Por: Javier Zacarías
De las grandes verdades de la vida, hay una que tiene un significado especial, sobre todo en estas fechas de Navidad y Año Nuevo: lo que siembras, cosechas.
Es una verdad profunda que, al analizarla con calma, suele reflejarse en la felicidad, el orgullo, los buenos momentos y el esfuerzo que, con el paso del tiempo, se transforman en armonía familiar, en el éxito de nuestros hijos, en la salud y en todas esas bendiciones que nacen de las buenas costumbres, del cariño, del amor y del respeto.
Pero también existe el otro lado. Cuando hay soledad, amargura o tristeza, es necesario tener la honestidad de reconocer que, muchas veces, eso mismo fue lo que sembramos. ¿Sembramos en tierra mala, o aun siendo tierra buena, sembramos mal? Sembramos malos recuerdos, corajes, rencores, palabras duras… y por lógica, la cosecha termina siendo la soledad, el distanciamiento de la familia, el abandono.
Estas fechas de Navidad y Año Nuevo nos invitan, casi nos obligan, a reflexionar sobre todo ello.
A las familias jóvenes, la recomendación es clara: hagan buena siembra. Siembren cariño, respeto, amor, trabajo, caricias y palabras hermosas con la familia, para que algún día cosechen cosas igual o incluso más hermosas.
A aquellas familias cuyos hijos aún son pequeños, que apenas comienzan su camino en la vida, empiecen desde ahora a sembrar cosas bonitas. Siembren recuerdos, siembren tradiciones; eso es fundamental. Siembren historias inolvidables, momentos guardados como joyas, para que más adelante cosechen lo mejor que la vida puede ofrecer. Así, en la madurez, estarán acompañados —si no por todos, porque la vida a veces separa— al menos por la gratitud, los recuerdos y el amor sembrado.
La Navidad es muy bonita cuando se vive acompañado de la familia, evocando aquellos momentos que nos fueron formando y definiendo. Pero también puede ser muy triste cuando se vive en soledad, abandono y con un dejo de decepción.
Deseo de todo corazón que todos ustedes hayan tenido una Navidad hermosa, plena e inolvidable.
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