21 de junio de 2026

Don Rodolfo de los Santos…


Tengo muy bonitos recuerdos del consejo que don Rodolfo de los Santos me dio un día cuando yo era apenas un niño y mi papá me encomendaba una de las tareas más importantes de la frutería: la cobranza.

Don Rodolfo fue cliente de mi papá prácticamente desde que nació la Frutería. Además de surtir al Restaurant Moderno, también abastecíamos al Seguro Social, al Restaurante Don Cruz, a Las Rocas, al Cafe Zocalo de Don Gaspar Gonzalez y a muchos otros negocios de Piedras Negras que recibían frutas, verduras y mercancía a crédito.


Cada semana, o cada quince días, según el acuerdo, había que pasar a recoger los pagos.


¿Y quién creen que se había sacado la rifa?


Pues yo.


Nunca supe por qué mi papá casi siempre me escogía para esa responsabilidad. Tal vez quería que aprendiera a tratar con la gente; quizá buscaba que perdiera el miedo a hablar con los adultos o simplemente deseaba que fuera conociendo, desde muy pequeño, el mundo del comercio que él había construido con tanto esfuerzo.


Y hay algo que debo reconocer.


Nunca he sido un hombre de mucha paciencia. De niño menos. Como cualquier muchacho de diez u once años, cometía errores propios de mi edad, de mi inmadurez y de mis prisas.


Pero tuve la enorme fortuna de cruzarme con personas que, en vez de exhibir mis equivocaciones o hacerme sentir mal, se tomaban unos minutos para corregirme con respeto y enseñarme.


Uno de ellos fue don Rodolfo.


Recuerdo perfectamente aquella tarde.


Entré al Restaurant Moderno por la puerta de la calle Allende. Sería la una o las dos de la tarde, cuando el restaurante estaba lleno de comensales. Don Rodolfo conversaba animadamente con varias personas; quizá eran amigos, quizá clientes.


Yo llegué con mis notas de cobro en la mano y, con la imprudencia natural de un niño, me acerqué hasta su mesa y le dije, sin más:


—Vengo a cobrarle, don Rodolfo.


Las personas que estaban con él voltearon a verme sorprendidas. Algunos sonrieron con cierta picardía; otros hicieron gestos como diciendo: “Ándele, páguele al muchacho.”


Pero don Rodolfo jamás perdió la serenidad.

Con esa tranquilidad que siempre lo distinguió, simplemente me respondió:


—Pásate a la caja; ahorita te atienden.


Aquella caja del Restaurant Moderno era muy especial. Tenía una hermosa mampara de madera con delicados detalles en color crema. Desde ahí podía observarse perfectamente todo el restaurante, mientras que desde las mesas nadie alcanzaba a ver el interior de la oficina.


Y qué decir del Restaurant Moderno…


Quienes tuvimos la fortuna de conocerlo sabemos que no era solamente un restaurante. Era uno de esos lugares que terminaron formando parte de la historia sentimental de Piedras Negras. Ahí se celebraban reuniones familiares, se cerraban negocios, se hacían amistades y se escribían, sin saberlo, pequeños capítulos de la vida de nuestra ciudad.


A los pocos minutos llegó don Rodolfo.


Se acercó, me puso la mano sobre el hombro, casi en un gesto de abrazo, y me dijo que enseguida me pagarían. Pero antes quería decirme algo.


Con mucha delicadeza me explicó que cuando uno iba a cobrar una cuenta nunca debía hacerlo delante de otras personas, porque esos asuntos merecían discreción y respeto.


Hoy, siendo adulto, esa enseñanza parece de lo más natural.


Pero para un niño era una lección que difícilmente habría aprendido por sí solo.


Con el paso de los años entendí que lo que realmente quedó grabado en mi memoria no fue únicamente el consejo.


Fue la manera en que me lo dio.


Esa era la grandeza de muchos hombres de aquella generación que ayudó a construir el carácter de Piedras Negras. No necesitaban levantar la voz para hacerse respetar. No humillaban. No avergonzaban a nadie.


Corregían con paciencia.

Enseñaban con cariño.


Y casi siempre bastaba una mano sobre el hombro para que uno entendiera la lección.


Sería imposible contar todas las historias de aquellos hombres y mujeres de nuestra ciudad que, sin proponérselo, terminaron influyendo en mi vida. Muchos ni siquiera eran familiares; sin embargo, dejaron huellas tan profundas como las de un abuelo o un tío.


Don Rodolfo no era un amigo íntimo de mi papá.


Era un cliente.


Papá siempre le guardó un enorme respeto y un sincero agradecimiento porque, en momentos difíciles, don Rodolfo le tendió la mano sin hacer alarde de ello.


Hoy, cuando vuelvo la vista hacia aquellos años, entiendo que el verdadero valor de sus enseñanzas no estaba solamente en sus palabras.


Estaba en su forma de vivir.


Porque un buen consejo puede escucharse una sola vez.


Pero un consejo dado con respeto, con afecto y con el ejemplo termina acompañándonos toda la vida.


Con los años uno descubre que los edificios cambian, los negocios desaparecen, las calles se transforman y muchos de los personajes que dieron identidad a nuestro pueblo ya no están entre nosotros.


El Restaurant Moderno vive únicamente en los recuerdos.


La frutería de mi papá pertenece ya a una época que se fue.


Y aquellas tardes de cobranzas, con un niño cargando unas notas bajo el brazo, parecen hoy escenas de una vieja película en blanco y negro.


Sin embargo, hay algo que el tiempo nunca podrá borrar.


La manera en que nos hicieron sentir esas personas.


De don Rodolfo y de tantos hombres y mujeres de aquella generación permanece la imagen de la sonrisa sincera, de la broma oportuna, de la conversación sin prisas y de esa costumbre tan hermosa de orientar a los muchachos como si todos fueran un poco hijos de todos.


Tal vez eso era lo que hacía verdaderamente especial a aquel Piedras Negras que tantos extrañamos.


No eran únicamente sus restaurantes, sus comercios o sus calles.


Era su gente.


Porque había personas que, sin saberlo, se convertían en maestros de vida durante una conversación de apenas unos minutos.


Y cuando uno tiene la fortuna de haber coincidido con seres humanos así, descubre que los años pueden llevarse casi todo.


Pero jamás podrán llevarse la gratitud.


Eso es, precisamente, lo que convierte un recuerdo en un tesoro.


Hoy entiendo que ellos nunca imaginaron que, con un consejo dado a un muchacho inquieto, estaban sembrando un recuerdo que habría de acompañarlo toda la vida. Quizá ese sea el legado más grande de aquella generación: no los negocios que levantaron, ni los restaurantes que hicieron famosos, ni los edificios que el tiempo terminó transformando. Su verdadera herencia fue la forma de tratar a las personas. Y mientras alguien siga recordándolos con gratitud, hombres como don Rodolfo nunca dejarán de caminar por las calles de aquel viejo Piedras Negras que llevamos guardado en el corazón.

14 de junio de 2026

Que caloron…

Amanece más temprano esta época del año en mi pueblo y, para beneplácito de muchos, también anochece más tarde. Las calles permanecen desiertas al mediodía y no se ve alma alguna ni siquiera refugiada en las sombras que, con tacañería, ofrecen las paredes de las casas. La temperatura arrecia entre los 37 y 45 grados a la sombra y la infame canícula nos visita puntualmente cada agosto, como una vieja conocida que llega sin invitación, pero que todos sabemos que vendrá.

“Nomás los tontos andan en la calle, m’ijo”, decía mi abuelita con esa infinita sabiduría de las mujeres de antes, que sin estudios de meteorología sabían perfectamente a qué hora se barría el patio, a qué hora se regaban las plantas y a qué hora era mejor no salir ni a buscar pleito con el sol.


El calor de mi pueblo abraza. Es como si tuvieras una novia gordita de la cual necesitas acostumbrarte y resignarte a su fogoso apapacho, porque de lo contrario, te sofoca y abruma. Durante los meses de junio hasta septiembre la calidez de nuestro Piedras Negras es una realidad palpable y que solamente los que somos de aquí aprendimos a soportar dignamente, sin tantas quejas ni rezongos.


Los forasteros siempre llegan renegando. Que si el calor está insoportable, que si parece que se abre la puerta del horno cuando salen a la calle, que cómo podemos vivir así. Pero mi pueblo tiene una extraña manera de conquistar a quienes llegan. Les regala su gente, su comida, su tranquilidad, sus amistades sinceras y sus costumbres. Y pasa algo curioso: al poco tiempo ya no se quieren ir. El calor sigue siendo el mismo, pero el corazón ya se les quedó aquí.


Recuerdo que esperábamos con ansia estas fechas de vacaciones para disfrutar las áreas que rodean el pueblo. Cuando éramos pequeños, de la mano de nuestros padres; después, ya más grandes, acompañados de los amigos cuando ya podíamos andar solos… aunque la verdad todavía no podíamos cuidarnos solos.


La Nogalera, Santo Domingo, La Villita, Las Adjuntas, El Moral; los ríos Bravo, San Rodrigo y San Diego eran destinos obligados para mitigar los calorones de cada verano. No había parques acuáticos, ni teléfonos celulares, ni fotografías instantáneas para presumir en redes sociales. Las imágenes se guardaban donde más duran: en la memoria y en el corazón.


Y lo curioso es que la gente se quejaba mucho menos que ahora. En aquellos años un aparato de aire acondicionado era un lujo que pocas familias podían tener. Existían los abanicos que nomás movían el aire caliente de un lado a otro, las puertas abiertas para que corriera “el fresco” y las tardes acostados en una hamaca esperando que el sol tuviera piedad. Pero aun así, éramos felices.

Un chapuzón con papá y mis hermanos en el río de La Villita, bajo la sombra del puente, era suficiente para llenar una tarde de risas y mitigar el calor. Ir con mi güelito y mis tíos Pepe y Mando a pescar al Remolino es un recuerdo que guardo con un cariño inmenso.


Tirar el reel en el Río Bravo, bajo la sombra de los barrancos allá por Guerrero con Benito y los Enríquez, era una experiencia incomparable. Hacer una carne asada bajo el puente de El Moral con Juan Abel, Martín y Mónico eran aventuras que el tiempo no ha podido borrar.


Ir a pescar con los amigos al Río San Rodrigo y encontrarnos con don Alvarito Guajardo y sus hijos es una fotografía que vive permanentemente en mi memoria. Pescar en los tanques del Rancho Casa Roja de don Rodolfo Martínez con Carlos, Benito, Rolando, Ángel y Reynold, o pasar un día de Semana Santa con Las Cobras en el rancho de mi tío Mando, disfrutando la compañía de mi querido y extrañado Licenciado Aguirre, de mi compadre Fello, Víctor Pérez, Tafoya, Pepe Esparza, César, Mandito y Pepío, forman parte de esos tesoros que nadie puede comprar y que el paso de los años solamente vuelve más valiosos.


Como que en esta época las cervezas saben más ricas. Los tragos se vuelven más largos, más pausados y más constantes. La familia y los amigos se disfrutan de una manera especial, reunidos alrededor del asador, entre el humo del carbón, el aroma de la carne, las carcajadas, las historias repetidas cien veces y un partido de béisbol rodando de fondo en Le Club.


Y es que los veranos en Piedras Negras no se miden por los grados del termómetro. Se miden por las tardes interminables, por las sandías frías en la mesa, por el ruido de los abanicos, por el sonido de las chicharras anunciando que el sol sigue en lo más alto, por los niños corriendo descalzos en el patio y por los adultos sentados afuera de la casa esperando que cayera la noche para platicar con los vecinos.


Antes las noches de verano tenían otro ritmo. Se sacaban las sillas a la banqueta, aparecía el vaso de té helado o la cerveza bien fría y comenzaban las pláticas que podían durar horas. Ahí se arreglaba el mundo, se contaban chismes, se recordaba a los que ya se fueron y se reía uno hasta que el sueño obligaba a entrar a la casa.


Hoy, cuando el termómetro marca temperaturas insoportables y todos buscamos refugiarnos bajo un aire acondicionado, me gusta pensar que este mismo calor fue el testigo de los días más felices de nuestra vida. Porque al final no recordamos cuántos grados hacía en aquel verano. Recordamos con quién estuvimos.


Todo eso y mucho más se puede vivir y disfrutar en Piedras Negras en esta época del año. El calor no importa, no pesa y ni siquiera se siente cuando uno está bajo la sombra de la familia, de los buenos amigos y de los recuerdos que nos acompañarán mientras tengamos vida.

7 de junio de 2026

Por quien voto?…


Cada elección vuelve a dejarnos la misma sensación: promesas grandilocuentes, discursos repetidos, acarreados con lonches y candidatos que aseguran tener la solución para todo mientras bailan ridículamente en los mitines y cierres de campaña. 

En estos procesos electorales para diputados locales en Coahuila, no fue diferente. Desde el PRI hasta el PAN, Morena, los partidos pequeños y los llamados independientes, todos terminaron ofreciendo prácticamente lo mismo. Y ahí es donde nace el desencanto de muchos ciudadanos.

Ahora viene la pregunta que muchos se hacen: ¿por quién voto?

Antes que nada, hay algo que debemos tener claro. Hay que salir a votar. Eso si. Es un derecho, una obligación cívica y una responsabilidad con nuestra comunidad. Cada quien debe ejercer su voto con libertad y con conciencia.

Pero también hay que hablar con honestidad.

Quien resulte ganador en el Distrito 02 de Coahuila no llegará al Congreso a representar únicamente a Piedras Negras. La realidad política nos ha demostrado una y otra vez que los diputados terminan votando en bloque, siguiendo las instrucciones de sus partidos y de sus coordinadores parlamentarios (como lo hacen los regidores de Piedras Negras, válgame la odiosa comparación)

Así funciona el sistema.

Cuando llegue el momento de levantar la mano para aprobar o rechazar una iniciativa importante, difícilmente estarán preguntándole a los vecinos de la San Joaquín, de la Roma, de la Periodistas, de Río Escondido, de El Cenizo, de La Navaja o de El Centinela qué opinan. Las decisiones se toman dentro de los partidos y generalmente responden a intereses políticos antes que a las necesidades de los ciudadanos. Así de claro.

Podrá sonar duro, pero es la realidad que hemos visto durante décadas.

Durante las campañas escuchamos propuestas de todos los colores. Sin embargo, muchas de ellas ni siquiera corresponden a las facultades reales de un diputado local. Prometieron obras, seguridad, desarrollo económico, empleo, infraestructura y una larga lista de compromisos que, en muchos casos, dependen más del Poder Ejecutivo que del Legislativo.

Los ciudadanos debemos informarnos para saber exactamente qué puede y qué no puede hacer un diputado.

Y aquí viene una verdad incómoda.

La experiencia nos ha enseñado que muy pocos cumplen lo que prometen durante las campañas. No es algo exclusivo de un partido; ocurre en todos. Pasan las elecciones, llegan los cargos, y muchas de aquellas promesas quedan archivadas junto con los espectaculares y los volantes.

Basta revisar la historia reciente del Distrito 02. Son muchos los candidatos que han pasado por el Congreso y muy pocos pueden presumir haber cumplido tan siquiera una minima parte de lo que ofrecieron cuando pidieron el voto.

Ya tengo definido mi voto, pero no porque crea que alguien va a cumplir todo lo que prometió. No porque piense que alguno va a transformar la realidad de nuestro distrito de la noche a la mañana. Voy a votar por mi derecho y obligación ciudadana, no porque les crea las mil promesas a los candidatos. Tengo la ilusión, eso si, de que será un buen diputado y que velará por nuestro bienestar.

Ilusión; así de simple.

Y respeto profundamente a quien piense distinto. Si alguien quiere votar por MORENA, que vote por MORENA. Si quiere hacerlo por el PRI, pues que vote por el PRI. Si prefiere al PAN, a al independiente o a cualquier otra opción, está en todo su derecho.

Nadie echa a perder su voto cuando vota conforme a su conciencia. Lo que sí echamos a perder es nuestra responsabilidad ciudadana cuando dejamos que otros decidan por nosotros.

Por eso, más allá de colores, siglas y discursos, salgamos a votar. Hagámoslo informados. Y, después de votar, no soltemos la vigilancia. La democracia no termina en la urna; empieza ahí. Porque un voto consciente puede cambiar una elección, pero una ciudadanía atenta puede cambiar un gobierno. 

31 de mayo de 2026

Se Nos Van…


Cuando falleció mi papá, se fue con él mucho más que un padre. Se fue el último de los hermanos de su familia y, sin darme cuenta, también se fue una biblioteca entera de recuerdos, historias y anécdotas que nadie más conocía con tanto detalle.

Algunas veces solía sentarme con él solamente para escucharlo. Le preguntaba por mis abuelos, por los lugares de donde venían, por las dificultades que enfrentaron para llegar a Piedras Negras, por los trabajos que tuvieron, por las travesuras de sus hermanos, por las alegrías y las tristezas que marcaron a la familia. Y él me lo contaba todo con una emoción que todavía puedo ver en mi memoria. Sus ojos brillaban mientras recordaba. 

Se emocionaba tanto que parecía que volvía a vivir aquellos momentos mientras hablaba. Yo lo disfrutaba.


Cuando murió, me di cuenta de que ya muchas preguntas que tengo se quedaron sin respuesta. Muchas historias que no logró contarme desaparecieron para siempre. Ya no tenía a quién acudir cuando quería conocer un detalle más de su familia.


Algo parecido me ocurrió cuando falleció mamá. Como era la mayor, ella guardaba recuerdos maravillosos. Me platicaba de El Remolino, de aquellos años felices de su niñez, de su infancia, de su juventud, de cómo llegaron a Piedras Negras, de las costumbres de antes, de la gente del pueblo, de sus amigas, de los sacrificios que hicieron nuestros abuelos para sacar adelante a la familia y sobre todo, los momentos alegres y divertidos. Gracias a Dios, yo alcancé a convivir mucho con mis abuelos y guardo recuerdos muy bonitos de ellos, pero aun así, cuando mamá se fue, sentí que también se cerraba otra puerta hacia nuestro pasado.


Y entonces uno comprende algo que duele aceptar: se nos va acabando la familia. Los que conocieron de primera mano las historias, las costumbres, las raíces y los recuerdos más antiguos se van marchando poco a poco. Y con ellos se llevan pedazos de nuestra historia que jamás volverán.


Si todavía tienen la dicha de tener a sus papás o tíos con ustedes, si aún pueden sentarse a platicar con ellos, háganlo muchas veces. Pregúntenles de todo. Rásquenle a los recuerdos. Pregunten por los abuelos, por sus hermanos, por las casas donde vivieron, por las fiestas familiares, por los momentos felices y también, porque no, por los difíciles.


No saben cuánto les gusta a los papás que sus hijos se interesen por sus recuerdos. Cuando uno les pregunta, algo se enciende dentro de ellos. Se emocionan. Brillan. Sonríen. A veces se les humedecen los ojos. Reviven épocas enteras mientras cuentan sus historias.


Y esas conversaciones valen más que cualquier herencia.


Hoy me arrepiento de no haberme sentado más veces con mi papá y con mi mamá. Me hubiera gustado preguntar más, escuchar más, grabar más recuerdos en mi memoria. Me hubiera gustado ver una vez más la emoción de sus rostros mientras contaban aquellas historias que para ellos eran tesoros.


A veces, cuando recuerdo cómo hablaba mis papás de sus hermanos, de sus padres o de aquellos años felices y difíciles, me invade una nostalgia muy profunda. Daría cualquier cosa por sentarme otra vez con ellos aunque fuera unos minutos, solamente para escucharlos platicar.


Porque no era únicamente lo que contaban.

Era cómo lo contaban.

Era ver sus ojos llenos de recuerdos.

Era escuchar el orgullo con que hablaban de los suyos.

Era sentir que, por un momento, los que ya se habían ido regresaban a la vida a través de sus palabras.

Hoy ya nos quedan muy pocas personas que guardan esos recuerdos familiares. 


Ellos son parte de esa generación que todavía conserva historias que nosotros desconocemos.

Aprovéchenlos.

Escúchenlos.

Pregúntenles.

Abrácenlos.


Porque llegará el día en que daremos cualquier cosa por volver a escuchar una de sus anécdotas, una de sus risas o una de sus historias y ya no estarán. 

Y cuando ese día llegue, lo único que nos quedará serán los recuerdos que tuvimos la sabiduría de guardar mientras aún estaban con nosotros.