13 de septiembre de 2026

El Cumpleaños…


De estudiantes, allá en la perla tapatía para organizar una fiesta sobraban razones. Cualquier pretexto era bueno para dejar las obligaciones a un lado y enfrentar, como héroes de mil batallas, las más inolvidables aventuras.

Un cumpleaños, por supuesto, era una razón de peso.

Y hoy que ustedes nos ven en las fotografías que comparto en Facebook ya entrados en años, canosos, muy formales, bien peinados, vestidos como Dios manda como si no hubiéramos roto un plato en toda nuestra vida y saludando a todo mundo con una seriedad digna de los Reyes de España, la realidad fue muy distinta en nuestra época estudiantil.

Éramos jóvenes.

Y como todos los jóvenes de aquellos años, teníamos una habilidad extraordinaria para convertir cualquier reunión inocente en una aventura que, vista desde la distancia, todavía provoca risa… y alguna que otra preocupación.

Pero eso sí: buenos muchachos, siempre buenos muchachos.

Un 10 de noviembre —cumpleaños de este muñeco, para que no se les vaya a olvidar porque la fecha se acerca— mi añorada madre, a escondidas de don Chano, me mandó unos pesos para que me celebrara con mis amigos.

Mi madre sabía que uno cumple años una sola vez al año; válgame Dios.

Y don Chano seguramente también lo sabía… pero quizá tenía otra opinión sobre como debía celebrarse un cumpleaños siendo estudiantes.

Así que hicimos planes.

No recuerdo quién fue el iluminado que sugirió Chapala como sede del festejo, pero, siendo honestos, ¿quiénes éramos nosotros para contradecir una propuesta tan magnífica?

Y allá fuimos.

La reunión fue sencilla, alegre y, como correspondía a nuestra edad, suficientemente animada como para que nadie estuviera pensando demasiado en el día siguiente.

El restaurante era de esos lugares populares a la orilla de la laguna. Tenía una terraza cuya media barda permitía disfrutar una hermosa vista hacia aquella playita atestada de embarcaciones de pescadores.

El paisaje era precioso.

La tarde, espléndida.

La amistad, mejor.

Y nosotros… bueno, nosotros también estábamos espléndidos, aunque conforme avanzaban las horas esa categoría comenzaba a ser bastante discutible.

Platicamos, reímos, recordamos quién sabe cuántas cosas y, como suele suceder cuando se juntan unos cuantos amigos jóvenes alrededor de una mesa, la tarde comenzó a estirarse.

Y llegó también ese punto de ebullición etílica en el que uno comienza a tener ideas que, en circunstancias normales, jamás pasarían el filtro de la prudencia.

Fue entonces cuando alguien soltó aquella frase que todavía recuerdo:

—¡Vámonos pa’ Piedras!

Nos volteamos a ver.

Ojos pelones.

Sonrisas cómplices.

Silencio de unos cuantos segundos.

Y después…

—¡Vámonos!

Así de sencillo.

No había puente.

No había vacaciones.

No había una fecha especial que justificara el viaje.

Había juventud.

Y con eso, en aquellos años, nos parecía que alcanzaba para todo.

Diez horas nos separaban de Guadalajara a Piedras Negras.

Pero diez horas, para un grupo de muchachos de 19 o 20 años, eran apenas un pequeño detalle logístico.

La camioneta sería la pickup IH de no muy reciente modelo de Cuyín Salinas, que además contaba con camper.

¡Qué podía salir mal!

Hoy, tantos años después, la pregunta adquiere una dimensión completamente diferente.

Pero aquella noche nadie la hizo.

Pasamos por algo de ropa a la casa, luego a la Flor de Sahuayo por “refrescos” para el camino y, sin avisarles a nuestros padres —detalle que, visto desde la perspectiva de los años, probablemente fue de lo más imprudente de toda la aventura— nos lanzamos rumbo a Piedras Negras.

Y allá vamos…

Carretera adelante, seguramente cantando, contando historias, haciendo planes y sintiéndonos dueños del mundo.

Porque así éramos a esa edad.

La juventud tiene esa maravillosa y peligrosa característica: uno sabe que existen los riesgos, pero cree que las tragedias les suceden a los demás.

A nosotros no.

Nosotros éramos invencibles.

Intocables.

Eternamente jóvenes.

Y, por supuesto, completamente equivocados.

Yo no supe cómo les fue a los demás cuando finalmente llegamos a nuestro pueblo.

A mí me fue de la fregada.

Al verme aparecer, don Chano no necesitó hacer preguntas.

Simplemente me lanzó la mirada número 6.

Sí, la número 6.

Los que conocimos a don Chano sabemos perfectamente lo que significaba.

No era una mirada.

Era una sentencia.

Un expediente completo.

Una orden judicial sin derecho a apelación.

Y efectivamente, al día siguiente me corrió de la casa.

Mis queridos amigos, por supuesto, encontraron aquello absolutamente maravilloso y se encargaron de recordármelo cada fin de semana entre risas y carrilla durante el resto del semestre.

Porque para eso están los amigos: para acompañarte en las aventuras… y, sobre todo, para no dejarte olvidar jamás las consecuencias.

Hoy recuerdo aquella historia y no puedo evitar sonreír.

Qué tiempos aquellos.

Qué amigos aquellos.

Qué juventud aquella.

Nos preocupábamos por los exámenes, por las fiestas, por conseguir unos cuantos pesos, por encontrar dónde reunirnos y por decidir cuál sería la próxima aventura.

La vida parecía enorme y nosotros parecíamos tener todo el tiempo del mundo para vivirla.

Y quizá por eso nos atrevíamos a hacer cosas que hoy, con unos cuantos años más encima y bastante más sentido común, seguramente ni siquiera consideraríamos.

Porque con los años uno aprende algo que a los 19 o 20 años resulta imposible entender:

que la vida no solamente se trata de tener ganas de vivirla, sino también de aprender a cuidarla.

Aquella noche pudimos haber tenido un accidente, haber encontrado cualquier dificultad en la carretera o simplemente haber corrido un riesgo innecesario. Hoy lo entiendo perfectamente.

Pero también entiendo que no podemos juzgar al muchacho que fuimos con los ojos del hombre que somos ahora.

Aquel muchacho tenía 19 o 20 años.

Tenía amigos.

Tenía una madre que, con cariño y a escondidas, le había mandado unos pesos para celebrar su cumpleaños.

Tenía amigo con una camioneta con camper.

Tenía toda una carretera por delante.

Y, sobre todo, tenía esa maravillosa sensación de que el mundo estaba esperando por él.

Gracias a Dios, aquella aventura terminó bien.

Terminando nuestra carrera regresamos enteros de la universidad y tuvimos la fortuna de seguir acumulando años, historias, amigos y recuerdos.

Hoy, cuando veo aquellas viejas fotografías de jóvenes, tan alegres y tan bien portados, me da ternura pensar en todo lo que había detrás de esas caras.

Éramos nosotros.

Los de entonces.

Los que reíamos por cualquier cosa.

Los que convertíamos un cumpleaños en una expedición.

Los que podían decidir, después de una tarde en Chapala:

—¿Y si nos vamos a Piedras Negras?

Y sin pensarlo demasiado contestábamos:

—¡Vámonos!

Tal vez eso es lo bonito de recordar.

No regresar al pasado —porque eso es imposible— sino poder asomarnos a él con una sonrisa, reconocer a quienes fuimos y agradecer por quienes estuvieron ahí.

Porque algunas amistades se quedan precisamente así: guardadas en una fotografía, en una carcajada, en una anécdota que hemos contado cien veces y que, curiosamente, cada vez nos hace reír igual.

Y también quedan como testimonio de una época que ya se fue.

Una época en la que éramos jóvenes, imprudentes, alegres, aventureros…

y, según nosotros, perfectamente responsables.

No hay comentarios.: