Hay funcionarios públicos en Coahuila que parecen haber nacido convencidos de que los dioses los pusieron en este mundo para ser admirados. No pasa un día sin que nos recuerden sus virtudes, sus ocurrencias, sus logros —reales o imaginarios— y, por supuesto, lo bien que salen en las fotografías.
Padecen, para decirlo en términos conocidos, el síndrome de Narciso: ese enamoramiento desmedido de la propia imagen que termina por convertir el servicio público en un escaparate personal.
Y no, el problema no pertenece a un solo partido, a un gobierno en particular ni a un funcionario con nombre y apellido. En Coahuila, el culto a la personalidad parece haberse convertido en una tentación recurrente para quienes disponen de recursos públicos y tienen la posibilidad de destinarlos a promover su imagen.
Algunos lo hacen con discreción; otros, con un entusiasmo digno de mejores causas. En todos los niveles de gobierno la promoción personal llega a ser tan insistente que uno termina preguntándose si estamos frente a una administración pública o ante una campaña publicitaria de tiempo completo.
Porque una cosa es informar a la ciudadanía sobre las obras, los programas y los servicios de gobierno, y otra muy distinta es convertir cada actividad oficial en una oportunidad para colocarle nombre, rostro y reflector al funcionario en turno.
Resulta curioso observar la generosidad con la que algunos disponen del presupuesto para promocionarse. Sería interesante comprobar si mostrarían el mismo entusiasmo por pagar semejante despliegue publicitario cuando la factura saliera directamente de su bolsillo.
Pero vayamos al origen de esta vieja debilidad humana.
Según la mitología griega, Narciso era un joven de extraordinaria belleza que rechazaba a quienes lo amaban. Entre ellas estaba la ninfa Eco, cuyo amor despreciado la llevó a consumirse en la tristeza.
Como castigo, la diosa Némesis hizo que Narciso se enamorara de su propio reflejo en una fuente. Fascinado por su imagen, quedó atrapado en su propia obsesión hasta consumirse.
Una vieja leyenda que, siglos después, parece seguir teniendo demasiados protagonistas en la política.
Hoy no hace falta una fuente cristalina para contemplar el reflejo. Basta un teléfono celular, un equipo de comunicación, una buena dosis de propaganda y un presupuesto generoso para producir fotografías, videos y mensajes donde el protagonista siempre es el mismo.
El funcionario inaugura, el funcionario entrega, el funcionario supervisa, el funcionario saluda, el funcionario sonríe. Y si de casualidad aparece un ciudadano en la fotografía, más vale que entienda que está ahí para completar el encuadre.
El narcisismo, en su sentido coloquial, describe una preocupación excesiva por uno mismo, por la propia imagen y por la admiración ajena. Sin embargo, no hace falta diagnosticar psicológicamente a ningún funcionario para reconocer una conducta política que merece ser cuestionada: la promoción personal por encima de los resultados que la ciudadanía necesita.
El problema comienza cuando la imagen importa más que la obra; cuando se presume una entrega de apoyos, pero no se informa con claridad cuánto costó, a cuántas personas benefició y con qué criterios se distribuyó.
Y cuando el presupuesto alcanza para difundir una y otra vez el nombre del gobernante, pero los ciudadanos siguen esperando soluciones a problemas cotidianos, la pregunta resulta inevitable: ¿a quién está sirviendo realmente esa publicidad?
Ahí estamos, celebrando publicaciones de los Narcisos de la política, compartiendo propaganda y aplaudiendo anuncios, mientras dejamos para después las preguntas verdaderamente importantes.
¿Dónde están las obras prometidas? ¿Cuánto costaron? ¿Se hicieron bien? ¿Qué problemas resolvieron? ¿Cuánto se gastó en promocionarlas y cuánto se destinó a realizarlas?
Preguntas sencillas, incómodas solamente para quien no quiere responderlas.
No se trata de negar los logros de una administración ni de criticar por sistema. Cuando un gobierno hace bien su trabajo, merece que se reconozca. Pero el reconocimiento debe ser consecuencia de los resultados, no una obligación impuesta por la propaganda ni un favor que los ciudadanos debamos devolver con aplausos.
Tampoco debemos confundir la crítica con la enemistad. En una democracia, cuestionar el ejercicio del poder es un derecho y una responsabilidad. El funcionario que no soporta las preguntas incómodas quizá debería recordar que el cargo es temporal, pero las obligaciones públicas no desaparecen con la siguiente publicación en Facebook.
No sé si los Narcisos de la política tengan remedio. Lo que sí sé es que las sociedades pueden aprender a no confundir la vanidad con el liderazgo, la propaganda con el trabajo y la popularidad con la buena administración.
Los cargos públicos no son títulos nobiliarios. Nadie llega a una gobernatura, diputación o presidencia municipal para convertirse en personaje de culto, ni recibe las llaves de una ciudad para tratarla como escenario de su propia grandeza.
Quien gobierna debe entender que no está ahí para que la gente lo admire, sino para que la gente viva mejor.
Y si tanto les gusta mirarse al espejo, que lo hagan. Cada quien tiene sus aficiones y no seré yo quien se las cuestione. Lo que no podemos aceptar es que los ciudadanos terminemos pagando la factura de ese romance interminable con su propia imagen.
Coahuila necesita gobiernos que se distingan por sus resultados, no por el tamaño de sus campañas de promoción. Municipios con servicios eficientes, calles atendidas, finanzas transparentes y autoridades capaces de escuchar sin ofenderse.
Porque al final, cuando se apagan los reflectores, desaparecen los anuncios y termina el aplauso de los incondicionales, queda una sola prueba para cualquier gobernante: lo que hizo por la gente con el dinero y la confianza que la gente le entregó.
Ojalá que la próxima vez que elijamos a nuestras autoridades miremos menos la sonrisa del candidato y más su trayectoria, sus propuestas y su capacidad para cumplirlas.
En política, el peligro es que el gobernante se enamore tanto de su imagen que termine dejando de ver a los ciudadanos.
Y que nosotros, por aplaudirle demasiado, terminemos dejando de ver lo que ocurre frente a nuestros propios ojos.

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