Yo aprovecho casi cualquier situación para escribir un artículo. A veces basta un recuerdo, una conversación, una llamada inesperada o simplemente algo que sucede durante el día para que se despierte alguna historia que llevaba tiempo guardada.
Y precisamente hoy, sábado 19 de Septiembre sucedió algo que me hizo recordar las aventuras que, hace muchos años, compartí con un gran amigo.
Mi amigo era —y sigue siendo— un gran beisbolista. En aquellos años de juventud tenía, además, un muy buen trabajo que le permitía convivir constantemente con gente relacionada con el béisbol.
Él es más joven que yo y, para ser sinceros, mucho mejor jugador de lo que yo fui. Ni duda cabe; él en el argot De mis papás beisbolero era caballo. Pero nos unía algo mucho más importante: el amor por el béisbol.
Después del béisbol venían las reuniones, las guitarras, las canciones, las pláticas y las risas. Cada semana nos encontrábamos en los campos, rodeados de muchos amigos que lo conocieron, que lo apreciaron y que, con el paso de los años, seguimos teniendo contacto con él.
Después la vida cambió.
Mi amigo tuvo que salir de Piedras Negras con su familia. Primero, si mal no recuerdo, se fue a Reynosa y posteriormente regresó a su ciudad de origen, Monterrey, Nuevo León.
Allá continuó jugando. Y siguió destacando en aquello que tanto ama: el béisbol y el softbol.
Me da mucho gusto saber que, a pesar de los años, continúa practicando el deporte que ha sido parte tan importante de su vida.
Pero la historia de mi amigo no quiero contarla yo. Él mismo nos ha platicado muchas veces de su vida y de las circunstancias que le ha tocado enfrentar.
Lo que sí quiero decir es que para mí es un verdadero ejemplo de vida.
Porque todos, en algún momento, pasamos por las buenas y por las malas. La vida tiene caminos fáciles y caminos llenos de baches. Hay momentos en los que todo parece salir bien y otros en los que tenemos que sacar fuerzas de donde creemos que ya no las tenemos.
Y ahí está precisamente el ejemplo de mi amigo: cómo levantarse, seguir adelante y hacerlo con orgullo, con dignidad y pensando siempre en la familia.
Desde hace tiempo acostumbra enviarnos, casi diariamente, mensajes motivacionales que él mismo prepara.
Y quiero aclarar algo: no son mensajes que simplemente copia y pega.
Él los escribe, los piensa y los comparte.
Muchas veces nosotros los recibimos y no contestamos. A veces apenas ponemos una manita, un “OK”, un 👍 o ni siquiera eso.
Pero los leemos.
Y yo pienso que esos mensajes son como una gota de agua que cae constantemente sobre una piedra.
La piedra somos nosotros.
A veces somos duros, distraídos, indiferentes o simplemente estamos demasiado ocupados. Pero la gota, poco a poco, va penetrando. Va dejando huella.
Así son los mensajes de nuestro amigo.
Aunque no contestemos, aunque no hagamos ningún comentario, aunque parezca que pasaron desapercibidos, algo de ellos se queda.
Porque están escritos con buenos pensamientos, con palabras de aliento, con fe y, sobre todo, con el deseo sincero de compartir algo positivo con los demás.
Mi amigo y su señora están muy involucrados en su vida religiosa y en la Iglesia Católica. La fe forma parte importante de su vida y eso también se refleja en muchas de las cosas que comparte con nosotros.
Y hoy ocurrió algo curioso.
Venía yo leyendo precisamente uno de sus mensajes antes de llegar a casa de mi mamá. Como me ha sucedido tantas veces, llevaba el teléfono en la bolsa trasera del pantalón y, sin darme cuenta, se marcó solo.
A mí me pasa constantemente.
Alguna vez le he marcado sin querer a Gaby González, a Mario Jáuregui y a otros amigos. Uno deja abierto un chat, guarda el teléfono en la bolsa y, de repente, ¡ya está haciendo una llamada!
Eso fue exactamente lo que sucedió hoy.
Mi amigo contestó:
—Javier, ¿qué pasó?
Y yo le expliqué:
—¡Nada! Se me marcó solo. Venía leyendo tus mensajes y antes de llegar a casa se me fue la llamada.
Pero bueno; aproveché para saludarlo.
Y entonces le dije algo que quizá debí haberle dicho desde hace mucho tiempo:
“Quiero que sepas que leo tus mensajes. Aunque muchas veces no te contesto, aunque no te ponga ni siquiera una manita de OK, estoy al tanto de lo que nos mandas.”
Y de ahí comenzó una de esas pláticas que solamente pueden tener los amigos que han compartido pasajes de su vida.
Nos mandamos audios, recordamos cosas, platicamos y nos pusimos al día.
Y pensé que qué bonito sería que todos aprovecháramos un poco más las herramientas que tenemos hoy para mantenernos cerca de nuestros amigos y de nuestra familia.
Tenemos WhatsApp, Facebook y tantas otras formas de comunicarnos.
¡Qué diferencia con aquellos años en los que había que escribir una carta!
Una carta para que la leyera mamá.
Una carta larga para la novia y después esperar varios días para recibir la respuesta.
Hoy podemos hablar prácticamente de inmediato.
Podemos mandar una fotografía, un audio, una canción, un recuerdo, una broma o simplemente un:
”¿Cómo estás, amigo?”
Y creo que deberíamos aprovecharlo más.
No para llenar las redes sociales de cosas sin importancia, sino para mantener vivos esos vínculos que la distancia y los años pueden ir debilitando.
Porque al final de cuentas, la tecnología puede acercarnos mucho si sabemos utilizarla.
La historia de mi amigo me hizo pensar en todo esto.
En la vida.
En la familia.
En la amistad.
En la fe.
En los tropiezos que todos tenemos y, sobre todo, en la manera en que debemos levantarnos después de caer.
También me hizo pensar que debemos aprender a valorar esas pequeñas cosas que recibimos todos los días.
Un mensaje.
Una llamada.
Una palabra de aliento.
Un recuerdo.
Una oración.
A veces creemos que no significan mucho, pero quizá para alguien puedan significar bastante.
Por eso hoy quiero agradecer públicamente a mi amigo Juan Francisco Garza.
Gracias, Juan Francisco, por mantenernos en contacto.
Gracias por acordarte de nosotros.
Gracias por compartir constantemente tus pensamientos, tus mensajes y tus palabras de fe.
Gracias por hacerlo con tanto entusiasmo, con tanto cariño y ahora, también, con tanta sabiduría que solamente pueden dar los años y las experiencias vividas.
Y gracias también por enseñarnos, quizá sin proponértelo, que siempre hay una manera de salir adelante.
Te extrañamos acá en Piedras Negras.
Nos has prometido que vas a venir.
Así que ya sabes:
te estamos esperando.
Aquí siguen los amigos, los recuerdos, el béisbol, las guitarras y aquellas historias que alguna vez compartimos.
Porque podrán pasar los años y podremos estar lejos…
pero hay amistades que, cuando son verdaderas, no se van nunca.