Hace unos días fui a Saltillo. El viaje de ida lo hice solo, y en ese silencio que sólo regalan las carreteras largas, me reencontré conmigo mismo. Tenía tiempo sin escuchar mis propios pensamientos, sin prisa, sin apuro. Afuera, los paisajes de los pueblos de Coahuila desfilaban como estampas antiguas, como esos cuadros colgados en la casa de los abuelos, llenos de polvo pero también de historias.
Ahí estaba Nava, ahora con sus letras grandes que nos saludan desde lejos, como si supieran que ya casi nadie entra a su plaza. Antes uno se metía al pueblo, pasaba frente a la iglesia, veía las casonas viejas y bajaba la velocidad por respeto y para disfrutar la provincia norteña. Recordaba cuando viajábamos para estudiar que desde la ventana del autobús Anáhuac comprábamos sus famosas y ricas semitas.
Y luego esta Allende, siempre custodiado por sus palenques, donde las tardes tenían otro ritmo y en la plaza caminaban las muchachas bonitas, como si el tiempo ahí se hubiera detenido. Ahora pasamos de largo dejando atrás la nostalgia.
La carretera 57 ya no es la misma. Ahora esquiva los pueblos como si fueran estorbos y no destinos. Se quedó atrás Morelos, donde uno hacía hambre para llegar al BoriMex o simplemente para tomarse un refresco bien frío en la tienda de Don Boni. También se fue quedando en el recuerdo ese momento en que los vendedores de dulces regionales se acercaban a los carros, con una sonrisa y un “¿va a querer?”. Eran pequeños rituales del camino que hoy ya no existen.
Hoy todo es de un solo tirón. Dejas atrás esos pueblos tranquilos, pacíficos sin darte cuenta y llegas directo hasta la garita del kilómetro 52 y de ahí rumbo a Monclova. La famosa carretera de cuota —esa que promete rapidez pero no siempre cumple— también evita lugares como Nueva Rosita, donde más de una vez probamos sus aguas gaseosas, o Sabinas, tierra de amigos y de historias largas.
Y aunque el camino ahora es más ancho, también se ha vuelto más rudo. El tramo de las termoeléctricas rumbo a Sabinas ya no es aquel paseo tranquilo: los tráileres carboneros, el polvo negro y las líneas borradas por el tiempo convierten el trayecto en algo que exige respeto. Hay caminos que ya no se disfrutan, se sobreviven.
Pasé sin detenerme por el camino que lleva a San José de Aura, y más adelante por la comunidad menonita, a quienes, como tantas veces, prometí mentalmente comprarles queso de regreso. Promesa que, como muchas en carretera, se quedó en el aire. De regreso a Piedras ya no venia solo: mi hermana menor llenó el trayecto de risas, chistes y anécdotas, y entre una carcajada y otra, los kilómetros se fueron sin avisar y pase de largo.
Iba yo en esas cavilaciones cuando apareció Monclova, la siempre llamada “Monclovita la Bella”. Y no pude evitar acordarme de Remedios la Bella, de la novela Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Porque hay lugares que, como ella, viven más en la idea que en la realidad, más en el orgullo de su gente que en lo que ven los ojos.
Crucé Monclova. Calor, polvo, vida dura. De esas ciudades que se defienden todos los días con gente trabajadora y empresarios firmes y sinceros. Luego el eterno tramo en reparación rumbo a Castaños, donde el tiempo parece no avanzar al mismo ritmo que las obras. Y finalmente, la famosa “Y”.
Ahí cambia todo.
Tomar la carretera hacia Saltillo es como encontrar un descanso merecido. El paisaje se abre, el aire cambia, y uno siente —aunque sea por un momento— que dejó atrás el cansancio. En el camino pasé por La Muralla, donde el viejo monumento del oso, golpeado por manos sin respeto, sigue siendo símbolo de lo que somos: capaces de construir, pero también de olvidar.
Y entonces, como si el camino supiera de nostalgias, llegó la lluvia. Primero cerca de la Hacienda de Guadalupe, cargada de historia, y luego en Acatita de Baján, donde fue capturado Miguel Hidalgo. La lluvia ahí no cae igual; cae con memoria.
Siempre me he preguntado qué tiene el cielo de Saltillo. Tal vez no es que esté más cerca, pero se siente distinto. Más ligero. Más amable. Llegar ahí despierta algo, como si uno recordara quién era antes de las prisas, mi prepa, mis amigos, mis recuerdos cargados de añoranzas.
Mientras en Piedras Negras el calor aprieta sin tregua, en Saltillo el viento se cuela fresco, invitando a la sombra, al café y al pan de pulque, ese que sabe a tradición y a tardes sin apuro.
Me gusta Saltillo. Me gustan sus calles, sus edificios, su gente. Pero sobre todo, me gusta lo que provoca: esa sensación de que, aunque el tiempo pase y las carreteras cambien su recorrido, los recuerdos siguen ahí, esperando a que uno vuelva a recorrerlos.
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