Vivimos tiempos profundamente distintos a los de hace apenas unas décadas. La revolución digital transformó la forma en que nos informamos y, sobre todo, quiénes tienen la capacidad de comunicar. Hoy, cualquier persona con un teléfono celular y acceso a internet puede llegar a miles de personas en cuestión de minutos.
El problema comienza cuando la búsqueda de audiencia o de lectores sustituye a la búsqueda de la verdad.
Hoy abundan quienes se autodenominan “periodistas” o crean plataformas de “noticias digitales” sin asumir la enorme responsabilidad que implica informar. Con frecuencia se difunden rumores, versiones sin confirmar, burlas disfrazadas de análisis y acusaciones sin pruebas. En muchos casos, el objetivo ya no es informar, sino generar reacciones, acumular vistas y monetizar la polémica.
Y, desafortunadamente, el modelo funciona.
Las redes sociales premian el escándalo.
Una mentira bien presentada suele recorrer mucho más camino que una verdad cuidadosamente investigada.
Hay un sector del público que consume ese contenido porque entretiene, porque alimenta el morbo o porque confirma prejuicios, sin detenerse a preguntar si lo que está leyendo tiene sustento o no.
En Piedras Negras este fenómeno es muy evidente. Han surgido numerosas páginas que se presentan como medios de comunicación cuando, en realidad, operan más como espacios de opinión, confrontación o simple espectáculo. Se privilegia el ataque sobre el análisis, el insulto sobre el argumento y la ocurrencia sobre la investigación.
Es imposible ignorar cómo algunos personajes modifican radicalmente su línea editorial dependiendo de su relación con el poder. Mientras reciben beneficios o contratos oficiales, abundan los elogios; cuando éstos desaparecen, comienzan las críticas permanentes. No afirmo que todos los casos respondan a ese patrón, pero existen ejemplos suficientemente evidentes como para despertar legítimas dudas sobre la independencia de ciertos comunicadores.
La crítica al gobierno es indispensable en cualquier democracia. Un periodismo crítico fortalece a la sociedad. Lo que la debilita es la crítica sin pruebas, el ataque personal, la desinformación y el uso del espacio informativo como instrumento de presión o de negociación política.
El verdadero periodismo investiga, verifica, confronta versiones y ofrece contexto. Comete errores, como cualquier actividad humana, pero tiene la obligación ética de corregirlos. Muy distinto es publicar cualquier versión sin confirmar simplemente porque genera tráfico o reacciones en redes sociales.
También preocupa la ausencia de profesionalismo en buena parte de estos espacios. No me refiero únicamente a la formación académica. Existen extraordinarios periodistas que nunca cursaron una licenciatura y, de la misma manera, existen profesionistas titulados que ejercen con poca ética. La diferencia no está en el diploma, sino en el compromiso con la verdad, la preparación, la responsabilidad y el respeto por la información.
Sin embargo, basta recorrer muchas de estas páginas para encontrar publicaciones llenas de errores ortográficos, información imprecisa, titulares engañosos y afirmaciones que jamás son sustentadas con evidencia. Eso termina deteriorando la calidad del debate público y confundiendo a una sociedad que merece información seria y confiable.
Otro aspecto preocupante es que prácticamente cualquiera puede abrir una página, presentarse como medio informativo y emitir acusaciones de cualquier naturaleza sin enfrentar consecuencias inmediatas. La libertad de expresión es un derecho fundamental que debe protegerse, pero también implica una enorme responsabilidad.
Libertad no significa impunidad para difamar, ofender, agredir, manipular o desinformar.
Al final, la mayor responsabilidad también recae en nosotros como ciudadanos. Mientras sigamos premiando el escándalo por encima de los hechos, compartiendo rumores sin verificarlos y consumiendo información únicamente porque coincide con nuestras simpatías o antipatías políticas, seguiremos fortaleciendo un modelo que recompensa el ruido y castiga el periodismo serio.
Piedras Negras necesita una ciudadanía mejor informada, medios más responsables y comunicadores comprometidos con la verdad, no con el algoritmo. Porque cuando el chisme sustituye a la información y el espectáculo desplaza al periodismo, quien realmente pierde no es un gobierno ni un funcionario: pierde toda la sociedad.
Las sociedades no cambian cuando escuchan lo que quieren oír; cambian cuando se atreven a escuchar la verdad, aunque resulte incómoda.
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