Tengo muy bonitos recuerdos del consejo que don Rodolfo de los Santos me dio un día cuando yo era apenas un niño y mi papá me encomendaba una de las tareas más importantes de la frutería: la cobranza.
Don Rodolfo fue cliente de mi papá prácticamente desde que nació la Frutería. Además de surtir al Restaurant Moderno, también abastecíamos al Seguro Social, al Restaurante Don Cruz, a Las Rocas, al Cafe Zocalo de Don Gaspar Gonzalez y a muchos otros negocios de Piedras Negras que recibían frutas, verduras y mercancía a crédito.
Cada semana, o cada quince días, según el acuerdo, había que pasar a recoger los pagos.
¿Y quién creen que se había sacado la rifa?
Pues yo.
Nunca supe por qué mi papá casi siempre me escogía para esa responsabilidad. Tal vez quería que aprendiera a tratar con la gente; quizá buscaba que perdiera el miedo a hablar con los adultos o simplemente deseaba que fuera conociendo, desde muy pequeño, el mundo del comercio que él había construido con tanto esfuerzo.
Y hay algo que debo reconocer.
Nunca he sido un hombre de mucha paciencia. De niño menos. Como cualquier muchacho de diez u once años, cometía errores propios de mi edad, de mi inmadurez y de mis prisas.
Pero tuve la enorme fortuna de cruzarme con personas que, en vez de exhibir mis equivocaciones o hacerme sentir mal, se tomaban unos minutos para corregirme con respeto y enseñarme.
Uno de ellos fue don Rodolfo.
Recuerdo perfectamente aquella tarde.
Entré al Restaurant Moderno por la puerta de la calle Allende. Sería la una o las dos de la tarde, cuando el restaurante estaba lleno de comensales. Don Rodolfo conversaba animadamente con varias personas; quizá eran amigos, quizá clientes.
Yo llegué con mis notas de cobro en la mano y, con la imprudencia natural de un niño, me acerqué hasta su mesa y le dije, sin más:
—Vengo a cobrarle, don Rodolfo.
Las personas que estaban con él voltearon a verme sorprendidas. Algunos sonrieron con cierta picardía; otros hicieron gestos como diciendo: “Ándele, páguele al muchacho.”
Pero don Rodolfo jamás perdió la serenidad.
Con esa tranquilidad que siempre lo distinguió, simplemente me respondió:
—Pásate a la caja; ahorita te atienden.
Aquella caja del Restaurant Moderno era muy especial. Tenía una hermosa mampara de madera con delicados detalles en color crema. Desde ahí podía observarse perfectamente todo el restaurante, mientras que desde las mesas nadie alcanzaba a ver el interior de la oficina.
Y qué decir del Restaurant Moderno…
Quienes tuvimos la fortuna de conocerlo sabemos que no era solamente un restaurante. Era uno de esos lugares que terminaron formando parte de la historia sentimental de Piedras Negras. Ahí se celebraban reuniones familiares, se cerraban negocios, se hacían amistades y se escribían, sin saberlo, pequeños capítulos de la vida de nuestra ciudad.
A los pocos minutos llegó don Rodolfo.
Se acercó, me puso la mano sobre el hombro, casi en un gesto de abrazo, y me dijo que enseguida me pagarían. Pero antes quería decirme algo.
Con mucha delicadeza me explicó que cuando uno iba a cobrar una cuenta nunca debía hacerlo delante de otras personas, porque esos asuntos merecían discreción y respeto.
Hoy, siendo adulto, esa enseñanza parece de lo más natural.
Pero para un niño era una lección que difícilmente habría aprendido por sí solo.
Con el paso de los años entendí que lo que realmente quedó grabado en mi memoria no fue únicamente el consejo.
Fue la manera en que me lo dio.
Esa era la grandeza de muchos hombres de aquella generación que ayudó a construir el carácter de Piedras Negras. No necesitaban levantar la voz para hacerse respetar. No humillaban. No avergonzaban a nadie.
Corregían con paciencia.
Enseñaban con cariño.
Y casi siempre bastaba una mano sobre el hombro para que uno entendiera la lección.
Sería imposible contar todas las historias de aquellos hombres y mujeres de nuestra ciudad que, sin proponérselo, terminaron influyendo en mi vida. Muchos ni siquiera eran familiares; sin embargo, dejaron huellas tan profundas como las de un abuelo o un tío.
Don Rodolfo no era un amigo íntimo de mi papá.
Era un cliente.
Papá siempre le guardó un enorme respeto y un sincero agradecimiento porque, en momentos difíciles, don Rodolfo le tendió la mano sin hacer alarde de ello.
Hoy, cuando vuelvo la vista hacia aquellos años, entiendo que el verdadero valor de sus enseñanzas no estaba solamente en sus palabras.
Estaba en su forma de vivir.
Porque un buen consejo puede escucharse una sola vez.
Pero un consejo dado con respeto, con afecto y con el ejemplo termina acompañándonos toda la vida.
Con los años uno descubre que los edificios cambian, los negocios desaparecen, las calles se transforman y muchos de los personajes que dieron identidad a nuestro pueblo ya no están entre nosotros.
El Restaurant Moderno vive únicamente en los recuerdos.
La frutería de mi papá pertenece ya a una época que se fue.
Y aquellas tardes de cobranzas, con un niño cargando unas notas bajo el brazo, parecen hoy escenas de una vieja película en blanco y negro.
Sin embargo, hay algo que el tiempo nunca podrá borrar.
La manera en que nos hicieron sentir esas personas.
De don Rodolfo y de tantos hombres y mujeres de aquella generación permanece la imagen de la sonrisa sincera, de la broma oportuna, de la conversación sin prisas y de esa costumbre tan hermosa de orientar a los muchachos como si todos fueran un poco hijos de todos.
Tal vez eso era lo que hacía verdaderamente especial a aquel Piedras Negras que tantos extrañamos.
No eran únicamente sus restaurantes, sus comercios o sus calles.
Era su gente.
Porque había personas que, sin saberlo, se convertían en maestros de vida durante una conversación de apenas unos minutos.
Y cuando uno tiene la fortuna de haber coincidido con seres humanos así, descubre que los años pueden llevarse casi todo.
Pero jamás podrán llevarse la gratitud.
Eso es, precisamente, lo que convierte un recuerdo en un tesoro.
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