Al ver esas imágenes, no pude evitar sentir una profunda pena ajena. Me recordaron episodios locales muy similares: padres de familia que, en vez de ser apoyo, se convierten en una carga emocional para sus hijos. Los regaños desde la banda, los gritos cuando se comete un error o no se hace “la jugada correcta”, hacen que esos niños prefieran que sus papás no vayan a los juegos. No por falta de cariño, sino para evitar la vergüenza y la burla de sus compañeros.
En los campos de fútbol americano, béisbol o soccer de Piedras Negras, esto se ve con frecuencia. Padres que sufren los partidos como si fueran finales del Super Bowl, perdiendo la noción de lo importante: que sus hijos están ahí para divertirse, para aprender, para crecer. Y si se vieran en video… seguramente les daría vergüenza.
¿Han presenciado lo que ocurre entre los papás de los equipos de fútbol americano o cualquier deporte en nuestra ciudad? Algunos hasta se han peleado entre ellos, han roto amistades de años solo porque sus hijos juegan en equipos distintos. Lo irónico es que los muchachos, después del juego, se juntan como si nada en la fiesta de algún amigo, mientras los adultos siguen en un pleito eterno . Sí, mientras los papás se andan jalando los pelos, los chavos andan abrazados riéndose de los “osos” que hacen sus propios padres en las gradas.
Hace poco quise ver con mis propios ojos si las cosas habían cambiado. Fui a los campos de fútbol y béisbol infantil y confirmo: no ha cambiado nada. Sin importar el nivel social, los padres gritones y ofensivos abundan por igual. Lanzan insultos desde la banda, desahogan sus frustraciones en sus propios hijos por un pase mal dado o un gol fallado. Y eso, lo único que hace, es dañar la experiencia del niño.
He llegado a la conclusión de que esos padres que gritan hasta la ofensa, lo hacen porque se asoma en ellos la frustración de haber sido deportistas mediocres… o de nunca haberse animado a intentarlo.
Que no se malentienda: la presencia de los padres en las actividades de sus hijos es fundamental. Ver en las gradas a mamá o papá es algo que ningún niño olvida. Su presencia en un partido, una función de teatro o una presentación escolar, es clave en su desarrollo emocional. Pero ojo: la presencia debe ser de apoyo, no de presión. De aliento, no de crítica.
Hay ejemplos admirables en nuestra ciudad. El ingeniero Mario De la Cabada supo inculcarles a sus hijos el deporte con respeto, cariño y visión. Para muchos como él, el deporte es más que una competencia: era formación personal, salud mental, y sobre todo, trabajo en equipo. Y por lo que hoy veo en sus hijos, no se equivocó. Otros ejemplos valiosos fue el de Lalo Riddle con sus hijos, o el de mi tío Héctor Menchaca con mis primos y seguramente hay muchos más padres presentes, pero sin protagonismo. Acompañando, no dirigiendo.
Así que la próxima vez que uno de sus hijos lo invite a un evento, acuda. Vaya como lo que es: un espectador orgulloso. Disfrútelo como si fuera el último partido, la última función o el último torneo al que va a asistir. Haga sentir a su hijo que lo apoya con su presencia y sus palabras sinceras de aliento.
No lo critique. Usted no es su coach.
Usted es su papá.
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