29 de agosto de 2026

Mañaneras: una estrategia que les salió por la culata…


A los políticos de la llamada Cuarta Transformación les ha salido el tiro por la culata con la estrategia de las “mañaneras”.

Se pensó que mediante conferencias diarias, declaraciones y supuestos ejercicios de cercanía con el pueblo se lograría informar a la ciudadanía sobre las acciones y resultados del gobierno. Sin embargo, el efecto parece haber sido exactamente el contrario: en lugar de sumar simpatías, han generado desgaste, confrontación y hasta rechazo entre sectores de la sociedad.


La intención de mantener una comunicación permanente con la ciudadanía no tendría nada de malo. Al contrario, informar y rendir cuentas debería ser una obligación de cualquier gobierno. El problema aparece cuando ese espacio termina convertido en un escenario para la confrontación política, el señalamiento, la descalificación y, en ocasiones, el espectáculo.


Y aquí es donde uno se pregunta: ¿realmente estamos frente a un ejercicio de comunicación gubernamental o ante un show político de todos los días?


Porque algunas mañaneras parecen tener todos los ingredientes de una función de lucha libre: el ring está instalado, los protagonistas conocen su papel, algunos llegan preparados para provocar y otros para responder. Hay golpes verbales, acusaciones, aplausos y abucheos. Solo faltan las máscaras.


Y, como en las luchas libres, buena parte de la concurrencia sabe que está presenciando un espectáculo preparado para generar reacción y hasta burlas en las charlas de cafe.


También existe otro problema: el papel de algunos periodistas que participan en estas conferencias. Hay comunicadores que parecen acudir no tanto para cuestionar al poder como para darle la oportunidad de lucirse, mientras otros formulan preguntas claramente orientadas hacia la confrontación y muchas veces a la ofensa. Cuando las preguntas están previamente diseñadas para provocar una determinada respuesta, el ejercicio periodístico pierde buena parte de su esencia.


El periodismo debería incomodar al poder, no convertirse en su acompañante.


Pero quizá lo más preocupante es lo que ocurre después.


Una parte de la ciudadanía permanece expectante, no necesariamente para conocer resultados de gobierno, sino para esperar el chisme, la polémica, la ofensa, el ataque o la burla. En Piedras Negras lo hemos visto también en el ámbito municipal. Las sesiones de Cabildo, que deberían ser espacios serios para discutir y resolver los problemas de la ciudad, terminan en ocasiones alimentando esa misma dinámica de confrontación y espectáculo.


Y mientras tanto, los problemas reales siguen esperando.


Calles, servicios públicos, seguridad, agua, infraestructura, desarrollo económico, atención a los ciudadanos y tantos otros asuntos que requieren tiempo, capacidad y trabajo.


Por eso me pregunto cuánto tiempo y cuánta energía de los funcionarios se destinan diariamente a preparar conferencias, informes, documentos, respuestas y estrategias de comunicación que muchas veces terminan produciendo más ruido que resultados.


Me imagino que más de un director de área debe preguntarse si todo ese esfuerzo diario realmente se traduce en beneficios para la ciudadanía. Porque mientras se prepara la siguiente conferencia, los problemas de cada dependencia siguen ahí, esperando soluciones.


Los periodistas, por supuesto, felices: tienen la nota prácticamente servida todos los días.


Los aficionados al chisme también: encuentran material de sobra para compartir, comentar, insultar, burlarse o alimentar rumores en las redes sociales.


Y la oposición, encantada de la vida: difícilmente podría pedir una mejor estrategia cuando el propio gobierno se expone diariamente a desgastarse en confrontaciones que terminan convirtiéndose en municiones para sus adversarios.


Porque ese es, finalmente, el gran problema de esta estrategia.


Una cosa es comunicar y otra muy distinta es gobernar para la comunicación.


Cuando la política se convierte en espectáculo, el ciudadano deja de ser el destinatario de los resultados y termina convertido en espectador de una función.


Y un gobierno no fue elegido para ofrecer funciones.


Fue elegido para gobernar.


Por eso, a los políticos de la Cuarta Transformación habría que decirles con todo respeto: las mañaneras quizá fueron concebidas como una herramienta para acercarse al pueblo, pero han terminado siendo un tiro por la culata.


Y mientras unos se desgastan en el ring de la política diaria, otros aprovechan el espectáculo.


No es una buena estrategia para gobernar.


Mucho menos cuando México, y también nuestras ciudades, tienen problemas bastante más importantes que resolver que el próximo enfrentamiento frente a las cámaras.


Menos show. Más trabajo.

Menos confrontación. Más resultados.

Menos mañaneras y más soluciones.

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