24 de mayo de 2026

Sigan aplaudiéndoles…

Hay verdades que no se pueden maquillar con espectaculares, bardas pintadas, lonas, ni acarreados por las colonias y cruceros de la ciudad. Y en Coahuila hay una demasiado evidente: ninguno de esos candidatos a diputados locales está peleando realmente por representar a su distrito. Ninguno. Absolutamente ninguno está recorriendo colonias, ejidos y pueblos por amor al servicio público ni por el sueldo que van a recibir durante tres años.

Nomás hay que hacer cuentas hombre!. El obsceno dineral que se gastan en campañas para las diputaciones locales es muchísimo más de lo que oficialmente van a ganar como diputados. 


Entonces, ¿de verdad quieren que la gente crea que lo hacen por vocación? Por favor. Esto esta mas claro que el agua que nos manda SIMAS a los que hogares del pueblo.


La realidad es otra y todos la conocemos. Buscan poder, influencias, negocios, acomodos, futurismo politico y sobre todo, quedar bien con el patrón político en turno. Porque una vez sentados en su curul, el distrito que juraron defender pasa a segundo término. Pruebas hay muchas y acumuladas desde hace mucho tiempo. Ahí ya no importan los campesinos abandonados, las colonias inundadas, los ejidos olvidados, las carreteras destrozadas ni las calles llenas de baches. Ahí lo único importante es levantar el dedo cuando se les ordene.


Es mas; les aseguro que mas de uno de los actuales candidatos a diputados locales pedirán licencia para contender por la presidencia municipal de su pueblo cuando inicien esas elecciones. Y precisamente en esas elecciones, seguirán prometiendo lo que hoy nos prometen ¿Apostamos?


Jamás consultan al pueblo para votar reformas importantes. Jamás regresan a preguntar qué necesita realmente la gente con quienes anduvieron bailando en las colonias. Y todas aquellas promesas de campaña donde juraban gestionar recursos y transformar sus municipios terminan guardadas en el mismo cajón donde descansan las mentiras de cada elección.


Porque si todo lo que prometen fuera cierto, Coahuila sería una potencia mundial. Seríamos mejores que Dinamarca, como decía el payaso de Macuspana que tanto daño le hizo al país con sus discursos de fantasía. Pero no. La realidad está frente a nosotros todos los días: hospitales deficientes, campo abandonado, leyes que ni ellos ni nadie respeta, inseguridad disfrazada de estadísticas bonitas y comunidades enteras sobreviviendo en el olvido.


Y lo más indignante no es solamente el cinismo de muchos políticos que hoy les piden el voto. Lo más triste es ver cómo todavía existen ciudadanos que les aplauden como si fueran héroes. Gente que se emociona porque el candidato le dio la mano, le regaló una gorra, les enjuto una calcomanía en su carro, una despensa, tapas de huevo o un billetito. Personas que regresan orgullosas a su casa porque “el candidato sí me saludó”, como si eso les fuera a arreglar la vida o a pavimentar las calles.


Así nos tienen entretenidos. Con reuniones, con banderines, bailando cumbias en los cruceros y con promesas recicladas cada tres años. Mientras ellos hacen negocios y aseguran su futuro, el ciudadano sigue brincando pozos, practicando deportes en campos miserables, inundadas sus calles, transitando por carreteras peligrosisimas y viendo cómo su comunidad se cae a pedazos.


Y todavía se ofenden cuando uno los critica. Todavía quieren que les agradezcamos. No señores. El pueblo no les debe aplausos. Ustedes le deben resultados al pueblo.


Pero mientras sigamos idolatrando políticos mediocres, mientras sigamos vendiendo el voto por migajas y mientras sigamos creyendo que un saludo del candidato es un honor, las cosas no van a cambiar jamás.


Por eso estamos como estamos. 

Sigan aplaudiéndoles.

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