Por: Javier Zacarías
Yo no tuve abuelos que fueran a verme jugar béisbol o futbol cuando era niño. Por el lado de mi padre, mi abuelo falleció cuando yo era apenas un bebé. Don Vicente Zacarías era un buen hombre que se fue demasiado pronto de mi vida. Si llegó a conocerme, y dicen que me abrazaba con fuerza cada vez que me veía… tal vez porque sabía, en el fondo de su corazón, que no estaría aquí por mucho tiempo. Tengo apenas sombras de recuerdo, destellos, pero les aseguro que me dejó su esencia, como una luz suave que me acompaña hasta hoy.
Mi abuelo José Gonzalez, por parte de mi madre, ambos nos disfrutamos. Ya les he platicado de él durante nuestras cacerías, pero pues también él tenía que andar siempre en el rancho, trabajando para llevar sustento a la familia. Así que ir a verme jugar algún deporte nunca fue posible.
Y aunque crecí sin la presencia física de mi abuelo paterno, nunca fue eso una decepción para mí. Mis papás me inculcaron a valorar su esfuerzo, su cariño, y el recuerdo bonito que ambos dejaron en mi vida, un recuerdo que se siente como un tesoro heredado sin haberlo vivido por completo.
Quizá por eso ahora trato, con toda el alma, de estar presente en las actividades de mi nieto. Y cuando no puedo asistir, me aferro a los videos, a las conversaciones por FaceTime y a las fotos que me mandan su mamá y su tia. Cada imagen es un pedacito de vida que atesoro.
La semana pasada fui a su último juego de temporada de béisbol T-Ball y les juro que fue una experiencia inolvidable para ambos. Desde que llegué al campo, Roman se me lanzó al abrazo con la misma sorpresa y alegría con la que uno recibe un regalo inesperado. Después, durante el juego, se lucía bateando y barriéndose en todas las bases. Quien ha visto un juego de T-Ball sabe exactamente a lo que me refiero: es una auténtica botana, una fiesta de inocencia.
En cuanto había un roletazo, todos los niños se aventaban por la pelota como si fuera tesoro, y en medio de aquella melé infantil alguien termina levantándola para lanzarla a primera… y la mayoría de las veces termina perdida por el right field. Un espectáculo hermoso, puro, que te ilumina el alma.
Qué bonito es ver a las familias enteras reunidas, disfrutando de los niños. Papás y abuelos llenando las gradas con sonrisas, aplausos y miradas orgullosas.
Mi Roman cerró su temporada feliz y salió, como todos sus compañeritos, con su trofeo de participación bien agarrado entre sus manos. Iba orgulloso, radiante.
Como abuelos, es un privilegio y un placer ver a nuestros nietos disfrutar cualquier actividad que emprendan. Para ellos, nuestra presencia será inolvidable; quedará grabada para siempre en su memoria, igual que en la nuestra.
Ojalá que estos recuerdos, estos momentos compartidos, construyan para ellos un futuro digno, lleno de amor y de raíces profundas. Porque al final, eso es lo que les heredamos: nuestra presencia, nuestro tiempo y nuestro corazón.
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