31 de diciembre de 2025

A todos mis amigos…


En este próximo Año Nuevo, quiero desearles de corazón salud, paz y muchos motivos para disfrutar y sonreír. Que cada día venga acompañado de tranquilidad, buenos momentos y la satisfacción de seguir avanzando, tanto en lo personal como en lo que compartimos como amigos.

Gracias por la amistad sincera y por los momentos agradables que nos regaló el 2025; por leer mis artículos, compartirlos y por sus comentarios, que me motivan a seguir escribiendo y compartiéndoles mis recuerdos y vivencias. Que el año que comienza nos brinde nuevas oportunidades para seguir coincidiendo y celebrando la vida con respeto y buena voluntad, con ese sabor a casa que solo tiene nuestro querido Piedras Negras.

Feliz Año Nuevo. Que sea un año de armonía, bendiciones y recuerdos que realmente valgan la pena.

Atentamente,

su amigo:

Javier Zacarías 

28 de diciembre de 2025

Me hizo falta algo esta Navidad…

 Me hizo falta algo esta navidad. 

Ese “algo” que no cabe en cajas de regalo ni se sirve en los platos

Me hizo falta el calor —no el de las estufas, sino el de la casa de mis abuelos—donde el aire olía a bondad, a cariño, a canela, a historias viejas que se quedaban flotando en los cuartos antes de la cocina. Esos cuartos donde se guardaban dulces… y memorias.


Me hizo falta aquel patio.

Lleno de sillas, de mecedoras que crujían al compás de la tarde, de conversaciones pausadas bajo un cielo de diciembre que olía a chocolate caliente, a café recién colado, a golosinas compartidas entre risas.


Echo de menos esas escenas que se quedaron bordadas en mi memoria: mi mamá, mis tías, bajo la batuta dulce y estricta de mi abuela, convirtiendo ingredientes simples en manjares llenos de historia.

El olor de los buñuelos, la música en la radio, las risas, las bromas que se decían entre cucharadas y cacerolas.

El fuego crepitando al anochecer, la parrilla cantando mientras los tíos Mando y Pepe cocinaban con destreza, siempre vigilados por la mirada atenta —y silenciosa— de mi abuelo. Todo era parte de un ritual que parecía eterno.


Me hizo falta el ruido. Sí, hasta ese escándalo tremendo de los cuetes de mi hermano Chavo en la calle Bravo,las carreras de primos, las actuaciones que preparamos con semanas de anticipación.

Nos aplaudían como si estuviéramos en Bellas Artes.

Los abuelos, sentados con los ojos brillantes, nos veían como si no hubiera mayor espectáculo en el mundo.


Me hizo falta esa música.

Las rancheras de mi tío José Carlos, de mi tío Carlos García, de mis tíos Saúl y Héctor y claro, de Los Feos —desafinadas pero entrañables—, la guitarra golpeada de tantas fiestas, las voces de quienes sabían cantar cubriéndolos con ternura, porque sí, aunque nunca lo admitan, los rescatábamos un poco.

Las historias de Teto y Lalito y sus motos, los bailes modernos de Yadira y Sonia, los discos girando en 45 RPM con canciones que hoy ya no suenan, pero que entonces eran el alma de la fiesta.


Me hicieron falta Gloria y Paty, coquetas y alegres, y Chavo, con esa energía inagotable que nos contagiaba a todos.

Me hizo falta Don José, que no decía mucho, pero lo decía todo con su mirada serena bajo el árbol entre las dos casas.

Esperábamos los regalos, sí, pero lo que en verdad esperábamos era estar juntos.


Y sí… también me hizo falta esa sorpresa que un día expresó mi abuelo: “¡Ah, cabrón!”, dijo entre risas a mis tíos, “¡mira nomás cómo ha crecido esta familia!” cuando Carlitos, Pepito y Mandito correteaban por el patio seguidos de la Beba.

Sabía —sabíamos todos— que él y mi abuelita eran los benditos culpables.

Ellos hicieron grande esta familia.

Con amor, con paciencia, con fe.


Me hizo falta esa llegada.

Esa carrera de emociones cuando los primos y tíos llegaban con bolsas llenas de regalos y los ojos llenos de alegría.

Me hizo falta querer parecerme a mis tíos, soñar con ser como ellos cuando fuera grande, recibir los abrazos de las tías, los besos repartidos como bendiciones, los mimos de mi abuelita.

Sus ojos —esos ojos— que no necesitaban decir nada para decirlo todo.


Extrañe sus bromas del Día de los Inocentes, que se volvían el tema obligado por el resto de la Navidad.

Extrañé la forma en que todo se detenía solo para escucharla reír.


Me hizo falta algo esta Navidad…

Quizá lo que más me hizo falta fue aprender de mis abuelos.

Esa capacidad de aceptar el cambio con amor.

De entender a los jóvenes, de respetar las nuevas costumbres, aunque no las comprendieran.

De guardar silencio cuando el corazón lo pedía, de abrazar con fuerza, de agradecer sin esperar nada.

De mantener la familia unida… siempre.


Yo también quiero ser así. Soportar todo. A todos. Como lo hicieron ellos.

Por amor.

25 de diciembre de 2025

Siembren Recuerdos…

Por: Javier Zacarías 


De las grandes verdades de la vida, hay una que tiene un significado especial, sobre todo en estas fechas de Navidad y Año Nuevo: lo que siembras, cosechas.

Es una verdad profunda que, al analizarla con calma, suele reflejarse en la felicidad, el orgullo, los buenos momentos y el esfuerzo que, con el paso del tiempo, se transforman en armonía familiar, en el éxito de nuestros hijos, en la salud y en todas esas bendiciones que nacen de las buenas costumbres, del cariño, del amor y del respeto.

Pero también existe el otro lado. Cuando hay soledad, amargura o tristeza, es necesario tener la honestidad de reconocer que, muchas veces, eso mismo fue lo que sembramos. ¿Sembramos en tierra mala, o aun siendo tierra buena, sembramos mal? Sembramos malos recuerdos, corajes, rencores, palabras duras… y por lógica, la cosecha termina siendo la soledad, el distanciamiento de la familia, el abandono.

Estas fechas de Navidad y Año Nuevo nos invitan, casi nos obligan, a reflexionar sobre todo ello.

A las familias jóvenes, la recomendación es clara: hagan buena siembra. Siembren cariño, respeto, amor, trabajo, caricias y palabras hermosas con la familia, para que algún día cosechen cosas igual o incluso más hermosas.

A aquellas familias cuyos hijos aún son pequeños, que apenas comienzan su camino en la vida, empiecen desde ahora a sembrar cosas bonitas. Siembren recuerdos, siembren tradiciones; eso es fundamental. Siembren historias inolvidables, momentos guardados como joyas, para que más adelante cosechen lo mejor que la vida puede ofrecer. Así, en la madurez, estarán acompañados —si no por todos, porque la vida a veces separa— al menos por la gratitud, los recuerdos y el amor sembrado.

La Navidad es muy bonita cuando se vive acompañado de la familia, evocando aquellos momentos que nos fueron formando y definiendo. Pero también puede ser muy triste cuando se vive en soledad, abandono y con un dejo de decepción.

Deseo de todo corazón que todos ustedes hayan tenido una Navidad hermosa, plena e inolvidable.

18 de diciembre de 2025

El Salvaje…

Por: Javier Zacarías 


Desde mi perspectiva como un lector simple, Guillermo Arriaga es un autor que incurre en un uso excesivo y poco mesurado de escenas sexuales dentro de su obra. Una proporción muy alta de sus textos —artículos y capítulos— se apoya en descripciones sexuales reiteradas, muchas de ellas burdas, innecesarias y de carácter explícito, lo que termina por restar valor al conjunto de su narrativa.

Aclaro que mi postura no parte de una visión moralista ni de rechazo automático a este tipo de recursos. La literatura, a lo largo de su historia, ha incorporado escenas de carácter sexual como un medio legítimo para profundizar en los personajes, generar tensión o enriquecer el desarrollo de una trama. Autores de gran prestigio, como Ken Follett, Ildefonso Falcones, inclusive damas como Julia Navarro  y otros escritores consolidados, han recurrido a este recurso de manera puntual y funcional, integrándolo con equilibrio dentro de la historia.

El problema, a mi juicio, es que en la obra de Guillermo Arriaga este recurso se vuelve reiterativo, exagerado y muy pero muy explicito. La insistencia en descripciones minuciosas y gráficas termina siendo grotesca y rompe con la intención narrativa, provocando más rechazo que interés. En lugar de fortalecer el relato, distrae y debilita su impacto literario.

Resulta paradójico que, a pesar de ello, sus historias tengan elementos atractivos: buenas ideas, tramas con dirección y un planteamiento que podría ser sólido. Sin embargo, el exceso en este tipo de contenidos termina opacando esos aciertos y condiciona negativamente la experiencia de lectura.

En conclusión, y desde una valoración personal como lector habitual de obras literarias, simples y sencillas, considero que Guillermo Arriaga no logra un manejo adecuado de estos recursos narrativos, lo que afecta de manera importante la calidad de su obra. Esta es una opinión crítica, honesta y personal, expresada desde el punto de vista de un lector común.

8 de diciembre de 2025

A mis amigos doctores; con el alma en la mano…

Por: Javier Zacarias


En estos días tan pesados, cuando la salud de mi mamá se tambalea y uno siente que el alma se le encoge, he confirmado algo que sólo se entiende cuando la vida nos pone a prueba: que no existe medicina más poderosa que la amistad verdadera.

Mi mamá, esa mujer fuerte que caminaba por las calles de Piedras Negras con la frente en alto y el corazón lleno de cuidados para su familia, hoy lucha con una fragilidad que nunca imaginé ver. Y mientras intento ser fuerte por ella, por momentos me quiebro por dentro, recordando todo lo que ha sido para mí y mis hermanos.

Pero en medio de este dolor, han estado conmigo amigos que la vida me regaló, uno de hace muchos años y los otros no hace tanto tiempo: el Dr. Gabriel González Guajardo, amigo de juventud, de aventuras y hasta de tiempos universitarios en Guadalajara—un hermano de camino que ha permanecido firme desde entonces—y los doctores Mario Jáuregui, Ulises Salinas y Guillermo Villarreal cuya presencia, humanidad y profesionalismo han sido un apoyo invaluable.

Ellos no sólo han atendido a mi mamá con la mayor dedicación posible; también me han sostenido a mí.

Gabriel, verte hoy, tantos años después de aquellas etapas de juventud, y confirmar que la amistad que nació entre risas y sueños universitarios se mantiene intacta, es un regalo que no tiene precio. Has estado aquí no por obligación, sino por cariño. Y eso yo no lo olvido. Eres, como te lo he dicho, un verdadero hermano fiel, sincero y presente. Gracias infinitas siempre Gaby.

Mario, tu entrega, tu seriedad en el cuidado de mi mamá y tu calidez humana han sido un bálsamo en estos días tan duros. Has llegado con calma, con claridad, con ese profesionalismo que da paz cuando uno está rodeado de incertidumbre.

Todos ustedes, cada uno desde su trinchera, han hecho más que medicina: han hecho amistad. Una amistad de la buena, de la que no hace ruido, pero salva.

Porque en cada visita, en cada explicación detallada, en cada gesto, ustedes no sólo han ayudado a mi mamá a seguir con vida… también me han ayudado a mí y a mis hermanos a no derrumbarnos.

Gracias eternas Gaby, y gracias Mario, Ulises y Willy, por ver a mi mamá como si fuera también parte de su familia.

Gracias por acompañarme cuando más lo necesitaba.

Gracias por recordarme, en medio de la tristeza, que la amistad es un refugio, una fuerza y, a veces, un verdadero milagro.

No sé qué nos depare el mañana, pero sé que este gesto de ustedes quedará conmigo para siempre.

De corazón: gracias.

1 de diciembre de 2025

Hermanas…

Por: Javier Zacarías 


Hoy por la mañana leí un mensaje que compartió Francisco Orozco en Facebook. No sé por qué, pero me tocó una fibra que tenía años guardada. Me inspiro el que una de mis hijas me pidiera un consejo precisamente el dia de hoy… y sentí la necesidad de escribir esto, con el corazón en la mano.

“Los hermanos se conocen en las herencias”, decía parte del mensaje de Paco.

Y sí… claro que sí. Le dije a mi hija que en esos momentos tensos, donde la vida aprieta y se ve lo que cada quien trae dentro, es cuando realmente se descubre de qué están hechos los hermanos. Pero también le recordé algo que he visto en ellas: cuando las hermanas son amigas, como lo son ustedes le dije, cuando el cariño es auténtico, se conocen mejor en las buenas, en las malas y en esas etapas grises que todos atravesamos alguna vez.

Los hermanos están para acompañarse.

Para arropar al que sufre, levantar al que cayó y reírse juntos cuando la vida les regala un ratito de felicidad. Porque el lazo entre hermanos es para toda la vida, y cualquier enojito, por grande que parezca, merece un perdón sincero.

Nunca te alejes de un hermano cuando está pasando por un mal momento. Punto.

Ese es justamente el instante en el que tu abrazo, tu voz o tu simple presencia puede hacer la diferencia. Ahí es donde un hermano demuestra que no abandona, que se queda, que sostiene, que devuelve esperanza hasta que vuelve a salir el sol.

Todos tenemos nuestro carácter. Unos somos más enojones, otros más simpáticos, otros gruñones, otros alegres… así nos hizo Dios. Cuando un desconocido trae esos modos, uno simplemente se aleja y listo.

Pero cuando esos defectos vienen de un hermano, entonces es cuando uno debe acercarse. Es cuando la paciencia se vuelve cariño, y el cariño se convierte en comprensión. Porque es tu hermano. Es tu sangre. Es alguien que estuvo contigo desde tu primer recuerdo.

Por eso, al hermano gruñón se le apapacha.

Al que siempre anda feliz, se le sigue el paso.

Al enojón, se le calma con una caricia.

Y al hermano alegre y buena onda, se le acompaña en cada ocurrencia.

Lo importante es que siempre sientan tu mano, tu apoyo y tu amor, sin importar el día, la hora o el humor.

Todo esto se lo dije a mi hija. No porque yo sea el mejor hermano, ni el más perfecto. He cometido errores —y los reconozco—, pero justamente por eso puedo hablar desde la experiencia. Uno aprende, a veces con tropezones, que los hermanos son un regalo que no se repite.

Que tengan una semana bendecida y un diciembre lleno de paz, cariño y familia.

29 de noviembre de 2025

Se Busca Inspiración…

Por: Javier Zacarías 


Se busca inspiración para escribir cosas bellas sobre la política municipal y sus principales actores. Para decir, con buena pluma, que las fuerzas vivas —la empresa, el comercio, la industria— son aliadas constantes del desarrollo urbano, sin saber que muchas veces son simples piezas en el teatro del engaño. Empresarios que, por buena fe o conveniencia, aplauden y elogian sin saber —o sin querer saber— que a quienes festejan, los usan.

Se busca inspiración para hablar de la sociedad que idolatra al político deshonesto, que aplaude al bribón con cargo público, sin notar que la están engañando… o peor aún, siendo parte del engaño. Una sociedad que prefiere ser comparsa antes que conciencia, cómplice antes que contrapeso.

Se busca inspiración para no rozar ni con el pétalo de una rosa al político embustero y eternamente en campaña. Para aceptar que las musas de la política local no son la ética ni el servicio, sino la pasarela, la foto, la conveniencia. Y que muchos de los que hoy se exhiben, serán mañana el semillero de los mismos errores.

Se busca inspiración para escribir cosas bonitas sobre la fea política del pueblo, para pintar con colores brillantes una realidad desteñida por la desidia, la corrupción y el olvido. Para elogiar lo invisible: el progreso que no llega, la obra que no sirve, la promesa que no se cumple.

Se busca inspiración para omitir la cruda realidad de los campos abandonados, de las colonias marginadas, de las escuelas públicas que luchan con lo mínimo, de los hospitales que curan sin medicinas, de los servicios primarios que envejecieron sin que nadie los atendiera.

Se busca inspiración para aplaudir, una vez más, cada visita del gobernador que se lleva de regreso a Saltillo un costal de bendiciones, buenos deseos… y algo más. Para convencernos —y convencer a otros— de que media pulgada de lluvia no basta para hundir una ciudad, aunque lo haga. Para escribir loas al bacheo que muere con la primera llovizna, a las obras que nacen tarde y se pudren pronto.

Se busca inspiración para escribir algo bello de lo que duele. Para encontrar poesía donde hay podredumbre, y esperanza donde no se ha sembrado nada.

Ya llegará…

21 de noviembre de 2025

Construyendo Recuerdos …

Por: Javier Zacarías 


Yo no tuve abuelos que fueran a verme jugar béisbol o futbol cuando era niño. Por el lado de mi padre, mi abuelo falleció cuando yo era apenas un bebé. Don Vicente Zacarías era un buen hombre que se fue demasiado pronto de mi vida. Si llegó a conocerme, y dicen que me abrazaba con fuerza cada vez que me veía… tal vez porque sabía, en el fondo de su corazón, que no estaría aquí por mucho tiempo. Tengo apenas sombras de recuerdo, destellos, pero les aseguro que me dejó su esencia, como una luz suave que me acompaña hasta hoy.

Mi abuelo José Gonzalez, por parte de mi madre, ambos nos disfrutamos. Ya les he platicado de él durante nuestras cacerías, pero pues también él tenía que andar siempre en el rancho, trabajando para llevar sustento a la familia. Así que ir a verme jugar algún deporte nunca fue posible.

Y aunque crecí sin la presencia física de mi abuelo paterno, nunca fue eso una decepción para mí. Mis papás me inculcaron a valorar su esfuerzo, su cariño, y el recuerdo bonito que ambos dejaron en mi vida, un recuerdo que se siente como un tesoro heredado sin haberlo vivido por completo.

Quizá por eso ahora trato, con toda el alma, de estar presente en las actividades de mi nieto. Y cuando no puedo asistir, me aferro a los videos, a las conversaciones por FaceTime y a las fotos que me mandan su mamá y su tia. Cada imagen es un pedacito de vida que atesoro.

La semana pasada fui a su último juego de temporada de béisbol T-Ball y les juro que fue una experiencia inolvidable para ambos. Desde que llegué al campo, Roman se me lanzó al abrazo con la misma sorpresa y alegría con la que uno recibe un regalo inesperado. Después, durante el juego, se lucía bateando y barriéndose en todas las bases. Quien ha visto un juego de T-Ball sabe exactamente a lo que me refiero: es una auténtica botana, una fiesta de inocencia.

En cuanto había un roletazo, todos los niños se aventaban por la pelota como si fuera tesoro, y en medio de aquella melé infantil alguien termina levantándola para lanzarla a primera… y la mayoría de las veces termina perdida por el right field. Un espectáculo hermoso, puro, que te ilumina el alma.

Qué bonito es ver a las familias enteras reunidas, disfrutando de los niños. Papás y abuelos llenando las gradas con sonrisas, aplausos y miradas orgullosas.

Mi Roman cerró su temporada feliz y salió, como todos sus compañeritos, con su trofeo de participación bien agarrado entre sus manos. Iba orgulloso, radiante.

Como abuelos, es un privilegio y un placer ver a nuestros nietos disfrutar cualquier actividad que emprendan. Para ellos, nuestra presencia será inolvidable; quedará grabada para siempre en su memoria, igual que en la nuestra.

Ojalá que estos recuerdos, estos momentos compartidos, construyan para ellos un futuro digno, lleno de amor y de raíces profundas. Porque al final, eso es lo que les heredamos: nuestra presencia, nuestro tiempo y nuestro corazón.


#PiedrasNegras

#nietosyabuelos

#Familia

15 de noviembre de 2025

El Billar…

 Por: Javier Zacarías 


Hay recuerdos que, con los años, se vuelven más dulces que duros. Que con el tiempo dejan de ser una vergüenza para convertirse en una medalla secreta, un guiño del destino que te dice: “mira nomás cuánto has vivido”. Esta es una de esas historias.

En mi rebeldísima adolescencia —esa etapa donde uno se siente inmortal y más listo que todos— doña Yola decidió darme una lección que todavía hoy me hace sonreír. Llamó a la policía para que me detuvieran. Así como lo leen. Me mando a las celdas de la preventiva, así, sin dramas, sin advertencias, llegaron los chotas hasta el billar donde me juntaba con mis amigos, todos de mi edad, todos igual de necios y felices. A pesar de la prohibición absoluta, ahí andábamos, envueltos en el aroma a tiza, en la luz amarillenta de las lámparas y en las carcajadas sinceras de los amigos de antes.

Nos subieron a La Julia y de ahí al bote.

Y no fueron por mí hasta tres o cuatro horas después. Lo había pactado mamá con el comandante De León, con la venia de don Chano, quien siempre tuvo un talento especial para verme con ojos de “te lo dije”.

“Si vuelves a ir a ese lugar, voy a pedirle a la policía que te suelte hasta el otro día, a ver si entiendes, cabron.”

Así, directo, con la mirada firme y ese amor bravo que sólo tienen las madres del norte, del meritito Remolino.

Hoy, cada vez que lo recuerdo, me río. Porque sí, me avergonzó unos días… pero después se volvió nuestra anécdota estrella, la que contábamos entre todos mientras los que escaparon presumían su suerte. Y los que no escapamos, presumíamos la aventura.

Teníamos once o doce años. Éramos niños creyéndose hombres. Y aunque en teoría no pintábamos en esos lugares, el Jockey Club era para nosotros casi un templo. Ese local en la parte alta de un local de la calle Ocampo, frente a la casa de los Abraham. Un billar de antaño, de los de verdad: cinco mesas de pool y una de carambola subiendo las escaleras, y un desfile de personajes que parecían salidos de una novela norteña.

Ahí convivían mis tíos Pepe y Mando González, los Gamiño, Neto Vázquez, el Rabo Lozano, Lico Rodríguez… nombres que todavía resuenan cuando uno cierra los ojos y recuerda los días buenos de Piedras Negras.

Sí, claro, vendían cerveza. Pero para nosotros, la magia estaba en otra parte: en el ruido de las bolas chocando, en el olor a madera vieja, en la risa del grupo, en sentir que pertenecíamos a algo más grande.

Mamá, por supuesto, no estaba convencida. Y con razón. Pero ¿cómo ganarle al ampáyer? Mandó a la chota por mí… y de paso se llevaron a mis cómplices de aventuras.

Mamá era 51% cariñosa y 49% estricta. Era sí o no. Sin intermedios. Durísima como los nogales del Remolino. Pero yo tenía la llave: “tienes los ojos más bonitos del mundo”. Y ahí, en ese momento, se acababa cualquier pleito. Me soltaba las riendas y hasta me defendía de don Chano cuando se ponía bravo.

Meses después, mientras descargábamos un camión de sandías en la Fruteria, se me cayó una tiza de la camisa. Fue a dar directo a la frente de mi papá. El golpe sonó seco. Él la recogió del suelo, la guardó en el pantalón y no dijo una sola palabra.

Horas más tarde, al cerrar el negocio, me habló con esa calma que sólo tienen los hombres sabios de La Sauceda:

“Ten cuidado con quién te juntas y lo que haces, porque esas dos cosas dictarán el futuro de tu vida.”

Mi padre no daba muchos discursos, pero ese se me quedó grabado para siempre.

El billar, desde entonces, ha sido un compañero leal en todas las etapas de mi vida. Nunca he sido un jugador extraordinario, pero lo practico con cariño. Y gracias a él he ganado amigos de esos que no se encuentran fácilmente.

Amigos que uno respeta, que uno busca, que uno recuerda con gusto cuando cae la tarde.

El Jockey Club ahora está en otra parte igual de popular de Piedras Negras. Lo frecuenté mucho cuando vivía mi querido y entrañable amigo Óscar Calixto, a quien extraño cada vez que escucho el tintineo de bolas chocando. Ahi también hice muy buenos amigos que frecuento y añoro cuando se pasa el tiempo sin verlos y que valen lo que pesa una buena mesa de billar. Hoy lo manejan eficientemente sus hijos. Pronto los visitaré.

Porque el amor por el billar no se acaba.

Porque aunque pasen los años, uno siempre vuelve al lugar donde fue feliz.

Porque este pasatiempo me ha dado puras satisfacciones… incluso aquella famosa detención que hoy, más que regaño, es una medalla de mis Crónicas de Piedras Negras.


#PiedrasNegras

#billar

13 de noviembre de 2025

La Termo…

Por: Javier Zacarías 


Gabriel Patrón me enviaba fotografías extraordinarias… imágenes que parecieran tener alma propia. En el mismo punto donde, en 1954, un fotógrafo capturó con su cámara el drama de aquella sorpresiva inundación, se colocó mi buen amigo “El Muerto” para retratar la actualidad de nuestro pueblo. Esa sensibilidad suya —siempre a flor de piel— es un tesoro que se agradece y que honra la memoria de nuestro pasado.

Gabriel no solo es un fotógrafo de gran calidad; es un caballero de los que ya casi no hay, un hombre que nunca olvida regalar un saludo afectuoso para mis padres cuando nos cruzamos por ahí. Formó parte de aquel grupo selecto que participó en la construcción de la Central Termoeléctrica Río Escondido, dejando una huella silenciosa, pero profunda, en la historia de nuestra región. Su trabajo, testigo fiel del esfuerzo de nuestra gente, ha quedado sembrado en exposiciones y paredes de oficinas donde la historia aún se escribe día con día.

Además, como no reconocérselo, Gabriel fue el fotógrafo de mi boda. Con su maestría artística y su mirada única, capturó uno de los momentos más importantes de mi vida. Y por eso, y por cientos de detalles más, le guardo una gratitud que nunca se agota.

Las imágenes que me comparte Gabriel vienen cargadas de recuerdos que creí dormidos. Me regresan a esa época de la construcción de la Central Termoeléctrica Río Escondido de CFE: una etapa que marcó mi vida y me hizo crecer.

Aparecen en mi memoria personajes que me tendieron la mano, que confiaron en mí cuando aún era un desconocido. El Ing. Arturo Ramos Palencia, veracruzano de carácter firme y palabras muy suyas, me abrió las puertas gracias a la recomendación del Lic. Rolando Tamayo. A Rolando le debo un agradecimiento profundo y eterno: él creyó en mí cuando apenas comenzaba. Ese voto de confianza se volvió mi bandera y mi motor.

Con el tiempo, el Ing. Ramos Palencia, jefe exigente y muy duro, se convirtió en un buen amigo de los que la vida regala pocas veces y que el corazón conserva para siempre. Seguramente el cielo lo disfruta tanto como lo hice yo.

También guardo un cariño inmenso por el Ing. José Félix Gándara. Él fue quien me empujó más lejos, quien me enseñó a volar sin miedo en el mundo de la administración, con disciplina y determinación. Espero de corazón haber estado a la altura de la confianza que me brindó. Gracias hasta el cielo inge.

Ya en la etapa de Operación, el Ing. Alejandro Hernández me dio el impulso definitivo. Sin su apoyo y su guía, mi paso por la CFE jamás habría sido el mismo. Fue un gran jefe, pero sobre todo, un gran hombre. Me regaló su confianza y, mientras yo viva, le estaré sumamente agradecido hasta el cielo donde de seguro está.

El Ing. Fortino Bermea fue primero compañero, y luego jefe. Su don de gente, tan propio de las tierras de esta región, aun lo distinguen. Todos lo queremos y respetamos. De él aprendí la importancia de la prudencia, del respeto y del trato humano. Su carácter amable y tranquilo le ganó el cariño de todos los que colaboramos a su lado. Un abrazo siempre fuerte inge. 

El Ing. Carlos Echeverría Faundes es, simplemente, mi amigo. Me inculcó la responsabilidad del cargo, la seriedad y, sobre todo, la ecuanimidad. Mi aprecio por él va mucho más allá del trabajo que nos unió. Lo valoro como es: sincero, franco, de palabra firme.

Y finalmente, el Ing. Alberto Garza. Hombre estricto, trabajador incansable y tenaz como la gente del norte. Su liderazgo llevó nuestra Central a los más altos índices de producción nacional. Nada se le escapaba. Supo rodearse de colaboradores leales, formando un equipo que hizo historia. Pocos como él.

Creo firmemente que todos esos valores —la confianza, la oportunidad, el amor por la tierra— deben seguir vivos en nuestra comunidad para que nuestros jóvenes no tengan que alejarse del pueblo para encontrar un futuro digno.

Que aquí, en casa, puedan construir sueños, formar familia, echar raíces.

Porque la fortaleza de un pueblo se escribe en los afectos.

En los brazos que esperan cada noche.

En la mesa donde la familia se reúne.

En la tierra que nos vio nacer y crecer.

Piedras Negras merece seguir en pie… con honor, con respeto, con orgullo de los nuestros. Una comunidad sólida, donde nadie venga a aprovecharse del trabajo ajeno ni a sembrar daño.

Tenemos que luchar —todos juntos— para que nuestros muchachos se queden aqui. Para que florezcan aquí, con el apoyo de nuestras universidades, nuestras empresas, nuestra gente.

Para que los hijos de nuestros hijos corran por estas calles, sintiendo siempre el calor de la familia.

Porque solos, no pueden.

Pero tampoco nosotros podremos sin ellos.

Quienes hoy tienen la oportunidad de dar empleo, de dirigir, de decidir, también tienen la responsabilidad de mirar primero a la gente de Piedras Negras.

A la gente que ha hecho este lugar lo que es.

No se trata de discursos bonitos ni de entrevistas para la foto.

Se trata de compromiso.

De raíces.

De amor por nuestro Piedras Negras.

Que así sea.

Y que nunca se nos olvide.


#CFE

#GRPN

7 de noviembre de 2025

El Circo del Poder…

 Por: Javier Zacarías


Qué fácil es gobernar cuando todo se reduce a un chiste.

Qué cómodo es buscar votos a punta de ocurrencias, bailes forzados con los acarreados al evento, y sonrisas fingidas para la foto. 

La política en Piedras Negras, en Coahuila y en todo el país dejó de ser un compromiso con la gente para convertirse en un espectáculo grotesco donde los protagonistas se esfuerzan más por volverse virales que por ser útiles.

Los políticos del pueblo descubrieron que el aplauso inmediato vale más que cualquier obra que tarde años en completarse. Que un meme rinde más que un plan de gobierno. Que la ignorancia es terreno fértil para sembrar falsas promesas y cosechar votos fáciles.

Nos tratan como público, no como ciudadanos.

Nos entretienen para que olvidemos que siguen robando, fallando y mintiendo.

Y lo peor: muchas veces funciona.

Mientras ellos se visten de payasos, nosotros, sin darnos cuenta, hacemos de la grada, nuestro hogar. Observamos el show, nos reímos un rato y después… seguimos con lo nuestro. No exigimos cuentas. No pedimos seriedad. No castigamos la burla.

Así… el circo continúa.

Y en medio de la pista, desfila la misma gente de siempre: los que se creen líderes porque saben bailar, los que piensan que gobernar es posar para la foto, los que confunden la popularidad con la dignidad.

Pero llegará el día —tarde o temprano— en que el público nigropetense se canse del espectáculo que han montado los politicos tercermundistas del pueblo.

Cuando eso pase, quizá la política de nuestra ciudad, vuelva a ser lo que debía:

no un entretenimiento barato, sino un acto de responsabilidad con la gente que dicen representar.

Hasta entonces, el show debe continuar.

Aunque nos duela pagar la entrada.

1 de noviembre de 2025

Vamos a Leer

Por: Javier Zacarias


Después de lo que fui testigo en una iglesia de la localidad, donde se celebraron las confirmaciones, yo también quiero confirmar algo. Confirmo mi convicción de que si fomentamos el gusto por la lectura en los niños, les estaremos regalando una de las herramientas más valiosas para su vida.

Entre los nervios y la solemnidad del momento en la iglesia, escuché a varios pequeños leer “atoníto” en lugar de atónito y “para-bola” por parábola. Cosas así pasan, se entiende porque son niños. Pero lo que más me sorprendió fue cuando un lector adulto leyó sobre “una carta enviada por un apóstol a los coreanitos”. Y uno se pregunta: ¿por qué se equivocan tanto? Muy sencillo: porque no conocen el significado de lo que leen. Y ojo, los niños no tienen la culpa. Ellos hacen lo que les piden. La responsabilidad está en quienes los ponen a leer en público sin la preparación adecuada… y también en los maestros y, sobre todo, sobre todo, en nosotros como padres por no inculcarles a tiempo el valor de la lectura.

Este es un llamado urgente para todos: ¿cómo queremos que nuestros hijos hablen y escriban bien si no leen? Como dice el Dr. César Lozano: ¿Cómo quieren que salga algo bueno de la boca si no le han metido nada a la cabeza? Es una realidad que muchos chavitos batallan incluso para leer en voz baja, y más aún frente a los demás. Es un problema social que no podemos ignorar.

Cuando a un niño le nace el gusto por leer, nace también un hábito que lo acompañará siempre. Y un buen lector se forma a partir de sus intereses personales: cómics, cuentos, deportes, animales… lo que sea que les despierte curiosidad puede ser el inicio.

Hay muchos caminos para que un niño se acerque a los libros: tenerlos a la mano en casa, ver a los papás leyendo, una maestra apasionada, o los cuentos que les leen los abuelos antes de dormir. Todo suma.

Pero es clave respetar lo que les gusta. Escuchar sus intereses, sus sueños y hasta sus miedos. Así podemos recomendarles libros que realmente los enganchen. Y si aún no saben qué les gusta, hay que ofrecerles opciones con calma, sin presionarlos. Darles tiempo para hojear, mirar dibujos y descubrir qué libro les hace clic.

Porque si los obligamos, si lo ven como castigo, entonces el rechazo no será hacia quien los presiona… será hacia los libros. Y ahí perdemos todos.

Cada niño es único y tiene su propio camino lector. No impongamos nuestros gustos. Dejemos que ellos elijan y celebremos esa libertad. Esa sensación de “este libro me gusta” es la chispa que enciende el hábito.

Hoy uno de los grandes dramas es que nuestros niños casi no tienen tiempo libre. Como padres queremos que aprendan de todo (karate, ballet, piano, danzas…) y además las tareas los traen agobiados. Así es difícil que tengan espacio para soñar.

Los libros pueden ser esa ventana que se abre a nuevos mundos. Una oportunidad para que la imaginación respire y florezca. Para que descubran intereses, se conozcan a sí mismos y crezcan felices.

Fomentar la lectura no es un lujo. Es un acto de amor.

29 de octubre de 2025

Los hijos de mis amigos…

Una de tantas satisfacciones que me ha dado la vida es ver crecer a los hijos de mis amigos y darme cuenta de que han resultado buenos muchachos. Esa es una alegría sincera, regalo de vida. A veces me sorprendo recordando cuando los veía corretear de niños, y ahora los miro convertidos en jóvenes responsables, profesionistas y algunos de ellos ya padres de familia. En cada etapa me llena de orgullo saber que mis amigos han sabido salir adelante en esa tarea tan difícil y tan hermosa que es educar a los hijos.

Me gusta preguntarles cómo le hicieron, qué camino siguieron. Y al ver la chispa de orgullo en sus ojos, me acomodo y los escucho con toda la atención del mundo. He oído mil respuestas distintas, cada cual con su estilo, pero al final todas coinciden en lo mismo: el amor. Esa es la base de todo.

He comprobado también que el éxito nunca se da por obra de uno solo. Siempre hay trabajo en pareja. Cuando padre y madre caminan juntos, el hijo encuentra rumbo. Si uno jala para un lado y el otro para otro, lo que sale es un muchacho confundido, bronco, sin dirección. Como dice la lógica charra: el caballo se encabrita cuando no siente la rienda pareja.

Después de tantas charlas con mis amigos, estoy convencido de algo:

-De niños, se les instruye.

-De jóvenes, se les dirige.

-De adultos, se les aconseja.

Con los años he descubierto un detalle que nunca falla. Cuando miro a los ojos de los hijos de mis amigos, siempre encuentro ese brillo especial que distingue a los buenos muchachos. Es el brillo del respeto.

Pónganse a pensar en eso: el respeto se refleja en la mirada. No necesita palabras. El buen hijo respeta a sus padres, a sus hermanos, a su pareja, a los mayores y a sus amigos. Ese brillo es un sello que no se pierde y que solo lo llevan los que aprendieron a ser personas de bien.

Por eso disfruto tanto platicar con mis amigos de sus hijos. Porque cuando hablan de ellos con honestidad, el orgullo se les desborda. Y yo, al escucharlos, siento que algo de esa alegría también me pertenece.

Javier Zacarías 

25 de octubre de 2025

No había de otra… y qué bueno que no la hubo

Por: Javier Zacarias


En mis años de niño no había muchas opciones: o jugabas béisbol o fútbol… o la chavalada te agarraba de bajada. Algún deporte tenías que practicar si querías ser parte de la pandilla. Y es que en aquellos tiempos no había Facebook, WhatsApp y juegos electrónicos: si querías jugar algun deporte o platicar con un amigo, agarrabas tu bici y te lanzabas a su casa; y si era con una chavita, igual, te lanzabas por ella… con todo y nervios.

Por allá de los años 60, lo que querían nuestras mamás era que saliéramos a la calle a echar relajo para darles un respiro. “¡Vete a jugar!”, nos decían… y uno obedecía. Hoy, en cambio, somos nosotros quienes le prohibimos eso a nuestros hijos, por el miedo que nos da un mundo que ya no es tan confiable, ni siquiera en un pueblo como el nuestro.

Para dejar descansar a mis jefes, salíamos disparados de la casa, dejando la alambrera como puerta de cantina, y nos íbamos rumbo a los campos de la López Mateos. Les confieso; yo también jugué futbol, aunque no lo crean… ¿Qué podía hacer? ¡Era eso o quedar fuera!

Nuestro equipo se llamaba “Oro”, y nuestro primer uniforme era un escudo de tela que se sujetaba a la camiseta con un seguro. Y vaya que lo portábamos con orgullo. Ya después, más organizados, nos patrocinó la Agencia Ford, que en esos años estaba por la Avenida Carranza exactamente donde esta ahorita la Sherwin Williams. El papá del Lic. Carlos Jacobo Rodríguez nos regaló dos balones, camisetas y shorts. Más adelante, nos patrocinó la Corona, y Don Toño González solo nos dio unas camisetas con el logo de “la cerveza más vendida del mundo”… ah y sin shorts, porque la temporada era en invierno. “¿Para qué los quieren? ¡No se vayan a resfriar los muchachos!”, le dijo al “director técnico” jajajajaja.

De esos equipos guardo grandes recuerdos y amistades que aún me acompañan.

También recuerdo las carreras de bicicletas “banana” que se hacían en la López Mateos. Los más grandes corrían desde donde estaba la Carta Blanca (ahora una agencia de seguros) hasta la carretera a Acuña, y los más chavitos hasta la Plaza de Toros.

Muchos de nosotros pasábamos las tardes en los campos de Don Raúl de Luna Fisher, donde hoy están Las Cabañitas, un centro comercial y algunos negocios y casas de cambio. Pero antes… eran territorio de aventuras. Eso sí: primero había que hacer la tarea. Si no, ni salías. Así de simple. Y sin llorar, porque te iba peor. Los maestros de la Escuela Rafael Ramírez eran duros. Cuando fallabas, te daban unos coscorrones que te sacaban la lagrimita, y con los cortes pelones que nos hacían nuestros papás, ¡no había ni tantita amortiguación! Mi compadre Fello Fernández es prueba de ello… me platicaba que nunca llevó la tarea y las orejas se le quedaron “marca registrada”.

A veces pienso que no había de otra… y qué bueno que no la hubo.

Porque en esa falta de opciones aprendimos a convivir, a soñar y a sudar juntos. Aprendimos que la vida se juega en equipo, que las derrotas duelen menos si alguien te da una palmada en la espalda, y que la amistad se forja entre tierra, polvo y risas.

Hoy paso por esos mismos lugares y me cuesta reconocerlos. Donde antes estaban los campos, ahora hay negocios, estacionamientos y letreros luminosos. Pero cierro los ojos… y todavía alcanzo a oír los gritos del portero, el silbato del árbitro y las carcajadas de la banda cuando alguien fallaba un gol cantado.

Éramos felices con tan poco… y no lo sabíamos.

Y aunque los años se hayan llevado los campos, las bicicletas “banana” y los escudos de tela con seguro, hay algo que sigue intacto: el recuerdo de aquellos días en que bastaba una pelota, una sonrisa y la tarde entera por delante para sentir que el mundo era nuestro.

21 de octubre de 2025

La Inspiración…

La inspiración…

La inspiración es muy celosa. No se le puede exigir, ni se le puede llamar por capricho. Llega cuando quiere, a su hora… o a deshoras. A veces brota de una tristeza que nos ronda el alma, otras de una alegría inesperada. También hay quien la provoca con unos buenos tragos de tequila, con unas cervezas entre amigos, o en una tarde tranquila, soleada, a la orilla del río, viendo correr el agua y tentando a los peces. Pero aun así, la inspiración es terca, refunfuñona, y solo se deja ver cuando le nace.

Todos la quieren, la añoran, la buscan, la celebran… pero pocos la valoran de verdad. Porque la inspiración, cuando llega, no siempre avisa, y muchos la dejan pasar, distraídos o sin ganas de escribir o decir o cantar lo que sienten. Es un tesoro, y quien la recibe con frecuencia es, sin duda, una persona afortunada.

En mi caso, ha habido temporadas enteras —años incluso— en los que he querido escribir, pero solo me salían tonterías, cosas sin sentido. Luego las releo y hasta vergüenza me da. Hace días le comente en un mensaje a mi estimado amigo Francisco Orozco que cuando le brotara un recuerdo, lo escribiera así, sin adornos, como cuando uno hacía la lista del mandado. Que no esperara a estar inspirado, que lo dejara ahí, en papel o en su libreta, para que cuando la inspiración regresara, pudiera tomar esas notas y darles forma.

Hay quien prefiere grabar su voz, otros dibujan, otros guardan silencios… cada quien tiene su manera. A mí me gusta escribir. A veces, me salen las cosas y las plasmo en una servilleta, sin querer, y sin pensarlo mucho. Cuando me llega un recuerdo, lo anoto en el celular, en una hoja suelta, o en cualquier rincón donde pueda atraparlo antes de que se escape.
Hay veces que a la inspiración la busco y no la encuentro así como hay veces que sin buscarla, llega inesperadamente… y la abrazo.

A veces me río de las cosas que recuerdo —de mi niñez, de mis padres, de los hermanos, de mis amigos y de nuestras travesuras— las escribo en donde este o por donde vaya, estaciono mi camioneta y las dejo ahí, sin correcciones, sin adornos. Luego, cuando la inspiración decide volver, las releo y les doy forma. Solo entonces me animo a compartirlas, porque ya las siento completas, ya me dicen algo.

La inspiración, como les digo, es celosa. Pero hay que saber tratarla bien, darle su espacio y su cariño. Algunos la alimentan con agradecimiento; otros, con una copa de vino, un buen queso o una charla sincera. Lo importante es mantenerla viva, que no se sienta olvidada. Porque cuando ella quiere… nos regala pedacitos del alma convertidos en palabras.

Javier Zacarias

18 de octubre de 2025

Recuerdos, beisbol y amistades eternas

Aquel domingo de marzo del 2010 decidí romper la rutina y darme un regalo del alma: regresar al estadio de béisbol para presenciar el juego de campeonato de la liga máster entre las Águilas de Eagle Pass y el Club Trípoli de Piedras Negras. Equipos en los que alguna vez vestí el uniforme, sudé la camiseta y compartí momentos que hoy, más que recuerdos, son tesoros de mi vida deportiva.

El estadio —ese viejo coloso eternamente “en construcción” desde que don Daniel Hernández Medrano intentó levantarlo con recursos del sindicato minero de la sección 123— sigue ahí, impasible, con su historia y sus heridas. Localizado en una de las zonas más activas de la ciudad, no ha podido escapar de los enredos legales sobre su propiedad, renta o concesión. Pero esa es otra historia. Lo verdaderamente importante es que, pese a todo, fue un templo de batallas memorables.


El Club Trípoli se coronó campeón con una ventaja clara en el marcador, sellando una temporada de armonía, entrega y respeto entre peloteros, socios y directivos. Un espíritu que se ha transmitido con orgullo de generación en generación. Las Águilas, dignos rivales, vendieron cara la derrota; fue hasta las últimas entradas cuando el pitcheo cedió ante la ofensiva implacable del Trípoli.


No vengo a hacer una crónica del juego, sino a compartir la dicha que me dio vivir nuevamente el ambiente único del deporte de mis amores, y sobre todo, reencontrarme con tantos rostros queridos, compañeros de antaño, amigos de siempre.


Las porras no decepcionaron: matracas, sirenas, trompetas, gritonas profesionales y hasta un silbato de ferrocarril que nos hizo vibrar (y sufrir) cada jugada. El día era perfecto. Lo comentaba el Lic. Jesús Mario Flores Farías, quien animaba la porra tripolita junto a su padre, nuestro entrañable Chuy Mario, pilares y alma del club. Lo acompañaban también mi querido Nene Estrada, relajado bajo su sombrilla playera —siempre fue un gusto verlo tan bien en aquella época—, la Chuta Guzmán, Rogelio González, José Ángel y su padre Don Alfredo, los hermanos Yamanaka, Lico Maldonado y su señora, y muchos otros socios y fieles que han hecho del Trípoli una familia. Algunos ya se nos adelantaron en el camino dejando su esencia en los suyos, otros siguen aqui, fieles al beisbol.


Abrazo a abrazo, saludo a saludo, revivimos glorias y carcajadas, complicidades y jugadas de antaño. 


Cuántos recuerdos caben en una tarde…


Cuando el sol empezó a apretar —por allá de la quinta entrada— me refugié en las sombras de los “palcos”, donde aproveché para ir a felicitar a dos grandes del béisbol local: Enrique “Pilón” Martínez y Gilberto “Pily” Martínez, quienes recibieron un homenaje de la liga por su destacada trayectoria. Ex compañeros de trabajo y diamante, los Martínez han dejado huella en nuestra historia deportiva. Fue emotivo verlos rodeados de su familia, sus amigos del Club Atoyac, y recibir los aplausos mientras los jugadores hacían una valla de respeto.


En el receso aproveché para saborear unos tacos deliciosos y buscar un nuevo rincón desde donde seguir el juego sin que el sol me castigara. Encontré el mejor sitio con Oscar y Lalo Muñoz, en compañía de Francisco “Kiko” Castro y Manuel “Chiva” Valadés. Viejos lobos del béisbol, disfrutaban del juego entre anécdotas, críticas sabrosas de cada jugada y las ocurrencias de Kiko, que siempre arrancan carcajadas. El partido ya estaba definido, así que nos dejamos llevar por la charla y el recuerdo.


Trípoli fue justo campeón. No hay duda. Un reconocimiento merecido a jugadores, directivos y socios que cada año sostienen con pasión y entrega el prestigio de su club. En especial destaco a mi querido amigo de la infancia, José María Cortez, quien bateó de 5-5 como en sus mejores tiempos; a los hermanos Chalios Rodríguez, dueños del montículo; al Nake Ávila, con su experiencia siempre oportuna, y al incansable Augusto Sabido, quien corrió las bases como si el tiempo no pasara.


Fue un domingo de esos que uno guarda con cariño. Un día de béisbol, sí, pero también de reencuentros, de memorias vivas, de amistades que no se oxidan.

Uno de esos días que, más que vivirse, se agradecen… y que urge repetir.


Javier Zacarías 

11 de octubre de 2025

Crónicas…


Bajo el cielo del Terraza Villarreal

“Llévense la bolsa de esquites y las sodas al cine, ahí las venden muy caras”, nos decía mi abuela aquellas noches de verano, cuando junto a mis hermanos y los primos de nuestra edad nos permitían ir solos —sí, solos y a pie— al Cine Terraza Villarreal. 
Nuestros padres se daban un respiro, y nosotros brincábamos de gusto rumbo al cine, cargando la bolsota del número 25 llena de palomitas y las “cocas” escondidas entre los holgados pantalones.

Los empleados del cine ya sabían de nuestro “contrabando” de dulces y refrescos. Se hacían los desentendidos y hasta sonreían al vernos pasar.

Aquel cine era todo un monumento de nuestra frontera. Un edificio amplio donde, bajo el cielo estrellado, se proyectaban las películas más actuales de aquellos tiempos: Tin Tan, Cantinflas, Pedro Infante, Luis Aguilar, Raphael, Rocío Dúrcal…
La pantalla era de concreto, las butacas de fierro pintadas de celeste —para aguantar las lluvias—, y aunque se calentaban con el sol, a nadie le importaba. Lo nuestro era disfrutar, encontrarnos con los amigos y sentir la magia del cine al aire libre, sentados en las primeras filas, riendo y soñando.

Aquel lugar fue uno de los pocos centros de diversión familiar que teníamos en Piedras Negras, y todavía al recordarlo, se me dibuja una sonrisa. Fueron días felices, simples y llenos de vida.


La Nogalera y el río que cantaba

La Nogalera era otro de esos rincones entrañables. Ubicada a orillas del Río de La Villita —el Río Escondido—, justo bajo el puente de La Villa. Quienes vivieron aquí por los 60’s saben de lo que hablo: aquel sitio tenía todo para pasar un buen rato en familia.
Resbaladeros de concreto, pasamanos, columpios, paseos a caballo y, por supuesto, los lugares para la carnita asada o el guiso en la paila.

Pero lo mejor no era el lugar, sino la convivencia. Los domingos esperábamos ansiosos para ir, buscando llegar temprano y alcanzar buen sitio. El río corría entonces con fuerza, limpio y alegre. Había hasta “piélagos”, y los papás nos vigilaban de cerca para evitar que algún remolino travieso nos jugara una mala pasada.

Quién diría que aquel río caudaloso, que hoy apenas es un arroyito y que hace poco mostró su fuerza con la inundación en Villa de Fuente, era en aquellos tiempos un auténtico paisaje vivo… un pedazo de paraíso natural donde crecimos felices.


Eagle Pass: la otra mitad del paseo

Y díganme la verdad… ¿a poco no disfrutaban cruzar a Eagle Pass con sus mamás?
Bueno, yo no tanto —por eso de las caminatas eternas y las esperas en las tiendas—, pero lo hacía con gusto porque sabía que venía la recompensa.

La aventura empezaba desde el puente internacional, aquel de pura estructura de fierro. Ya del otro lado, el recorrido era sagrado: el sótano de la tienda Kress, con su juguetería mágica; Newberry’s, donde además de juguetes había una fuente de sodas que calmaba la sed de tanto caminar por la Main Street; el HEB del centro, las tiendas donde mamá daba los abonos, y al final… una nieve en la Farmacia Rexall. ¡Eso sí era cerrar con broche de oro!

Cuánto disfruté a mi madre en aquella época, aunque me trajera camine y camine entre tiendas y pláticas con sus amigas. Hoy lo recuerdo con el corazón apretado, pero lleno de gratitud.


Chamacos… hoy hay beisbol, y las cervezas se estarán enfriando desde temprano para disfrutarlo enormemente en Le Club.

27 de septiembre de 2025

El Centauro del Norte…


Éramos buenos muchachos, de esos que sabían portarse bien. Estudiábamos con disciplina, cumplíamos nuestras obligaciones como estudiantes y como hijos, y siempre teníamos presente el esfuerzo de nuestros padres, que con tanto sacrificio nos mandaban a estudiar fuera de nuestra tierra. En Guadalajara llevábamos una vida ordenada, con la frente en alto y con la dignidad de quienes saben que no pueden fallar.

Pero también, no nos hagamos, éramos jóvenes. Alegres, deportistas, bullangueros cuando se podía, y claro que había fiestas, reuniones y alguna que otra escapada. Nada fuera de lo normal, nada que nos metiera en líos mayores; simplemente la vida alegre de la juventud, que también merece su espacio entre libros y cuadernos.


Una noche, de esas que se guardan en la memoria, decidimos salir casi todos los que vivíamos en la casa rentada. Íbamos de bar en bar por San Juan de Dios, entre pláticas, risas y canciones. La pasábamos de lo mejor hasta que, de pronto, uno de nosotros desapareció. Lo buscamos por todos lados: en bares cercanos, en la calle, preguntamos a taxistas… y nada. Hasta que alguien nos dio la pista: “Chequen en los separos, a tres cuadras de aquí, no vaya a ser que lo tengan ahí guardado”.


Allá fuimos, medio incrédulos, pero con la esperanza de encontrarlo. Al revisar el registro, su nombre no aparecía en la lista de detenidos. Ya estábamos por ir a un hospital cercano cuando, de repente, desde una ventanita oscura se escuchó esa voz que todos conocíamos:


—“¡Flaco, aquí estoy! ¡Aquí estoy, Flaco!”


Volteamos todos al mismo tiempo y estallamos en carcajadas de alivio. Efectivamente, era él. Volvimos a hablar con el oficial y nos dimos cuenta de por qué no lo encontrábamos en la lista: nuestro amigo había decidido ponerse otro nombre. Cuando por fin salió, con sus cosas en la mano y la sonrisa intacta, nos contó lo ocurrido.


Resulta que lo habían detenido por caminar con una cerveza en la mano, y al momento de dar su nombre, para “no quemarse con la raza de la escuela”, se le ocurrió dar un alias: “Doroteo Arango”. El policía lo miró raro y hasta le dijo que ese nombre se le hacía muy conocido, que parecía que ya había caído antes alguien con ese mismo nombre. Nuestro amigo, con toda seriedad, le juró que era su primera vez.


El ingenio y la ocurrencia nos hicieron reír durante días, y aún hoy, cuando sale esa anécdota en las reuniones, las carcajadas vuelven como si todo hubiera pasado ayer.


Porque al final, así era la vida universitaria: entre el estudio y la responsabilidad, se escondían esas historias alegres que nos unieron y nos marcaron para siempre. Y quizá lo más valioso de todo es que hoy, al recordarlas, entendemos que no eran solo travesuras, sino momentos que nos enseñaron a vivir con gratitud, amistad y la alegría sencilla de ser jóvenes.