Amanece más temprano esta época del año en mi pueblo y, para beneplácito de muchos, también anochece más tarde. Las calles permanecen desiertas al mediodía y no se ve alma alguna ni siquiera refugiada en las sombras que, con tacañería, ofrecen las paredes de las casas. La temperatura arrecia entre los 37 y 45 grados a la sombra y la infame canícula nos visita puntualmente cada agosto, como una vieja conocida que llega sin invitación, pero que todos sabemos que vendrá.
“Nomás los tontos andan en la calle, m’ijo”, decía mi abuelita con esa infinita sabiduría de las mujeres de antes, que sin estudios de meteorología sabían perfectamente a qué hora se barría el patio, a qué hora se regaban las plantas y a qué hora era mejor no salir ni a buscar pleito con el sol.
El calor de mi pueblo abraza. Es como si tuvieras una novia gordita de la cual necesitas acostumbrarte y resignarte a su fogoso apapacho, porque de lo contrario, te sofoca y abruma. Durante los meses de junio hasta septiembre la calidez de nuestro Piedras Negras es una realidad palpable y que solamente los que somos de aquí aprendimos a soportar dignamente, sin tantas quejas ni rezongos.
Los forasteros siempre llegan renegando. Que si el calor está insoportable, que si parece que se abre la puerta del horno cuando salen a la calle, que cómo podemos vivir así. Pero mi pueblo tiene una extraña manera de conquistar a quienes llegan. Les regala su gente, su comida, su tranquilidad, sus amistades sinceras y sus costumbres. Y pasa algo curioso: al poco tiempo ya no se quieren ir. El calor sigue siendo el mismo, pero el corazón ya se les quedó aquí.
Recuerdo que esperábamos con ansia estas fechas de vacaciones para disfrutar las áreas que rodean el pueblo. Cuando éramos pequeños, de la mano de nuestros padres; después, ya más grandes, acompañados de los amigos cuando ya podíamos andar solos… aunque la verdad todavía no podíamos cuidarnos solos.
La Nogalera, Santo Domingo, La Villita, Las Adjuntas, El Moral; los ríos Bravo, San Rodrigo y San Diego eran destinos obligados para mitigar los calorones de cada verano. No había parques acuáticos, ni teléfonos celulares, ni fotografías instantáneas para presumir en redes sociales. Las imágenes se guardaban donde más duran: en la memoria y en el corazón.
Y lo curioso es que la gente se quejaba mucho menos que ahora. En aquellos años un aparato de aire acondicionado era un lujo que pocas familias podían tener. Existían los abanicos que nomás movían el aire caliente de un lado a otro, las puertas abiertas para que corriera “el fresco” y las tardes acostados en una hamaca esperando que el sol tuviera piedad. Pero aun así, éramos felices.
Un chapuzón con papá y mis hermanos en el río de La Villita, bajo la sombra del puente, era suficiente para llenar una tarde de risas y mitigar el calor. Ir con mi güelito y mis tíos Pepe y Mando a pescar al Remolino es un recuerdo que guardo con un cariño inmenso.
Tirar el reel en el Río Bravo, bajo la sombra de los barrancos allá por Guerrero con Benito y los Enríquez, era una experiencia incomparable. Hacer una carne asada bajo el puente de El Moral con Juan Abel, Martín y Mónico eran aventuras que el tiempo no ha podido borrar.
Ir a pescar con los amigos al Río San Rodrigo y encontrarnos con don Alvarito Guajardo y sus hijos es una fotografía que vive permanentemente en mi memoria. Pescar en los tanques del Rancho Casa Roja de don Rodolfo Martínez con Carlos, Benito, Rolando, Ángel y Reynold, o pasar un día de Semana Santa con Las Cobras en el rancho de mi tío Mando, disfrutando la compañía de mi querido y extrañado Licenciado Aguirre, de mi compadre Fello, Víctor Pérez, Tafoya, Pepe Esparza, César, Mandito y Pepío, forman parte de esos tesoros que nadie puede comprar y que el paso de los años solamente vuelve más valiosos.
Como que en esta época las cervezas saben más ricas. Los tragos se vuelven más largos, más pausados y más constantes. La familia y los amigos se disfrutan de una manera especial, reunidos alrededor del asador, entre el humo del carbón, el aroma de la carne, las carcajadas, las historias repetidas cien veces y un partido de béisbol rodando de fondo en Le Club.
Y es que los veranos en Piedras Negras no se miden por los grados del termómetro. Se miden por las tardes interminables, por las sandías frías en la mesa, por el ruido de los abanicos, por el sonido de las chicharras anunciando que el sol sigue en lo más alto, por los niños corriendo descalzos en el patio y por los adultos sentados afuera de la casa esperando que cayera la noche para platicar con los vecinos.
Antes las noches de verano tenían otro ritmo. Se sacaban las sillas a la banqueta, aparecía el vaso de té helado o la cerveza bien fría y comenzaban las pláticas que podían durar horas. Ahí se arreglaba el mundo, se contaban chismes, se recordaba a los que ya se fueron y se reía uno hasta que el sueño obligaba a entrar a la casa.
Hoy, cuando el termómetro marca temperaturas insoportables y todos buscamos refugiarnos bajo un aire acondicionado, me gusta pensar que este mismo calor fue el testigo de los días más felices de nuestra vida. Porque al final no recordamos cuántos grados hacía en aquel verano. Recordamos con quién estuvimos.
Todo eso y mucho más se puede vivir y disfrutar en Piedras Negras en esta época del año. El calor no importa, no pesa y ni siquiera se siente cuando uno está bajo la sombra de la familia, de los buenos amigos y de los recuerdos que nos acompañarán mientras tengamos vida.
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