Era viernes —día sagrado— y yo ya estaba mentalmente uniformado para ver a mis adorados Boston Red Sox. El platillo prometía ser de alto nivel, así que decidí acompañarlo como Dios y la parrilla mandan: carnita asada en “Le Club”, con la cofradía beisbolera que nunca falla… o al menos nunca llega puntual.
Antes de instalarme en tan noble causa, hice escala técnica en el OXXO frente a la Macro Plaza para surtir lo indispensable —ya saben, lo básico: hielo, botana… y uno que otro “hidratante espiritual”.
Mientras deambulaba entre pasillos, noté algo en la Macro: una multitud en movimiento. Gente corriendo, trotando, caminando… ¡haciendo ejercicio, pues! Y no cualquier ejercicio, sino ese muy digno, muy público, muy de “mírenme, sí cumplo mis propósitos de año nuevo”.
Vi caras conocidas. Damas y caballeros luciendo sus mejores galas deportivas —outfits que claramente cuestan más que mi dignidad— dando vueltas con disciplina espartana… o al menos con intención.
Debo admitirlo: sentí envidia. Pero de la buena… de esa que no haces nada por cambiar. Porque mientras ellos fortalecían el corazón, yo fortalecía mi relación con la parrilla. Y claro, vino el inevitable golpe de conciencia: “yo antes hacía ejercicio… tres, hasta cuatro veces por semana”. Hoy, en cambio, mi cintura ha decidido emprender su propio proyecto de expansión territorial.
Para calmar esa crisis existencial —breve pero intensa— me prometí solemnemente que en mi próxima visita a “Iglepas” adquiriría mi ajuar deportivo. O, siendo más realistas, que sacaría del cajón aquella camiseta de las Cobras, los tenis de la estrellita y unos pants que ya vieron mejores administraciones. Tampoco es cosa de invertir mucho en algo que sabemos… no va a prosperar.
Pero no todo era admiración. También hubo preocupación. Vi a varios amigos entrañables trotando como si los persiguiera el SAT. Colorados, sudorosos, con la respiración en huelga… yo ya estaba listo para marcar al 911.
—¡Cuidado, muchachos! —pensé—. Ya no hay refacciones para esos modelos…
Y luego, como si el destino quisiera rematar la escena, aparecieron ellas. Sí, las reconocí perfectamente. Las mismas que el día anterior había visto en “La Casita” rindiendo culto a unas empanadas “mágicas… muy mágicas”, rematadas con su capuchino bien francés —porque la elegancia ante todo—. Incluso pidieron “para llevar”… según ellas, “para los muchachos”.
Ahí iban ahora, muy aplicadas, dando vueltas con mirada firme, como si cada paso fuera un abono a la deuda moral contraída con la guayaba y el hojaldre. Porque seamos honestos: en “La Casita” uno siempre sale debiendo… pero feliz.
Salí del OXXO pensativo. No sabía si estaba más preocupado por mis amigos al borde del colapso o por mi propia y cada vez más cómoda relación con el sedentarismo. Prometí analizarlo más tarde.
Porque en ese preciso momento, Oliverio ya tenía la leña lista en “Le Club”, el tequilita “artesanal” cortesía de German estaba respirando, y unas XX —que Bolo, misteriosamente, cada día las hace más sabrosas— me estaban llamando por mi nombre.
La carne asada, como estaba previsto, salió brutal. Las mollejitas, una cosa seria. El pico de gallo, de respeto. Y las tortillas de harina… inflándose como mis buenas intenciones de hacer ejercicio.
Pensándolo bien…
creo que mi nueva vida fitness puede esperar. Total, tampoco es bueno empezar de golpe.