Uno quisiera que nuestros hijos caminaran por la vida rodeados de ángeles cuando están lejos de casa. Que cada persona con la que se crucen sea de buena fe, de intenciones limpias. Que las actividades que emprendan tengan los riesgos normales de crecer, de vivir; y que, si se equivocan, enfrenten las consecuencias justas, aprendiendo de ellas para ir construyendo su carácter y su experiencia.
Pero la realidad de hoy dista mucho de ese anhelo.
Las calles, los lugares que frecuentan los muchachos e incluso sus propias escuelas, se han vuelto espacios donde el peligro acecha. Y no solo por adultos que buscan aprovecharse de su inocencia, sino también por jóvenes que, extraviados en su propio camino, terminan convirtiéndose en una amenaza para otros. Hoy en día no es raro ver a muchachos armados o bajo el influjo de alguna sustancia a cualquier hora, multiplicando los riesgos para nuestros hijos.
¿Cuántas noticias hemos leído o visto sobre tragedias en escuelas? ¿Cuántas historias nos llegan de jóvenes que sufren situaciones terribles en lugares que, en teoría, eran para divertirse? ¿A cuántas pláticas hemos asistido donde especialistas nos advierten, con datos duros, lo que está ocurriendo en nuestra sociedad?
Y, aun así, muchas veces no reaccionamos.
Seguimos posponiendo decisiones importantes. Dudamos en poner límites. Cedemos con facilidad a lo que nuestros hijos piden —y a veces exigen— sin detenernos a pensar qué es lo mejor para ellos. La pregunta es inevitable: ¿qué necesitamos que suceda para actuar?
En nuestra ciudad, lamentablemente, las opciones de esparcimiento para los jóvenes son limitadas. Predominan los lugares disfrazados de entretenimiento donde el ambiente no siempre es el más adecuado. Espacios donde se mezclan riesgos innecesarios con una aparente normalidad, y de donde los muchachos salen a calles donde la vigilancia, muchas veces, es insuficiente.
No es raro ver jóvenes de otros lugares cruzar la frontera en busca de lo que en sus ciudades no se les permite: acceso a alcohol, a ambientes sin regulación, a una libertad mal entendida. Allá hay consecuencias claras; aquí, con frecuencia, puertas abiertas.
Pero tampoco se trata de criar a nuestros hijos en una burbuja. Ignorar la realidad no es opción. Como padres, quisiéramos ofrecerles espacios seguros, oportunidades sanas de convivencia, y la tranquilidad de saber que volverán a casa sin peligro.
Sin embargo, aunque mucho depende de las autoridades, hay algo que no podemos delegar: nuestra responsabilidad.
Un día antes de cumplir 21 años, una de mis hijas salió rumbo a la escuela, con el apuro natural de quien va contra el reloj. Apenas había avanzado unos metros cuando un policía la detuvo por exceso de velocidad y comenzó a levantarle una infracción.
Ella le pidió que la disculpara. Le explicó que nunca había tenido una multa, que eso le afectaría su seguro. Pero el oficial, serio, hizo su trabajo sin ceder. Le entregó la boleta y se retiró.
Mi hija se quedó ahí, en silencio, invadida por esa tristeza que solo se siente a su edad: una mezcla de frustración, culpa e impotencia.
Pasaron unos minutos.
De pronto, tocaron su ventana.
Era el mismo policía.
Regresó, le devolvió la boleta y, ahora sí, le habló. Le llamó la atención y le pidió que bajara la velocidad, que se cuidara, que nada bueno trae manejar con prisa. Y añadió algo que a cualquier padre le llega directo al corazón: que quienes más iban a agradecer ese consejo éramos nosotros.
Ese día, ese hombre no fue solo un policía.
Fue, sin saberlo, un ángel en el camino de mi hija.
Y entonces uno entiende que, aunque no podamos estar siempre a su lado, a veces la vida les pone a alguien que los cuida, que los detiene a tiempo, que les recuerda el valor de regresar a casa.
Ojalá a todos nuestros hijos les toque encontrarse, de vez en cuando, con uno de esos.
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