Por: Javier Zacarias
En estos días tan pesados, cuando la salud de mi mamá se tambalea y uno siente que el alma se le encoge, he confirmado algo que sólo se entiende cuando la vida nos pone a prueba: que no existe medicina más poderosa que la amistad verdadera.
Mi mamá, esa mujer fuerte que caminaba por las calles de Piedras Negras con la frente en alto y el corazón lleno de cuidados para su familia, hoy lucha con una fragilidad que nunca imaginé ver. Y mientras intento ser fuerte por ella, por momentos me quiebro por dentro, recordando todo lo que ha sido para mí y mis hermanos.
Pero en medio de este dolor, han estado conmigo amigos que la vida me regaló, uno de hace muchos años y los otros no hace tanto tiempo: el Dr. Gabriel González Guajardo, amigo de juventud, de aventuras y hasta de tiempos universitarios en Guadalajara—un hermano de camino que ha permanecido firme desde entonces—y los doctores Mario Jáuregui, Ulises Salinas y Guillermo Villarreal cuya presencia, humanidad y profesionalismo han sido un apoyo invaluable.
Ellos no sólo han atendido a mi mamá con la mayor dedicación posible; también me han sostenido a mí.
Gabriel, verte hoy, tantos años después de aquellas etapas de juventud, y confirmar que la amistad que nació entre risas y sueños universitarios se mantiene intacta, es un regalo que no tiene precio. Has estado aquí no por obligación, sino por cariño. Y eso yo no lo olvido. Eres, como te lo he dicho, un verdadero hermano fiel, sincero y presente. Gracias infinitas siempre Gaby.
Mario, tu entrega, tu seriedad en el cuidado de mi mamá y tu calidez humana han sido un bálsamo en estos días tan duros. Has llegado con calma, con claridad, con ese profesionalismo que da paz cuando uno está rodeado de incertidumbre.
Todos ustedes, cada uno desde su trinchera, han hecho más que medicina: han hecho amistad. Una amistad de la buena, de la que no hace ruido, pero salva.
Porque en cada visita, en cada explicación detallada, en cada gesto, ustedes no sólo han ayudado a mi mamá a seguir con vida… también me han ayudado a mí y a mis hermanos a no derrumbarnos.
Gracias eternas Gaby, y gracias Mario, Ulises y Willy, por ver a mi mamá como si fuera también parte de su familia.
Gracias por acompañarme cuando más lo necesitaba.
Gracias por recordarme, en medio de la tristeza, que la amistad es un refugio, una fuerza y, a veces, un verdadero milagro.
No sé qué nos depare el mañana, pero sé que este gesto de ustedes quedará conmigo para siempre.
De corazón: gracias.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario