31 de mayo de 2026

Se Nos Van…


Cuando falleció mi papá, se fue con él mucho más que un padre. Se fue el último de los hermanos de su familia y, sin darme cuenta, también se fue una biblioteca entera de recuerdos, historias y anécdotas que nadie más conocía con tanto detalle.

Algunas veces solía sentarme con él solamente para escucharlo. Le preguntaba por mis abuelos, por los lugares de donde venían, por las dificultades que enfrentaron para llegar a Piedras Negras, por los trabajos que tuvieron, por las travesuras de sus hermanos, por las alegrías y las tristezas que marcaron a la familia. Y él me lo contaba todo con una emoción que todavía puedo ver en mi memoria. Sus ojos brillaban mientras recordaba. 

Se emocionaba tanto que parecía que volvía a vivir aquellos momentos mientras hablaba. Yo lo disfrutaba.


Cuando murió, me di cuenta de que ya muchas preguntas que tengo se quedaron sin respuesta. Muchas historias que no logró contarme desaparecieron para siempre. Ya no tenía a quién acudir cuando quería conocer un detalle más de su familia.


Algo parecido me ocurrió cuando falleció mamá. Como era la mayor, ella guardaba recuerdos maravillosos. Me platicaba de El Remolino, de aquellos años felices de su niñez, de su infancia, de su juventud, de cómo llegaron a Piedras Negras, de las costumbres de antes, de la gente del pueblo, de sus amigas, de los sacrificios que hicieron nuestros abuelos para sacar adelante a la familia y sobre todo, los momentos alegres y divertidos. Gracias a Dios, yo alcancé a convivir mucho con mis abuelos y guardo recuerdos muy bonitos de ellos, pero aun así, cuando mamá se fue, sentí que también se cerraba otra puerta hacia nuestro pasado.


Y entonces uno comprende algo que duele aceptar: se nos va acabando la familia. Los que conocieron de primera mano las historias, las costumbres, las raíces y los recuerdos más antiguos se van marchando poco a poco. Y con ellos se llevan pedazos de nuestra historia que jamás volverán.


Si todavía tienen la dicha de tener a sus papás o tíos con ustedes, si aún pueden sentarse a platicar con ellos, háganlo muchas veces. Pregúntenles de todo. Rásquenle a los recuerdos. Pregunten por los abuelos, por sus hermanos, por las casas donde vivieron, por las fiestas familiares, por los momentos felices y también, porque no, por los difíciles.


No saben cuánto les gusta a los papás que sus hijos se interesen por sus recuerdos. Cuando uno les pregunta, algo se enciende dentro de ellos. Se emocionan. Brillan. Sonríen. A veces se les humedecen los ojos. Reviven épocas enteras mientras cuentan sus historias.


Y esas conversaciones valen más que cualquier herencia.


Hoy me arrepiento de no haberme sentado más veces con mi papá y con mi mamá. Me hubiera gustado preguntar más, escuchar más, grabar más recuerdos en mi memoria. Me hubiera gustado ver una vez más la emoción de sus rostros mientras contaban aquellas historias que para ellos eran tesoros.


A veces, cuando recuerdo cómo hablaba mis papás de sus hermanos, de sus padres o de aquellos años felices y difíciles, me invade una nostalgia muy profunda. Daría cualquier cosa por sentarme otra vez con ellos aunque fuera unos minutos, solamente para escucharlos platicar.


Porque no era únicamente lo que contaban.

Era cómo lo contaban.

Era ver sus ojos llenos de recuerdos.

Era escuchar el orgullo con que hablaban de los suyos.

Era sentir que, por un momento, los que ya se habían ido regresaban a la vida a través de sus palabras.

Hoy ya nos quedan muy pocas personas que guardan esos recuerdos familiares. 


Ellos son parte de esa generación que todavía conserva historias que nosotros desconocemos.

Aprovéchenlos.

Escúchenlos.

Pregúntenles.

Abrácenlos.


Porque llegará el día en que daremos cualquier cosa por volver a escuchar una de sus anécdotas, una de sus risas o una de sus historias y ya no estarán. 

Y cuando ese día llegue, lo único que nos quedará serán los recuerdos que tuvimos la sabiduría de guardar mientras aún estaban con nosotros.

24 de mayo de 2026

Sigan aplaudiéndoles…

Hay verdades que no se pueden maquillar con espectaculares, bardas pintadas, lonas, ni acarreados por las colonias y cruceros de la ciudad. Y en Coahuila hay una demasiado evidente: ninguno de esos candidatos a diputados locales está peleando realmente por representar a su distrito. Ninguno. Absolutamente ninguno está recorriendo colonias, ejidos y pueblos por amor al servicio público ni por el sueldo que van a recibir durante tres años.

Nomás hay que hacer cuentas hombre!. El obsceno dineral que se gastan en campañas para las diputaciones locales es muchísimo más de lo que oficialmente van a ganar como diputados. 


Entonces, ¿de verdad quieren que la gente crea que lo hacen por vocación? Por favor. Esto esta mas claro que el agua que nos manda SIMAS a los que hogares del pueblo.


La realidad es otra y todos la conocemos. Buscan poder, influencias, negocios, acomodos, futurismo politico y sobre todo, quedar bien con el patrón político en turno. Porque una vez sentados en su curul, el distrito que juraron defender pasa a segundo término. Pruebas hay muchas y acumuladas desde hace mucho tiempo. Ahí ya no importan los campesinos abandonados, las colonias inundadas, los ejidos olvidados, las carreteras destrozadas ni las calles llenas de baches. Ahí lo único importante es levantar el dedo cuando se les ordene.


Es mas; les aseguro que mas de uno de los actuales candidatos a diputados locales pedirán licencia para contender por la presidencia municipal de su pueblo cuando inicien esas elecciones. Y precisamente en esas elecciones, seguirán prometiendo lo que hoy nos prometen ¿Apostamos?


Jamás consultan al pueblo para votar reformas importantes. Jamás regresan a preguntar qué necesita realmente la gente con quienes anduvieron bailando en las colonias. Y todas aquellas promesas de campaña donde juraban gestionar recursos y transformar sus municipios terminan guardadas en el mismo cajón donde descansan las mentiras de cada elección.


Porque si todo lo que prometen fuera cierto, Coahuila sería una potencia mundial. Seríamos mejores que Dinamarca, como decía el payaso de Macuspana que tanto daño le hizo al país con sus discursos de fantasía. Pero no. La realidad está frente a nosotros todos los días: hospitales deficientes, campo abandonado, leyes que ni ellos ni nadie respeta, inseguridad disfrazada de estadísticas bonitas y comunidades enteras sobreviviendo en el olvido.


Y lo más indignante no es solamente el cinismo de muchos políticos que hoy les piden el voto. Lo más triste es ver cómo todavía existen ciudadanos que les aplauden como si fueran héroes. Gente que se emociona porque el candidato le dio la mano, le regaló una gorra, les enjuto una calcomanía en su carro, una despensa, tapas de huevo o un billetito. Personas que regresan orgullosas a su casa porque “el candidato sí me saludó”, como si eso les fuera a arreglar la vida o a pavimentar las calles.


Así nos tienen entretenidos. Con reuniones, con banderines, bailando cumbias en los cruceros y con promesas recicladas cada tres años. Mientras ellos hacen negocios y aseguran su futuro, el ciudadano sigue brincando pozos, practicando deportes en campos miserables, inundadas sus calles, transitando por carreteras peligrosisimas y viendo cómo su comunidad se cae a pedazos.


Y todavía se ofenden cuando uno los critica. Todavía quieren que les agradezcamos. No señores. El pueblo no les debe aplausos. Ustedes le deben resultados al pueblo.


Pero mientras sigamos idolatrando políticos mediocres, mientras sigamos vendiendo el voto por migajas y mientras sigamos creyendo que un saludo del candidato es un honor, las cosas no van a cambiar jamás.


Por eso estamos como estamos. 

Sigan aplaudiéndoles.

17 de mayo de 2026

Paisanos…


Llegan de todas partes de México a nuestro querido Piedras Negras. Vienen cansados, polvorientos, con el rostro quemado por el sol y el alma llena de incertidumbre. Algunos llegan acompañados de su esposa, de sus hijos pequeños o de algún amigo de confianza. Cargan todas sus pertenencias en esas coloridas redes y morrales que parecen guardar mucho más que ropa y comida. Nadie trae maletas; son demasiado pesadas para quien tendrá que caminar largas noches entre el monte, cruzar ríos, esconderse del miedo y desafiar el destino.

En esos morrales no solo llevan mudas de ropa o latas de frijoles. Ahí también van amarrados, como pueden, los sueños, las ilusiones y las esperanzas de una vida mejor. Y eso también pesa… pesa muchísimo.

Traen además el corazón repleto de recuerdos. La nostalgia les brota en silencio cuando piensan en la casita humilde que dejaron atrás, en la parcela reseca, en la madre que se quedó llorando en la puerta, en los hijos que prometieron regresar a abrazar algún día. Esa nostalgia no pueden dejarla aquí; viaja con ellos porque será el único puente invisible que los mantendrá unidos a este México querido que los dejó partir sin pelear por ellos, sin tenderles una mano, sin ofrecerles razones suficientes para quedarse.

Por ahora, la fe es lo único que llevan verdaderamente seguro.

Bajo la sombra de sus sombreros viejos o de sus cachuchas deslavadas se alcanzan a mirar unos ojos que brillan. Brillan de esperanza, sí… pero también de tristeza. Son ojos cansados que ya aprendieron demasiado temprano lo dura que puede ser la vida cuando la pobreza aprieta y los sueños se vuelven urgentes.

Muchos de ellos son gente buena. Gente trabajadora. Gente necesitada que arriesga su vida y la de los suyos buscando algo tan sencillo y tan inmenso como la oportunidad de vivir mejor. Algunos, con rabia contenida y resignación, guardarán por un tiempo la dignidad en el fondo del morral para soportar humillaciones, hambre o desprecios. Triste realidad. Pero, pensándolo bien… ¿acaso aquí mismo no les habíamos pisoteado ya esa dignidad desde hace mucho tiempo?

Algún día habrán de recuperarla completa. Porque el orgullo del mexicano nunca muere; apenas se esconde tantito para sobrevivir.

Amigos… son nuestros paisanos.

Sí, esos hombres y mujeres que vemos esperando pacientemente el momento acordado con el guía para cruzar el Río Bravo, ese río silencioso que divide dos mundos completamente distintos. Son las personas que vemos dormitando en la Central de Autobuses, caminando despacio por la calle Hidalgo o descansando bajo cualquier sombra del Mercado Zaragoza. Son esos mismos a quienes a veces observamos con indiferencia o, peor aún, con desprecio.

Son ellos a quienes muchos policías corruptos les roban lo poco que traen. Son ellos a quienes retiran de las calles porque “dan mala imagen” al mal llamado Centro Histórico de la ciudad. Como si la pobreza fuera delito. Como si el hambre estorbara.

Pero también existen manos buenas.

Existen personas sensibles que todavía entienden el dolor ajeno y ayudan sin esperar aplausos. Ahí está La Casa del Peregrino, refugio humilde pero lleno de humanidad, donde un grupo de mujeres entrega tiempo, comida, cariño y dignidad a quienes más lo necesitan. Vaya desde estas líneas un reconocimiento sincero para esas damas generosas que ayudan sin pedir nada a cambio. Que Dios las bendiga siempre.

“Cuando crucemos p’allá, m’ijo, lo que trabajemos nos lo van a pagar bien pagado… nuestro sudor vale mucho de aquel lado”, le dice un padre a su pequeño mientras comparten unos tacos en el Mercado Zaragoza de Piedras Negras, Coahuila.

Y uno escucha esas palabras y algo se rompe por dentro.

Compran botes vacíos de leche para usarlos como flotadores al cruzar el río y también para cargar agua durante las interminables caminatas por el desierto. Compran “portolas”, latas de frijoles y encendedores porque los cerillos se mojan. Después descansan unos días tratando de recuperar fuerzas, preparándose física y mentalmente para enfrentar el monte, la sed, el miedo y la oscuridad.

Muchos llegarán a su destino.

Otros serán detenidos por la migra.

Y algunos más se quedarán para siempre en el camino, perdidos en aquellas tierras donde fueron a buscar sus sueños.

“Pero fíjese que vale la pena, señor”, me dijo uno de los paisanos con quien platiqué un domingo afuera del negocio de papá.

Sonreía sencillo, como sonríe la gente noble.

“También nos estábamos muriendo aquí en México, ¿que no? A mí ya me han regresado varias veces… las mismas que he vuelto a cruzar porque allá ya está mi familia.”

Luego soltó una pequeña risa y continuó:

“Y le digo algo… los oficiales de la migra siempre se han portado a todo dar con nosotros. Nos dan agua, nos dan comida cuando nos regresan y nos tratan con respeto. Los ‘polecías’ de acá son otra cosa… cuando nos miran, luego luego nos bajan la lana. Condenados… ni parecen de los nuestros.”

Después me contó que iba rumbo a un rancho entre San Antonio y Dallas.

“Allá me espera el patrón… un gringo muy bueno que ya tiene años dándome trabajo y ayudándome con mi familia. Ahí me voy a quedar hasta que arregle y mis muchachos puedan estudiar sin broncas… ora lo verá.”

Después de aquella breve plática, Remigio se fue caminando despacio, fumando tranquilamente.

Y mientras se alejaba calle abajo, cargando su viejo morral al hombro, uno podía imaginar todo lo que llevaba ahí dentro:

los botes…

los frijoles…

las “portolas”…

los recuerdos…

la tristeza…

la esperanza…

y sus sueños.

10 de mayo de 2026

Día de las Madres!…


Hoy, Día de las Madres, es un día para apapacharlas sin medida. Para llevarles flores aunque digan que no era necesario, para sorprenderlas con un regalo sencillo pero lleno de cariño, para cantarles aunque desafinemos y para plantarles un beso en la mejilla mientras las abrazamos tan fuerte que por un instante se nos vaya el aliento a los dos.

Es un día para sentarnos a su lado y escucharlas hablar de siempre: de cuando éramos niños, de las travesuras que jurábamos que nunca descubrirían y de aquellos tiempos en que con muy poco hacían que nuestra vida pareciera abundante y feliz. Porque las mamás tienen ese don maravilloso de convertir la rutina en recuerdo y la pobreza en calor de hogar.

Y para quienes ya no pueden abrazar a su mamá, este día también tiene un significado profundo y eterno. Porque aunque las recordemos todos los días, el Día de las Madres siempre duele y acaricia al mismo tiempo. Duele por la ausencia de esa voz que nos llamaba por nuestro nombre completo cuando estábamos en problemas, de esas manos que curaban cualquier tristeza y de esa mirada que, aun cansada, siempre encontraba fuerzas para nosotros.

Pero también acaricia el alma recordar sus risas, sus ocurrencias, las comidas familiares, el olor a café por las mañanas, las llamadas para preguntar si ya habíamos comido y esas despedidas eternas en la puerta mientras seguían diciendo “cuídate mucho”. Hay personas que nunca se van del todo, y las madres son una de ellas. Permanecen viviendo en nuestras costumbres, en nuestras palabras, en la manera en que queremos a nuestros hijos y hasta en las recetas que intentamos repetir sin que jamás sepan igual.

A todas las mamás que leen mis artículos, que los comparten y los comentan, quiero desearles muchas felicidades desde el mero fondo de mi corazón. Gracias por regalar tiempo, cariño y paciencia en un mundo que a veces olvida reconocer lo valioso de una madre. Ojalá hoy las llenen de abrazos, de llamadas, de risas y de momentos sencillos que mañana se conviertan en recuerdos imborrables.

Se merecen ser felices no solamente hoy, sino los otros 364 días del año. Pero este día tiene algo especial: es el día en que intentamos devolverles, aunque sea un poquito, de todo el amor que nos han dado desde que llegamos a este mundo.

Y para las mamás que ya descansan en la eternidad, reciban nuestro amor infinito. Tal vez hoy las lágrimas aparezcan porque no podremos abrazarlas ni escuchar su voz, pero también sonreiremos al recordar las anécdotas familiares, los regaños que ahora nos dan ternura y los momentos felices que hicieron de nuestra vida un hogar.

Porque una mamá nunca deja de ser mamá. Esté sentada junto a nosotros en la mesa o viva ya solamente en nuestros recuerdos, siempre será refugio, consejo y amor.

Y quizá por eso Dios las bendice de una manera distinta: porque dedicaron su vida entera a cuidar la nuestra.

¡Feliz Día de las Madres!

Felicidades mamá 😞

3 de mayo de 2026

Por los Caminos del Norte…


Hace unos días fui a Saltillo. El viaje de ida lo hice solo, y en ese silencio que sólo regalan las carreteras largas, me reencontré conmigo mismo. Tenía tiempo sin escuchar mis propios pensamientos, sin prisa, sin apuro. Afuera, los paisajes de los pueblos de Coahuila desfilaban como estampas antiguas, como esos cuadros colgados en la casa de los abuelos, llenos de polvo pero también de historias.

Ahí estaba Nava, ahora con sus letras grandes que nos saludan desde lejos, como si supieran que ya casi nadie entra a su plaza. Antes uno se metía al pueblo, pasaba frente a la iglesia, veía las casonas viejas y bajaba la velocidad por respeto y para disfrutar la provincia norteña. Recordaba cuando viajábamos para estudiar que desde la ventana del autobús Anáhuac comprábamos sus famosas y ricas semitas. 

Y luego esta Allende, siempre custodiado por sus palenques, donde las tardes tenían otro ritmo y en la plaza caminaban las muchachas bonitas, como si el tiempo ahí se hubiera detenido. Ahora pasamos de largo dejando atrás la nostalgia.

La carretera 57 ya no es la misma. Ahora esquiva los pueblos como si fueran estorbos y no destinos. Se quedó atrás Morelos, donde uno hacía hambre para llegar al BoriMex o simplemente para tomarse un refresco bien frío en la tienda de Don Boni. También se fue quedando en el recuerdo ese momento en que los vendedores de dulces regionales se acercaban a los carros, con una sonrisa y un “¿va a querer?”. Eran pequeños rituales del camino que hoy ya no existen.

Hoy todo es de un solo tirón. Dejas atrás esos pueblos tranquilos, pacíficos sin darte cuenta y llegas directo hasta la garita del kilómetro 52 y de ahí rumbo a Monclova. La famosa carretera de cuota —esa que promete rapidez pero no siempre cumple— también evita lugares como Nueva Rosita, donde más de una vez probamos sus aguas gaseosas, o Sabinas, tierra de amigos y de historias largas.

Y aunque el camino ahora es más ancho, también se ha vuelto más rudo. El tramo de las termoeléctricas rumbo a Sabinas ya no es aquel paseo tranquilo: los tráileres carboneros, el polvo negro y las líneas borradas por el tiempo convierten el trayecto en algo que exige respeto. Hay caminos que ya no se disfrutan, se sobreviven.

Pasé sin detenerme por el camino que lleva a San José de Aura, y más adelante por la comunidad menonita, a quienes, como tantas veces, prometí mentalmente comprarles queso de regreso. Promesa que, como muchas en carretera, se quedó en el aire. De regreso a Piedras ya no venia solo: mi hermana menor llenó el trayecto de risas, chistes y anécdotas, y entre una carcajada y otra, los kilómetros se fueron sin avisar y pase de largo.

Iba yo en esas cavilaciones cuando apareció Monclova, la siempre llamada “Monclovita la Bella”. Y no pude evitar acordarme de Remedios la Bella, de la novela Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Porque hay lugares que, como ella, viven más en la idea que en la realidad, más en el orgullo de su gente que en lo que ven los ojos.

Crucé Monclova. Calor, polvo, vida dura. De esas ciudades que se defienden todos los días con gente trabajadora y empresarios firmes y sinceros. Luego el eterno tramo en reparación rumbo a Castaños, donde el tiempo parece no avanzar al mismo ritmo que las obras. Y finalmente, la famosa “Y”.

Ahí cambia todo.

Tomar la carretera hacia Saltillo es como encontrar un descanso merecido. El paisaje se abre, el aire cambia, y uno siente —aunque sea por un momento— que dejó atrás el cansancio. En el camino pasé por La Muralla, donde estaba el viejo monumento del oso, golpeado por manos sin respeto, sigue siendo símbolo de lo que somos: capaces de construir, pero también de olvidar.

Y entonces, como si el camino supiera de nostalgias, llegó la lluvia. Primero cerca de la Hacienda de Guadalupe, cargada de historia, y luego en Acatita de Baján, donde fue capturado Miguel Hidalgo. La lluvia ahí no cae igual; cae con memoria.

Siempre me he preguntado qué tiene el cielo de Saltillo. Tal vez no es que esté más cerca, pero se siente distinto. Más ligero. Más amable. Llegar ahí despierta algo, como si uno recordara quién era antes de las prisas, mi prepa, mis amigos, mis recuerdos cargados de añoranzas.

Mientras en Piedras Negras el calor aprieta sin tregua, en Saltillo el viento se cuela fresco, invitando a la sombra, al café y al pan de pulque, ese que sabe a tradición y a tardes sin apuro.

Me gusta Saltillo. Me gustan sus calles, sus edificios, su gente. Pero sobre todo, me gusta lo que provoca: esa sensación de que, aunque el tiempo pase y las carreteras cambien su recorrido, los recuerdos siguen ahí, esperando a que uno vuelva a recorrerlos.