3 de mayo de 2026

Por los Caminos del Norte…


Hace unos días fui a Saltillo. El viaje de ida lo hice solo, y en ese silencio que sólo regalan las carreteras largas, me reencontré conmigo mismo. Tenía tiempo sin escuchar mis propios pensamientos, sin prisa, sin apuro. Afuera, los paisajes de los pueblos de Coahuila desfilaban como estampas antiguas, como esos cuadros colgados en la casa de los abuelos, llenos de polvo pero también de historias.

Ahí estaba Nava, ahora con sus letras grandes que nos saludan desde lejos, como si supieran que ya casi nadie entra a su plaza. Antes uno se metía al pueblo, pasaba frente a la iglesia, veía las casonas viejas y bajaba la velocidad por respeto y para disfrutar la provincia norteña. Recordaba cuando viajábamos para estudiar que desde la ventana del autobús Anáhuac comprábamos sus famosas y ricas semitas. 

Y luego esta Allende, siempre custodiado por sus palenques, donde las tardes tenían otro ritmo y en la plaza caminaban las muchachas bonitas, como si el tiempo ahí se hubiera detenido. Ahora pasamos de largo dejando atrás la nostalgia.

La carretera 57 ya no es la misma. Ahora esquiva los pueblos como si fueran estorbos y no destinos. Se quedó atrás Morelos, donde uno hacía hambre para llegar al BoriMex o simplemente para tomarse un refresco bien frío en la tienda de Don Boni. También se fue quedando en el recuerdo ese momento en que los vendedores de dulces regionales se acercaban a los carros, con una sonrisa y un “¿va a querer?”. Eran pequeños rituales del camino que hoy ya no existen.

Hoy todo es de un solo tirón. Dejas atrás esos pueblos tranquilos, pacíficos sin darte cuenta y llegas directo hasta la garita del kilómetro 52 y de ahí rumbo a Monclova. La famosa carretera de cuota —esa que promete rapidez pero no siempre cumple— también evita lugares como Nueva Rosita, donde más de una vez probamos sus aguas gaseosas, o Sabinas, tierra de amigos y de historias largas.

Y aunque el camino ahora es más ancho, también se ha vuelto más rudo. El tramo de las termoeléctricas rumbo a Sabinas ya no es aquel paseo tranquilo: los tráileres carboneros, el polvo negro y las líneas borradas por el tiempo convierten el trayecto en algo que exige respeto. Hay caminos que ya no se disfrutan, se sobreviven.

Pasé sin detenerme por el camino que lleva a San José de Aura, y más adelante por la comunidad menonita, a quienes, como tantas veces, prometí mentalmente comprarles queso de regreso. Promesa que, como muchas en carretera, se quedó en el aire. De regreso a Piedras ya no venia solo: mi hermana menor llenó el trayecto de risas, chistes y anécdotas, y entre una carcajada y otra, los kilómetros se fueron sin avisar y pase de largo.

Iba yo en esas cavilaciones cuando apareció Monclova, la siempre llamada “Monclovita la Bella”. Y no pude evitar acordarme de Remedios la Bella, de la novela Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Porque hay lugares que, como ella, viven más en la idea que en la realidad, más en el orgullo de su gente que en lo que ven los ojos.

Crucé Monclova. Calor, polvo, vida dura. De esas ciudades que se defienden todos los días con gente trabajadora y empresarios firmes y sinceros. Luego el eterno tramo en reparación rumbo a Castaños, donde el tiempo parece no avanzar al mismo ritmo que las obras. Y finalmente, la famosa “Y”.

Ahí cambia todo.

Tomar la carretera hacia Saltillo es como encontrar un descanso merecido. El paisaje se abre, el aire cambia, y uno siente —aunque sea por un momento— que dejó atrás el cansancio. En el camino pasé por La Muralla, donde estaba el viejo monumento del oso, golpeado por manos sin respeto, sigue siendo símbolo de lo que somos: capaces de construir, pero también de olvidar.

Y entonces, como si el camino supiera de nostalgias, llegó la lluvia. Primero cerca de la Hacienda de Guadalupe, cargada de historia, y luego en Acatita de Baján, donde fue capturado Miguel Hidalgo. La lluvia ahí no cae igual; cae con memoria.

Siempre me he preguntado qué tiene el cielo de Saltillo. Tal vez no es que esté más cerca, pero se siente distinto. Más ligero. Más amable. Llegar ahí despierta algo, como si uno recordara quién era antes de las prisas, mi prepa, mis amigos, mis recuerdos cargados de añoranzas.

Mientras en Piedras Negras el calor aprieta sin tregua, en Saltillo el viento se cuela fresco, invitando a la sombra, al café y al pan de pulque, ese que sabe a tradición y a tardes sin apuro.

Me gusta Saltillo. Me gustan sus calles, sus edificios, su gente. Pero sobre todo, me gusta lo que provoca: esa sensación de que, aunque el tiempo pase y las carreteras cambien su recorrido, los recuerdos siguen ahí, esperando a que uno vuelva a recorrerlos.

25 de abril de 2026

Somos mas los buenos…

Piedras Negras es mucho más grande que sus problemas. Nuestro pueblo, como tantas veces en el pasado, sabe levantarse de las peores pesadillas que hoy también lo acechan. 

No hablo de la crisis política, porque esa es la eterna vergüenza de cada administración, sino de los males que realmente nos hieren: la inseguridad desbordada, la corrupción en todos los niveles, el oportunismo gubernamental, el desempleo galopante y la continua falta de los servicios mas elementales.

Desde las inundaciones del 28 de junio de 1954 hasta la tromba que azoto la comunidad de Villa de Fuente, Piedras Negras salió adelante siempre con dignidad y carácter. Pero hoy los enemigos aparte de las trombas y las inundaciones constantes y la falta de agua en colonias. Hoy el veneno viene de otra parte: la delincuencia que se adueña de las calles, la drogadicción, el desorden que se normaliza, las redes sociales convertidas en cloaca del anonimato, la prensa corrupta que se vende al mejor postor y la falta de respeto a las familias, alimentada por autoridades ciegas, sordas… y cómplices.


Nuestra tranquilidad quedó hecha pedazos el día en que nuestras calles tuvieron que ser patrulladas por el ejército y las diferentes corporaciones estatales. Dejamos de ser la provincia envidiada para convertirnos en rehén de la violencia y de la ineptitud gubernamental.


Muy lejos quedaron los tiempos en que podíamos caminar de la mano con nuestra novia por las calles del pueblo, cuando todos nos conocíamos y nos saludábamos con respeto. Esa gran familia nigropetense empezó a fracturarse con la llegada de la industria maquiladora y empresas gubernamentales. Sí, trajeron trabajo y desarrollo económico, claro, pero también trajeron una oleada de gente que vino a romper el tejido social: muchos sumaron, claro que si, pero muchos otros llegaron solo a sangrar al pueblo.


Y aun así, Piedras Negras ha sido y será más fuerte que sus problemas. 


Porque la verdadera familia nigropetense no se enriquece del delito ni vive del abuso. No son nigropetenses quienes montan negocios para explotar a los trabajadores y engañar a la gente con prácticas abusivas. No son nigropetenses quienes, con trajes y cargos de gerentes, se dicen “gente de bien” pero pagan sueldos miserables y tratan a sus empleados con abuso y desprecio, no son nigropetenses los politicos corruptos que llegaron a enriquecerse abusando de su poder. Esos son parásitos que nunca serán parte de nuestro pueblo.


La verdadera familia nigropetense todavía saluda mirándote a los ojos. Respeta al bolero, al mesero y al voceador, tratándolos con dignidad. La verdadera familia nigropetense añora la limpieza y tranquilidad de sus calles, defiende su historia y sus costumbres, y no se deja comprar ni gusta de importar costumbres ni maneras de ser de otros lugares. Son auténticos pues. 


Piedras Negras siempre ha exportado gente buena, de eso ni duda cabe. Puede emigrar para buscar una mejor vida para ellos y sus familias, pero nunca olvida el terruño: siempre regresa o sueña con regresar.


Nuestra ciudad sigue siendo tierra de familias honorables, trabajadoras y de bien. Y eso es lo que nos mantiene en pie, pese a politicos y gobernantes corruptos, delincuentes, malvados y oportunistas. 


¡Porque Piedras Negras no se vende, no se arrodilla y no se rinde!

19 de abril de 2026

Mi otra abuelita…

Por: Javier Zacarías 


Mi abuela, por el lado de mi papá, fue una mujer muy seria, de carácter firme, de esos que se forjan entre el polvo y el sol de las tierras zacatecanas… y que después se templó aún más en La Sauceda, donde de desiertos —bien sabemos— también tenemos lo nuestro.

Ella no vivía con nosotros… nosotros vivíamos con ella.


Tras la partida de mi abuelo, mi papá construyó nuestra casa en el patio trasero de la suya, para estar cerca, para cuidarla. Y así, sin darnos mucha cuenta, la vida se volvió compartida: los días, las tardes y hasta los silencios.


Güelita Conchita, como le decíamos mis hermanos y yo, con paciencia —de esa que no presume pero deja huella— me enseñó cosas simples, pero fundamentales para un niño de mi edad. A amarrarme las agujetas (aunque confieso que aún hoy me da mucha flojera), a leer el reloj (aunque muchas veces lo ignore), a rezar y a ir a misa los domingos (¿que les dire?)… y, sobre todo, a algo que hoy pareciera olvidarse: a respetar a los mayores, a hablarles de “usted”, a entender que la educación empieza en los pequeños detalles.


Cinco cuadras y media la separaban de la capilla de La Luz, ahí frente a la Plaza Roma. Ese trayecto, por la calle Sinaloa de la Colonia Roma, lo recorría casi a diario. La recuerdo caminando con sus faldas largas hasta los tobillos, el chongo siempre bien recogido, y aquella chalina negra que se colocaba con respeto al entrar al templo.


Por las tardes, cuando el calor cedía, salía al patio que quedaba entre su casa y la nuestra. Caminaba despacio, como quien conversa con el tiempo. Se tomaba su cuartito de Carta Blanca, encendía un cigarro Fiesta, y dejaba que el aire moviera su cabellera larga, ya salpicada de canas. Esa imagen… se quedó conmigo para siempre.


Fue ella quien sembró en mí el amor por la lectura. En aquellas tardes frías, me leía de un libro de pastas gruesas, ya gastado por los años: Canasta de Cuentos Mexicanos. En sus páginas vivían los pueblos, sus costumbres, su gente… y una sabiduría sencilla, profunda, muy nuestra.


Cuando yo aprendí a leer, los papeles se invirtieron. Entonces era yo quien le leía mientras ella preparaba sus tortillas de harina. Y ahí estaba yo, con el libro en las manos y el antojo en la boca, esperando la primera —de esas recién hechas— con bastante mantequilla.


Pero no fui el único que encontró refugio en su presencia. Mi hermana menor también guarda sus propios recuerdos, íntimos y entrañables. Durante muchos años, dormía con ella los fines de semana, como quien busca cobijo en algo que no se puede explicar. Recuerda que rezaban el rosario todos los días, y aquellas famosas untadas de Vicks para todo —costumbre que, dice, aún conserva.


Se sentaban juntas en su sillón reposet a ver la televisión, una al lado de la otra, en silencio o en plática ligera. A ella le cantaba con su voz suave la misma canción cada tarde “una negrita se enamoró de un joven guapo que le agradó” le leía parábolas de la Biblia y la llevaba de la mano a misa cada domingo.


Y en esas idas a la iglesia también se asoma otro recuerdo familiar, contado con una sonrisa. Mi otra hermana/comadre recuerda que cuando llegaban tarde a misa, simplemente la volvían a empezar hasta el mismo punto en que habían llegado, como si el tiempo se acomodara a su fe. Eran otros tiempos, cuando había misa cada hora… y también recuerda que Güelita siempre quería que la acompañaran, porque —aunque parezca increíble— le tenía miedo a los perros.


Entre esas memorias también hay espacio para la picardía: cuando mi tío David le leía, ella bajaba el volumen de su aparato auditivo… como si eligiera escuchar sólo lo que quería, a su manera.


No era mujer de risas fáciles ni de palabras dulces. No daba abrazos de más ni repartía halagos. Su cariño era distinto: firme, silencioso, constante. Era de disciplina, de consejos rectos y de una fe en Dios que nunca tambaleó. También hay que decirlo: con doce hijos, la vida no daba mucho espacio para la suavidad.


Se fue a los 84 años, como vivió: sin hacer ruido, sin ser carga para nadie. Nunca fue de quejarse, casi no conoció la enfermedad. Murió de repente, haciendo tortillas de harina, mientras mi tío David le leía un pasaje de la Biblia. Siempre decía que así quería partir… y Dios, en su infinita bondad, se lo concedió.


De Güelita Conchita nos quedan recuerdos entrañables. Su entrega a la familia, sus enseñanzas, su ejemplo… y esa fe inquebrantable que aún hoy nos alcanza.


 Estoy seguro que Dios la tiene con El. Así lo quería ella y sus deseos, eran ordenes.

12 de abril de 2026

Le Club…

 


Era viernes —día sagrado— y yo ya estaba mentalmente uniformado para ver a mis adorados Boston Red Sox. El platillo prometía ser de alto nivel, así que decidí acompañarlo como Dios y la parrilla mandan: carnita asada en “Le Club”, con la cofradía beisbolera que nunca falla… o al menos nunca llega puntual.


Antes de instalarme en tan noble causa, hice escala técnica en el OXXO frente a la Macro Plaza para surtir lo indispensable —ya saben, lo básico: hielo, botana… y uno que otro “hidratante espiritual”.


Mientras deambulaba entre pasillos, noté algo en la Macro: una multitud en movimiento. Gente corriendo, trotando, caminando… ¡haciendo ejercicio, pues! Y no cualquier ejercicio, sino ese muy digno, muy público, muy de “mírenme, sí cumplo mis propósitos de año nuevo”.


Vi caras conocidas. Damas y caballeros luciendo sus mejores galas deportivas —outfits que claramente cuestan más que mi dignidad— dando vueltas con disciplina espartana… o al menos con intención.


Debo admitirlo: sentí envidia. Pero de la buena… de esa que no haces nada por cambiar. Porque mientras ellos fortalecían el corazón, yo fortalecía mi relación con la parrilla. Y claro, vino el inevitable golpe de conciencia: “yo antes hacía ejercicio… tres, hasta cuatro veces por semana”. Hoy, en cambio, mi cintura ha decidido emprender su propio proyecto de expansión territorial.


Para calmar esa crisis existencial —breve pero intensa— me prometí solemnemente que en mi próxima visita a “Iglepas” adquiriría mi ajuar deportivo. O, siendo más realistas, que sacaría del cajón aquella camiseta de las Cobras, los tenis de la estrellita y unos pants que ya vieron mejores administraciones. Tampoco es cosa de invertir mucho en algo que sabemos… no va a prosperar.


Pero no todo era admiración. También hubo preocupación. Vi a varios amigos entrañables trotando como si los persiguiera el SAT. Colorados, sudorosos, con la respiración en huelga… yo ya estaba listo para marcar al 911.


—¡Cuidado, muchachos! —pensé—. Ya no hay refacciones para esos modelos…


Y luego, como si el destino quisiera rematar la escena, aparecieron ellas. Sí, las reconocí perfectamente. Las mismas que el día anterior había visto en “La Casita” rindiendo culto a unas empanadas “mágicas… muy mágicas”, rematadas con su capuchino bien francés —porque la elegancia ante todo—. Incluso pidieron “para llevar”… según ellas, “para los muchachos”.


Ahí iban ahora, muy aplicadas, dando vueltas con mirada firme, como si cada paso fuera un abono a la deuda moral contraída con la guayaba y el hojaldre. Porque seamos honestos: en “La Casita” uno siempre sale debiendo… pero feliz.


Salí del OXXO pensativo. No sabía si estaba más preocupado por mis amigos al borde del colapso o por mi propia y cada vez más cómoda relación con el sedentarismo. Prometí analizarlo más tarde.


Porque en ese preciso momento, Oliverio ya tenía la leña lista en “Le Club”, el tequilita “artesanal” cortesía de German estaba respirando, y unas XX —que Bolo, misteriosamente, cada día las hace más sabrosas— me estaban llamando por mi nombre.


La carne asada, como estaba previsto, salió brutal. Las mollejitas, una cosa seria. El pico de gallo, de respeto. Y las tortillas de harina… inflándose como mis buenas intenciones de hacer ejercicio.


Pensándolo bien…

creo que mi nueva vida fitness puede esperar. Total, tampoco es bueno empezar de golpe.

4 de abril de 2026

De ladito m’hijo…


En aquellos tiempos —cuando el hambre era brava y el estómago valiente— uno comía sin culpa y sin calendario.

Ese día no fue la excepción. Le entré con fe a todo lo que se me atravesó: elote, jícama, naranjas, sandía, melón, pepino… todo bañado en chile del que hacía sudar hasta las ideas. Como si el cuerpo fuera de hule y la vida no cobrara facturas.


Ya más tarde, con la panza inflada pero el ánimo intacto, nos fuimos a jugar béisbol —porque en Piedras Negras el rey de los deportes no se discute, se respeta— allá a los campos de Fisher, por la López Mateos.


Tierra, sol, gritos, risas… y esa sensación de que el mundo cabía en nueve entradas mal contadas.


De regreso, como dictaba la ley no escrita del barrio, hicimos la parada obligada en el estanquillo de Don Diego, el papá de la Pily y el Pilón Martínez. Las raspas… ¡ah, las raspas! No eran de este mundo. Eran premio, eran cierre, eran infancia en vaso de plástico. Entre cucharadas y carcajadas se nos iba la tarde, sin saber que esos momentos luego iban a doler… pero de nostalgia.


Llegué a la casa, me bañé y, fiel a la costumbre de no aprender nada, me volví a sentar a cenar como si no hubiera comido en días: huevos, tocino, frijoles refritos con manteca, aguacate, tortillas de harina que no se acababan nunca… y un vaso de leche tamaño veladora Guadalupana, de esos que daban más respeto que sed.


Con la panza llena y el alma tranquila, me fui a la cama. Error.


Porque el cuerpo, sabio y vengativo, no tarda en cobrar.


El primer retorcijón fue como un aviso divino… pero sin misericordia. Me dobló. Me arrancó el primer grito de la noche y dio inicio a ese recorrido eterno entre la cama y el baño, como peregrino sin fe pero con urgencia.


Ahí apareció ella.


Mi mamá. Enfermera titulada por la vida, especialista en todo y experta en nada mas que para dar cariño. Desvelada, preocupada y firme. A su “conse” le dolía la panza por tragón, y eso en casa se atendía como asunto mayor.


Jarabe que sabía a castigo, polvos de empacho de la tía Chabela, sobadas con un ungüento que olía a puro remedio viejo… pero había una receta que estaba por encima de todas:


—Acuéstate de ladito, m’hijo… y se te quita.


Y uno, doblado como alambre viejo, todavía se daba el lujo de dudar.


Pero en esa casa no había muchas opciones.


Te dolía la cabeza… acuéstate de ladito m’hijo.

Andabas engripado… Andale, de ladito.

Te pegabas en el dedo chiquito del pie… ya sabes, de ladito.

¿Mal de amores? ¿Tristeza sin motivo?

Más recio: acurrúquese de ladito m’hijo


Mis hermanos y yo ya ni preguntábamos. Sabíamos que ese iba a ser el remedio oficial.


Ya más grandes, a mi hermano Chavo y a mi, hasta para las crudas nos aplicaba el mismo tratamiento… claro, después de la mirada número tres —esa que atravesaba paredes— y uno que otro coscorrón por llegar a horas donde ni los gallos opinan.


La receta no era de ella nada más. Venía de más atrás… de mi abuela, allá en El Remolino, donde las soluciones eran simples y la fe en ellas, absoluta.


Hoy me toca a mí recetarla. Se las daba a mis hijas cuando algo les dolía y seguramente pasara a mi nieto, aunque en sus ojos alcanzaba a ver la misma incredulidad que yo tenía. Esa mirada de “no puede ser tan simple”…


Y puede que no.


Pero tenía algo.


Porque, quién sabe cómo…

pero sí se nos quitaba.


Y aquí seguimos.


Con panza, con historias… y con recuerdos que todavía, de vez en cuando, nos acomodan el alma…


aunque sea tantito…


de ladito.