29 de noviembre de 2025

Se Busca Inspiración…

Por: Javier Zacarías 


Se busca inspiración para escribir cosas bellas sobre la política municipal y sus principales actores. Para decir, con buena pluma, que las fuerzas vivas —la empresa, el comercio, la industria— son aliadas constantes del desarrollo urbano, sin saber que muchas veces son simples piezas en el teatro del engaño. Empresarios que, por buena fe o conveniencia, aplauden y elogian sin saber —o sin querer saber— que a quienes festejan, los usan.

Se busca inspiración para hablar de la sociedad que idolatra al político deshonesto, que aplaude al bribón con cargo público, sin notar que la están engañando… o peor aún, siendo parte del engaño. Una sociedad que prefiere ser comparsa antes que conciencia, cómplice antes que contrapeso.

Se busca inspiración para no rozar ni con el pétalo de una rosa al político embustero y eternamente en campaña. Para aceptar que las musas de la política local no son la ética ni el servicio, sino la pasarela, la foto, la conveniencia. Y que muchos de los que hoy se exhiben, serán mañana el semillero de los mismos errores.

Se busca inspiración para escribir cosas bonitas sobre la fea política del pueblo, para pintar con colores brillantes una realidad desteñida por la desidia, la corrupción y el olvido. Para elogiar lo invisible: el progreso que no llega, la obra que no sirve, la promesa que no se cumple.

Se busca inspiración para omitir la cruda realidad de los campos abandonados, de las colonias marginadas, de las escuelas públicas que luchan con lo mínimo, de los hospitales que curan sin medicinas, de los servicios primarios que envejecieron sin que nadie los atendiera.

Se busca inspiración para aplaudir, una vez más, cada visita del gobernador que se lleva de regreso a Saltillo un costal de bendiciones, buenos deseos… y algo más. Para convencernos —y convencer a otros— de que media pulgada de lluvia no basta para hundir una ciudad, aunque lo haga. Para escribir loas al bacheo que muere con la primera llovizna, a las obras que nacen tarde y se pudren pronto.

Se busca inspiración para escribir algo bello de lo que duele. Para encontrar poesía donde hay podredumbre, y esperanza donde no se ha sembrado nada.

Ya llegará…

21 de noviembre de 2025

Construyendo Recuerdos …

Por: Javier Zacarías 


Yo no tuve abuelos que fueran a verme jugar béisbol o futbol cuando era niño. Por el lado de mi padre, mi abuelo falleció cuando yo era apenas un bebé. Don Vicente Zacarías era un buen hombre que se fue demasiado pronto de mi vida. Si llegó a conocerme, y dicen que me abrazaba con fuerza cada vez que me veía… tal vez porque sabía, en el fondo de su corazón, que no estaría aquí por mucho tiempo. Tengo apenas sombras de recuerdo, destellos, pero les aseguro que me dejó su esencia, como una luz suave que me acompaña hasta hoy.

Mi abuelo José Gonzalez, por parte de mi madre, ambos nos disfrutamos. Ya les he platicado de él durante nuestras cacerías, pero pues también él tenía que andar siempre en el rancho, trabajando para llevar sustento a la familia. Así que ir a verme jugar algún deporte nunca fue posible.

Y aunque crecí sin la presencia física de mi abuelo paterno, nunca fue eso una decepción para mí. Mis papás me inculcaron a valorar su esfuerzo, su cariño, y el recuerdo bonito que ambos dejaron en mi vida, un recuerdo que se siente como un tesoro heredado sin haberlo vivido por completo.

Quizá por eso ahora trato, con toda el alma, de estar presente en las actividades de mi nieto. Y cuando no puedo asistir, me aferro a los videos, a las conversaciones por FaceTime y a las fotos que me mandan su mamá y su tia. Cada imagen es un pedacito de vida que atesoro.

La semana pasada fui a su último juego de temporada de béisbol T-Ball y les juro que fue una experiencia inolvidable para ambos. Desde que llegué al campo, Roman se me lanzó al abrazo con la misma sorpresa y alegría con la que uno recibe un regalo inesperado. Después, durante el juego, se lucía bateando y barriéndose en todas las bases. Quien ha visto un juego de T-Ball sabe exactamente a lo que me refiero: es una auténtica botana, una fiesta de inocencia.

En cuanto había un roletazo, todos los niños se aventaban por la pelota como si fuera tesoro, y en medio de aquella melé infantil alguien termina levantándola para lanzarla a primera… y la mayoría de las veces termina perdida por el right field. Un espectáculo hermoso, puro, que te ilumina el alma.

Qué bonito es ver a las familias enteras reunidas, disfrutando de los niños. Papás y abuelos llenando las gradas con sonrisas, aplausos y miradas orgullosas.

Mi Roman cerró su temporada feliz y salió, como todos sus compañeritos, con su trofeo de participación bien agarrado entre sus manos. Iba orgulloso, radiante.

Como abuelos, es un privilegio y un placer ver a nuestros nietos disfrutar cualquier actividad que emprendan. Para ellos, nuestra presencia será inolvidable; quedará grabada para siempre en su memoria, igual que en la nuestra.

Ojalá que estos recuerdos, estos momentos compartidos, construyan para ellos un futuro digno, lleno de amor y de raíces profundas. Porque al final, eso es lo que les heredamos: nuestra presencia, nuestro tiempo y nuestro corazón.


#PiedrasNegras

#nietosyabuelos

#Familia

15 de noviembre de 2025

El Billar…

 Por: Javier Zacarías 


Hay recuerdos que, con los años, se vuelven más dulces que duros. Que con el tiempo dejan de ser una vergüenza para convertirse en una medalla secreta, un guiño del destino que te dice: “mira nomás cuánto has vivido”. Esta es una de esas historias.

En mi rebeldísima adolescencia —esa etapa donde uno se siente inmortal y más listo que todos— doña Yola decidió darme una lección que todavía hoy me hace sonreír. Llamó a la policía para que me detuvieran. Así como lo leen. Me mando a las celdas de la preventiva, así, sin dramas, sin advertencias, llegaron los chotas hasta el billar donde me juntaba con mis amigos, todos de mi edad, todos igual de necios y felices. A pesar de la prohibición absoluta, ahí andábamos, envueltos en el aroma a tiza, en la luz amarillenta de las lámparas y en las carcajadas sinceras de los amigos de antes.

Nos subieron a La Julia y de ahí al bote.

Y no fueron por mí hasta tres o cuatro horas después. Lo había pactado mamá con el comandante De León, con la venia de don Chano, quien siempre tuvo un talento especial para verme con ojos de “te lo dije”.

“Si vuelves a ir a ese lugar, voy a pedirle a la policía que te suelte hasta el otro día, a ver si entiendes, cabron.”

Así, directo, con la mirada firme y ese amor bravo que sólo tienen las madres del norte, del meritito Remolino.

Hoy, cada vez que lo recuerdo, me río. Porque sí, me avergonzó unos días… pero después se volvió nuestra anécdota estrella, la que contábamos entre todos mientras los que escaparon presumían su suerte. Y los que no escapamos, presumíamos la aventura.

Teníamos once o doce años. Éramos niños creyéndose hombres. Y aunque en teoría no pintábamos en esos lugares, el Jockey Club era para nosotros casi un templo. Ese local en la parte alta de un local de la calle Ocampo, frente a la casa de los Abraham. Un billar de antaño, de los de verdad: cinco mesas de pool y una de carambola subiendo las escaleras, y un desfile de personajes que parecían salidos de una novela norteña.

Ahí convivían mis tíos Pepe y Mando González, los Gamiño, Neto Vázquez, el Rabo Lozano, Lico Rodríguez… nombres que todavía resuenan cuando uno cierra los ojos y recuerda los días buenos de Piedras Negras.

Sí, claro, vendían cerveza. Pero para nosotros, la magia estaba en otra parte: en el ruido de las bolas chocando, en el olor a madera vieja, en la risa del grupo, en sentir que pertenecíamos a algo más grande.

Mamá, por supuesto, no estaba convencida. Y con razón. Pero ¿cómo ganarle al ampáyer? Mandó a la chota por mí… y de paso se llevaron a mis cómplices de aventuras.

Mamá era 51% cariñosa y 49% estricta. Era sí o no. Sin intermedios. Durísima como los nogales del Remolino. Pero yo tenía la llave: “tienes los ojos más bonitos del mundo”. Y ahí, en ese momento, se acababa cualquier pleito. Me soltaba las riendas y hasta me defendía de don Chano cuando se ponía bravo.

Meses después, mientras descargábamos un camión de sandías en la Fruteria, se me cayó una tiza de la camisa. Fue a dar directo a la frente de mi papá. El golpe sonó seco. Él la recogió del suelo, la guardó en el pantalón y no dijo una sola palabra.

Horas más tarde, al cerrar el negocio, me habló con esa calma que sólo tienen los hombres sabios de La Sauceda:

“Ten cuidado con quién te juntas y lo que haces, porque esas dos cosas dictarán el futuro de tu vida.”

Mi padre no daba muchos discursos, pero ese se me quedó grabado para siempre.

El billar, desde entonces, ha sido un compañero leal en todas las etapas de mi vida. Nunca he sido un jugador extraordinario, pero lo practico con cariño. Y gracias a él he ganado amigos de esos que no se encuentran fácilmente.

Amigos que uno respeta, que uno busca, que uno recuerda con gusto cuando cae la tarde.

El Jockey Club ahora está en otra parte igual de popular de Piedras Negras. Lo frecuenté mucho cuando vivía mi querido y entrañable amigo Óscar Calixto, a quien extraño cada vez que escucho el tintineo de bolas chocando. Ahi también hice muy buenos amigos que frecuento y añoro cuando se pasa el tiempo sin verlos y que valen lo que pesa una buena mesa de billar. Hoy lo manejan eficientemente sus hijos. Pronto los visitaré.

Porque el amor por el billar no se acaba.

Porque aunque pasen los años, uno siempre vuelve al lugar donde fue feliz.

Porque este pasatiempo me ha dado puras satisfacciones… incluso aquella famosa detención que hoy, más que regaño, es una medalla de mis Crónicas de Piedras Negras.


#PiedrasNegras

#billar

13 de noviembre de 2025

La Termo…

Por: Javier Zacarías 


Gabriel Patrón me enviaba fotografías extraordinarias… imágenes que parecieran tener alma propia. En el mismo punto donde, en 1954, un fotógrafo capturó con su cámara el drama de aquella sorpresiva inundación, se colocó mi buen amigo “El Muerto” para retratar la actualidad de nuestro pueblo. Esa sensibilidad suya —siempre a flor de piel— es un tesoro que se agradece y que honra la memoria de nuestro pasado.

Gabriel no solo es un fotógrafo de gran calidad; es un caballero de los que ya casi no hay, un hombre que nunca olvida regalar un saludo afectuoso para mis padres cuando nos cruzamos por ahí. Formó parte de aquel grupo selecto que participó en la construcción de la Central Termoeléctrica Río Escondido, dejando una huella silenciosa, pero profunda, en la historia de nuestra región. Su trabajo, testigo fiel del esfuerzo de nuestra gente, ha quedado sembrado en exposiciones y paredes de oficinas donde la historia aún se escribe día con día.

Además, como no reconocérselo, Gabriel fue el fotógrafo de mi boda. Con su maestría artística y su mirada única, capturó uno de los momentos más importantes de mi vida. Y por eso, y por cientos de detalles más, le guardo una gratitud que nunca se agota.

Las imágenes que me comparte Gabriel vienen cargadas de recuerdos que creí dormidos. Me regresan a esa época de la construcción de la Central Termoeléctrica Río Escondido de CFE: una etapa que marcó mi vida y me hizo crecer.

Aparecen en mi memoria personajes que me tendieron la mano, que confiaron en mí cuando aún era un desconocido. El Ing. Arturo Ramos Palencia, veracruzano de carácter firme y palabras muy suyas, me abrió las puertas gracias a la recomendación del Lic. Rolando Tamayo. A Rolando le debo un agradecimiento profundo y eterno: él creyó en mí cuando apenas comenzaba. Ese voto de confianza se volvió mi bandera y mi motor.

Con el tiempo, el Ing. Ramos Palencia, jefe exigente y muy duro, se convirtió en un buen amigo de los que la vida regala pocas veces y que el corazón conserva para siempre. Seguramente el cielo lo disfruta tanto como lo hice yo.

También guardo un cariño inmenso por el Ing. José Félix Gándara. Él fue quien me empujó más lejos, quien me enseñó a volar sin miedo en el mundo de la administración, con disciplina y determinación. Espero de corazón haber estado a la altura de la confianza que me brindó. Gracias hasta el cielo inge.

Ya en la etapa de Operación, el Ing. Alejandro Hernández me dio el impulso definitivo. Sin su apoyo y su guía, mi paso por la CFE jamás habría sido el mismo. Fue un gran jefe, pero sobre todo, un gran hombre. Me regaló su confianza y, mientras yo viva, le estaré sumamente agradecido hasta el cielo donde de seguro está.

El Ing. Fortino Bermea fue primero compañero, y luego jefe. Su don de gente, tan propio de las tierras de esta región, aun lo distinguen. Todos lo queremos y respetamos. De él aprendí la importancia de la prudencia, del respeto y del trato humano. Su carácter amable y tranquilo le ganó el cariño de todos los que colaboramos a su lado. Un abrazo siempre fuerte inge. 

El Ing. Carlos Echeverría Faundes es, simplemente, mi amigo. Me inculcó la responsabilidad del cargo, la seriedad y, sobre todo, la ecuanimidad. Mi aprecio por él va mucho más allá del trabajo que nos unió. Lo valoro como es: sincero, franco, de palabra firme.

Y finalmente, el Ing. Alberto Garza. Hombre estricto, trabajador incansable y tenaz como la gente del norte. Su liderazgo llevó nuestra Central a los más altos índices de producción nacional. Nada se le escapaba. Supo rodearse de colaboradores leales, formando un equipo que hizo historia. Pocos como él.

Creo firmemente que todos esos valores —la confianza, la oportunidad, el amor por la tierra— deben seguir vivos en nuestra comunidad para que nuestros jóvenes no tengan que alejarse del pueblo para encontrar un futuro digno.

Que aquí, en casa, puedan construir sueños, formar familia, echar raíces.

Porque la fortaleza de un pueblo se escribe en los afectos.

En los brazos que esperan cada noche.

En la mesa donde la familia se reúne.

En la tierra que nos vio nacer y crecer.

Piedras Negras merece seguir en pie… con honor, con respeto, con orgullo de los nuestros. Una comunidad sólida, donde nadie venga a aprovecharse del trabajo ajeno ni a sembrar daño.

Tenemos que luchar —todos juntos— para que nuestros muchachos se queden aqui. Para que florezcan aquí, con el apoyo de nuestras universidades, nuestras empresas, nuestra gente.

Para que los hijos de nuestros hijos corran por estas calles, sintiendo siempre el calor de la familia.

Porque solos, no pueden.

Pero tampoco nosotros podremos sin ellos.

Quienes hoy tienen la oportunidad de dar empleo, de dirigir, de decidir, también tienen la responsabilidad de mirar primero a la gente de Piedras Negras.

A la gente que ha hecho este lugar lo que es.

No se trata de discursos bonitos ni de entrevistas para la foto.

Se trata de compromiso.

De raíces.

De amor por nuestro Piedras Negras.

Que así sea.

Y que nunca se nos olvide.


#CFE

#GRPN

7 de noviembre de 2025

El Circo del Poder…

 Por: Javier Zacarías


Qué fácil es gobernar cuando todo se reduce a un chiste.

Qué cómodo es buscar votos a punta de ocurrencias, bailes forzados con los acarreados al evento, y sonrisas fingidas para la foto. 

La política en Piedras Negras, en Coahuila y en todo el país dejó de ser un compromiso con la gente para convertirse en un espectáculo grotesco donde los protagonistas se esfuerzan más por volverse virales que por ser útiles.

Los políticos del pueblo descubrieron que el aplauso inmediato vale más que cualquier obra que tarde años en completarse. Que un meme rinde más que un plan de gobierno. Que la ignorancia es terreno fértil para sembrar falsas promesas y cosechar votos fáciles.

Nos tratan como público, no como ciudadanos.

Nos entretienen para que olvidemos que siguen robando, fallando y mintiendo.

Y lo peor: muchas veces funciona.

Mientras ellos se visten de payasos, nosotros, sin darnos cuenta, hacemos de la grada, nuestro hogar. Observamos el show, nos reímos un rato y después… seguimos con lo nuestro. No exigimos cuentas. No pedimos seriedad. No castigamos la burla.

Así… el circo continúa.

Y en medio de la pista, desfila la misma gente de siempre: los que se creen líderes porque saben bailar, los que piensan que gobernar es posar para la foto, los que confunden la popularidad con la dignidad.

Pero llegará el día —tarde o temprano— en que el público nigropetense se canse del espectáculo que han montado los politicos tercermundistas del pueblo.

Cuando eso pase, quizá la política de nuestra ciudad, vuelva a ser lo que debía:

no un entretenimiento barato, sino un acto de responsabilidad con la gente que dicen representar.

Hasta entonces, el show debe continuar.

Aunque nos duela pagar la entrada.

1 de noviembre de 2025

Vamos a Leer

Por: Javier Zacarias


Después de lo que fui testigo en una iglesia de la localidad, donde se celebraron las confirmaciones, yo también quiero confirmar algo. Confirmo mi convicción de que si fomentamos el gusto por la lectura en los niños, les estaremos regalando una de las herramientas más valiosas para su vida.

Entre los nervios y la solemnidad del momento en la iglesia, escuché a varios pequeños leer “atoníto” en lugar de atónito y “para-bola” por parábola. Cosas así pasan, se entiende porque son niños. Pero lo que más me sorprendió fue cuando un lector adulto leyó sobre “una carta enviada por un apóstol a los coreanitos”. Y uno se pregunta: ¿por qué se equivocan tanto? Muy sencillo: porque no conocen el significado de lo que leen. Y ojo, los niños no tienen la culpa. Ellos hacen lo que les piden. La responsabilidad está en quienes los ponen a leer en público sin la preparación adecuada… y también en los maestros y, sobre todo, sobre todo, en nosotros como padres por no inculcarles a tiempo el valor de la lectura.

Este es un llamado urgente para todos: ¿cómo queremos que nuestros hijos hablen y escriban bien si no leen? Como dice el Dr. César Lozano: ¿Cómo quieren que salga algo bueno de la boca si no le han metido nada a la cabeza? Es una realidad que muchos chavitos batallan incluso para leer en voz baja, y más aún frente a los demás. Es un problema social que no podemos ignorar.

Cuando a un niño le nace el gusto por leer, nace también un hábito que lo acompañará siempre. Y un buen lector se forma a partir de sus intereses personales: cómics, cuentos, deportes, animales… lo que sea que les despierte curiosidad puede ser el inicio.

Hay muchos caminos para que un niño se acerque a los libros: tenerlos a la mano en casa, ver a los papás leyendo, una maestra apasionada, o los cuentos que les leen los abuelos antes de dormir. Todo suma.

Pero es clave respetar lo que les gusta. Escuchar sus intereses, sus sueños y hasta sus miedos. Así podemos recomendarles libros que realmente los enganchen. Y si aún no saben qué les gusta, hay que ofrecerles opciones con calma, sin presionarlos. Darles tiempo para hojear, mirar dibujos y descubrir qué libro les hace clic.

Porque si los obligamos, si lo ven como castigo, entonces el rechazo no será hacia quien los presiona… será hacia los libros. Y ahí perdemos todos.

Cada niño es único y tiene su propio camino lector. No impongamos nuestros gustos. Dejemos que ellos elijan y celebremos esa libertad. Esa sensación de “este libro me gusta” es la chispa que enciende el hábito.

Hoy uno de los grandes dramas es que nuestros niños casi no tienen tiempo libre. Como padres queremos que aprendan de todo (karate, ballet, piano, danzas…) y además las tareas los traen agobiados. Así es difícil que tengan espacio para soñar.

Los libros pueden ser esa ventana que se abre a nuevos mundos. Una oportunidad para que la imaginación respire y florezca. Para que descubran intereses, se conozcan a sí mismos y crezcan felices.

Fomentar la lectura no es un lujo. Es un acto de amor.