12 de abril de 2026

Le Club…

 


Era viernes —día sagrado— y yo ya estaba mentalmente uniformado para ver a mis adorados Boston Red Sox. El platillo prometía ser de alto nivel, así que decidí acompañarlo como Dios y la parrilla mandan: carnita asada en “Le Club”, con la cofradía beisbolera que nunca falla… o al menos nunca llega puntual.


Antes de instalarme en tan noble causa, hice escala técnica en el OXXO frente a la Macro Plaza para surtir lo indispensable —ya saben, lo básico: hielo, botana… y uno que otro “hidratante espiritual”.


Mientras deambulaba entre pasillos, noté algo en la Macro: una multitud en movimiento. Gente corriendo, trotando, caminando… ¡haciendo ejercicio, pues! Y no cualquier ejercicio, sino ese muy digno, muy público, muy de “mírenme, sí cumplo mis propósitos de año nuevo”.


Vi caras conocidas. Damas y caballeros luciendo sus mejores galas deportivas —outfits que claramente cuestan más que mi dignidad— dando vueltas con disciplina espartana… o al menos con intención.


Debo admitirlo: sentí envidia. Pero de la buena… de esa que no haces nada por cambiar. Porque mientras ellos fortalecían el corazón, yo fortalecía mi relación con la parrilla. Y claro, vino el inevitable golpe de conciencia: “yo antes hacía ejercicio… tres, hasta cuatro veces por semana”. Hoy, en cambio, mi cintura ha decidido emprender su propio proyecto de expansión territorial.


Para calmar esa crisis existencial —breve pero intensa— me prometí solemnemente que en mi próxima visita a “Iglepas” adquiriría mi ajuar deportivo. O, siendo más realistas, que sacaría del cajón aquella camiseta de las Cobras, los tenis de la estrellita y unos pants que ya vieron mejores administraciones. Tampoco es cosa de invertir mucho en algo que sabemos… no va a prosperar.


Pero no todo era admiración. También hubo preocupación. Vi a varios amigos entrañables trotando como si los persiguiera el SAT. Colorados, sudorosos, con la respiración en huelga… yo ya estaba listo para marcar al 911.


—¡Cuidado, muchachos! —pensé—. Ya no hay refacciones para esos modelos…


Y luego, como si el destino quisiera rematar la escena, aparecieron ellas. Sí, las reconocí perfectamente. Las mismas que el día anterior había visto en “La Casita” rindiendo culto a unas empanadas “mágicas… muy mágicas”, rematadas con su capuchino bien francés —porque la elegancia ante todo—. Incluso pidieron “para llevar”… según ellas, “para los muchachos”.


Ahí iban ahora, muy aplicadas, dando vueltas con mirada firme, como si cada paso fuera un abono a la deuda moral contraída con la guayaba y el hojaldre. Porque seamos honestos: en “La Casita” uno siempre sale debiendo… pero feliz.


Salí del OXXO pensativo. No sabía si estaba más preocupado por mis amigos al borde del colapso o por mi propia y cada vez más cómoda relación con el sedentarismo. Prometí analizarlo más tarde.


Porque en ese preciso momento, Oliverio ya tenía la leña lista en “Le Club”, el tequilita “artesanal” cortesía de German estaba respirando, y unas XX —que Bolo, misteriosamente, cada día las hace más sabrosas— me estaban llamando por mi nombre.


La carne asada, como estaba previsto, salió brutal. Las mollejitas, una cosa seria. El pico de gallo, de respeto. Y las tortillas de harina… inflándose como mis buenas intenciones de hacer ejercicio.


Pensándolo bien…

creo que mi nueva vida fitness puede esperar. Total, tampoco es bueno empezar de golpe.

4 de abril de 2026

De ladito m’hijo…


En aquellos tiempos —cuando el hambre era brava y el estómago valiente— uno comía sin culpa y sin calendario.

Ese día no fue la excepción. Le entré con fe a todo lo que se me atravesó: elote, jícama, naranjas, sandía, melón, pepino… todo bañado en chile del que hacía sudar hasta las ideas. Como si el cuerpo fuera de hule y la vida no cobrara facturas.


Ya más tarde, con la panza inflada pero el ánimo intacto, nos fuimos a jugar béisbol —porque en Piedras Negras el rey de los deportes no se discute, se respeta— allá a los campos de Fisher, por la López Mateos.


Tierra, sol, gritos, risas… y esa sensación de que el mundo cabía en nueve entradas mal contadas.


De regreso, como dictaba la ley no escrita del barrio, hicimos la parada obligada en el estanquillo de Don Diego, el papá de la Pily y el Pilón Martínez. Las raspas… ¡ah, las raspas! No eran de este mundo. Eran premio, eran cierre, eran infancia en vaso de plástico. Entre cucharadas y carcajadas se nos iba la tarde, sin saber que esos momentos luego iban a doler… pero de nostalgia.


Llegué a la casa, me bañé y, fiel a la costumbre de no aprender nada, me volví a sentar a cenar como si no hubiera comido en días: huevos, tocino, frijoles refritos con manteca, aguacate, tortillas de harina que no se acababan nunca… y un vaso de leche tamaño veladora Guadalupana, de esos que daban más respeto que sed.


Con la panza llena y el alma tranquila, me fui a la cama. Error.


Porque el cuerpo, sabio y vengativo, no tarda en cobrar.


El primer retorcijón fue como un aviso divino… pero sin misericordia. Me dobló. Me arrancó el primer grito de la noche y dio inicio a ese recorrido eterno entre la cama y el baño, como peregrino sin fe pero con urgencia.


Ahí apareció ella.


Mi mamá. Enfermera titulada por la vida, especialista en todo y experta en nada mas que para dar cariño. Desvelada, preocupada y firme. A su “conse” le dolía la panza por tragón, y eso en casa se atendía como asunto mayor.


Jarabe que sabía a castigo, polvos de empacho de la tía Chabela, sobadas con un ungüento que olía a puro remedio viejo… pero había una receta que estaba por encima de todas:


—Acuéstate de ladito, m’hijo… y se te quita.


Y uno, doblado como alambre viejo, todavía se daba el lujo de dudar.


Pero en esa casa no había muchas opciones.


Te dolía la cabeza… acuéstate de ladito m’hijo.

Andabas engripado… Andale, de ladito.

Te pegabas en el dedo chiquito del pie… ya sabes, de ladito.

¿Mal de amores? ¿Tristeza sin motivo?

Más recio: acurrúquese de ladito m’hijo


Mis hermanos y yo ya ni preguntábamos. Sabíamos que ese iba a ser el remedio oficial.


Ya más grandes, a mi hermano Chavo y a mi, hasta para las crudas nos aplicaba el mismo tratamiento… claro, después de la mirada número tres —esa que atravesaba paredes— y uno que otro coscorrón por llegar a horas donde ni los gallos opinan.


La receta no era de ella nada más. Venía de más atrás… de mi abuela, allá en El Remolino, donde las soluciones eran simples y la fe en ellas, absoluta.


Hoy me toca a mí recetarla. Se las daba a mis hijas cuando algo les dolía y seguramente pasara a mi nieto, aunque en sus ojos alcanzaba a ver la misma incredulidad que yo tenía. Esa mirada de “no puede ser tan simple”…


Y puede que no.


Pero tenía algo.


Porque, quién sabe cómo…

pero sí se nos quitaba.


Y aquí seguimos.


Con panza, con historias… y con recuerdos que todavía, de vez en cuando, nos acomodan el alma…


aunque sea tantito…


de ladito.

29 de marzo de 2026

Como Adelitas de desfile…un

Se ven muy formales nuestros políticos en estos días. De verdad, están como para exportación. Traje planchado, sonrisa ensayada y agenda llena. Andan atareadísimos, activos, serviciales… tan aplicados que hasta provocan una mezcla curiosa entre asombro y sospecha.

Bien vestiditos y mejor peinaditos, siempre disponibles —faltaba más— para la entrevista oportuna, el saludo preciso y la foto bien encuadrada. Los medios, atentos como buenos compañeros de baile, no pierden el paso en estas fiestas políticas donde todos parecen saber perfectamente la coreografía. Y las sonrisas… ¡qué bárbaro! Tan amplias y relucientes que pondrían en aprietos a cualquier anuncio de pasta dental.


La estrategia es sencilla y efectiva: hay que estar donde haya gente. Donde se vea, donde se note, donde se aplauda. En el desayuno de moda, en la misa de doce en la Catedral, en el evento social más concurrido o en la esquina donde se junte el gentío. Ahí llegan, puntuales, a ofrecer su mejor perfil, su sonrisa más sincera —o la mejor lograda— y a repartir saludos como adelitas de desfile: con gracia, disciplina y una práctica que ya quisieran muchos.


La ciudad entera se convierte en pasarela. Vas al Barrokas y ahí están. Te das una vuelta por el Charcoal o al Republica, y ahi están. Pasas por La Estancia, y no fallan. Cambias de escenario, te metes a la lucha libre… y en primera fila. Vas a disfrutar conjuntos norteños y entre acordeón y acordeón, aparecen como por arte de magia, para bañarse de pueblo. Te lanzas al béisbol… y claro, también están con cachucha nueva del equipo campeón de la Serie Mundial aunque no sepan con cuantos outs se acaba una entrada.


Como dicen en el rancho: están en todas las sopas.


Y sí, lo sabemos. Es temporada de baño de pueblo, de abrazos generosos y de convivios donde haya mucha grnte. La cercanía, de pronto, se vuelve virtud indispensable.


Mientras tanto, el ambiente político municipal se calienta como comal en domingo. Que si lo que queda del PAN se jalan de la greña mientras “concilián”, que si a los de MORENA les madrugaron la decisión, que si el PRI anda buscando la fórmula que no encuentra, y que si el independiente… bueno, el independiente sigue haciendo cuentas sin saber con cuántas tortillas llena.


La verdad, uno termina medio mareado. 


Pero hay algo que sí queda claro: el político, como buen profesionista de la carrera pública, le guarda lealtad al partido… mientras le conviene. Porque cuando se trata de subir un escalón más, la camiseta resulta ser prenda bastante intercambiable. Ahí están los casos: los que cambian de colores porque no los tomaron en cuenta, o el que ya tiene maleta lista por si otro partido le ofrece mejor escenario.


“La danza de la política municipal”, “el mercado de valores partidista”… llámele como quiera, pero es el espectáculo de moda en el pueblo. Y no se sorprenda si, antes de que arranquen las campañas, los espectaculares brotan por toda Piedras Negras como flores de temporada, presumiendo logros que —casualmente— siempre aparecen en época electoral. Publicidad abundante, vistosa… y pagada, como siempre, con el esfuerzo de todos, porque de las bolsas de los candidatos no sale ni un peso.


Así es esto de la política a la mexicana: alegre, vistosa, ingeniosa, marrullera… y, a veces, demasiado parecida a un desfile donde lo importante no es avanzar… pa’ delante.

24 de marzo de 2026

Play Ball!!

 ¡Play ball!


Arranca la mejor época del año. Así, sin rodeos. La que se espera con ansias, la que se platica desde semanas antes y la que, cuando llega, nos recuerda por qué amamos tanto este juego.

Este miércoles 25 se canta el “play ball” de una nueva temporada de las Grandes Ligas con el duelo entre los New York Yankees y los San Francisco Giants. El jueves entran al diamante mis queridos Boston Red Sox, y para el fin de semana ya estarán en acción los 30 equipos que conforman la Major League Baseball.


¡Qué emoción!


El Rey de los Deportes ha sido parte de mi vida desde la niñez. Bendita esa chispa que encendió mi madre y que con los años se ha convertido en una llama firme, avivada por la amistad, por las tardes de radio, por las pláticas interminables y por cada temporada que vivimos como si fuera la primera.


Y es que hablar de béisbol también es hablar de identidad.


Piedras Negras ha sido cuna de grandes peloteros que han dejado huella en el béisbol profesional de nuestro país. Nombres que se pronuncian con respeto y orgullo: Jesús “Chivo” Lechler, Gilberto “Pily” Martínez, Rodolfo “Lefty” Rodríguez, Gerardo “Mulo” Gutiérrez, César Robles, Lucio Ortega, Tomás García, Luis Alberto Garibay entre otros… todos ellos protagonistas en la Liga Mexicana de Béisbol, y parte de una historia que nos pertenece.


Más cerca en el tiempo, y todavía activo, está quien muchos consideran el mejor beisbolista que ha dado nuestra ciudad: el zurdo Adrián Ramírez. Brilló en la Liga Mexicana de Béisbol y en la Liga Mexicana del Pacífico, y hoy sigue demostrando su calidad en la Liga del Norte de Coahuila, ahora con Barroterán. Talentoso en la loma y grande fuera de ella, Adrián no solo se ganó el respeto, sino el cariño de la gente.


También están aquellos que, sin haber nacido aquí, se hicieron nigropetenses en los campos de nuestra ciudad y llevaron ese sello al profesionalismo: Manuel Moreno Ríos, el “Güerito” de la Torre, Tequila Santoyo, David Chisum, Luis Alfonso “Chorejas” Velázquez, Ernesto “Chona” Velázquez, Roy Salinas, José Luis “Gabacha” García entre otros… nombres que forman parte del firmamento de nuestro béisbol y que enaltecen a esta tierra.


Por todo esto, no es exageración decir que el béisbol es el deporte que más ha contribuido a la grandeza deportiva de nuestra frontera. Ha habido —y hay— grandes atletas en muchas disciplinas, sí, pero ninguno con la constancia, la historia y la proyección profesional que ha dado el béisbol en México como el nuestro.


Y eso, claro, nos llena el pecho de orgullo.


Desde ahora y hasta los últimos días de octubre, el béisbol será motivo de reunión: risas, discusiones, análisis de café, celebraciones y hasta uno que otro coraje bien beisbolero. Porque así se vive este deporte: en comunidad, entre amigos, con pasión.


Y de una vez queda avisado: el CSDPN será sede constante de esta fiesta. Asadores listos, palapa encendida y televisiones prendidas para no perdernos ni un solo lanzamiento.


Así que amigos…

que ruede la pelota, que suene el bat y que se cante fuerte:


¡Play ball! ⚾

22 de marzo de 2026

Angeles…


Uno quisiera que nuestros hijos caminaran por la vida rodeados de ángeles cuando están lejos de casa. Que cada persona con la que se crucen sea de buena fe, de intenciones limpias. Que las actividades que emprendan tengan los riesgos normales de crecer, de vivir; y que, si se equivocan, enfrenten las consecuencias justas, aprendiendo de ellas para ir construyendo su carácter y su experiencia.


Pero la realidad de hoy dista mucho de ese anhelo.


Las calles, los lugares que frecuentan los muchachos e incluso sus propias escuelas, se han vuelto espacios donde el peligro acecha. Y no solo por adultos que buscan aprovecharse de su inocencia, sino también por jóvenes que, extraviados en su propio camino, terminan convirtiéndose en una amenaza para otros. Hoy en día no es raro ver a muchachos armados o bajo el influjo de alguna sustancia a cualquier hora, multiplicando los riesgos para nuestros hijos.


¿Cuántas noticias hemos leído o visto sobre tragedias en escuelas? ¿Cuántas historias nos llegan de jóvenes que sufren situaciones terribles en lugares que, en teoría, eran para divertirse? ¿A cuántas pláticas hemos asistido donde especialistas nos advierten, con datos duros, lo que está ocurriendo en nuestra sociedad?


Y, aun así, muchas veces no reaccionamos.


Seguimos posponiendo decisiones importantes. Dudamos en poner límites. Cedemos con facilidad a lo que nuestros hijos piden —y a veces exigen— sin detenernos a pensar qué es lo mejor para ellos. La pregunta es inevitable: ¿qué necesitamos que suceda para actuar?


En nuestra ciudad, lamentablemente, las opciones de esparcimiento para los jóvenes son limitadas. Predominan los lugares disfrazados de entretenimiento donde el ambiente no siempre es el más adecuado. Espacios donde se mezclan riesgos innecesarios con una aparente normalidad, y de donde los muchachos salen a calles donde la vigilancia, muchas veces, es insuficiente.


No es raro ver jóvenes de otros lugares cruzar la frontera en busca de lo que en sus ciudades no se les permite: acceso a alcohol, a ambientes sin regulación, a una libertad mal entendida. Allá hay consecuencias claras; aquí, con frecuencia, puertas abiertas.


Pero tampoco se trata de criar a nuestros hijos en una burbuja. Ignorar la realidad no es opción. Como padres, quisiéramos ofrecerles espacios seguros, oportunidades sanas de convivencia, y la tranquilidad de saber que volverán a casa sin peligro.


Sin embargo, aunque mucho depende de las autoridades, hay algo que no podemos delegar: nuestra responsabilidad.


Un día antes de cumplir 21 años, una de mis hijas salió rumbo a la escuela, con el apuro natural de quien va contra el reloj. Apenas había avanzado unos metros cuando un policía la detuvo por exceso de velocidad y comenzó a levantarle una infracción.


Ella le pidió que la disculpara. Le explicó que nunca había tenido una multa, que eso le afectaría su seguro. Pero el oficial, serio, hizo su trabajo sin ceder. Le entregó la boleta y se retiró.


Mi hija se quedó ahí, en silencio, invadida por esa tristeza que solo se siente a su edad: una mezcla de frustración, culpa e impotencia.


Pasaron unos minutos.


De pronto, tocaron su ventana.


Era el mismo policía.


Regresó, le devolvió la boleta y, ahora sí, le habló. Le llamó la atención y le pidió que bajara la velocidad, que se cuidara, que nada bueno trae manejar con prisa. Y añadió algo que a cualquier padre le llega directo al corazón: que quienes más iban a agradecer ese consejo éramos nosotros.


Ese día, ese hombre no fue solo un policía.


Fue, sin saberlo, un ángel en el camino de mi hija.


Y entonces uno entiende que, aunque no podamos estar siempre a su lado, a veces la vida les pone a alguien que los cuida, que los detiene a tiempo, que les recuerda el valor de regresar a casa.


Ojalá a todos nuestros hijos les toque encontrarse, de vez en cuando, con uno de esos.