19 de septiembre de 2026

Una llamada inesperada…

Yo aprovecho casi cualquier situación para escribir un artículo. A veces basta un recuerdo, una conversación, una llamada inesperada o simplemente algo que sucede durante el día para que se despierte alguna historia que llevaba tiempo guardada.


Y precisamente hoy, sábado 19 de Septiembre sucedió algo que me hizo recordar las aventuras que, hace muchos años, compartí con un gran amigo.


Mi amigo era —y sigue siendo— un gran beisbolista. En aquellos años de juventud tenía, además, un muy buen trabajo que le permitía convivir constantemente con gente relacionada con el béisbol.


Él es más joven que yo y, para ser sinceros, mucho mejor jugador de lo que yo fui. Ni duda cabe; él en el argot De mis papás beisbolero era caballo. Pero nos unía algo mucho más importante: el amor por el béisbol.


Después del béisbol venían las reuniones, las guitarras, las canciones, las pláticas y las risas. Cada semana nos encontrábamos en los campos, rodeados de muchos amigos que lo conocieron, que lo apreciaron y que, con el paso de los años, seguimos teniendo contacto con él.


Después la vida cambió.


Mi amigo tuvo que salir de Piedras Negras con su familia. Primero, si mal no recuerdo, se fue a Reynosa y posteriormente regresó a su ciudad de origen, Monterrey, Nuevo León.


Allá continuó jugando. Y siguió destacando en aquello que tanto ama: el béisbol y el softbol.


Me da mucho gusto saber que, a pesar de los años, continúa practicando el deporte que ha sido parte tan importante de su vida.


Pero la historia de mi amigo no quiero contarla yo. Él mismo nos ha platicado muchas veces de su vida y de las circunstancias que le ha tocado enfrentar.


Lo que sí quiero decir es que para mí es un verdadero ejemplo de vida.


Porque todos, en algún momento, pasamos por las buenas y por las malas. La vida tiene caminos fáciles y caminos llenos de baches. Hay momentos en los que todo parece salir bien y otros en los que tenemos que sacar fuerzas de donde creemos que ya no las tenemos.


Y ahí está precisamente el ejemplo de mi amigo: cómo levantarse, seguir adelante y hacerlo con orgullo, con dignidad y pensando siempre en la familia.


Desde hace tiempo acostumbra enviarnos, casi diariamente, mensajes motivacionales que él mismo prepara.


Y quiero aclarar algo: no son mensajes que simplemente copia y pega.


Él los escribe, los piensa y los comparte.


Muchas veces nosotros los recibimos y no contestamos. A veces apenas ponemos una manita, un “OK”, un 👍 o ni siquiera eso.


Pero los leemos.


Y yo pienso que esos mensajes son como una gota de agua que cae constantemente sobre una piedra.


La piedra somos nosotros.


A veces somos duros, distraídos, indiferentes o simplemente estamos demasiado ocupados. Pero la gota, poco a poco, va penetrando. Va dejando huella.


Así son los mensajes de nuestro amigo.


Aunque no contestemos, aunque no hagamos ningún comentario, aunque parezca que pasaron desapercibidos, algo de ellos se queda.


Porque están escritos con buenos pensamientos, con palabras de aliento, con fe y, sobre todo, con el deseo sincero de compartir algo positivo con los demás.


Mi amigo y su señora están muy involucrados en su vida religiosa y en la Iglesia Católica. La fe forma parte importante de su vida y eso también se refleja en muchas de las cosas que comparte con nosotros.


Y hoy ocurrió algo curioso.


Venía yo leyendo precisamente uno de sus mensajes antes de llegar a casa de mi mamá. Como me ha sucedido tantas veces, llevaba el teléfono en la bolsa trasera del pantalón y, sin darme cuenta, se marcó solo.


A mí me pasa constantemente.


Alguna vez le he marcado sin querer a Gaby González, a Mario Jáuregui y a otros amigos. Uno deja abierto un chat, guarda el teléfono en la bolsa y, de repente, ¡ya está haciendo una llamada!


Eso fue exactamente lo que sucedió hoy.


Mi amigo contestó:


—Javier, ¿qué pasó?


Y yo le expliqué:


—¡Nada! Se me marcó solo. Venía leyendo tus mensajes y antes de llegar a casa se me fue la llamada.


Pero bueno; aproveché para saludarlo.


Y entonces le dije algo que quizá debí haberle dicho desde hace mucho tiempo:


“Quiero que sepas que leo tus mensajes. Aunque muchas veces no te contesto, aunque no te ponga ni siquiera una manita de OK, estoy al tanto de lo que nos mandas.”


Y de ahí comenzó una de esas pláticas que solamente pueden tener los amigos que han compartido pasajes de su vida.


Nos mandamos audios, recordamos cosas, platicamos y nos pusimos al día.


Y pensé que qué bonito sería que todos aprovecháramos un poco más las herramientas que tenemos hoy para mantenernos cerca de nuestros amigos y de nuestra familia.


Tenemos WhatsApp, Facebook y tantas otras formas de comunicarnos.


¡Qué diferencia con aquellos años en los que había que escribir una carta!


Una carta para que la leyera mamá.


Una carta larga para la novia y después esperar varios días para recibir la respuesta.


Hoy podemos hablar prácticamente de inmediato.


Podemos mandar una fotografía, un audio, una canción, un recuerdo, una broma o simplemente un:


”¿Cómo estás, amigo?”


Y creo que deberíamos aprovecharlo más.


No para llenar las redes sociales de cosas sin importancia, sino para mantener vivos esos vínculos que la distancia y los años pueden ir debilitando.


Porque al final de cuentas, la tecnología puede acercarnos mucho si sabemos utilizarla.


La historia de mi amigo me hizo pensar en todo esto.


En la vida.


En la familia.


En la amistad.


En la fe.


En los tropiezos que todos tenemos y, sobre todo, en la manera en que debemos levantarnos después de caer.


También me hizo pensar que debemos aprender a valorar esas pequeñas cosas que recibimos todos los días.


Un mensaje.


Una llamada.


Una palabra de aliento.


Un recuerdo.


Una oración.


A veces creemos que no significan mucho, pero quizá para alguien puedan significar bastante.


Por eso hoy quiero agradecer públicamente a mi amigo Juan Francisco Garza.


Gracias, Juan Francisco, por mantenernos en contacto.


Gracias por acordarte de nosotros.


Gracias por compartir constantemente tus pensamientos, tus mensajes y tus palabras de fe.


Gracias por hacerlo con tanto entusiasmo, con tanto cariño y ahora, también, con tanta sabiduría que solamente pueden dar los años y las experiencias vividas.


Y gracias también por enseñarnos, quizá sin proponértelo, que siempre hay una manera de salir adelante.


Te extrañamos acá en Piedras Negras.


Nos has prometido que vas a venir.


Así que ya sabes:


te estamos esperando.


Aquí siguen los amigos, los recuerdos, el béisbol, las guitarras y aquellas historias que alguna vez compartimos.


Porque podrán pasar los años y podremos estar lejos…


pero hay amistades que, cuando son verdaderas, no se van nunca.

17 de septiembre de 2026

Así no se celebran unas Fiestas Patrias...

Las fiestas patrias son, antes que nada, una celebración familiar. Son días para reunirnos, para convivir, para recordar nuestra historia y, sobre todo, para transmitir a nuestros hijos y nietos el orgullo de ser mexicanos y el respeto por nuestra cultura y nuestras tradiciones.

Por eso mismo, considero que la autoridad tiene una responsabilidad muy importante: contribuir con todo su esfuerzo a que estas celebraciones sean dignas, alegres, seguras y, principalmente, familiares.


No se trata de cuestionar los gustos musicales de nadie. Cada quien es libre de escuchar y disfrutar la música que prefiera, y eso merece todo mi respeto. Se trata de entender que hay momentos, lugares y ocasiones para cada cosa.


Cuando un gobierno organiza una celebración con recursos públicos, y especialmente cuando se trata de las fiestas patrias, considero que debe procurar presentar espectáculos que enaltezcan nuestra cultura y nuestras tradiciones. Hay extraordinarios artistas del género ranchero, norteño y de tantos otros géneros de nuestra música popular que pueden ofrecer un espectáculo digno, alegre y apropiado para que lo disfrute una familia completa.


Lo que no me parece correcto —y lo digo con respeto, pero también con absoluta claridad— es que en una celebración de esta naturaleza se contrate a un artista cuyo espectáculo se caracteriza por el uso constante de lenguaje vulgar, expresiones ofensivas, gritos y palabras que resultan completamente inapropiadas para un evento al que acuden niños, mujeres, adultos mayores y familias enteras.


Y aquí es donde manifiesto mi molestia.


No creo que eso sea exaltar nuestras fiestas patrias. Creo, por el contrario, que las demerita.


En Piedras Negras tenemos una enorme tradición familiar. Somos una comunidad que sabe celebrar, que sabe divertirse y que tiene una identidad propia. No necesitamos recurrir a expresiones vulgares para hacer una fiesta alegre ni necesitamos confundir libertad de expresión con falta de respeto hacia quienes están escuchando.


Por supuesto que habrá personas a quienes les guste ese artista y ese tipo de música. Se respeta. También habrá quienes consideren que su lenguaje forma parte de su espectáculo. Se respeta igualmente.


Pero una cosa es que un artista utilice determinado lenguaje en un lugar donde su público voluntariamente acude a escucharlo, y otra muy distinta es que ese espectáculo sea presentado en una celebración pública, familiar y financiada con los impuestos de los ciudadanos.


Y me pregunto algo muy sencillo:


¿Realmente quienes decidieron contratarlo pensaron en las familias que estarían presentes? ¿Pensaron en los niños? ¿En nuestros adultos mayores? ¿En las damas que acudieron con sus familias? ¿Consideraron que aquello que puede resultar gracioso o divertido para algunos puede resultar ofensivo y desagradable para muchos otros?


Y más aún: quienes defienden ese lenguaje, ¿estarían igualmente de acuerdo en que sus propias madres, padres, esposas, hermanas, hijos y nietos estuvieran durante horas escuchando ese tipo de expresiones?


No lo pregunto para ofender a nadie. Lo pregunto porque la congruencia también debe formar parte del servicio público.


He apoyado y reconocido decisiones tomadas por esta administración municipal cuando considero que han sido acertadas. No tengo ningún inconveniente en reconocer lo que está bien cuando así lo considero.


Precisamente por eso, cuando algo me parece incorrecto, tampoco tengo por qué callarlo.


En este caso, rechazo totalmente la decisión de haber contratado un espectáculo de esas características para una celebración que debía ser, ante todo, familiar y representativa de nuestra identidad como mexicanos.


El dinero utilizado para organizar estas fiestas no pertenece a quienes gobiernan. Es dinero de los ciudadanos. Y cuando se utiliza dinero público, también debe existir responsabilidad para decidir qué clase de espectáculo se ofrece y ante qué público se presenta.


Las fiestas patrias deberían dejarnos orgullo, alegría y buenos recuerdos.


Nuestros hijos y nuestros nietos deberían recordar el Grito de Independencia por nuestra bandera, por nuestra música, por nuestra historia, por la convivencia con sus familias y por la alegría de ser mexicanos.


No por las palabras vulgares, los gritos y las expresiones ofensivas de un artista.


Se puede celebrar con alegría sin perder el respeto.

Se puede divertir a la gente sin recurrir a la vulgaridad.

Y se puede hacer una gran fiesta sin olvidar que, antes que nada, estamos celebrando a México.


Esa es mi opinión, expresada con respeto, pero también con la molestia que me provoca ver que una fecha tan nuestra, tan mexicana y tan familiar, pueda ser demeritada por una decisión que, sinceramente, considero desafortunada.