Hace 20 años escribí este artículo.
Sí, veinte.
Lo encontré hace poco y, después de leerlo, primero me dio risa… luego nostalgia… y finalmente me quedé pensando que, aunque han cambiado muchísimas cosas en nuestra ciudad, hay otras que parecen tener la mala costumbre de no cambiar jamás.
Así que decidí desempolvarlo y compartirlo nuevamente. Eso sí, con una advertencia: no le voy a quitar ni una sola palabra de su espíritu original, porque en aquel entonces estaba preocupado por lo mismo que muchos padres seguimos estando hoy: ¿a qué hora regresan los hijos?
Y ahí empieza la historia…
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Eran las 10:00 de la noche cuando me despertó un ruido en la puerta.
“Oficialmente” estaba viendo el juego de básquetbol entre mis odiados Lakers y mis queridos Spurs. Pero la verdad es que Morfeo se había apoderado de mi desde hacía rato.
Salté como Tony Parker de mi sillón reclinable rumbo a la puerta principal.
Me encontré con mi hija.
La recibí con un besote en el cachete y agradecí a todos los santos patronos que están pintados en la catedral especialmente a mi favorito, aquel que tiene el mecatito en las manos, por habérmela traído sana y salva de la nocturna selva nigropetense.
Pero mi hija, sorprendida, me dijo:
—¡Ay, papaaaaá! ¡Si apenas voy a saliiiir!
Así, con ese sonsonetito de “chava nice” que hace que uno se quede con la cara exactamente igual a cuando llega el recibo del agua.
Y es que oigan! los condenados antros de nuestro pueblo abren sus puertas a las nueve de la noche, pero la pachanga empieza a las diez.
Así que los chavitos llegan muy campantes, perfumados y con los pelos todavía mojados justo cuando uno, en su casa, ya está pensando seriamente en dormir.
Por eso, cuando uno les dice con toda la autoridad que todavía le queda:
—Te quiero aquí temprano, ¿eh?
Te voltean a ver como Martita veía a Fox, con aquella mirada que parecía decir:
—¡Siiii, Chente!
Puedes contarles tus historietas, tu currículum juvenil, tus experiencias, tus aventuras y todas las broncas que tuviste con tus papás cuando la hora de llegada obligatoria a casa era a las nueve de la noche.
Puedes explicarles que, si había un baile, boda o quince años en fin de semana, la cosa se podía estirar… pero no más allá de la una de la mañana.
Y ellos simplemente te miran con los ojos volteados, como si la Virgen les estuviera hablando directamente desde el cielo.
No te escuchan.
Una vez le comenté a la aliada y a la vez abogada defensora de mis hijas:
—¿Oye; y para qué se secan el pelo a las nueve de la noche si ya se van a la cama?
Y con una saña inaudita me contestó:
—¡Ah… es que van a una boda!
¡Caray!
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Pero detrás de todas estas historias y de las bromas hay algo que hace veinte años me preocupaba de verdad.
La responsabilidad es nuestra.
Aunque queramos delegarla en las autoridades, en los dueños de los antros, en los policías, en los amigos o en quien sea, al final nadie tiene más responsabilidad de cuidar a nuestros hijos que nosotros mismos.
Ya sabemos que cuando uno intenta estirar la rienda, la primera que brinca es la mamá.
Y no necesariamente porque esté de acuerdo con los hijos, sino porque es una reacción natural de una madre que quiere protegerlos. A sus ojos, todo puede sucederle a los demás niños… menos a los suyos.
Pero la realidad es otra.
Tenemos que hacer todo lo posible por reducir, aunque sea un poco, los riesgos a los que están expuestos nuestros muchachos.
No se trata de encerrarlos.
No se trata de prohibirles vivir.
Se trata de enseñarles que la libertad también trae responsabilidades y que hay lugares, horarios y circunstancias en los que el peligro puede aparecer sin avisar.
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En aquellos años escuché por la radio que los antros en Piedras Negras tendrían que cerrar obligatoriamente a las dos de la mañana.
Di gracias a mi santo del mecatito.
Debíamos por todos los medios posibles de iniciar una campaña para evitar del peligro inminente donde andan los chavos y retirarlos mas temprano de la calle o lugares públicos donde asisten todo tipo de gente con las mas bajas intenciones, enmascarados en personajes de alta sociedad y sin el menor respeto al prójimo.
Pero, para mi sorpresa, nada cambió.
Yo creo que los dueños de los negocios les hicieron a nuestras autoridades exactamente lo mismo que nuestros hijos nos hacen a nosotros:
¡NINGÚN CASO!
Y lo peor es que nadie parecía capaz de hacer algo contra una costumbre que ya había causado problemas a muchas familias de nuestro querido Piedras Negras.
Ni autoridades.
Ni padres de familia.
Ni nosotros mismos.
Porque mientras discutíamos quién tenía la culpa, nuestros muchachos seguían saliendo y regresando tarde.
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Veinte años después, al releer estas líneas, me dio mucha risa recordar al padre joven y preocupado que fui.
Pero también me dio cierta ternura.
Porque uno cambia.
Los hijos crecen.
Los nietos llegan.
Y de pronto uno descubre que aquellas noches en las que esperaba escuchar el ruido de la puerta para saber que tu hija había llegado bien… fueron también parte de los años más bonitos y más difíciles de ser padre.
Y ahora entiendo algo que entonces no entendía del todo:
los hijos creen que uno exagera hasta que les toca ser padres.
Entonces comprenden.
Entonces empiezan las llamadas:
—¿Ya llegaste?
—¿Dónde estás?
—¿Con quién andas?
—¿A qué hora vas a regresar?
Y cuando el hijo contesta:
—¡Ay, papá, no exageres!
Uno sonríe.
Porque ya conoce la historia.
Y piensa:
“Espérate a que tengas hijos, m’hijo… entonces hablamos.”
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Hace veinte años terminé aquel artículo diciendo que nuestros hijos llegarían cada vez más tarde a casa.
Hoy, tres décadas después, algunos de aquellos “güercos” ya tienen hijos propios.
Y seguramente ahora son ellos los que miran el reloj a las dos de la mañana, caminan de un lado a otro por la sala y le piden al santo del mecatito que les cuide a sus muchachos.
Qué cosas tiene la vida.
Uno pasa de ser el joven que no entiende por qué sus padres se preocupan…
a convertirse en el padre que se preocupa.
Y finalmente termina siendo el abuelo que se ríe de todo aquello.
Pero, eso sí:
cuando el nieto salga de noche, ahí sí… que Dios nos agarre confesados.
Porque una cosa es segura:
los tiempos cambian… pero la preocupación de un padre por sus hijos parece no tener fecha de caducidad.
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