17 de mayo de 2026

Paisanos…


Llegan de todas partes de México a nuestro querido Piedras Negras. Vienen cansados, polvorientos, con el rostro quemado por el sol y el alma llena de incertidumbre. Algunos llegan acompañados de su esposa, de sus hijos pequeños o de algún amigo de confianza. Cargan todas sus pertenencias en esas coloridas redes y morrales que parecen guardar mucho más que ropa y comida. Nadie trae maletas; son demasiado pesadas para quien tendrá que caminar largas noches entre el monte, cruzar ríos, esconderse del miedo y desafiar el destino.

En esos morrales no solo llevan mudas de ropa o latas de frijoles. Ahí también van amarrados, como pueden, los sueños, las ilusiones y las esperanzas de una vida mejor. Y eso también pesa… pesa muchísimo.

Traen además el corazón repleto de recuerdos. La nostalgia les brota en silencio cuando piensan en la casita humilde que dejaron atrás, en la parcela reseca, en la madre que se quedó llorando en la puerta, en los hijos que prometieron regresar a abrazar algún día. Esa nostalgia no pueden dejarla aquí; viaja con ellos porque será el único puente invisible que los mantendrá unidos a este México querido que los dejó partir sin pelear por ellos, sin tenderles una mano, sin ofrecerles razones suficientes para quedarse.

Por ahora, la fe es lo único que llevan verdaderamente seguro.

Bajo la sombra de sus sombreros viejos o de sus cachuchas deslavadas se alcanzan a mirar unos ojos que brillan. Brillan de esperanza, sí… pero también de tristeza. Son ojos cansados que ya aprendieron demasiado temprano lo dura que puede ser la vida cuando la pobreza aprieta y los sueños se vuelven urgentes.

Muchos de ellos son gente buena. Gente trabajadora. Gente necesitada que arriesga su vida y la de los suyos buscando algo tan sencillo y tan inmenso como la oportunidad de vivir mejor. Algunos, con rabia contenida y resignación, guardarán por un tiempo la dignidad en el fondo del morral para soportar humillaciones, hambre o desprecios. Triste realidad. Pero, pensándolo bien… ¿acaso aquí mismo no les habíamos pisoteado ya esa dignidad desde hace mucho tiempo?

Algún día habrán de recuperarla completa. Porque el orgullo del mexicano nunca muere; apenas se esconde tantito para sobrevivir.

Amigos… son nuestros paisanos.

Sí, esos hombres y mujeres que vemos esperando pacientemente el momento acordado con el guía para cruzar el Río Bravo, ese río silencioso que divide dos mundos completamente distintos. Son las personas que vemos dormitando en la Central de Autobuses, caminando despacio por la calle Hidalgo o descansando bajo cualquier sombra del Mercado Zaragoza. Son esos mismos a quienes a veces observamos con indiferencia o, peor aún, con desprecio.

Son ellos a quienes muchos policías corruptos les roban lo poco que traen. Son ellos a quienes retiran de las calles porque “dan mala imagen” al mal llamado Centro Histórico de la ciudad. Como si la pobreza fuera delito. Como si el hambre estorbara.

Pero también existen manos buenas.

Existen personas sensibles que todavía entienden el dolor ajeno y ayudan sin esperar aplausos. Ahí está La Casa del Peregrino, refugio humilde pero lleno de humanidad, donde un grupo de mujeres entrega tiempo, comida, cariño y dignidad a quienes más lo necesitan. Vaya desde estas líneas un reconocimiento sincero para esas damas generosas que ayudan sin pedir nada a cambio. Que Dios las bendiga siempre.

“Cuando crucemos p’allá, m’ijo, lo que trabajemos nos lo van a pagar bien pagado… nuestro sudor vale mucho de aquel lado”, le dice un padre a su pequeño mientras comparten unos tacos en el Mercado Zaragoza de Piedras Negras, Coahuila.

Y uno escucha esas palabras y algo se rompe por dentro.

Compran botes vacíos de leche para usarlos como flotadores al cruzar el río y también para cargar agua durante las interminables caminatas por el desierto. Compran “portolas”, latas de frijoles y encendedores porque los cerillos se mojan. Después descansan unos días tratando de recuperar fuerzas, preparándose física y mentalmente para enfrentar el monte, la sed, el miedo y la oscuridad.

Muchos llegarán a su destino.

Otros serán detenidos por la migra.

Y algunos más se quedarán para siempre en el camino, perdidos en aquellas tierras donde fueron a buscar sus sueños.

“Pero fíjese que vale la pena, señor”, me dijo uno de los paisanos con quien platiqué un domingo afuera del negocio de papá.

Sonreía sencillo, como sonríe la gente noble.

“También nos estábamos muriendo aquí en México, ¿que no? A mí ya me han regresado varias veces… las mismas que he vuelto a cruzar porque allá ya está mi familia.”

Luego soltó una pequeña risa y continuó:

“Y le digo algo… los oficiales de la migra siempre se han portado a todo dar con nosotros. Nos dan agua, nos dan comida cuando nos regresan y nos tratan con respeto. Los ‘polecías’ de acá son otra cosa… cuando nos miran, luego luego nos bajan la lana. Condenados… ni parecen de los nuestros.”

Después me contó que iba rumbo a un rancho entre San Antonio y Dallas.

“Allá me espera el patrón… un gringo muy bueno que ya tiene años dándome trabajo y ayudándome con mi familia. Ahí me voy a quedar hasta que arregle y mis muchachos puedan estudiar sin broncas… ora lo verá.”

Después de aquella breve plática, Remigio se fue caminando despacio, fumando tranquilamente.

Y mientras se alejaba calle abajo, cargando su viejo morral al hombro, uno podía imaginar todo lo que llevaba ahí dentro:

los botes…

los frijoles…

las “portolas”…

los recuerdos…

la tristeza…

la esperanza…

y sus sueños.

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