19 de abril de 2026

Mi otra abuelita…

Por: Javier Zacarías 


Mi abuela, por el lado de mi papá, fue una mujer muy seria, de carácter firme, de esos que se forjan entre el polvo y el sol de las tierras zacatecanas… y que después se templó aún más en La Sauceda, donde de desiertos —bien sabemos— también tenemos lo nuestro.

Ella no vivía con nosotros… nosotros vivíamos con ella.


Tras la partida de mi abuelo, mi papá construyó nuestra casa en el patio trasero de la suya, para estar cerca, para cuidarla. Y así, sin darnos mucha cuenta, la vida se volvió compartida: los días, las tardes y hasta los silencios.


Güelita Conchita, como le decíamos mis hermanos y yo, con paciencia —de esa que no presume pero deja huella— me enseñó cosas simples, pero fundamentales para un niño de mi edad. A amarrarme las agujetas (aunque confieso que aún hoy me da mucha flojera), a leer el reloj (aunque muchas veces lo ignore), a rezar y a ir a misa los domingos (¿que les dire?)… y, sobre todo, a algo que hoy pareciera olvidarse: a respetar a los mayores, a hablarles de “usted”, a entender que la educación empieza en los pequeños detalles.


Cinco cuadras y media la separaban de la capilla de La Luz, ahí frente a la Plaza Roma. Ese trayecto, por la calle Sinaloa de la Colonia Roma, lo recorría casi a diario. La recuerdo caminando con sus faldas largas hasta los tobillos, el chongo siempre bien recogido, y aquella chalina negra que se colocaba con respeto al entrar al templo.


Por las tardes, cuando el calor cedía, salía al patio que quedaba entre su casa y la nuestra. Caminaba despacio, como quien conversa con el tiempo. Se tomaba su cuartito de Carta Blanca, encendía un cigarro Fiesta, y dejaba que el aire moviera su cabellera larga, ya salpicada de canas. Esa imagen… se quedó conmigo para siempre.


Fue ella quien sembró en mí el amor por la lectura. En aquellas tardes frías, me leía de un libro de pastas gruesas, ya gastado por los años: Canasta de Cuentos Mexicanos. En sus páginas vivían los pueblos, sus costumbres, su gente… y una sabiduría sencilla, profunda, muy nuestra.


Cuando yo aprendí a leer, los papeles se invirtieron. Entonces era yo quien le leía mientras ella preparaba sus tortillas de harina. Y ahí estaba yo, con el libro en las manos y el antojo en la boca, esperando la primera —de esas recién hechas— con bastante mantequilla.


Pero no fui el único que encontró refugio en su presencia. Mi hermana menor también guarda sus propios recuerdos, íntimos y entrañables. Durante muchos años, dormía con ella los fines de semana, como quien busca cobijo en algo que no se puede explicar. Recuerda que rezaban el rosario todos los días, y aquellas famosas untadas de Vicks para todo —costumbre que, dice, aún conserva.


Se sentaban juntas en su sillón reposet a ver la televisión, una al lado de la otra, en silencio o en plática ligera. A ella le cantaba con su voz suave la misma canción cada tarde “una negrita se enamoró de un joven guapo que le agradó” le leía parábolas de la Biblia y la llevaba de la mano a misa cada domingo.


Y en esas idas a la iglesia también se asoma otro recuerdo familiar, contado con una sonrisa. Mi otra hermana/comadre recuerda que cuando llegaban tarde a misa, simplemente la volvían a empezar hasta el mismo punto en que habían llegado, como si el tiempo se acomodara a su fe. Eran otros tiempos, cuando había misa cada hora… y también recuerda que Güelita siempre quería que la acompañaran, porque —aunque parezca increíble— le tenía miedo a los perros.


Entre esas memorias también hay espacio para la picardía: cuando mi tío David le leía, ella bajaba el volumen de su aparato auditivo… como si eligiera escuchar sólo lo que quería, a su manera.


No era mujer de risas fáciles ni de palabras dulces. No daba abrazos de más ni repartía halagos. Su cariño era distinto: firme, silencioso, constante. Era de disciplina, de consejos rectos y de una fe en Dios que nunca tambaleó. También hay que decirlo: con doce hijos, la vida no daba mucho espacio para la suavidad.


Se fue a los 84 años, como vivió: sin hacer ruido, sin ser carga para nadie. Nunca fue de quejarse, casi no conoció la enfermedad. Murió de repente, haciendo tortillas de harina, mientras mi tío David le leía un pasaje de la Biblia. Siempre decía que así quería partir… y Dios, en su infinita bondad, se lo concedió.


De Güelita Conchita nos quedan recuerdos entrañables. Su entrega a la familia, sus enseñanzas, su ejemplo… y esa fe inquebrantable que aún hoy nos alcanza.


 Estoy seguro que Dios la tiene con El. Así lo quería ella y sus deseos, eran ordenes.

No hay comentarios.: