Por: Javier Zacarías
Desde mi perspectiva como un lector simple, Guillermo Arriaga es un autor que incurre en un uso excesivo y poco mesurado de escenas sexuales dentro de su obra. Una proporción muy alta de sus textos —artículos y capítulos— se apoya en descripciones sexuales reiteradas, muchas de ellas burdas, innecesarias y de carácter explícito, lo que termina por restar valor al conjunto de su narrativa.
Aclaro que mi postura no parte de una visión moralista ni de rechazo automático a este tipo de recursos. La literatura, a lo largo de su historia, ha incorporado escenas de carácter sexual como un medio legítimo para profundizar en los personajes, generar tensión o enriquecer el desarrollo de una trama. Autores de gran prestigio, como Ken Follett, Ildefonso Falcones, inclusive damas como Julia Navarro y otros escritores consolidados, han recurrido a este recurso de manera puntual y funcional, integrándolo con equilibrio dentro de la historia.
El problema, a mi juicio, es que en la obra de Guillermo Arriaga este recurso se vuelve reiterativo, exagerado y muy pero muy explicito. La insistencia en descripciones minuciosas y gráficas termina siendo grotesca y rompe con la intención narrativa, provocando más rechazo que interés. En lugar de fortalecer el relato, distrae y debilita su impacto literario.
Resulta paradójico que, a pesar de ello, sus historias tengan elementos atractivos: buenas ideas, tramas con dirección y un planteamiento que podría ser sólido. Sin embargo, el exceso en este tipo de contenidos termina opacando esos aciertos y condiciona negativamente la experiencia de lectura.
En conclusión, y desde una valoración personal como lector habitual de obras literarias, simples y sencillas, considero que Guillermo Arriaga no logra un manejo adecuado de estos recursos narrativos, lo que afecta de manera importante la calidad de su obra. Esta es una opinión crítica, honesta y personal, expresada desde el punto de vista de un lector común.
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