No nos conformamos con que, en cada entrevista, la respuesta a cualquier crítica o exigencia ciudadana sea siempre la misma: “Coahuila es el estado más seguro de la República”. Eso no puede ser el único argumento para justificar carencias, pedir votos o evadir responsabilidades.
Reconocemos que la seguridad es un logro sumamente importante y valoramos el esfuerzo realizado para conservarla. Pero no puede convertirse en el argumento que pretenda justificar todas las demás deficiencias del estado.
La seguridad no es un favor político ni una concesión del gobierno. Es una obligación constitucional y un derecho fundamental de todos los ciudadanos.
Mientras se presume un estado seguro, seguimos transitando por carreteras destruidas, peligrosas y abandonadas. La carretera federal 57, una de las vías más importantes de México y columna vertebral del norte del país, presenta tramos en condiciones lamentables. Lo mismo ocurre con la carretera estatal número 2, entre Acuña y Nuevo Laredo. Baches, basura acumulada, pavimento deteriorado, señalización deficiente y retenes que prolongan innecesariamente los traslados forman parte de la realidad cotidiana que enfrentan miles de coahuilenses.
Lo más preocupante es que esta situación no es nueva. En cada campaña electoral —para diputados locales, federales, alcaldes o gobernadores— escuchamos las mismas promesas: modernizar las carreteras, ampliarlas y convertirlas en vías más seguras y eficientes. Sin embargo, pasan los años y esas promesas siguen sin cumplirse. Lo saben quienes hoy ocupan un cargo de elección popular. Lo saben los alcaldes, los diputados, los funcionarios estatales y, por supuesto, también lo sabe usted, señor Gobernador.
Tal vez esa realidad no se aprecia desde un avión oficial o desde una caravana de vehículos escoltados. Pero sí la conoce quien diariamente conduce de noche para regresar a casa, quien trabaja en carretera o quien viaja con su familia con el temor permanente de caer en un bache, sufrir una avería o verse involucrado en un accidente.
Por eso lo invito, respetuosamente, a recorrer por tierra el trayecto de Piedras Negras a Monclova o de Acuña a Nuevo Laredo. Hágalo de noche, sin actos protocolarios, sin discursos y sin fotografías. Hágalo como cualquier ciudadano. Estoy seguro de que esa experiencia le permitirá comprender mejor una realidad que miles de coahuilenses viven todos los días.
Y tampoco podemos ignorar lo ocurrido recientemente en Piedras Negras. Las inundaciones volvieron a demostrar que el problema requiere algo más que declaraciones y entregas de despensas. Se necesita inversión, planeación y obras de ingeniería que atiendan de fondo el desazolve y la conducción de los arroyos que año con año ponen en riesgo el patrimonio y la tranquilidad de miles de familias.
Los ciudadanos esperamos que el Gobierno del Estado y el Gobierno Municipal dejen a un lado sus diferencias políticas y trabajen coordinadamente. La ciudadanía no puede seguir pagando las consecuencias de desencuentros entre autoridades.
Cuando dos gobiernos se enfrentan, quienes terminan perdiendo son siempre los ciudadanos.
Los habitantes de Piedras Negras merecen la misma atención, el mismo respeto y el mismo compromiso que cualquier otra región del estado.
Porque no, señor Gobernador: no nos conformamos únicamente con vivir en un estado seguro. Aspiramos a carreteras dignas, infraestructura moderna, servicios públicos eficientes y gobiernos capaces de escuchar, corregir y resolver.
Los ciudadanos no pedimos privilegios.
Exigimos, simplemente, el cumplimiento de las responsabilidades para las que fueron elegidos.
Porque el buen gobierno no se mide únicamente por aquello que presume, sino por los problemas que decide resolver. Y Coahuila merece mucho más que un solo argumento repetido una y otra vez. Merece resultados.
Piedras Negras, también es Coahuila.