27 de septiembre de 2026

Dios es Suficiente…


Ayer, como todos los días, me levanté temprano para salir a hacer las labores propias de un jubilado: comprar un café en el OXXO, ir a pagar recibos y aprovechar para saludar a alguien, detenerme a platicar un rato en la banqueta, comprar el periódico y leerlo en cualquier lugar y, finalmente, regresar a casa para compartir la mañana con mi señora y disfrutar, juntos, el mejor café del mundo.


La había invitado a desayunar, pero prefirió que por la tarde fuéramos a comer a algún restaurante. Así que nos pusimos a platicar y yo me puse a buscar algún tema interesante en internet, mientras ella se disponía a leer esos voluminosos —y supongo que muy interesantes— libros sobre temas religiosos que suelen acompañarla.


No había pasado mucho tiempo cuando se acercó y me dijo que quería compartir conmigo un artículo de uno de sus autores preferidos.


Se trata de Max Lucado, un escritor cristiano cuyos libros abundan en nuestra casa. Y aunque él profesa una religión distinta a la nuestra, sus libros están ahí por algo mucho más importante: por su contenido, por sus reflexiones y por esos mensajes que, independientemente de nuestras diferencias religiosas, muchas veces nos hacen pensar.


Quiero compartir con ustedes uno de esos pasajes porque, mientras lo leía, pensé que tiene mucho que decirnos a todos.


A nuestra sociedad, a nuestras familias, a nuestras comunidades y, sobre todo, a nosotros mismos.


Nos hace falta detenernos un momento y reconocer.


Reconocer que podemos acumular riquezas, propiedades, bienes muebles e inmuebles, negocios, éxitos y hasta muchos amigos, pero que, si en medio de todo eso dejamos fuera a Dios, quizá terminemos descubriendo que tenemos mucho… pero que nos falta lo más importante.


También tenemos que reconocer que, como sociedad, hemos cometido errores. Que nuestra escala de valores, en muchos sentidos, se ha ido deteriorando y que hemos permitido que cosas que antes considerábamos fundamentales hoy parezcan secundarias.


Y quizá lo más importante sea reconocer que todavía estamos a tiempo de cambiar el rumbo.


Porque si dejamos de preocuparnos por lo que sucede a nuestro alrededor, si pensamos que los problemas de nuestro país, de nuestra comunidad o incluso de nuestra propia familia son siempre responsabilidad de otros, estaremos equivocándonos.


No podemos permanecer indiferentes ante lo que sucede.


Algún día, cada uno de nosotros tendrá que hacer un balance de su vida. Y cuando llegue ese momento, quizá no importen tanto las cosas que acumulamos, el dinero que ganamos o los reconocimientos que recibimos. Tal vez lo verdaderamente importante sea cuánto amamos, cuánto ayudamos, cuánto perdonamos y cuánto de Dios hubo en nuestro camino.


Por eso quiero compartir con ustedes este pensamiento de Max Lucado, a recomendación de mi señora.


Dios es suficiente


Cuando se trata del amor, ten cuidado.


Asegúrate de estar en el lugar correcto. Antes de caminar por el pasillo, mira bien a tu alrededor. Asegúrate de que ese es el lugar donde Dios quiere que estés. Y si sospechas que no lo es, sal de ahí.


No fuerces lo que está mal tratando de enderezarlo.


Ten cuidado.


Y mientras llega el verdadero amor, deja que el amor de Dios sea suficiente para ti.


Hay épocas en la vida en las que Dios nos permite experimentar la fragilidad del amor humano para que podamos apreciar más profundamente la fuerza de su amor.


¿No fue eso lo que ocurrió con David?


Saúl lo atacó. Mical, su esposa, lo traicionó. Jonatán y Samuel eran amigos de David, pero tampoco pudieron acompañarlo en el desierto.


David se encontró solo, víctima de la traición y de las circunstancias.


Solo con Dios.


Y fue precisamente entonces cuando David descubrió que Dios era suficiente.


Desde aquel desierto escribió estas palabras:


“Tu amor y bondad son para mí mejor que la vida; te alabarán mis labios con gran júbilo.”


Salmo 63:3-5


Quizá ese sea uno de los grandes aprendizajes de la vida: cuando todo parece faltar, cuando las personas se van, cuando las circunstancias cambian y cuando aquello en lo que confiábamos deja de estar, podemos descubrir que todavía nos queda lo esencial.


A veces necesitamos quedarnos solos para entender que nunca estuvimos realmente solos.


Y quizá, al final de todo, esa sea la verdadera lección:


Dios es suficiente.

23 de septiembre de 2026

La mejor época del año…


Para mí —y sé que para muchos de mis amigos también— ésta es, sin duda, la mejor época del año.

Finales de septiembre y todo octubre tienen algo especial: llegan los playoffs del béisbol, se empieza a sentir el ambiente de la Serie Mundial 2026 y, como si eso fuera poco, la NFL ya está en plena temporada.

Es decir, amigos… ¿qué más podemos pedirle a la vida?

Desde septiembre y hasta febrero tendremos en nuestro club la NFL los jueves, domingos y lunes; y conforme nos acerquemos a los playoffs, hasta los sábados se convierten en días sagrados para sentarse frente a la televisión, prender la lumbre con una buena carne asada, algo para tomar y, por supuesto, la camiseta y la gorra de nuestro equipo bien puestas.

Así que, con todo respeto, todo lo demás puede esperar.

Las necesidades de la ciudad… mañana las vemos.

Que si dijo o no dijo algo el político de turno… luego nos enteramos.

Los corajes que nos hacen pasar unos y otros… pueden esperar tranquilamente.

Y lo que digan algunos periodistas, pseudo periodistas, comentaristas, opinólogos y demás especialistas en absolutamente todo… pues también puede esperar.

Porque es época de deportes.

Es época de disfrutar los juegos, de reunirnos con los amigos, de ahumarnos, de comer rico, de echarse unas cuantas carcajadas y, sobre todo, de defender con pasión —y a veces con una vehemencia que no se le permitiría a un candidato en campaña— al equipo de nuestra preferencia.

Aquí no hay discusiones personales.

Aquí no hay pleitos.

Aquí simplemente el que le va a otro equipo está equivocado… pero seguimos siendo amigos. 😂

Porque eso también es parte de la diversión: las apuestas, las bromas, los pronósticos que casi nunca acertamos y ese clásico “te dije” que aparece después de cada juego.

Así que, mis queridos amigos, durante estos meses probablemente nos veremos un poco menos preocupados por otras cosas y mucho más pendientes de un batazo, un jonrón, una atrapada espectacular, un touchdown o una decisión arbitral que, naturalmente, siempre estará equivocada cuando perjudique a nuestro equipo.

Ya llegará el momento de hablar de todo lo demás.

Por ahora, disfrutemos.

Béisbol, NFL, amigos, comida, cerveza, familia y buenas conversaciones.

Y que cada quien defienda a su equipo con toda la pasión del mundo…

Eso sí: sin dejar de ser amigos al terminar el juego.

Porque ésta, señores, es la mejor época del año.

¡Play ball… y que ruede el balón! ⚾🏈

19 de septiembre de 2026

Una llamada inesperada…

Yo aprovecho casi cualquier situación para escribir un artículo. A veces basta un recuerdo, una conversación, una llamada inesperada o simplemente algo que sucede durante el día para que se despierte alguna historia que llevaba tiempo guardada.


Y precisamente hoy, sábado 19 de Septiembre sucedió algo que me hizo recordar las aventuras que, hace muchos años, compartí con un gran amigo.


Mi amigo era —y sigue siendo— un gran beisbolista. En aquellos años de juventud tenía, además, un muy buen trabajo que le permitía convivir constantemente con gente relacionada con el béisbol.


Él es más joven que yo y, para ser sinceros, mucho mejor jugador de lo que yo fui. Ni duda cabe; él en el argot beisbolero era “caballo”. Pero nos unía algo mucho más importante: el amor por el béisbol.


Después del béisbol venían las reuniones, las guitarras, las canciones, las pláticas y las risas. Cada semana nos encontrábamos en los campos, rodeados de muchos amigos que lo conocieron, que lo apreciaron y que, con el paso de los años, seguimos teniendo contacto con él.


Después la vida cambió.


Mi amigo tuvo que salir de Piedras Negras con su familia. Primero, si mal no recuerdo, se fue a Reynosa y posteriormente regresó a su ciudad de origen, Monterrey, Nuevo León.


Allá continuó jugando. Y siguió destacando en aquello que tanto ama: el béisbol y el softbol.


Me da mucho gusto saber que, a pesar de los años, continúa practicando el deporte que ha sido parte tan importante de su vida.


Pero la historia de mi amigo no quiero contarla yo. Él mismo nos ha platicado muchas veces de su vida y de las circunstancias que le ha tocado enfrentar.


Lo que sí quiero decir es que para mí es un verdadero ejemplo de vida.


Porque todos, en algún momento, pasamos por las buenas y por las malas. La vida tiene caminos fáciles y caminos llenos de baches. Hay momentos en los que todo parece salir bien y otros en los que tenemos que sacar fuerzas de donde creemos que ya no las tenemos.


Y ahí está precisamente el ejemplo de mi amigo: cómo levantarse, seguir adelante y hacerlo con orgullo, con dignidad y pensando siempre en la familia.


Desde hace tiempo acostumbra enviarnos, casi diariamente, mensajes motivacionales que él mismo prepara.


Y quiero aclarar algo: no son mensajes que simplemente copia y pega.


Él los escribe, los piensa y los comparte.


Muchas veces nosotros los recibimos y no contestamos. A veces apenas ponemos una manita, un “OK”, un 👍 o ni siquiera eso.


Pero los leemos.


Y yo pienso que esos mensajes son como una gota de agua que cae constantemente sobre una piedra.


La piedra somos nosotros.


A veces somos duros, distraídos, indiferentes o simplemente estamos demasiado ocupados. Pero la gota, poco a poco, va penetrando. Va dejando huella.


Así son los mensajes de nuestro amigo.


Aunque no contestemos, aunque no hagamos ningún comentario, aunque parezca que pasaron desapercibidos, algo de ellos se queda.


Porque están escritos con buenos pensamientos, con palabras de aliento, con fe y, sobre todo, con el deseo sincero de compartir algo positivo con los demás.


Mi amigo y su señora están muy involucrados en su vida religiosa y en la Iglesia Católica. La fe forma parte importante de su vida y eso también se refleja en muchas de las cosas que comparte con nosotros.


Y hoy ocurrió algo curioso.


Venía yo leyendo precisamente uno de sus mensajes antes de llegar a casa de mi mamá. Como me ha sucedido tantas veces, llevaba el teléfono en la bolsa trasera del pantalón y, sin darme cuenta, se marcó solo.


A mí me pasa constantemente.


Alguna vez le he marcado sin querer a Gaby González, a Mario Jáuregui y a otros amigos. Uno deja abierto un chat, guarda el teléfono en la bolsa y, de repente, ¡ya está haciendo una llamada!


Eso fue exactamente lo que sucedió hoy.


Mi amigo contestó:


—Javier, ¿qué pasó?


Y yo le expliqué:


—¡Nada! Se me marcó solo. Venía leyendo tus mensajes y antes de llegar a casa se me fue la llamada.


Pero bueno; aproveché para saludarlo.


Y entonces le dije algo que quizá debí haberle dicho desde hace mucho tiempo:


“Quiero que sepas que leo tus mensajes. Aunque muchas veces no te contesto, aunque no te ponga ni siquiera una manita de OK, estoy al tanto de lo que nos mandas.”


Y de ahí comenzó una de esas pláticas que solamente pueden tener los amigos que han compartido pasajes de su vida.


Nos mandamos audios, recordamos cosas, platicamos y nos pusimos al día.


Y pensé que qué bonito sería que todos aprovecháramos un poco más las herramientas que tenemos hoy para mantenernos cerca de nuestros amigos y de nuestra familia.


Tenemos WhatsApp, Facebook y tantas otras formas de comunicarnos.


¡Qué diferencia con aquellos años en los que había que escribir una carta!


Una carta para que la leyera mamá.


Una carta larga para la novia y después esperar varios días para recibir la respuesta.


Hoy podemos hablar prácticamente de inmediato.


Podemos mandar una fotografía, un audio, una canción, un recuerdo, una broma o simplemente un:


”¿Cómo estás, amigo?”


Y creo que deberíamos aprovecharlo más.


No para llenar las redes sociales de cosas sin importancia, sino para mantener vivos esos vínculos que la distancia y los años pueden ir debilitando.


Porque al final de cuentas, la tecnología puede acercarnos mucho si sabemos utilizarla.


La historia de mi amigo me hizo pensar en todo esto.


En la vida.


En la familia.


En la amistad.


En la fe.


En los tropiezos que todos tenemos y, sobre todo, en la manera en que debemos levantarnos después de caer.


También me hizo pensar que debemos aprender a valorar esas pequeñas cosas que recibimos todos los días.


Un mensaje.


Una llamada.


Una palabra de aliento.


Un recuerdo.


Una oración.


A veces creemos que no significan mucho, pero quizá para alguien puedan significar bastante.


Por eso hoy quiero agradecer públicamente a mi amigo Juan Francisco Garza.


Gracias, Juan Francisco, por mantenernos en contacto.


Gracias por acordarte de nosotros.


Gracias por compartir constantemente tus pensamientos, tus mensajes y tus palabras de fe.


Gracias por hacerlo con tanto entusiasmo, con tanto cariño y ahora, también, con tanta sabiduría que solamente pueden dar los años y las experiencias vividas.


Y gracias también por enseñarnos, quizá sin proponértelo, que siempre hay una manera de salir adelante.


Te extrañamos acá en Piedras Negras.


Nos has prometido que vas a venir.


Así que ya sabes:


te estamos esperando.


Aquí siguen los amigos, los recuerdos, el béisbol, las guitarras y aquellas historias que alguna vez compartimos.


Porque podrán pasar los años y podremos estar lejos…


pero hay amistades que, cuando son verdaderas, no se van nunca.