hombres persiguiendo el mismo sueño.


Uno llegó primero.


El otro quedó atrás.


Pero no hubo rencor.


Mantle se alegró sinceramente por su compañero.


Con el tiempo, aquella temporada sería recordada como una de las grandes historias del béisbol.


Y también como una historia de amistad.


Porque mientras los periódicos hablaban de una competencia, Mickey y Roger sabían que habían vivido algo que solamente ellos podían entender.


Habían perseguido juntos a Babe Ruth.


Y eso los unió para siempre.


Hoy, cuando uno mira aquellas fotografías en blanco y negro, resulta difícil no sentir cierta nostalgia.


Los uniformes parecían más sencillos.


Los estadios tenían otra personalidad.


Los jugadores parecían más cercanos a la gente.


Y el béisbol todavía tenía algo de oficio, de ritual y de tradición.


Mickey Mantle y Roger Maris ya no están aquí.


Tampoco está aquel Nueva York de 1961.


Pero cada vez que alguien menciona los 61 jonrones de Roger Maris, inevitablemente aparece también el nombre de Mickey Mantle.


Porque aquel récord no fue solamente la historia de un hombre.


Fue la historia de dos compañeros que durante un verano persiguieron juntos un sueño que pertenecía al más grande de todos.


Y quizá por eso, después de tantos años, aquella temporada sigue teniendo un lugar especial en la memoria del béisbol.


Porque los récords se escriben en los libros.


Pero las amistades se quedan en la memoria.