El artículo sobre los narcisos de la política, publicado el pasado domingo en Pensando en Letras, ha tenido una excelente aceptación. Y debo confesar que hay algo que me divierte particularmente, aunque no me sorprende en absoluto: cada quien identifica al político narcisista según sus propias preferencias e intereses partidistas.
Los de chaleco verde creen que me refiero a los de chaleco guinda; los de chaleco guinda, por su parte, están convencidos de que hablo de los de chaleco verde.
¡Y precisamente de eso se trataba!
Mi intención nunca fue señalar a un partido en particular, sino poner sobre la mesa una realidad que trasciende colores e ideologías: el uso del dinero público para engrandecer la imagen personal de quienes nos gobiernan.
Y para hablar de esto no hacen falta simpatías ni antipatías políticas, sino datos, hechos y cuentas claras.
Existe mucha información en internet sobre los millonarios recursos que destinan a publicidad tanto el Gobierno de Coahuila, de extracción priista, como administraciones municipales de distintos partidos. De acuerdo con las cifras que he revisado, el gasto anual del gobierno estatal supera por mucho los 700 millones de pesos siendo de los mas altos a nivel nacional, mientras que municipios como Saltillo y Torreón destinan decenas de millones a este concepto.
En Piedras Negras, el gasto que he observado ronda los 17 millones de pesos. Es una cantidad considerable, desde luego, y considero que merece revisarse a la luz de las necesidades de nuestra ciudad. Sin embargo, también es importante ponerla en perspectiva frente a los recursos que destinan otras administraciones municipales del estado.
Otro caso que merece atención es el de Múzquiz, donde la administración de una exalcaldesa morenista, actualmente encarcelada, obliga a examinar con rigor el destino de los recursos públicos y, en particular, la proporción destinada a tanta publicidad frente a la inversión en obra pública en ese lugar.
Las cifras deben analizarse con seriedad, comparando presupuestos, resultados y necesidades de cada municipio. El dinero público no es patrimonio de ningún gobernante ni instrumento para alimentar su vanidad.
En resumen, el artículo cumplió su propósito. Los de un color pensaron que hablaba de los del otro, y viceversa. Y eso me parece, además de revelador, francamente divertido.
Porque el problema no es el color del chaleco, sino la conducta de quien lo porta.
Priistas, morenistas o de cualquier otra filiación política: cuando utilizan cantidades millonarias del dinero de los contribuyentes para promover su imagen personal, el problema es exactamente el mismo.
Al final, la factura la pagamos todos.
Y quizá ahí esté la verdadera reflexión: los políticos cambian de partido, de discurso y de color, pero el narcisismo no tiene afiliación partidista.
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