Por: Javier Zacarias
Ya estamos a unos cuantos suspiros de que terminen las vacaciones escolares. Sí, así como lo leen… ya casi llega ese esperado, anhelado y hasta celebrado primer día de clases.
No me dejarán mentir: hay muchas mamás —y también algunos papás, para que luego no reclamen— que ya tienen marcado el calendario con plumón rojo, como quien espera la final de una Serie Mundial.
Durante las vacaciones todos hacemos el esfuerzo por llevar a la familia unos días a la playa, a un pueblo mágico o a cualquier lugar donde el presupuesto alcance. Pero seamos sinceros: esas vacaciones duran una semana… quince días si bien nos va. El resto del tiempo la realidad nos regresa a Piedras Negras, con su calor que derrite hasta las buenas intenciones.
Y ahí empieza la verdadera prueba de resistencia.
Los niños desayunan… y a los veinte minutos ya preguntan qué van a comer. Se levantan diciendo que están aburridos, prenden la televisión, luego los videojuegos, después el celular, y cuando finalmente deciden salir, lo hacen justo cuando baja el sol… para regresar quién sabe a qué horas.
Mientras tanto, mamá hace de cocinera, enfermera, árbitro, psicóloga, chofer, inspectora, administradora del aire acondicionado y, por si fuera poco, vigilante nocturna esperando a que “los angelitos” lleguen sanos y salvos.
Y eso sin contar el calor infernal que nos regaló este verano. Los pobres aires acondicionados trabajaron horas extras y aun así parecían abanicos con diploma. Ahora falta ver el recibo de la luz… ese sí da más miedo que una película de terror.
Como si no fuera suficiente, todavía tuvimos que lidiar con la escasez de agua. Así que mantener una casa llena de niños inquietos, con calor y a veces sin suficiente agua, fue prácticamente un deporte extremo.
Mientras tanto… respiren profundo, mamás. Ya falta muy poco.
Dentro de unos días volverán las loncheras, los uniformes, las carreras para llegar a tiempo, las filas de los carros afuera de las escuelas… y, sobre todo, volverá ese maravilloso silencio que invade la casa cuando los güercos están en clases.
No lo nieguen. Más de una ya hasta está pensando en reunirse con las amigas para desayunar tranquilamente, tomarse un cafecito sin interrupciones y platicar sin escuchar cada cinco minutos el inolvidable:
—”¡Mamáaa!… ¿qué hay de comer?”
¡Ánimo! Ya casi llega ese glorioso momento. Y aunque dentro de unas semanas seguramente extrañarán tener a los hijos todo el día en casa… por lo pronto, disfruten esa pequeña victoria que el calendario escolar les regala cada agosto.
Porque, seamos sinceros… hay campanas que anuncian fiestas, otras que anuncian bodas… y luego está el timbre del primer día de clases, que para muchas mamás suena casi como un himno a la libertad.
Y no se hagan las fuertes, señoras. El lunes del regreso a clases más de una va a llegar a la casa, se va a servir un cafecito bien caliente, va a voltear a ver la sala completamente en silencio y hasta va a decir: ‘¡Qué bonito se oye cuando no se oye nada!’… Aunque les doy unas dos semanas para que ya anden diciendo: ‘cómo se extrañan estos condenados’. Así somos los papás y las mamás: nos quejamos cuando están y los extrañamos cuando no están.
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