26 de julio de 2026

Los amigos que el tiempo no pudo separar…


Cuando terminamos la carrera universitaria y cada uno obtuvo el título en su especialidad, llegó el momento inevitable de despedirnos. Aquellos jóvenes de Piedras Negras que durante años compartimos casas rentadas, departamentos, desvelos, dominó, canciones, preocupaciones, sueños y un sinfín de ilusiones, tuvimos que tomar caminos diferentes.

Cada quien salió en busca de su propio destino. Algunos regresamos a Piedras Negras; otros permanecieron algún tiempo más realizando el servicio social, las residencias o iniciando los primeros años de ejercicio profesional en distintos rincones de la República. La vida, como siempre, comenzó a escribir una historia distinta para cada uno de nosotros.


Con el paso de los años, cuando ya nos encontrábamos un poco más establecidos en nuestra ciudad, nació la necesidad de volver a reunirnos. Empezamos a visitarnos cada quince días en nuestras casas. Eran reuniones sencillas, pero llenas de afecto, en las que revivíamos aquellos años universitarios y compartíamos, junto con nuestras esposas, las experiencias que la profesión nos había regalado. Cada conversación era una oportunidad para descubrir el camino que había recorrido cada compañero desde aquella despedida.


Sin embargo, la vida también impone sus propios ritmos. Las responsabilidades familiares, el trabajo y los compromisos fueron haciendo cada vez más difíciles aquellos encuentros. Poco a poco las reuniones comenzaron a espaciarse, hasta que un día, casi sin darnos cuenta, dejaron de ser parte de nuestra rutina.


Lo que nunca desapareció fue la amistad. Siempre hubo oportunidad de encontrarnos con alguno de ellos, saludarnos con el cariño de siempre, preguntar por la familia y ponernos al día, aunque fuera durante unos cuantos minutos. Porque hay afectos que el tiempo no desgasta; simplemente esperan el momento oportuno para volver a florecer.


Después llegaron las redes sociales y, gracias a ellas, volvimos a encontrarnos. Aunque fuera detrás de una pantalla, recuperamos las conversaciones, las bromas y esa confianza que solamente existe entre quienes compartieron una de las etapas más importantes de su vida.


Hace algunos meses decidimos que ya era suficiente con saludarnos por mensajes. Había que volver a vernos frente a frente. Así nació la iniciativa de Adrián, Beto y Kiko: reunirnos nuevamente para desayunar cada quince días, únicamente los amigos, como en los viejos tiempos.


Y qué agradable ha sido descubrir que todavía tenemos mucho que contarnos.


En cada desayuno aparecen historias que muchos desconocíamos: los lugares donde cada uno ejerció su profesión, las dificultades que enfrentó, los triunfos que alcanzó y los sacrificios que hicieron posible construir una vida digna. Son relatos que el tiempo había guardado y que hoy vuelven a salir entre una taza de café y una buena conversación.


Hace unas semanas nos reunimos en el lienzo charro del Dr. García Reyes. Fue una tarde extraordinaria. Afuera caía una lluvia generosa, muy parecida a aquellas que tantas veces disfrutamos en Guadalajara. Como siempre, las anécdotas comenzaron a surgir una tras otra, provocando risas, recuerdos y, por momentos, ese silencio que sólo produce la nostalgia.


Hay algo que siempre me sorprende profundamente: la extraordinaria memoria de la mayoría de los asistentes. Conservan el don de recordar detalles que todos vivimos, pero que el paso de los años había borrado de nuestra memoria. Escucharlos es volver a caminar por los pasillos de la Universidad Autónoma de Guadalajara; regresar a aquellas casas donde vivimos; recordar travesuras, bromas, desvelos y momentos que parecían perdidos para siempre.


Gracias a ellos volvemos a ser, aunque sea por unos instantes, aquellos muchachos que llegaron llenos de ilusiones a la Perla Tapatía, convencidos de que el mundo nos esperaba con los brazos abiertos.


No saben la alegría que siento al volver a ver a mis amigos. Algunos ya disfrutan de un merecido retiro; otros continúan ejerciendo su profesión con la misma pasión y dignidad de siempre. Verlos realizados, rodeados del cariño de sus esposas, de sus hijos y ahora también de sus nietos, produce una satisfacción difícil de describir.


Mientras los hijos y los nietos saludan, corren y juegan alrededor de nosotros, resulta imposible no pensar en el tiempo. Ayer éramos nosotros quienes soñábamos con el futuro; hoy somos nosotros quienes observamos, con orgullo y una inevitable melancolía, cómo nuevas generaciones comienzan a escribir su propia historia.


Todos enfrentamos dificultades. Ninguna carrera profesional está libre de sacrificios. Hubo momentos de incertidumbre, obstáculos que parecían insuperables y días en los que el camino se veía demasiado largo. Pero cuando nos sentamos alrededor de una mesa y contemplamos lo que cada uno logró construir con trabajo, honestidad, dedicación y esfuerzo, comprendemos que cada desvelo valió la pena.


Pero, por encima de cualquier título universitario, existe una deuda que jamás podremos terminar de pagar.


La deuda con nuestros padres.


En aquellos años difíciles hicieron enormes sacrificios para enviarnos a estudiar tan lejos de casa. Eran tiempos sin teléfonos celulares, sin videollamadas y sin las facilidades de comunicación que hoy parecen indispensables. Despedir a un hijo significaba esperar hasta las vacaciones de Semana Santa o las de verano para volver a abrazarlo.


Nuestras madres vivían con esa paciencia infinita que sólo ellas conocen. Esperaban nuestras cartas, nuestras llamadas y, sobre todo, el día de nuestro regreso.


Confieso que más de una vez ni siquiera aproveché las vacaciones para volver a Piedras Negras. Prefería aceptar la invitación de algunos compañeros para conocer Ensenada, Hermosillo o Ciudad Obregón. Mi madre seguramente sufría un poco porque su consentido tardaba todavía más en regresar, pero jamás dejó de comprenderme ni de recibirme con el mismo abrazo y el mismo cariño de siempre.


Hoy, al mirar hacia atrás, entiendo que aquellos años no sólo nos regalaron una profesión.


Nos regalaron algo mucho más valioso: amistades verdaderas.


Amistades que resistieron el paso del tiempo, la distancia, las responsabilidades y los largos silencios. Amistades que nunca necesitaron verse todos los días para seguir existiendo, porque fueron construidas sobre el respeto, la lealtad y un cariño sincero.


Con los años uno descubre que la juventud no regresa, que el cabello se va o se vuelve blanco y que la vida avanza mucho más rápido de lo que alguna vez imaginamos. Pero también descubre que existen personas capaces de acompañarnos durante toda una vida, aun cuando los caminos se hayan separado durante décadas.


Y entonces comprendemos que el verdadero privilegio no fue solamente haber obtenido un título universitario.


El verdadero privilegio fue habernos encontrado en el camino… y seguir llamándonos, con el mismo orgullo de hace más de cincuenta años, simplemente amigos.

No hay comentarios.: