Por: Javier Zacarias
¿Qué habría sucedido en la vida de una persona si aquel evento no hubiera ocurrido?
¿Qué habría pasado con el resto de su historia si aquel día no hubiera doblado en esa esquina que, sin saberlo, cambió por completo el rumbo de su existencia? ¿Habría sido mejor o peor? ¿Más fácil o más duro? Nadie lo sabe.
¿Qué habría sucedido si no hubiera asistido a ese baile al que fue casi a regañadientes, empujado por la terquedad de sus amigos, cuando en realidad deseaba ir a otro lugar, uno más divertido, con más ambiente? Esa decisión aparentemente trivial también alteró el curso de su vida.
Nos aseguran que somos dueños de nuestro destino, que lo forjamos con cada paso que damos. Sin embargo, hay hilos invisibles que no movemos nosotros. Esos hilos, sin duda, los sigue moviendo Dios.
Y si esto es así, entonces podemos pensar que, aunque no hubiera doblado en esa esquina, aquel suceso habría ocurrido unas cuadras más adelante. Tal vez, si no hubiera asistido a esa fiesta, el encuentro se habría dado en otro evento, en otro momento, bajo otras circunstancias. ¿Está entonces nuestro destino marcado?
La incertidumbre nos lleva a preguntarnos qué habría sido de nosotros si hubiéramos tomado una decisión distinta. Pero esa duda, esa imposibilidad de saberlo, es precisamente el sazón de la vida. Es la cereza del pastel.
Una sola decisión puede cambiar radicalmente el resto de la vida de una persona. Una mirada, un paso de más, un suspiro, un semáforo en rojo, una sonrisa, un “sí” o un “no” tienen un impacto profundo e incalculable. Por eso es tan importante mantener siempre una buena actitud frente a los acontecimientos, incluso como una forma de prevenir un futuro desastroso.
Estoy convencido de que si algo sucede en la vida de las personas es, primero, porque Dios así lo quiere y, después, porque son las consecuencias de nuestras decisiones. Por ello debemos aceptar Sus designios y, sobre todo, tener el valor de enfrentarlos con amor y recibirlos con devoción.
Las risas y las lágrimas son el lenguaje del corazón, y el corazón nunca se equivoca cuando tiene un pacto con Dios.
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