Por: Javier Zacarías
Hay recuerdos que, con los años, se vuelven más dulces que duros. Que con el tiempo dejan de ser una vergüenza para convertirse en una medalla secreta, un guiño del destino que te dice: “mira nomás cuánto has vivido”. Esta es una de esas historias.
En mi rebeldísima adolescencia —esa etapa donde uno se siente inmortal y más listo que todos— doña Yola decidió darme una lección que todavía hoy me hace sonreír. Llamó a la policía para que me detuvieran. Así como lo leen. Me mando a las celdas de la preventiva, así, sin dramas, sin advertencias, llegaron los chotas hasta el billar donde me juntaba con mis amigos, todos de mi edad, todos igual de necios y felices. A pesar de la prohibición absoluta, ahí andábamos, envueltos en el aroma a tiza, en la luz amarillenta de las lámparas y en las carcajadas sinceras de los amigos de antes.
Nos subieron a La Julia y de ahí al bote.
Y no fueron por mí hasta tres o cuatro horas después. Lo había pactado mamá con el comandante De León, con la venia de don Chano, quien siempre tuvo un talento especial para verme con ojos de “te lo dije”.
“Si vuelves a ir a ese lugar, voy a pedirle a la policía que te suelte hasta el otro día, a ver si entiendes, cabron.”
Así, directo, con la mirada firme y ese amor bravo que sólo tienen las madres del norte, del meritito Remolino.
Hoy, cada vez que lo recuerdo, me río. Porque sí, me avergonzó unos días… pero después se volvió nuestra anécdota estrella, la que contábamos entre todos mientras los que escaparon presumían su suerte. Y los que no escapamos, presumíamos la aventura.
Teníamos once o doce años. Éramos niños creyéndose hombres. Y aunque en teoría no pintábamos en esos lugares, el Jockey Club era para nosotros casi un templo. Ese local en la parte alta de un local de la calle Ocampo, frente a la casa de los Abraham. Un billar de antaño, de los de verdad: cinco mesas de pool y una de carambola subiendo las escaleras, y un desfile de personajes que parecían salidos de una novela norteña.
Ahí convivían mis tíos Pepe y Mando González, los Gamiño, Neto Vázquez, el Rabo Lozano, Lico Rodríguez… nombres que todavía resuenan cuando uno cierra los ojos y recuerda los días buenos de Piedras Negras.
Sí, claro, vendían cerveza. Pero para nosotros, la magia estaba en otra parte: en el ruido de las bolas chocando, en el olor a madera vieja, en la risa del grupo, en sentir que pertenecíamos a algo más grande.
Mamá, por supuesto, no estaba convencida. Y con razón. Pero ¿cómo ganarle al ampáyer? Mandó a la chota por mí… y de paso se llevaron a mis cómplices de aventuras.
Mamá era 51% cariñosa y 49% estricta. Era sí o no. Sin intermedios. Durísima como los nogales del Remolino. Pero yo tenía la llave: “tienes los ojos más bonitos del mundo”. Y ahí, en ese momento, se acababa cualquier pleito. Me soltaba las riendas y hasta me defendía de don Chano cuando se ponía bravo.
Meses después, mientras descargábamos un camión de sandías en la Fruteria, se me cayó una tiza de la camisa. Fue a dar directo a la frente de mi papá. El golpe sonó seco. Él la recogió del suelo, la guardó en el pantalón y no dijo una sola palabra.
Horas más tarde, al cerrar el negocio, me habló con esa calma que sólo tienen los hombres sabios de La Sauceda:
“Ten cuidado con quién te juntas y lo que haces, porque esas dos cosas dictarán el futuro de tu vida.”
Mi padre no daba muchos discursos, pero ese se me quedó grabado para siempre.
El billar, desde entonces, ha sido un compañero leal en todas las etapas de mi vida. Nunca he sido un jugador extraordinario, pero lo practico con cariño. Y gracias a él he ganado amigos de esos que no se encuentran fácilmente.
Amigos que uno respeta, que uno busca, que uno recuerda con gusto cuando cae la tarde.
El Jockey Club ahora está en otra parte igual de popular de Piedras Negras. Lo frecuenté mucho cuando vivía mi querido y entrañable amigo Óscar Calixto, a quien extraño cada vez que escucho el tintineo de bolas chocando. Ahi también hice muy buenos amigos que frecuento y añoro cuando se pasa el tiempo sin verlos y que valen lo que pesa una buena mesa de billar. Hoy lo manejan eficientemente sus hijos. Pronto los visitaré.
Porque el amor por el billar no se acaba.
Porque aunque pasen los años, uno siempre vuelve al lugar donde fue feliz.
Porque este pasatiempo me ha dado puras satisfacciones… incluso aquella famosa detención que hoy, más que regaño, es una medalla de mis Crónicas de Piedras Negras.
#PiedrasNegras
#billar
No hay comentarios.:
Publicar un comentario