Por: Javier Zacarias
Esos momentos inolvidables se guardan como quien esconde piedritas luminosas en el alma. No pesan, no estorban; iluminan.
Cuando la memoria es generosa, se encienden solitas en las noches calladas o en las tardes de silencio profundo. Y cuando la memoria flaquea un poco, conviene apuntarlos con cariño, como se anota la lista de mandados en un papel doblado en el bolsillo.
Así, cuando la vida arrecia y llega la tormenta, esos recuerdos salen a nuestro encuentro y vuelven a abrigarnos el corazón.
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