El béisbol es mi pasión y me gusta compartir historias y anécdotas interesantes como la que abajo escribí hace tiempo.
Muchos han visto la película sobre los 61 jonrones que conecto Maris para romper el record de Babe Ruth.
Pero en esta historia eso no es lo importante.
En esta historia lo importante es la amistad, el respeto y la fidelidad.
Ojala les guste…
Persiguiendo un fantasma…
Hubo un verano en Nueva York en el que dos compañeros de equipo comenzaron a perseguir un fantasma.
Un fantasma llamado Babe Ruth.
Era 1961 y los Yankees tenían en sus filas a dos hombres muy distintos: Mickey Mantle, el muchacho de Oklahoma que parecía haber nacido para jugar béisbol, y Roger Maris, un hombre serio, reservado, de pocas palabras, que no buscaba reflectores.
Los dos comenzaron a pegar jonrones.
Y entonces ocurrió algo que nadie había planeado: comenzaron a acercarse peligrosamente a los 60 cuadrangulares que Babe Ruth había conseguido en 1927.
La prensa encontró una historia perfecta.
“Mantle contra Maris.”
Nueva York necesitaba un duelo y se lo inventó.
Pero dentro del clubhouse la historia era diferente.
Mickey y Roger no eran enemigos. Eran compañeros.
Y con el paso de los meses comenzaron a compartir algo que solamente quienes han estado bajo una presión extraordinaria pueden comprender: el peso de saber que millones de personas están esperando que falles.
Mantle estaba acostumbrado a la fama. Desde muy joven había sido señalado como el heredero de Ruth y DiMaggio. La gente lo adoraba y los periodistas lo seguían a todas partes.
Maris era diferente.
La atención lo incomodaba.
Mientras Mickey podía bromear con los reporteros, Roger prefería mantenerse apartado. Cada jonrón aumentaba la presión y cada día sin conectar uno parecía convertirse en noticia.
Y entonces apareció la crueldad de los números.
El récord de Ruth parecía intocable.
Sesenta jonrones.
Sesenta.
Durante 34 años nadie había conseguido acercarse realmente.
Ahora había dos Yankees persiguiéndolo.
El verano avanzaba y el Yankee Stadium comenzó a convertirse en una especie de escenario de cacería.
Cada turno de Mantle.
Cada turno de Maris.
Cada pelota que viajaba hacia las tribunas.
Cada vez que uno de ellos se quedaba en cero, la prensa hacía cuentas.
Mickey entendió que Roger estaba sufriendo.
Y lejos de verlo como competencia, trató de ayudarlo.
Entre los dos había una complicidad sencilla, casi silenciosa.
Se apoyaban.
Se felicitaban.
Compartían la tensión.
Y cuando Mantle comenzó a tener problemas físicos, la carrera prácticamente quedó en manos de Maris.
Roger siguió bateando.
Y bateando.
Hasta que llegó aquel día.
1 de octubre de 1961.
En el último partido de la temporada, Roger Maris conectó su jonrón número 61.
Había hecho lo que parecía imposible.
Había superado a Babe Ruth.
Pero lo que sucedió después es quizá más importante que el jonrón.
Maris no salió corriendo a buscar la gloria.
No hubo una celebración arrogante.
Había sido un hombre que durante meses había soportado una presión enorme.
Y detrás de aquel número 61 estaba también Mickey Mantle.
Porque durante buena parte de aquella temporada habían sido dos hombres persiguiendo el mismo sueño.
Uno llegó primero.
El otro quedó atrás.
Pero no hubo rencor.
Mantle se alegró sinceramente por su compañero.
Con el tiempo, aquella temporada sería recordada como una de las grandes historias del béisbol.
Y también como una historia de amistad.
Porque mientras los periódicos hablaban de una competencia, Mickey y Roger sabían que habían vivido algo que solamente ellos podían entender.
Habían perseguido juntos a Babe Ruth.
Y eso los unió para siempre.
Hoy, cuando uno mira aquellas fotografías en blanco y negro, resulta difícil no sentir cierta nostalgia.
Los uniformes parecían más sencillos.
Los estadios tenían otra personalidad.
Los jugadores parecían más cercanos a la gente.
Y el béisbol todavía tenía algo de oficio, de ritual y de tradición.
Mickey Mantle y Roger Maris ya no están aquí.
Tampoco está aquel Nueva York de 1961.
Pero cada vez que alguien menciona los 61 jonrones de Roger Maris, inevitablemente aparece también el nombre de Mickey Mantle.
Porque aquel récord no fue solamente la historia de un hombre.
Fue la historia de dos compañeros que durante un verano persiguieron juntos un sueño que pertenecía al más grande de todos.
Y quizá por eso, después de tantos años, aquella temporada sigue teniendo un lugar especial en la memoria del béisbol.
Porque los récords se escriben en los libros.
Pero las amistades se quedan en la memoria.
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