Allá, frente al Río Bravo, la mente se despeja, el corazón recupera el ritmo y la sensibilidad que poco a poco nos va robando la vida diaria, por lo que la pesca representa para mí mucho más que lanzar un anzuelo al agua; es un refugio donde vuelvo a encontrarme conmigo mismo.
La naturaleza en esta región del norte de Coahuila quizá no sea exuberante, pero es la que Dios nos regaló, y basta aprender a contemplarla para descubrir su belleza. Quienes me conocen saben cuánto disfruto perderme unas horas entre las cañas, los carretes, los anzuelos, los caminos de terracería y la orilla del río.
Claro que también disfruto cuando hay amigos alrededor. Las pláticas, las risas, las bromas y las anécdotas hacen que el tiempo transcurra sin que uno se dé cuenta. Sin embargo, debo confesar que la mayor parte de las veces prefiero ir solo. Hay algo especial en esas horas de silencio que se vuelven una conversación con uno mismo.
Mi vieja Cherokee, fiel compañera de aventuras, siempre está lista para salir, recorrer caminos, llegar hasta el río y disfrutar la pesca. La cuido con esmero y ha sido la testigo de incontables amaneceres, atardeceres y momentos que permanecerán para siempre en mi memoria.
Pero la naturaleza también impone sus tiempos. En estos días de canícula prefiero dejar descansar tanto a las cañas y carretes como a mi inseparable camioneta. Ya no tenemos veinte años y el calor extremo puede convertirse en un enemigo peligroso. Uno sale a disfrutar, no a poner en riesgo la salud. Si Dios lo permite ya que pase, volveremos a recorrer esos caminos que tanto extrañamos.
Y hablando de añoranzas, no puedo evitar recordar a mi querido amigo Fidel Barrera, que en paz descanse.
Qué buenos tiempos vivimos. La vida quiso que cuando yo me jubilara, él también estuviera prácticamente retirado. Bastaba una llamada y, aunque fueran las dos de la tarde de cualquier día de la semana, ya íbamos rumbo al rancho de mi tío Carlos Valdez, al de don Arturo Rodríguez o al de su hijo, Arturito Rodríguez, lugares que frecuentábamos porque, además de ser seguros, siempre nos regalaban buenas jornadas de pesca.
Con el paso de los años he comprendido que la felicidad nunca estuvo en sacar el robalo más grande o el bagre de mejor tamaño. Lo verdaderamente valioso era estar ahí. Compartir el silencio, una buena conversación o simplemente contemplar el río mientras el tiempo parecía detenerse.
Extraño aquellas tardes improvisadas, las bromas que yo le gastaba, las risas, las historias repetidas una y otra vez y esa amistad que solo el paso de los años sabe fortalecer.
Le pido a Dios que nos conceda salud a todos los que amamos la pesca, para seguir disfrutando de esos pequeños momentos que terminan convirtiéndose en los grandes recuerdos de la vida.
Por ahora, haremos una pausa obligada. Dejaremos descansar las cañas, los carretes y los caminos polvorientos hasta que el calor extremo nos conceda una tregua. Después, cuando llegue septiembre y el clima vuelva a ser nuestro aliado, regresaremos al Río Bravo.
Porque quienes amamos la pesca sabemos que, en realidad, nunca vamos solamente a pescar. Vamos a buscar tranquilidad, a abrazar los recuerdos y, por unas cuantas horas, a sentir que el tiempo todavía camina despacio.
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