16 de agosto de 2026

El Viejo…


Reynold Rodríguez no era simplemente un amigo que contaba historias.

Él era una historia en sí mismo.


Hablar de nuestras cacerías con “El Viejo”, como le decíamos con cariño, me llevaría un libro completo.


Y escribir sus aventuras, sus historias, sus recomendaciones, sus regaños y, sobre todo, sus ocurrencias, seguramente ocuparía varios capítulos de ese libro de mi vida que todos vamos escribiendo sin darnos cuenta.


Reynold era mucho mayor que nosotros y, por eso, algunas veces asumía ese lindo papel de consejero, de regañón y hasta de maestro. Aunque, siendo sinceros, nosotros no siempre éramos alumnos muy aplicados.


Pero lo que más recuerdo de él son las bromas, las risas, los chascarrillos y aquella manera tan particular que tenía de contar sus aventuras.


Y tenía una característica muy suya:


Sus historias no las contaba de golpe.


No.


Las platicaba una por una, despacio, con toda la calma del mundo, como quien sabía perfectamente que una buena anécdota no debía desperdiciarse.


Más de una vez, cuando estábamos con amigos que no conocían alguna de sus historias, yo le decía:


—¡Viejo, cuéntales aquella que nos platicaste aquella vez!


Y Reynold, como si fuera la primera vez que la contaba, comenzaba nuevamente desde el principio.


Y nosotros felices, porque sabíamos que seguramente terminaríamos riéndonos igual que la primera vez.


Durante una época, varios amigos nos reuníamos todos los jueves en un ranchito propiedad del señor Íñiguez, localizado detrás de aquel crucero que divide las carreteras que van rumbo a Guerrero y Nava, Coahuila.


Exactamente en el lugar donde hoy hay una gasolinera y donde, en aquellos años, había unos corrales para ganado.


A Reynold le prestaban aquel rancho y nosotros lo convertimos, sin ninguna autorización oficial, sin reglamento y, por supuesto, sin necesidad de acta constitutiva, en nuestra sede social.


Le llamábamos simplemente:


“La Reunión de los 14”.


Salíamos del trabajo y era rutina llegar al ranchito de Reynold con una sed terrible y bastante hambre.


Y siempre había algo para comer, compartir y reír.


Una carne asada, algún guiso, carne seca o cualquier cosa que apareciera por ahí.


La verdad es que en aquellos tiempos no éramos demasiado exigentes con el menú.


Mientras hubiera comida, había reunión. Y mientras hubiera reunión, había historias.


Lo importante no era el menú.


Lo importante era estar juntos.


Al principio éramos unos cuantos: Reynold, por supuesto; Benito Márquez, Rolando Enríquez, Ángel Garza, Rolando Villanueva, Carlos González, Pablo Arizpe, Juan Maldonado, Lalo Muñoz y algunos más que se fueron incorporando con el tiempo, hasta llegar a ser catorce amigos.


Y así, jueves tras jueves, aquellas reuniones se fueron convirtiendo en una parte entrañable de nuestra juventud.


Hablábamos de todo.


De la vida, del trabajo, de nuestros proyectos, de nuestras aventuras y, especialmente, de las cacerías.


Porque hablar de cacería con Reynold era abrir una puerta que podía llevarnos a cualquier parte.


Y vaya que nos llevó.


Una de las frases que más recuerdo del Viejo era la que decía cada vez que comenzaba una salida de cacería.


Llegábamos, cargábamos las cosas, las subíamos a las camionetas y, apenas se acomodaba en el asiento, antes de prender siquiera el motor, Reynold decía:


—¡Yo ya ando de vacaciones!


Y se acabó.


No importaba si faltaban seis horas para llegar, si hacía frío, si había que levantarse de madrugada o si el camino estaba para acabar con la paciencia de cualquiera.


Para Reynold, desde ese momento empezaban las vacaciones.


El trabajo ya quedaba oficialmente cancelado, aunque nadie le hubiera pedido permiso al jefe.


Y allá íbamos todos, rumbo a la Sierra de Múzquiz, con una alegría que difícilmente se puede explicar ahora, tantos años después.


En aquella sierra vivimos muchas aventuras.


Algunas las recuerdo perfectamente.


Otras seguramente las hemos ido exagerando con los años, porque así son las historias entre amigos: empiezan siendo una anécdota y terminan convirtiéndose en leyenda.


Y, en algunas, probablemente el venado también ha ido creciendo con el paso del tiempo.


Hay una que jamás se me olvida.


Una fría mañana, allá en la mera punta de la Sierra de Múzquiz, nos levantamos alrededor de las cinco de la mañana.


Hacía un frío de esos que hacen que uno se arrepienta hasta de haber aceptado la invitación.


Era un frío de varios grados bajo cero y todavía estaba oscuro.


Preparamos el lonche y el café antes de salir.


Ese día nos tocó a Reynold y a mí ser pareja de cacería. Nos correspondía subir a la parte alta de una gran loma para, desde ahí, vigilar un tanque de agua y estar pendientes por si se acercaba algún venado.


Los demás se distribuyeron por otros lados.


Carlos Enríquez, con su inseparable caballo “El Aguacate” y con Juan Maldonado de compañero, tomó una dirección, mientras Rolando y Benito tomaron otra.


Nosotros dos montamos nuestros caballos y emprendimos el camino rumbo al tanque por un sendero sinuoso y muy difícil.


Al principio íbamos completamente callados.


Así me lo había recomendado el Viejo, porque podía ser que nos encontráramos en el trayecto con algún venado en aquel paisaje hermoso.


En la sierra uno aprende que el silencio también forma parte de la cacería.


No se escuchaba prácticamente nada, más que los sonidos del silencio y el golpeteo de las pezuñas de los caballos sobre aquel camino lleno de piedras, típico de lo alto de la Sierra de Múzquiz.


Y nosotros avanzando lentamente.


Pasó más de media hora de trayecto.


Yo iba pensando en quién sabe qué, cuando se me ocurrió hacer algo que, en aquel momento, me pareció completamente normal.


Metí la mano en mis cosas y saqué un envoltorio de papel aluminio.


Y empecé a abrirlo.


Ahora imagínense ustedes el silencio de la Sierra de Múzquiz.


El frío.


La quietud.


Los caballos caminando.


La inmensidad de la montaña.


Y, de repente:


¡CRRRRRRRRRR!


¡El ruido del papel aluminio!


Reynold giró lentamente la cabeza.


Y me miró.


No sé cómo describir aquella mirada.


Era una mezcla de enojo, incredulidad y ganas de preguntarme si yo estaba completamente loco.


Primero me miró a mí.


Después miró el papel aluminio.


Luego volvió a mirarme.


Yo, como acostumbro, no le hice el menor caso.


Como siempre les digo a mis amigos:


“Si entiendo; pero no hago caso.”


Hasta hoy.


Bueno, pues seguí abriendo mi envoltorio.


Hasta que apareció el tesoro.


Unos tacos doblados de harina con huevo y tocino, con una salsa riquísima de chile piquín.


Una verdadera obra de arte gastronómica.


En aquel momento, para mí, aquello no era un lonche. Era un banquete de cinco estrellas.


Y, naturalmente, me los empecé a comer.


El Viejo me veía fijamente, pero no decía una sola palabra.


Detuvo su caballo.


Cruzó los brazos.


Y se me quedó viendo fijamente a los ojos con una cara que parecía decir:


“Este cabrón no puede estar haciendo esto.”


Yo seguí comiendo.


Me valió lo que dijera o pensara.


Me comí uno.


Luego otro.


Le di un trago al café que llevaba en un viejo termo Coleman, de aquellos verdes, y hasta repetí satisfecho, agarrándome la panza.


Y Reynold seguía observándome.


Yo ya ni lo miraba.


A esas alturas, ya había decidido que, si iba a morir regañado, por lo menos iba a morir bien desayunado.


Finalmente terminé extasiado.


Repetí fuerte y feliz, con esa honrosa satisfacción que solamente puede dar un buen taco después de levantarse uno a las cinco de la mañana y andar a varios grados bajo cero.


Guardé cuidadosamente el papel aluminio en las alforjas del caballo.


Y entonces escuché aquella voz:


—¿Ya terminaste?


Yo, tragando con toda la prudencia del mundo, contesté:


—Sí.


No dijo nada.


Simplemente tomó las riendas, se volteó y siguió adelante.


Y yo detrás de él.


Calladito.


Porque una cosa es no hacerle caso al Viejo…


y otra muy distinta es tentar demasiado a la suerte.


Además, había una regla no escrita en aquellas cacerías: uno podía equivocarse, podía perderse, podía quedarse dormido y hasta podía no ver un venado.


Pero hacer ruido con el papel aluminio en plena sierra era jugar con fuego.


Aquella fue apenas la primera parte de la aventura de ese día.


Pasaron muchas cosas más.


Pero esas…


esas se las cuento después.


Porque hablar de Reynold no es solamente recordar a un amigo y una aventura.


Es volver, aunque sea por un instante, a aquellos años en los que por unos días dejábamos atrás las preocupaciones, nos dábamos tiempo para nosotros mismos y disfrutábamos de la amistad, de la montaña, de los caballos, de la cacería y de aquellas largas pláticas que parecían no tener principio ni final.


Éramos jóvenes.


Teníamos menos preocupaciones y, probablemente, mucho más tiempo.


Y teníamos una enorme capacidad para convertir cualquier jueves, cualquier salida de cacería o cualquier taco en una historia que, muchos años después, todavía nos hace sonreír.


Quizá eso sea lo verdaderamente maravilloso de los buenos amigos.


Que con el paso de los años ya no necesitamos volver a vivir aquellas aventuras.


Nos basta con recordarlas.


Porque los buenos amigos no solamente nos dejan recuerdos.


Nos dejan historias.


Historias que el tiempo podrá llenar de polvo, pero nunca podrá borrar.


Y Reynold, sin duda alguna, dejó muchas de ellas en el libro de mi vida.


Aunque, pensándolo bien…


quizá aquel día no estábamos cazando venados.


Quizá simplemente estábamos cazando recuerdos.


Y esos, afortunadamente, todavía los tenemos.