31 de diciembre de 2025

A todos mis amigos…


En este próximo Año Nuevo, quiero desearles de corazón salud, paz y muchos motivos para disfrutar y sonreír. Que cada día venga acompañado de tranquilidad, buenos momentos y la satisfacción de seguir avanzando, tanto en lo personal como en lo que compartimos como amigos.

Gracias por la amistad sincera y por los momentos agradables que nos regaló el 2025; por leer mis artículos, compartirlos y por sus comentarios, que me motivan a seguir escribiendo y compartiéndoles mis recuerdos y vivencias. Que el año que comienza nos brinde nuevas oportunidades para seguir coincidiendo y celebrando la vida con respeto y buena voluntad, con ese sabor a casa que solo tiene nuestro querido Piedras Negras.

Feliz Año Nuevo. Que sea un año de armonía, bendiciones y recuerdos que realmente valgan la pena.

Atentamente,

su amigo:

Javier Zacarías 

28 de diciembre de 2025

Me hizo falta algo esta Navidad…

 Me hizo falta algo esta navidad. 

Ese “algo” que no cabe en cajas de regalo ni se sirve en los platos

Me hizo falta el calor —no el de las estufas, sino el de la casa de mis abuelos—donde el aire olía a bondad, a cariño, a canela, a historias viejas que se quedaban flotando en los cuartos antes de la cocina. Esos cuartos donde se guardaban dulces… y memorias.


Me hizo falta aquel patio.

Lleno de sillas, de mecedoras que crujían al compás de la tarde, de conversaciones pausadas bajo un cielo de diciembre que olía a chocolate caliente, a café recién colado, a golosinas compartidas entre risas.


Echo de menos esas escenas que se quedaron bordadas en mi memoria: mi mamá, mis tías, bajo la batuta dulce y estricta de mi abuela, convirtiendo ingredientes simples en manjares llenos de historia.

El olor de los buñuelos, la música en la radio, las risas, las bromas que se decían entre cucharadas y cacerolas.

El fuego crepitando al anochecer, la parrilla cantando mientras los tíos Mando y Pepe cocinaban con destreza, siempre vigilados por la mirada atenta —y silenciosa— de mi abuelo. Todo era parte de un ritual que parecía eterno.


Me hizo falta el ruido. Sí, hasta ese escándalo tremendo de los cuetes de mi hermano Chavo en la calle Bravo,las carreras de primos, las actuaciones que preparamos con semanas de anticipación.

Nos aplaudían como si estuviéramos en Bellas Artes.

Los abuelos, sentados con los ojos brillantes, nos veían como si no hubiera mayor espectáculo en el mundo.


Me hizo falta esa música.

Las rancheras de mi tío José Carlos, de mi tío Carlos García, de mis tíos Saúl y Héctor y claro, de Los Feos —desafinadas pero entrañables—, la guitarra golpeada de tantas fiestas, las voces de quienes sabían cantar cubriéndolos con ternura, porque sí, aunque nunca lo admitan, los rescatábamos un poco.

Las historias de Teto y Lalito y sus motos, los bailes modernos de Yadira y Sonia, los discos girando en 45 RPM con canciones que hoy ya no suenan, pero que entonces eran el alma de la fiesta.


Me hicieron falta Gloria y Paty, coquetas y alegres, y Chavo, con esa energía inagotable que nos contagiaba a todos.

Me hizo falta Don José, que no decía mucho, pero lo decía todo con su mirada serena bajo el árbol entre las dos casas.

Esperábamos los regalos, sí, pero lo que en verdad esperábamos era estar juntos.


Y sí… también me hizo falta esa sorpresa que un día expresó mi abuelo: “¡Ah, cabrón!”, dijo entre risas a mis tíos, “¡mira nomás cómo ha crecido esta familia!” cuando Carlitos, Pepito y Mandito correteaban por el patio seguidos de la Beba.

Sabía —sabíamos todos— que él y mi abuelita eran los benditos culpables.

Ellos hicieron grande esta familia.

Con amor, con paciencia, con fe.


Me hizo falta esa llegada.

Esa carrera de emociones cuando los primos y tíos llegaban con bolsas llenas de regalos y los ojos llenos de alegría.

Me hizo falta querer parecerme a mis tíos, soñar con ser como ellos cuando fuera grande, recibir los abrazos de las tías, los besos repartidos como bendiciones, los mimos de mi abuelita.

Sus ojos —esos ojos— que no necesitaban decir nada para decirlo todo.


Extrañe sus bromas del Día de los Inocentes, que se volvían el tema obligado por el resto de la Navidad.

Extrañé la forma en que todo se detenía solo para escucharla reír.


Me hizo falta algo esta Navidad…

Quizá lo que más me hizo falta fue aprender de mis abuelos.

Esa capacidad de aceptar el cambio con amor.

De entender a los jóvenes, de respetar las nuevas costumbres, aunque no las comprendieran.

De guardar silencio cuando el corazón lo pedía, de abrazar con fuerza, de agradecer sin esperar nada.

De mantener la familia unida… siempre.


Yo también quiero ser así. Soportar todo. A todos. Como lo hicieron ellos.

Por amor.

25 de diciembre de 2025

Siembren Recuerdos…

Por: Javier Zacarías 


De las grandes verdades de la vida, hay una que tiene un significado especial, sobre todo en estas fechas de Navidad y Año Nuevo: lo que siembras, cosechas.

Es una verdad profunda que, al analizarla con calma, suele reflejarse en la felicidad, el orgullo, los buenos momentos y el esfuerzo que, con el paso del tiempo, se transforman en armonía familiar, en el éxito de nuestros hijos, en la salud y en todas esas bendiciones que nacen de las buenas costumbres, del cariño, del amor y del respeto.

Pero también existe el otro lado. Cuando hay soledad, amargura o tristeza, es necesario tener la honestidad de reconocer que, muchas veces, eso mismo fue lo que sembramos. ¿Sembramos en tierra mala, o aun siendo tierra buena, sembramos mal? Sembramos malos recuerdos, corajes, rencores, palabras duras… y por lógica, la cosecha termina siendo la soledad, el distanciamiento de la familia, el abandono.

Estas fechas de Navidad y Año Nuevo nos invitan, casi nos obligan, a reflexionar sobre todo ello.

A las familias jóvenes, la recomendación es clara: hagan buena siembra. Siembren cariño, respeto, amor, trabajo, caricias y palabras hermosas con la familia, para que algún día cosechen cosas igual o incluso más hermosas.

A aquellas familias cuyos hijos aún son pequeños, que apenas comienzan su camino en la vida, empiecen desde ahora a sembrar cosas bonitas. Siembren recuerdos, siembren tradiciones; eso es fundamental. Siembren historias inolvidables, momentos guardados como joyas, para que más adelante cosechen lo mejor que la vida puede ofrecer. Así, en la madurez, estarán acompañados —si no por todos, porque la vida a veces separa— al menos por la gratitud, los recuerdos y el amor sembrado.

La Navidad es muy bonita cuando se vive acompañado de la familia, evocando aquellos momentos que nos fueron formando y definiendo. Pero también puede ser muy triste cuando se vive en soledad, abandono y con un dejo de decepción.

Deseo de todo corazón que todos ustedes hayan tenido una Navidad hermosa, plena e inolvidable.

18 de diciembre de 2025

El Salvaje…

Por: Javier Zacarías 


Desde mi perspectiva como un lector simple, Guillermo Arriaga es un autor que incurre en un uso excesivo y poco mesurado de escenas sexuales dentro de su obra. Una proporción muy alta de sus textos —artículos y capítulos— se apoya en descripciones sexuales reiteradas, muchas de ellas burdas, innecesarias y de carácter explícito, lo que termina por restar valor al conjunto de su narrativa.

Aclaro que mi postura no parte de una visión moralista ni de rechazo automático a este tipo de recursos. La literatura, a lo largo de su historia, ha incorporado escenas de carácter sexual como un medio legítimo para profundizar en los personajes, generar tensión o enriquecer el desarrollo de una trama. Autores de gran prestigio, como Ken Follett, Ildefonso Falcones, inclusive damas como Julia Navarro  y otros escritores consolidados, han recurrido a este recurso de manera puntual y funcional, integrándolo con equilibrio dentro de la historia.

El problema, a mi juicio, es que en la obra de Guillermo Arriaga este recurso se vuelve reiterativo, exagerado y muy pero muy explicito. La insistencia en descripciones minuciosas y gráficas termina siendo grotesca y rompe con la intención narrativa, provocando más rechazo que interés. En lugar de fortalecer el relato, distrae y debilita su impacto literario.

Resulta paradójico que, a pesar de ello, sus historias tengan elementos atractivos: buenas ideas, tramas con dirección y un planteamiento que podría ser sólido. Sin embargo, el exceso en este tipo de contenidos termina opacando esos aciertos y condiciona negativamente la experiencia de lectura.

En conclusión, y desde una valoración personal como lector habitual de obras literarias, simples y sencillas, considero que Guillermo Arriaga no logra un manejo adecuado de estos recursos narrativos, lo que afecta de manera importante la calidad de su obra. Esta es una opinión crítica, honesta y personal, expresada desde el punto de vista de un lector común.

8 de diciembre de 2025

A mis amigos doctores; con el alma en la mano…

Por: Javier Zacarias


En estos días tan pesados, cuando la salud de mi mamá se tambalea y uno siente que el alma se le encoge, he confirmado algo que sólo se entiende cuando la vida nos pone a prueba: que no existe medicina más poderosa que la amistad verdadera.

Mi mamá, esa mujer fuerte que caminaba por las calles de Piedras Negras con la frente en alto y el corazón lleno de cuidados para su familia, hoy lucha con una fragilidad que nunca imaginé ver. Y mientras intento ser fuerte por ella, por momentos me quiebro por dentro, recordando todo lo que ha sido para mí y mis hermanos.

Pero en medio de este dolor, han estado conmigo amigos que la vida me regaló, uno de hace muchos años y los otros no hace tanto tiempo: el Dr. Gabriel González Guajardo, amigo de juventud, de aventuras y hasta de tiempos universitarios en Guadalajara—un hermano de camino que ha permanecido firme desde entonces—y los doctores Mario Jáuregui, Ulises Salinas y Guillermo Villarreal cuya presencia, humanidad y profesionalismo han sido un apoyo invaluable.

Ellos no sólo han atendido a mi mamá con la mayor dedicación posible; también me han sostenido a mí.

Gabriel, verte hoy, tantos años después de aquellas etapas de juventud, y confirmar que la amistad que nació entre risas y sueños universitarios se mantiene intacta, es un regalo que no tiene precio. Has estado aquí no por obligación, sino por cariño. Y eso yo no lo olvido. Eres, como te lo he dicho, un verdadero hermano fiel, sincero y presente. Gracias infinitas siempre Gaby.

Mario, tu entrega, tu seriedad en el cuidado de mi mamá y tu calidez humana han sido un bálsamo en estos días tan duros. Has llegado con calma, con claridad, con ese profesionalismo que da paz cuando uno está rodeado de incertidumbre.

Todos ustedes, cada uno desde su trinchera, han hecho más que medicina: han hecho amistad. Una amistad de la buena, de la que no hace ruido, pero salva.

Porque en cada visita, en cada explicación detallada, en cada gesto, ustedes no sólo han ayudado a mi mamá a seguir con vida… también me han ayudado a mí y a mis hermanos a no derrumbarnos.

Gracias eternas Gaby, y gracias Mario, Ulises y Willy, por ver a mi mamá como si fuera también parte de su familia.

Gracias por acompañarme cuando más lo necesitaba.

Gracias por recordarme, en medio de la tristeza, que la amistad es un refugio, una fuerza y, a veces, un verdadero milagro.

No sé qué nos depare el mañana, pero sé que este gesto de ustedes quedará conmigo para siempre.

De corazón: gracias.

1 de diciembre de 2025

Hermanas…

Por: Javier Zacarías 


Hoy por la mañana leí un mensaje que compartió Francisco Orozco en Facebook. No sé por qué, pero me tocó una fibra que tenía años guardada. Me inspiro el que una de mis hijas me pidiera un consejo precisamente el dia de hoy… y sentí la necesidad de escribir esto, con el corazón en la mano.

“Los hermanos se conocen en las herencias”, decía parte del mensaje de Paco.

Y sí… claro que sí. Le dije a mi hija que en esos momentos tensos, donde la vida aprieta y se ve lo que cada quien trae dentro, es cuando realmente se descubre de qué están hechos los hermanos. Pero también le recordé algo que he visto en ellas: cuando las hermanas son amigas, como lo son ustedes le dije, cuando el cariño es auténtico, se conocen mejor en las buenas, en las malas y en esas etapas grises que todos atravesamos alguna vez.

Los hermanos están para acompañarse.

Para arropar al que sufre, levantar al que cayó y reírse juntos cuando la vida les regala un ratito de felicidad. Porque el lazo entre hermanos es para toda la vida, y cualquier enojito, por grande que parezca, merece un perdón sincero.

Nunca te alejes de un hermano cuando está pasando por un mal momento. Punto.

Ese es justamente el instante en el que tu abrazo, tu voz o tu simple presencia puede hacer la diferencia. Ahí es donde un hermano demuestra que no abandona, que se queda, que sostiene, que devuelve esperanza hasta que vuelve a salir el sol.

Todos tenemos nuestro carácter. Unos somos más enojones, otros más simpáticos, otros gruñones, otros alegres… así nos hizo Dios. Cuando un desconocido trae esos modos, uno simplemente se aleja y listo.

Pero cuando esos defectos vienen de un hermano, entonces es cuando uno debe acercarse. Es cuando la paciencia se vuelve cariño, y el cariño se convierte en comprensión. Porque es tu hermano. Es tu sangre. Es alguien que estuvo contigo desde tu primer recuerdo.

Por eso, al hermano gruñón se le apapacha.

Al que siempre anda feliz, se le sigue el paso.

Al enojón, se le calma con una caricia.

Y al hermano alegre y buena onda, se le acompaña en cada ocurrencia.

Lo importante es que siempre sientan tu mano, tu apoyo y tu amor, sin importar el día, la hora o el humor.

Todo esto se lo dije a mi hija. No porque yo sea el mejor hermano, ni el más perfecto. He cometido errores —y los reconozco—, pero justamente por eso puedo hablar desde la experiencia. Uno aprende, a veces con tropezones, que los hermanos son un regalo que no se repite.

Que tengan una semana bendecida y un diciembre lleno de paz, cariño y familia.