29 de julio de 2026

La independencia para opinar…

Una de las mayores satisfacciones que tengo como ciudadano es no pertenecer a ningún partido político ni mantener compromiso alguno con organización política. A lo largo de los años he recibido invitaciones para integrarme a distintos partidos, pero agradeciéndoles de la mejor manera, las he rechazado sin siquiera dudarlo. La razón es muy sencilla: no quiero que una militancia o un compromiso partidista condicionen mi conciencia ni mi libertad para decidir por quién votar, criticar o felicitar.

Siempre he procurado votar por las personas, no por las siglas. Mi respaldo ha sido para quienes, en su momento, consideré los mejores candidatos, independientemente del partido que los postulara. Así ocurrió cuando voté por Claudio Bres, tanto cuando contendió por el PRI como cuando lo hizo por Morena. También he apoyado con mi voto al doctor Cobos, a Chuy Mario Flores, al Dr. Garcia Reyes, al Lic. Ernesto Vela, al Ing. Elias Sergio Treviño y a candidatos de distintas corrientes políticas. Nunca he entendido la política como un acto de lealtad hacia un partido, sino como una responsabilidad hacia la comunidad.


Mucho antes de que se popularizara aquella frase de que “López Obrador era un peligro para México”, yo ya tenía profundas reservas sobre el rumbo que podía tomar el país si esa persona y su secta llegaban al poder. Fue una convicción personal que el tiempo, desde mi perspectiva, terminó por confirmar. 


Del mismo modo, a lo largo de los años he aprendido a identificar actitudes que considero preocupantes en muchos políticos: la ambición desmedida, la conveniencia personal, la corrupción y la falta de vocación de servicio.


Esa independencia me otorga, moralmente, el derecho de señalar y criticar a cualquier presidente, gobernador, diputado, alcalde o funcionario cuando considero que está incumpliendo con la responsabilidad que los ciudadanos le confiaron aunque haya votado por el.


Por supuesto que me he equivocado. He votado por candidatos que terminaron decepcionando a quienes depositamos nuestra confianza en ellos. También reconozco que hubo otros a quienes no apoyé y que posteriormente realizaron un buen trabajo, como fue el caso de Fernando Puron.  Admitir esos errores no me debilita; al contrario, fortalece mi convicción de que el voto debe ejercerse con honestidad y con la disposición de reconocer cuando uno se equivoca.


Mi visión sobre la política es crítica. Considero que, lamentablemente, para una gran cantidad de quienes buscan un cargo público, el servicio a la sociedad termina siendo secundario frente al beneficio personal. Sé que esta afirmación puede resultar incómoda, pero la realidad demuestra que con demasiada frecuencia las promesas de campaña se transforman en intereses particulares una vez alcanzado el poder.


Precisamente por ello debemos ser honestos con nosotros mismos y dejar de defender, por conveniencia o por afinidad política, a funcionarios que sabemos que no están cumpliendo con su responsabilidad. La lealtad nunca debe estar por encima de la verdad. Defender lo indefendible únicamente contribuye a perpetuar los malos gobiernos.


A pesar de todo, mantengo el optimismo. Estoy convencido de que Piedras Negras y México son mucho más grandes que sus problemas y mucho más fuertes que cualquier gobierno deficiente. Nuestra historia demuestra que hemos sabido levantarnos después de desastres naturales que pusieron a prueba la fortaleza de nuestra comunidad. Si fuimos capaces de superar esas adversidades, también podremos superar las malas administraciones y las decisiones equivocadas de quienes hoy ocupan cargos públicos.


Los coahuilenses ya vivimos una de las etapas más difíciles de nuestra historia reciente durante los años del moreirismo, un periodo que dejó profundas heridas políticas, económicas y sociales en todo el estado y particularmente en Piedras Negras y la región. Si logramos salir adelante después de aquello, también podremos superar cualquier administración que no esté a la altura de las circunstancias.


Lo que verdaderamente preocupa es el deterioro de la vida pública.  Por ejemplo, resulta lamentable y vergonzoso observar cómo las sesiones de Cabildo en Piedras Negras dejan de ser espacios para el debate serio y la construcción de acuerdos para convertirse en escenarios de confrontación, descalificaciones y protagonismos. Los ciudadanos esperan respeto institucional y soluciones, no espectáculos que deterioran la confianza en las instituciones.


Nuestra ciudad merece mucho más que disputas políticas permanentes. Merece funcionarios capaces de dialogar, construir consensos y anteponer el interés de la ciudad a los intereses partidistas o personales. La política no puede seguir secuestrada por el cálculo electoral ni por el futurismo político mientras los problemas cotidianos de la población siguen esperando respuesta.


En ese contexto, considero que la actual administración municipal, enfrenta aciertos y errores como cualquier gobierno. Sin embargo, también es evidente que la confrontación política constante y la actitud de algunos sectores de oposición inclusive miembros de su mismo partido, dificultan la gobernabilidad y entorpecen el avance de proyectos que podrían beneficiar a la ciudad. La crítica es indispensable en una democracia, pero la obstrucción sistemática no construye mejores gobiernos.


Finalmente, resulta contradictorio observar cómo asuntos de enorme trascendencia generan enfrentamientos interminables, mientras que otras decisiones igualmente relevantes —como la autorización de eventos como la feria, cuya naturaleza y consecuencias merecerían un análisis mucho más profundo— son aprobadas prácticamente sin discusión. Esa incongruencia alimenta la percepción ciudadana de que, con demasiada frecuencia, las prioridades de la clase política están alejadas de las verdaderas necesidades de la sociedad.


Piedras Negras merece instituciones fuertes, gobiernos responsables y representantes que entiendan que el poder es un mandato temporal para servir, no una oportunidad para confrontar, dividir o buscar beneficios personales. Esa debería ser la verdadera esencia del servicio público, que lamentablemente…no lo es.

26 de julio de 2026

Los amigos que el tiempo no pudo separar…


Cuando terminamos la carrera universitaria y cada uno obtuvo el título en su especialidad, llegó el momento inevitable de despedirnos. Aquellos jóvenes de Piedras Negras que durante años compartimos casas rentadas, departamentos, desvelos, dominó, canciones, preocupaciones, sueños y un sinfín de ilusiones, tuvimos que tomar caminos diferentes.

Cada quien salió en busca de su propio destino. Algunos regresamos a Piedras Negras; otros permanecieron algún tiempo más realizando el servicio social, las residencias o iniciando los primeros años de ejercicio profesional en distintos rincones de la República. La vida, como siempre, comenzó a escribir una historia distinta para cada uno de nosotros.


Con el paso de los años, cuando ya nos encontrábamos un poco más establecidos en nuestra ciudad, nació la necesidad de volver a reunirnos. Empezamos a visitarnos cada quince días en nuestras casas. Eran reuniones sencillas, pero llenas de afecto, en las que revivíamos aquellos años universitarios y compartíamos, junto con nuestras esposas, las experiencias que la profesión nos había regalado. Cada conversación era una oportunidad para descubrir el camino que había recorrido cada compañero desde aquella despedida.


Sin embargo, la vida también impone sus propios ritmos. Las responsabilidades familiares, el trabajo y los compromisos fueron haciendo cada vez más difíciles aquellos encuentros. Poco a poco las reuniones comenzaron a espaciarse, hasta que un día, casi sin darnos cuenta, dejaron de ser parte de nuestra rutina.


Lo que nunca desapareció fue la amistad. Siempre hubo oportunidad de encontrarnos con alguno de ellos, saludarnos con el cariño de siempre, preguntar por la familia y ponernos al día, aunque fuera durante unos cuantos minutos. Porque hay afectos que el tiempo no desgasta; simplemente esperan el momento oportuno para volver a florecer.


Después llegaron las redes sociales y, gracias a ellas, volvimos a encontrarnos. Aunque fuera detrás de una pantalla, recuperamos las conversaciones, las bromas y esa confianza que solamente existe entre quienes compartieron una de las etapas más importantes de su vida.


Hace algunos meses decidimos que ya era suficiente con saludarnos por mensajes. Había que volver a vernos frente a frente. Así nació la iniciativa de Adrián, Beto y Kiko: reunirnos nuevamente para desayunar cada quince días, únicamente los amigos, como en los viejos tiempos.


Y qué agradable ha sido descubrir que todavía tenemos mucho que contarnos.


En cada desayuno aparecen historias que muchos desconocíamos: los lugares donde cada uno ejerció su profesión, las dificultades que enfrentó, los triunfos que alcanzó y los sacrificios que hicieron posible construir una vida digna. Son relatos que el tiempo había guardado y que hoy vuelven a salir entre una taza de café y una buena conversación.


Hace unas semanas nos reunimos en el lienzo charro del Dr. García Reyes. Fue una tarde extraordinaria. Afuera caía una lluvia generosa, muy parecida a aquellas que tantas veces disfrutamos en Guadalajara. Como siempre, las anécdotas comenzaron a surgir una tras otra, provocando risas, recuerdos y, por momentos, ese silencio que sólo produce la nostalgia.


Hay algo que siempre me sorprende profundamente: la extraordinaria memoria de la mayoría de los asistentes. Conservan el don de recordar detalles que todos vivimos, pero que el paso de los años había borrado de nuestra memoria. Escucharlos es volver a caminar por los pasillos de la Universidad Autónoma de Guadalajara; regresar a aquellas casas donde vivimos; recordar travesuras, bromas, desvelos y momentos que parecían perdidos para siempre.


Gracias a ellos volvemos a ser, aunque sea por unos instantes, aquellos muchachos que llegaron llenos de ilusiones a la Perla Tapatía, convencidos de que el mundo nos esperaba con los brazos abiertos.


No saben la alegría que siento al volver a ver a mis amigos. Algunos ya disfrutan de un merecido retiro; otros continúan ejerciendo su profesión con la misma pasión y dignidad de siempre. Verlos realizados, rodeados del cariño de sus esposas, de sus hijos y ahora también de sus nietos, produce una satisfacción difícil de describir.


Mientras los hijos y los nietos saludan, corren y juegan alrededor de nosotros, resulta imposible no pensar en el tiempo. Ayer éramos nosotros quienes soñábamos con el futuro; hoy somos nosotros quienes observamos, con orgullo y una inevitable melancolía, cómo nuevas generaciones comienzan a escribir su propia historia.


Todos enfrentamos dificultades. Ninguna carrera profesional está libre de sacrificios. Hubo momentos de incertidumbre, obstáculos que parecían insuperables y días en los que el camino se veía demasiado largo. Pero cuando nos sentamos alrededor de una mesa y contemplamos lo que cada uno logró construir con trabajo, honestidad, dedicación y esfuerzo, comprendemos que cada desvelo valió la pena.


Pero, por encima de cualquier título universitario, existe una deuda que jamás podremos terminar de pagar.


La deuda con nuestros padres.


En aquellos años difíciles hicieron enormes sacrificios para enviarnos a estudiar tan lejos de casa. Eran tiempos sin teléfonos celulares, sin videollamadas y sin las facilidades de comunicación que hoy parecen indispensables. Despedir a un hijo significaba esperar hasta las vacaciones de Semana Santa o las de verano para volver a abrazarlo.


Nuestras madres vivían con esa paciencia infinita que sólo ellas conocen. Esperaban nuestras cartas, nuestras llamadas y, sobre todo, el día de nuestro regreso.


Confieso que más de una vez ni siquiera aproveché las vacaciones para volver a Piedras Negras. Prefería aceptar la invitación de algunos compañeros para conocer Ensenada, Hermosillo o Ciudad Obregón. Mi madre seguramente sufría un poco porque su consentido tardaba todavía más en regresar, pero jamás dejó de comprenderme ni de recibirme con el mismo abrazo y el mismo cariño de siempre.


Hoy, al mirar hacia atrás, entiendo que aquellos años no sólo nos regalaron una profesión.


Nos regalaron algo mucho más valioso: amistades verdaderas.


Amistades que resistieron el paso del tiempo, la distancia, las responsabilidades y los largos silencios. Amistades que nunca necesitaron verse todos los días para seguir existiendo, porque fueron construidas sobre el respeto, la lealtad y un cariño sincero.


Con los años uno descubre que la juventud no regresa, que el cabello se va o se vuelve blanco y que la vida avanza mucho más rápido de lo que alguna vez imaginamos. Pero también descubre que existen personas capaces de acompañarnos durante toda una vida, aun cuando los caminos se hayan separado durante décadas.


Y entonces comprendemos que el verdadero privilegio no fue solamente haber obtenido un título universitario.


El verdadero privilegio fue habernos encontrado en el camino… y seguir llamándonos, con el mismo orgullo de hace más de cincuenta años, simplemente amigos.

22 de julio de 2026

Piedras Negras: Cuando el chisme se disfraza de noticias

 


Vivimos tiempos profundamente distintos a los de hace apenas unas décadas. La revolución digital transformó la forma en que nos informamos y, sobre todo, quiénes tienen la capacidad de comunicar. Hoy, cualquier persona con un teléfono celular y acceso a internet puede llegar a miles de personas en cuestión de minutos.


El problema comienza cuando la búsqueda de audiencia o de lectores sustituye a la búsqueda de la verdad.


Hoy abundan quienes se autodenominan “periodistas” o crean plataformas de “noticias digitales” sin asumir la enorme responsabilidad que implica informar. Con frecuencia se difunden rumores, versiones sin confirmar, burlas disfrazadas de análisis y acusaciones sin pruebas. En muchos casos, el objetivo ya no es informar, sino generar reacciones, acumular vistas y monetizar la polémica.


Y, desafortunadamente, el modelo funciona.


Las redes sociales premian el escándalo.

Una mentira bien presentada suele recorrer mucho más camino que una verdad cuidadosamente investigada. 


Hay un sector del público que consume ese contenido porque entretiene, porque alimenta el morbo o porque confirma prejuicios, sin detenerse a preguntar si lo que está leyendo tiene sustento o no.


En Piedras Negras este fenómeno es muy evidente. Han surgido numerosas páginas que se presentan como medios de comunicación cuando, en realidad, operan más como espacios de opinión, confrontación o simple espectáculo. Se privilegia el ataque sobre el análisis, el insulto sobre el argumento y la ocurrencia sobre la investigación.


Es imposible ignorar cómo algunos personajes modifican radicalmente su línea editorial dependiendo de su relación con el poder. Mientras reciben beneficios o contratos oficiales, abundan los elogios; cuando éstos desaparecen, comienzan las críticas permanentes. No afirmo que todos los casos respondan a ese patrón, pero existen ejemplos suficientemente evidentes como para despertar legítimas dudas sobre la independencia de ciertos comunicadores.


La crítica al gobierno es indispensable en cualquier democracia. Un periodismo crítico fortalece a la sociedad. Lo que la debilita es la crítica sin pruebas, el ataque personal, la desinformación y el uso del espacio informativo como instrumento de presión o de negociación política.


El verdadero periodismo investiga, verifica, confronta versiones y ofrece contexto. Comete errores, como cualquier actividad humana, pero tiene la obligación ética de corregirlos. Muy distinto es publicar cualquier versión sin confirmar simplemente porque genera tráfico o reacciones en redes sociales.


También preocupa la ausencia de profesionalismo en buena parte de estos espacios. No me refiero únicamente a la formación académica. Existen extraordinarios periodistas que nunca cursaron una licenciatura y, de la misma manera, existen profesionistas titulados que ejercen con poca ética. La diferencia no está en el diploma, sino en el compromiso con la verdad, la preparación, la responsabilidad y el respeto por la información.


Sin embargo, basta recorrer muchas de estas páginas para encontrar publicaciones llenas de errores ortográficos, información imprecisa, titulares engañosos y afirmaciones que jamás son sustentadas con evidencia. Eso termina deteriorando la calidad del debate público y confundiendo a una sociedad que merece información seria y confiable.


Otro aspecto preocupante es que prácticamente cualquiera puede abrir una página, presentarse como medio informativo y emitir acusaciones de cualquier naturaleza sin enfrentar consecuencias inmediatas. La libertad de expresión es un derecho fundamental que debe protegerse, pero también implica una enorme responsabilidad. 


Libertad no significa impunidad para difamar, ofender, agredir, manipular o desinformar.


Al final, la mayor responsabilidad también recae en nosotros como ciudadanos. Mientras sigamos premiando el escándalo por encima de los hechos, compartiendo rumores sin verificarlos y consumiendo información únicamente porque coincide con nuestras simpatías o antipatías políticas, seguiremos fortaleciendo un modelo que recompensa el ruido y castiga el periodismo serio.


Piedras Negras necesita una ciudadanía mejor informada, medios más responsables y comunicadores comprometidos con la verdad, no con el algoritmo. Porque cuando el chisme sustituye a la información y el espectáculo desplaza al periodismo, quien realmente pierde no es un gobierno ni un funcionario: pierde toda la sociedad.


Las sociedades no cambian cuando escuchan lo que quieren oír; cambian cuando se atreven a escuchar la verdad, aunque resulte incómoda.

17 de julio de 2026

Las vegas del Rio Bravo también es P Negras…


Hace unos días fui a pescar al Río Bravo, antes de que ocurriera su reciente desbordamiento. No acostumbro hacerlo en esa zona de la ciudad, pues normalmente visito otros puntos del río, en ranchos de amigos y familiares. Para mí, salir a pescar en solitario es una de las mejores formas de disfrutar la tranquilidad y el contacto con la naturaleza.

En esta ocasión decidí acudir a la vega del río, cerca del campo de los Cougars, y lo que encontré fue verdaderamente desalentador. Basura por todas partes, llantas abandonadas, maleza, botellas y vidrios rotos. Un sitio que podría ser un espacio de convivencia familiar está convertido, lamentablemente, en un lugar que representa riesgos para quienes lo visitan.

Me llamó la atención ver que muchas personas acuden ahí a pescar. Vi parejas, familias e incluso niños disfrutando del río pescando. Precisamente por eso resulta aún más importante que ese espacio reciba la atención que merece.

Esa área también forma parte del municipio. Su limpieza, conservación y vigilancia son responsabilidades de la autoridad. No se trata únicamente de mantener una buena imagen de la ciudad, sino de ofrecer a los ciudadanos lugares seguros y dignos para convivir.

Antes de la crisis migratoria acostumbraba pescar del lado de Eagle Pass, justo frente al área de Venados. Era común ver patrullas realizando recorridos constantes por Shelby Park y observar un mantenimiento permanente de las áreas recreativas, donde cada tarde numerosas familias disfrutaban de la pesca y del río en un ambiente ordenado y limpio.

Hoy esa comparación resulta inevitable. Por ello decidí visitar el lado de Piedras Negras y, debo decirlo con sinceridad, la decepción fue grande.

Estoy convencido de que nuestra ciudad merece espacios públicos a la altura de su gente. Recuperar esa zona no requiere grandes discursos, sino voluntad, organización y trabajo constante. Sería una excelente oportunidad para demostrar que también los pequeños detalles hacen una gran diferencia en la calidad de vida de los nigropetenses.

Ojalá este comentario sea recibido como lo que pretende ser: una observación hecha con respeto y con el deseo genuino de ver una ciudad más limpia, más segura y más orgullosa de sus espacios naturales.

16 de julio de 2026

Nuestros jóvenes políticos…

 Durante muchos años, en Piedras Negras —como en buena parte de Coahuila— la ciudadanía comenzó a expresar un sentimiento cada vez más evidente: era tiempo de renovar la política. Se hablaba del desgaste de los llamados “dinosaurios políticos”, de ciclos que parecían agotados y de la necesidad de abrir espacio a una nueva generación de servidores públicos.

No era un reclamo contra la historia. Sería injusto desconocer que nuestra ciudad ha contado, en diferentes épocas, con administraciones que contribuyeron a su crecimiento y consolidación. Los he reconocido en mis anteriores artículos, opiniones y comentarios. Piedras Negras ha sido, en términos generales, una ciudad que ha sabido avanzar gracias al trabajo conjunto de sus gobiernos, su iniciativa privada y su gente.


Sin embargo, toda sociedad evoluciona. Y cuando eso ocurre, también cambian las expectativas de los ciudadanos.


La exigencia dejó de ser únicamente un relevo de nombres. Lo que realmente pedíamos era una nueva forma de gobernar: funcionarios jóvenes, preparados académicamente, con experiencia profesional, capaces de administrar los recursos públicos con honestidad, eficiencia, transparencia y absoluto respeto a la ley.


Hoy esa nueva generación ya ocupa espacios de decisión.


Ahí están figuras como el presidente municipal, Carlos Jacobo Rodríguez, y también otros jóvenes liderazgos como el de Sonia Villarreal, Daniel Aguilar, Mayra Rubi Rangel, Nicanor Moyeda, Franco Gonzalez y Guillermo Ruiz, quien posiblemente buscará la presidencia municipal en el próximo proceso electoral dentro de un año y medio. 


Más allá de las preferencias políticas de cada ciudadano, es innegable que una nueva generación ha llegado a la vida pública de nuestra ciudad. Y con ella llegan también nuevas responsabilidades.


La juventud, por sí sola, no garantiza buenos gobiernos. Lo que verdaderamente hará la diferencia serán la capacidad, el trabajo diario, la preparación, la sensibilidad para escuchar a la ciudadanía y, sobre todo, la honestidad para ejercer el servicio público.


Los ciudadanos tenemos todo el derecho —y también la obligación— de exigir resultados. Debemos pedir gobiernos transparentes, eficientes, cercanos a la gente y capaces de cumplir los compromisos que hicieron durante las campañas. La crítica responsable siempre será necesaria en una democracia.


Pero también debemos reconocer cuando las cosas se hacen bien.


No podemos caer en la costumbre de señalar únicamente los errores e ignorar los aciertos. Una ciudadanía madura exige, sí, pero también sabe reconocer el esfuerzo, impulsar las buenas decisiones y respaldar aquellos proyectos que benefician al interés colectivo.


Porque el futuro de Piedras Negras no depende únicamente de quienes ocupan un cargo público.También depende de nosotros.


De participar, de proponer, de cuidar nuestra ciudad, de respetar las leyes, de involucrarnos en los asuntos públicos y de entender que el desarrollo de una comunidad nunca es responsabilidad exclusiva de un gobierno.


Todos dijimos que queríamos una nueva generación de políticos. Hoy esa generación ya está aquí.


Ahora les corresponde demostrar que la confianza que muchos ciudadanos depositaron en ellos estaba bien fundada. Y a nosotros nos corresponde vigilarlos con objetividad, exigirles con firmeza y apoyarlos cuando sus acciones realmente beneficien a Piedras Negras.


Porque al final, más allá de partidos, colores o ideologías, todos deberíamos perseguir el mismo objetivo: construir una ciudad más fuerte, más ordenada, más competitiva y con mejores oportunidades para las nuevas generaciones.


Tal vez la gran lección de este momento político sea que ninguna ciudad se transforma únicamente cambiando nombres en las boletas. Las ciudades cambian cuando quienes gobiernan entienden la responsabilidad histórica que recibieron y cuando los ciudadanos dejan de ser simples espectadores para convertirse en participantes activos de su propio destino.


Piedras Negras ha demostrado muchas veces que sabe levantarse, crecer y mirar hacia adelante. Hoy vuelve a tener una oportunidad. Los jóvenes que llegaron al gobierno deben aportar ideas, preparación y resultados. Los ciudadanos debemos aportar vigilancia, participación y sentido de comunidad.


Ojalá que dentro de algunos años podamos mirar atrás y decir que aquella renovación generacional no fue solo un cambio de edades, sino el inicio de una etapa de mayor capacidad, mayor honestidad y mayor amor por nuestra ciudad.


Porque al final, el verdadero triunfo no será de un partido ni de un político. El verdadero triunfo será que Piedras Negras sea una mejor ciudad para todos.