Por: Javier Zacarías
Hoy por la mañana leí un mensaje que compartió Francisco Orozco en Facebook. No sé por qué, pero me tocó una fibra que tenía años guardada. Me inspiro el que una de mis hijas me pidiera un consejo precisamente el dia de hoy… y sentí la necesidad de escribir esto, con el corazón en la mano.
“Los hermanos se conocen en las herencias”, decía parte del mensaje de Paco.
Y sí… claro que sí. Le dije a mi hija que en esos momentos tensos, donde la vida aprieta y se ve lo que cada quien trae dentro, es cuando realmente se descubre de qué están hechos los hermanos. Pero también le recordé algo que he visto en ellas: cuando las hermanas son amigas, como lo son ustedes le dije, cuando el cariño es auténtico, se conocen mejor en las buenas, en las malas y en esas etapas grises que todos atravesamos alguna vez.
Los hermanos están para acompañarse.
Para arropar al que sufre, levantar al que cayó y reírse juntos cuando la vida les regala un ratito de felicidad. Porque el lazo entre hermanos es para toda la vida, y cualquier enojito, por grande que parezca, merece un perdón sincero.
Nunca te alejes de un hermano cuando está pasando por un mal momento. Punto.
Ese es justamente el instante en el que tu abrazo, tu voz o tu simple presencia puede hacer la diferencia. Ahí es donde un hermano demuestra que no abandona, que se queda, que sostiene, que devuelve esperanza hasta que vuelve a salir el sol.
Todos tenemos nuestro carácter. Unos somos más enojones, otros más simpáticos, otros gruñones, otros alegres… así nos hizo Dios. Cuando un desconocido trae esos modos, uno simplemente se aleja y listo.
Pero cuando esos defectos vienen de un hermano, entonces es cuando uno debe acercarse. Es cuando la paciencia se vuelve cariño, y el cariño se convierte en comprensión. Porque es tu hermano. Es tu sangre. Es alguien que estuvo contigo desde tu primer recuerdo.
Por eso, al hermano gruñón se le apapacha.
Al que siempre anda feliz, se le sigue el paso.
Al enojón, se le calma con una caricia.
Y al hermano alegre y buena onda, se le acompaña en cada ocurrencia.
Lo importante es que siempre sientan tu mano, tu apoyo y tu amor, sin importar el día, la hora o el humor.
Todo esto se lo dije a mi hija. No porque yo sea el mejor hermano, ni el más perfecto. He cometido errores —y los reconozco—, pero justamente por eso puedo hablar desde la experiencia. Uno aprende, a veces con tropezones, que los hermanos son un regalo que no se repite.
Que tengan una semana bendecida y un diciembre lleno de paz, cariño y familia.
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