En estos días, a propósito del mes patrio y que se acerca el 15 de septiembre, he leído y escuchado a muchos decir que no tenemos nada que celebrar. Que los problemas del país son tantos que no hay motivo para festejos; que la decepción por los gobiernos ni se antoja celebrar o que, aprovechando el puente, será mejor cruzar la frontera para irnos de compras con la familia.
¿De verdad no tenemos nada que celebrar?
Pienso entonces en aquellos hombres y mujeres que, hace más de doscientos años, salieron de sus casas dejando atrás familia, tranquilidad y muchas veces hasta la certeza de volver con vida.
Ellos también tuvieron miedo y decepciones.
También vivieron tiempos difíciles, injusticias, pobreza y enormes incertidumbres. Pero aún así, decidieron luchar por algo que nosotros hoy damos por hecho: libertad.
Quizá por eso creo que debemos aprender a separar nuestras decepciones de nuestro amor por México.
Podemos estar inconformes con nuestros gobernantes, podemos señalar sus errores, exigirles resultados y reclamar aquello que no están haciendo bien. Podemos incluso sentirnos decepcionados de muchas cosas que ocurren en nuestro país. Pero una cosa es cuestionar a quienes gobiernan y otra muy distinta dejar de querer a la tierra que nos vio nacer.
Por eso, este mes de Septiembre y precisamente este 15 de septiembre yo sí voy a celebrar.
Voy a celebrar que vivo en un país donde podemos elegir a nuestros gobernantes; donde podemos votar por quien queramos, podemos decir y escribir lo que nos de la gana y donde tenemos el derecho de exigirle fuerte a quien resulte electo que cumpla con su deber.
Voy a honrar nuestra bandera y sentir orgullo al verla ondear allá en la Gran Plaza.
Y, por supuesto, haré una carne asada. Bueno; varias.
Prepararé mi pico de gallo, así sencillito, nomas con chile, tomate y cebolla, porque hasta en esas pequeñas cosas encuentro los colores de nuestra bandera. Y pondré mi música de mariachi a todo volumen, para escuchar esos violines, las trompetas y el guitarrón que tienen una manera muy nuestra de meterse en el corazón.
Y seguramente, entre un tequila y otro, brindaré.
Brindaré por México.
Por el México que conocieron mis padres y mis abuelos. Por el México de mi infancia, de mis amigos, de mis recuerdos y de tantas historias que llevo conmigo. Por las calles que recorrí de niño, por aquellos que se quedaron en el camino, por los que todavía están y por las nuevas generaciones que algún día tendrán que tomar en sus manos este país que nosotros les estamos dejando.
Brindaré por el México que tenemos y también por el México que soñamos.
Porque sí, tenemos problemas. Muchos.
Pero México no son sus problemas.
México es su gente.
Es su historia.
Es su música.
Es su comida.
Es su bandera.
Es la voz de una madre llamando a sus hijos a la mesa.
Es el abrazo de la familia.
Es el amigo que llega a nuestra casa.
Es una carne asada al caer la tarde.
Es un mariachi y un acordeón tocando una canción que nos hace recordar a alguien.
Es la nostalgia que sentimos cuando estamos lejos.
México es todo aquello que llevamos dentro y que, por más lejos que vayamos, nadie puede quitarnos.
Por eso este 15 de septiembre, cuando escuche el grito de ¡Viva México!, no voy a pensar solamente en lo que nos falta.
Voy a pensar en todo lo que somos.
Y voy a gritarlo con orgullo, con respeto y con el corazón lleno de recuerdos:
¡Viva México!🇲🇽
Porque a pesar de todo, y precisamente por todo lo que hemos vivido…
México sigue siendo el país más hermoso del mundo.